CAPÍTULO 2
A las seis y media de la mañana, Madrid no tiene luces idílicas. Tiene farolas mortecinas, frío de asfalto que se te mete en los huesos aunque sea julio y un silencio que da un poco de miedo.
Una furgoneta blanca, abollada en la puerta del copiloto y con el logo descolorido de Limpiezas Vidal, frenó en seco frente a la oficina.
El motor carraspeó antes de apagarse. La ventanilla bajó a manivela.
Una mujer de pelo corto y rubio teñido, con unas ojeras que daban la vuelta a la cara, me miró de arriba abajo.
—¿La nueva de Cádiz? —preguntó. Su voz era de las que han fumado un paquete diario desde los quince años.
—Elena —dije, abriendo la puerta. El asiento del copiloto tenía un muelle suelto que se me clavó directo en el muslo izquierdo. Bienvenido al paraíso.
—Rosa —se presentó ella, metiendo primera antes de que yo hubiera cerrado del todo—. Doce años aquí. Si sobrevives a la primera semana, te invito a una caña. Si no, no me molesto en aprenderme tu cara.
La furgoneta olía a lejía pura, a pino de gasolinera y a humo de tabaco rancio. Rosa conducía como si estuviera en un ralli, esquivando los autobuses de la EMT con una mano en el volante y la otra sujetando un termo de café de aluminio.
—Escucha y aprende, gaditana —dijo, sin apartar los ojos de la carretera—.
Antonio Vidal te dirá que esto es una gran familia.
Mentira. Es una plantación de algodón pero con fregonas.
Él es el dueño, él cobra, tú limpias. Si te pide que eches media hora más en un chalet porque "la señora es muy tiquismiquis", le dices que tienes médico.
Si le dices que sí, esa media hora pasa a ser gratis para los restos.
—¿Y Daniel? —El nombre se me escapó antes de que pudiera frenarlo. Me maldije por dentro.
Rosa soltó una carcajada seca, que terminó en una tos leve.
—Daniel es el que intenta que no vayamos a la inspección de trabajo cada dos meses. Pero el dinero lo maneja el viejo. Daniel gestiona los contratos, organiza las rutas y pide perdón cuando su padre nos grita. Un bendito, pero un bendito con las manos atadas.
Sacó una hoja de ruta plastificada del salpicadero y me la tiró al regazo.
—Hoy nos tocan tres chalets en la Moraleja. El primero es de una marquesa que cuenta los cubiertos de plata antes de que salgamos por la puerta. El segundo, de un futbolista que deja los calzoncillos sucios en el pasillo. El tercero es el infierno en la tierra: la casa del propio Antonio Vidal.
—¿El jefe? —Me tensé.
—El mismísimo. Su mujer se pasa el día fuera y él aparece de vez en cuando a ver si sacamos brillo a los rodapiés con un cepillo de dientes. Si viene, tú cabeza abajo, mírale a los zapatos y di a todo que sí. No le mires a los ojos. Se cree Amancio Ortega pero en cutre.
La realidad del trabajo llegó en forma de guantes de látex amarillos y un cubo azul que pesaba como un muerto.
El plástico de los guantes se me pegaba a la piel con el sudor del esfuerzo, creando una humedad pastosa que hacía que me escocieran las cutículas.
A las once de la mañana mis brazos ya temblaban, con un temblor fino, rítmico, que nacía en los hombros y moría en las puntas de los dedos cada vez que estiraba el brazo para alcanzar la esquina superior de los azulejos.
Limpiar las casas de los ricos no es como limpiar tu baño de San Fernando, donde una pasada rápida con el estropajo lo soluciona todo.
Es una coreografía de precisión militar que te agota la cabeza antes que la espalda: no dejes marcas en el cristal, no toques las figuras de porcelana que valen más que tres meses de tu sueldo, no respires demasiado fuerte cerca de los sofás de terciopelo blanco por si el aire de tus pulmones lleva restos del polvo de la calle.
Cada superficie tenía su propia regla, su propio producto específico y su propia trampa si te despistabas un segundo.
Rosa trabajaba con la eficiencia de un cirujano en mitad de una operación a corazón abierto que ya ha hecho cuatrocientas veces y podría hacer con los ojos cerrados.
Se movía por el salón del chalet con una economía de movimientos que me daba una rabia sorda, de la que no puedes expresar porque la persona que la produce tiene razón en todo lo que hace.
No daba un paso en vano. No repetía una pasada de bayeta.
