CAPÍTULO 3
El mensaje de texto que había hecho vibrar el móvil en la mesilla no era de Daniel.
Era de mi casera, recordándome que el día treinta y uno a las doce de la noche las llaves tenían que estar sobre la mesa de la cocina. Corto. Directo. Un desahucio con educación.
Me quedé mirando la pantalla hasta que se apagó sola. Luego la miré un poco más, a oscuras, como si fuera a cambiar de opinión y convertirse en otra cosa. No cambió. Era el número de Amparo Reyes, mi casera, y el mensaje decía exactamente lo que decía.
Dejé el móvil boca abajo sobre la mesilla y me quedé tumbada con los ojos abiertos en el techo.
Pensé en la llamada de Daniel. En los cuatro segundos de silencio antes de que colgara él.
En la forma en que su voz había bajado un tono cuando me dijo que descansara, como si la palabra "descansar" le costara algo decirla.
Había sido una llamada de seguimiento de personal. Una empresa seria se asegura de que los nuevos operarios no abandonen el puesto al segundo día. Era pura lógica empresarial. Me lo repetí tres veces hasta que empecé a creérmelo, y entonces el móvil volvió a vibrar y se me paró el corazón en seco.
Esta vez sí lo cogí antes de mirar el número.
Era un mensaje de texto. No de Amparo Reyes.
¿Has llegado bien a casa?
Sin firma. Sin nombre. Pero el número era el mismo desde el que me había llamado antes. El número que no tenía guardado en la agenda porque guardarlo habría sido admitir algo que no me podía permitir admitir.
Aparté el pulgar del botón de responder. Lo acerqué otra vez. Lo aparté.
Sé cómo son los hombres. Sé cómo huelen los problemas.
Puse el móvil en silencio y lo metí debajo de la almohada.
No contesté.
A las diez de la mañana del segundo día, el calor en el descansillo del tercer piso de la calle Fuencarral ya era insoportable. Estaba limpiando los rieles del ascensor con una brocha gorda para sacar el polvo acumulado. Un trabajo de monos.
De repente, el ascensor subió y las puertas se abrieron.
Un hombre bajó de él. Llevaba un polo blanco de marca, unos pantalones chinos perfectamente planchados y un reloj de oro que brillaba más que los rieles que yo estaba limpiando.
No pasaba de los sesenta, tenía el pelo canoso cortado muy corto y olía a una colonia cara, de las que se te meten en la nariz y te dan ganas de estornudar.
—Vaya, vaya. Pero si es la incorporación nueva —dijo. Su voz era fuerte, musical, con esa falsa confianza de los tíos que se creen dueños de la calle—. Elena, ¿verdad?
Me levanté del suelo, con la brocha en la mano y la espalda crujiendo.
—Sí. Buenos días —dije, apartándome un mechón de pelo de la frente con el antebrazo para no mancharme de grasa.
—Soy Antonio Vidal. —Me tendió la mano. Tenía los dedos gordos, suaves, llenos de anillos de oro.
Me la estrechó con demasiada fuerza, manteniéndola un segundo más de lo necesario—.
Mi hijo me ha dicho que has empezado con muchas ganas.
En esta empresa valoramos el esfuerzo, Elena.
Somos una gran familia. ¿Qué tal te está tratando Rosa? ¿Te da mucha caña?
—No, bien. Estoy aprendiendo las rutas —respondí. Tenía el detector de capullos pitando a todo volumen en mi cabeza. He trabajado en demasiados sitios como para no reconocer esa sonrisa de comercial de coches usados.
—Me alegro, me alegro mucho. Si necesitas cualquier cosa, material, un cambio de guantes, lo que sea, me llamas a mí directamente. No hace falta que molestes a Daniel, que el chaval está desbordado con el papeleo. Tú me lo pides a mí. A las mujeres trabajadoras hay que cuidarlas.
Me dio una palmadita en el hombro. Una palmadita que duró un palmo de más hacia la espalda.
—Sigue así, guapa. Prometes.
Se dio la vuelta y bajó por las escaleras, silbando una canción que no reconocí. El olor a su colonia se quedó flotando en el descansillo, mezclado con el amoníaco.
Rosa asomó la cabeza por la puerta del piso que estaba limpiando. Llevaba una bayeta en la mano y la cara más seria que un entierro. Esperó a que los pasos de Antonio dejaran de escucharse en el portal.
—Ya ha venido el lobo a ver a la caperucita —dijo, apoyándose en el marco de la puerta.
—Ha sido muy amable —comenté, volviendo a agacharme para coger la brocha. Intentaba quitarle hierro al asunto, más por mí que por ella.
—Es encantador. Al principio siempre es encantador —Rosa soltó una carcajada amarga—.
Te pregunta cómo estás, te dice que le llames a él, te llama "guapa".
Te hace creer que eres especial. Luego, dentro de tres semanas, te pedirá que te quedes dos horas más a limpiar una oficina en San Sebastián de los Reyes y que ya te las pagará el mes que viene.
Si le dices que no, pasarás a ser la peor de la empresa.
Te cambiará los turnos, te mandará a las peores casas y buscará cualquier excusa para no renovarte el contrato.
Me quedé quieta, con la brocha suspendida en el aire.
—¿Hace eso con todas?
—Con todas las que entran nuevas y tienen menos de treinta y cinco años —Rosa se dio la vuelta y volvió al piso—. No le quites el ojo de encima, Elena. Y si te dice de llevarte a una ruta en su coche, dile que te marea el coche. La trampa ya está puesta. Ahora depende de ti no pisar el queso.
Terminé el turno con una sensación extraña, como un nudo frío y pesado en el estómago.
La realidad de Limpiezas Vidal estaba empezando a desnudarse delante de mí, quitándose las capas de empresa familiar próspera para enseñar los dientes de verdad.
El padre era el poli bueno que te sonreía mientras te palmeaba la espalda, pero que se convertía en un monstruo de polígono en cuanto las cosas no salían exactamente como él quería en sus balances anuales.
El peligro real no era que te gritara, sino que te borrara del cuadrante con un trazo de bolígrafo rojo sin pestañear.
¿Y Daniel? Daniel era ese muro de contención que intentaba arreglar los desastres de su padre, amortiguando los golpes para que las limpiadoras no saliéramos escaldadas, pero al final del día seguía siendo un Vidal.
Seguía vistiendo esos trajes caros comprados con el dinero de las contratas y seguía cobrando de la misma caja registradora que el viejo.
No convenía olvidarlo por mucho que me buscara la mirada en los pasillos.
Volví al piso compartido con las costillas doliéndome por el esfuerzo de la tarde.
En el vestíbulo, el ambiente era de mudanza inminente.
Mis compañeras de habitación ya habían empezado a meter los libros de la facultad, la ropa de invierno y las tazas desparejadas en cajas de cartón de supermercado.
El pasillo estrecho estaba intransitable, lleno de rollos de precinto marrón, bolsas de basura negras atadas con nudos dobles y la sensación incómoda de que el campamento se estaba levantando.
Mi habitación seguía intacta, vacía de cajas porque no tenía suficientes cosas en Madrid como para llenar tres de ellas.
Mi maleta de lona seguía abierta debajo de la cama, medio vacía.
Ver el jaleo de las demás me recordó que el reloj seguía corriendo en mi contra de manera implacable.
Tic, tac. Treinta y uno de agosto. Esa era la fecha límite.
Después de ese día, o tenía un suelo propio en Tetuán o me tocaba volver a meter los catorce euros en el monedero y sacar un billete de vuelta a San Fernando con el rabo entre las piernas.
A las nueve de la noche, el móvil vibró sobre la mesa de fórmica de la cocina mientras yo cenaba a solas un yogur de fresa caducado del día anterior, rebañando el plástico con la cuchara para no dejar nada.
De: Daniel Vidal. Elena, buenas noches. Mañana tu turno empieza a las 07:00 en la ruta de Arturo Soria. Rosa ya tiene la dirección exacta del bloque de oficinas. Por favor, confirma la recepción de este mensaje. Un saludo.
Completamente profesional. Sin el tono de la llamada de la noche anterior, sin ese deje blando que se le había colado en la voz a través de la línea.
Sin los cuatro segundos de silencio denso antes de colgar en los que parecía que ninguno de los dos se atrevía a romper el aire.
Un mensaje aséptico, frío, de los que se envían con plantilla a diez personas a la vez.
Un texto que podría haber redactado un robot programado para gestionar el personal de la zona norte sin implicarse lo más mínimo.
Daniel había vuelto a ponerse la máscara de gerente y a mí me tocaba recordar cuál era mi sitio exacto en el escalafón de la empresa antes de volver a mirarle a los ojos.
Lo leí una vez. Luego otra. Y una tercera, buscando alguna palabra, alguna coma, algo que se saliera de la plantilla de la empresa. Nada. "Un saludo". Tan frío que helaba la pantalla del teléfono.
Entendí exactamente lo que estaba haciendo.
Estaba borrando la llamada de anoche. Estaba construyendo una pared de hormigón entre los cuatro segundos de silencio y el despacho de la entrevista.
Él era el jefe. El jefe casado. El jefe que tenía una mujer que probablemente le estaba sirviendo la cena en ese mismo instante.
Me metí una cucharada de yogur en la boca. Sabor bífidus natural. Amargo.
No tendría que importarme. De hecho, tendría que alegrarme. Una Elena inteligente contestaría con un "Recibido, gracias" y se iría a dormir pensando en cómo ahorrar para la fianza de un piso nuevo en Vallecas.
Pero yo no estaba pensando en el piso. Ni en las cajas de precinto del pasillo. Ni en el olor a colonia barata de Antonio Vidal.
Estaba pensando en los cuatro segundos de silencio. En el mensaje de las once de la noche que yo había dejado sin contestar debajo de la almohada. En si él lo había notado.
Giré el móvil entre mis manos. El plástico de la funda estaba un poco desgastado por las esquinas. Escribí la respuesta rápida, con los dedos volando sobre el teclado antes de que me diera tiempo a arrepentirme.
Recibido. Mañana a las siete estoy allí. Dile a tu padre que la brocha del ascensor funciona de maravilla.
Le di a enviar.
Esperé cinco minutos mirando la pantalla, con el corazón acelerado por una tontería de tres líneas. El estado cambió a "Leído". Las dos pestañas azules se encendieron como dos fuegos artificiales en mitad de mi cocina oscura.
Pero la respuesta no llegó.