Sabía exactamente cuánta presión aplicar en cada superficie, qué producto usar en qué material, cuándo el amoníaco puro y cuándo el diluido al cincuenta por ciento.
Era un conocimiento corporal, de los que no se aprenden en un manual sino a base de años de castigo silencioso sobre los mismos suelos.
No hablaba mientras limpiaba, pero me vigilaba de reojo con esa precisión de quien sabe que tiene menos de una semana para decidir si la nueva merece el esfuerzo de enseñarle o si va a rajarse antes del viernes.
Yo intentaba imitarla. No lo conseguía, pero lo intentaba.
Frotaba los azulejos con la presión que ella aplicaba, intentaba adelantarme a sus movimientos, anticipar qué zona atacaría después para no estorbarle.
Era como bailar con alguien que no te ha dicho los pasos.
Te pisas, te chocas, te maldices por dentro.
Pero aprendes más en una hora así que en tres semanas de formación con un manual.
A las once de la mañana me temblaban los brazos.
Un temblor fino, sostenido, que no era solo cansancio físico sino también la tensión de intentar ser invisible y eficiente al mismo tiempo.
Me dolía la espalda de una forma específica, de las que no viene de una mala postura sino de demasiadas posturas correctas mantenidas demasiado tiempo.
Las rodillas empezaban a protestar contra el suelo de mármol del segundo chalet.
No dije nada. Rosa tampoco preguntó. Era una prueba, lo sabía. No de habilidad, sino de resistencia. La habilidad se aprende; la resistencia o la tienes o no. Yo la tenía, aunque ese día costaba creerlo.
Cuando vio que yo no protestaba por las rodillas rojas contra el suelo de parqué, ni por el olor a amoníaco puro que me subía por la nariz y me hacía llorar los ojos hasta dejarme la vista borrosa, asintió para sí misma.
Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, una inclinación de cabeza que significaba que la gaditana, al menos, no se iba a rajar al primer asalto en el asfalto de Madrid.
—Tienes manos de haber trabajado, no eres una floja —dijo mientras comíamos un bocadillo de mortadela sentadas en el bordillo de la acera, a la sombra de un ciprés del segundo chalet—. Eso está bien. Las últimas dos que mandó el viejo eran de las que se rompen una uña y piden la baja.
A las tres de la tarde, la jornada terminó.
Tenía el cuerpo molido, una ampolla en el dedo gular por culpa de la mopa que me escocía con cada roce y un cansancio sordo que me aplastaba los párpados como si fueran persianas de hierro.
Volví a mi piso compartido en el metro, apretada en un vagón de la línea 1 entre ejecutivos con maletín y estudiantes que leían apuntes.
Me encogí todo lo que pude contra la barra de metal, esquivando las miradas de la gente, segura de que si alguien se acercaba demasiado le vendría un viaje a cloro y a lavanda sintética.
Olía a producto de limpieza industrial, a esa mezcla química que se te mete en los poros de la piel y no se va ni frotando con estropajo.
Al menos ya no olía a McDonald's, al aceite requemado de las patatas fritas que se te queda impregnado en el pelo durante semanas.
Era una pequeña mejora. Una victoria de catorce euros al día.
Me pegué una ducha fría en el baño compartido, vigilando que el termo no se apagara antes de tiempo, me metí en la cama con los músculos de los hombros todavía rígidos y me quedé frita antes de que la cabeza tocara la almohada, con el rumor de los coches de la Gran Vía entrando por la ventana abierta.
A las ocho de la tarde, el móvil vibró sobre la mesilla de noche coja. El traqueteo del aparato contra la madera rota me despertó de golpe, con esa desorientación típica de las siestas que se alargan demasiado en una ciudad que no es la tuya.
No conocía el número, pero me lo imaginaba. En el fondo, todas las alarmas de mi cabeza llevaban toda la tarde esperando ese parpadeo en la pantalla. Contesté al segundo tono, con la voz todavía ronca del sueño y la garganta seca por el amoníaco de la mañana.
—¿Elena?
La voz de Daniel. Baja, nítida, sin el ruido del tráfico de Madrid de fondo, como si estuviera hablando desde un búnker de caoba o desde el interior de su propio coche con las ventanillas subidas.
—Sí. Hola —Me incorporé en la cama, estirándome la camiseta vieja y descolorida de las fiestas de San Fernando que usaba para dormir. Fue un acto reflejo ridículo. Como si él pudiera verme las ojeras y el pelo revuelto a través del altavoz del teléfono.
—Soy Daniel Vidal. Quería saber cómo ha ido el primer día. Rosa me ha dicho que has aguantado el ritmo.
—Rosa es una sargenta —dije, y me salió ese tono irónico de siempre, la coraza que uso para enmascarar a toda prisa el vuelco que me había dado el corazón en mitad del pecho—. Pero he sobrevivido. La plata de la marquesa sigue en su sitio y no he roto ningún jarrón de la dinastía Ming.
Escuché una exhalación al otro lado de la línea. Una risa ahogada, corta, casi silenciosa, de las que se guardan para dentro para que no las escuche el despacho de al lado.
—Me alegro. Mi padre quería pasarse por la última ruta a echar un vistazo, pero lo entretuve en la oficina con unos balances de la contrata de los laboratorios. Sé que el primer día ya es bastante duro para cualquiera sin tenerlo a él encima controlando cada rincón.
Se hizo un silencio largo, de esos que se te pegan al oído y que por teléfono pesan el doble de lo normal.
Yo escuchaba su respiración, pausada, rítmica, y él la mía, demasiado rápida para venir de una tía que acababa de despertarse de una siesta.
Sabía perfectamente lo que era esto. Una llamada de control.
Seguimiento de personal estándar. Una empresa seria se asegura de que los nuevos operarios temporales no vayan a dejar el puesto tirado al segundo día por un ataque de ansiedad o unas rodillas rojas.
Era pura lógica empresarial de primer curso de dirección. No había nada más.
—Gracias —dije, porque no encontraba ninguna réplica afilada que meter en mitad de ese vacío.
—¿Por qué?
—Por entretenerlo.
Otro silencio. Este fue más largo, de los que te obligan a contar los segundos mentalmente.
Me imaginé a Daniel en su despacho del polígono, con la luz del flexo dándole de lleno en la cara, o tal vez ya en su casa de Diego de León, con la camisa azul claro un poco más desabrochada en el cuello, el anillo de platino brillando bajo la lámpara de diseño del salón y su mujer, Lucía, cenando a unos metros en esos platos de porcelana caros.
¿Qué hacía llamándome a las ocho de la tarde a una empleada eventual que acababa de recoger la mopa?
—Descansa, Elena —dijo finalmente, con una inflexión más suave en la voz—. Mañana la ruta por el norte es más larga y el suelo del concesionario no perdona.
—Vale. Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Ninguno de los dos colgó. Pasaron tres segundos.
Cuatro. El contador de la llamada seguía corriendo en la pantalla iluminada, sumando dígitos en la oscuridad de mi habitación temporal.
Podía oír el zumbido eléctrico de la línea, el rumor sordo de un Madrid que seguía girando ahí fuera mientras nosotros nos quedábamos quietos en el aire.
Mi dedo gordo estaba suspendido sobre el botón rojo del táctil, pero no se movía.
No quería ser la primera en cortar el hilo.
Era una estupidez de colegio. Era una maldita llamada de empresa, Elena, me repetí a mí misma.
Finalmente, la pantalla volvió a la imagen de inicio con un parpadeo. Había colgado él.
Me dejé caer otra vez sobre la almohada desinflada, mirando el techo desconchado y la mancha de humedad de la esquina de mi habitación temporal.
Las manos me temblaban un poco sobre la colcha, y esta vez no era por culpa de los kilómetros de mopa ni del peso del cubo azul.
Llevaba diez años saliendo corriendo en cuanto las cosas se ponían un poco raras con un hombre, en cuanto el terreno empezaba a ponerse blando bajo los pies.
Mi último novio en el sur me había engañado a los seis meses con una tía de la gestoría y yo lo había descubierto porque el tío era tan vago que ni siquiera se había molestado en esconder los mensajes del móvil.
Sé cómo son los hombres cuando se aburren.
Sé cómo huelen los problemas antes de que te estallen en la cara.
Y Daniel Vidal olía a un problema de los grandes, de los que no se quitan de la ropa por mucho que la metas en la lavadora.
Me tapé la cara con las manos. Mañana tenía que volver allí. Mañana tenía que volver a escuchar su voz.
El problema no iba a ser el trabajo físico. El problema iba a ser que, por primera vez en treinta años, no tenía claro si quería salir corriendo.
Me giré de lado, intentando buscar el lado frío de la almohada, sabiendo que el despertador volvería a sonar en menos de diez horas. Cuando por fin cerré los ojos, el móvil volvió a vibrar sobre la madera.
Esta vez no era un número desconocido. Era un mensaje de texto.