A un milímetro de ti CAPÍTULO 1
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A un milímetro de ti

A un milímetro de ti

Por Olivia Hopp

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CAPÍTULO 1

A las ocho de la mañana el olor a aceite frito no se quita con agua y jabón. Se te pega a la piel, se mete en las costuras de la ropa y se instala en tu cerebro hasta que crees que tú también eres un McNugget flotando en una freidora industrial.

Me abroché la cazadora vaquera hasta el cuello.

El polo gris de McDonald's asomaba por arriba, rígido y delator.

Si bajaba la cremallera, el desastre era total.

En las oficinas de Limpiezas Vidal no había aire acondicionado, o al menos no funcionaba en la sala de espera.

Julio en Madrid es una tortura medieval, sobre todo para alguien que ha crecido con el viento de levante dándole en la cara.

Llevaba tres semanas en la capital y todavía no me acostumbraba a este calor seco que te cuece los sesos sin dejarte ni oler el mar.

Había cuatro mujeres más sentadas en las sillas de plástico azul que se pegaban a los muslos con el calor de julio.

Ninguna llevaba uniforme de comida rápida debajo de la ropa.

Nos mirábamos de reojo con esa desconfianza educada de la gente que compite por lo mismo sin haber firmado ningún pacto de guerra.

La del fondo tenía unos zapatos de tacón bajo que debían de haberle costado lo que yo no ganaría en una semana de fregar.

La de la izquierda llevaba el pelo recogido en un moño tan tirante que parecía que le dolía pensar.

Todas tenían esa cara de haber dormido mal y haberse maquillado con prisa, de haber ensayado frente al espejo del baño lo que iban a decir cuando les preguntaran por sus puntos fuertes.

Yo no había ensayado nada.

Si me preguntaban por mis puntos fuertes iba a decirles que no me quemaba con el aceite y que llegaba a tiempo aunque no hubiera dormido.

Eso era lo que tenía. La de la esquina, la del currículum en funda de plástico, lo sostenía sobre las rodillas con las dos manos como si fuera un mapa para salir de pobre.

Las uñas pintadas de un tono porcelana que contrastaba con el plástico transparente.

Impecable. Me pregunté si habría practicado también la forma de sostenerlo, si habría calculado el ángulo exacto para que el papel se viera sin arrugarse.

Yo llevaba el mío doblado en cuatro partes en el bolsillo trasero del vaquero, húmedo por el sudor de las últimas ocho horas, con las arrugas ya imposibles de disimular.

Si lo sacaba en ese momento iba a parecer una servilleta usada al lado de su folio de alto gramaje. No lo saqué.

El silencio en la sala de espera era de los que se te meten en las orejas, roto solo por el carraspeo de fondo de un aparato de aire acondicionado que soplaba aire con olor a polvo viejo.

Nos mirábamos de reojo, midiendo las fuerzas como los púgiles antes de subir al cuadrilátero, aunque aquí el premio no era un cinturón de campeón, sino un contrato de obra y servicio frotando azulejos.

A esa chica se le notaba que no sabía lo que era quitar sarro de un inodoro sin guantes.

Sentía el relieve del papel arrugado contra la piel cada vez que me recolocaba en la silla de plástico, que se pegaba a los muslos con el calor de la mañana.

Mi currículum no tenía alto gramaje; era un folio normal de setenta gramos, fotocopiado en un estanco de San Fernando por veinte céntimos, donde las tres líneas de mi experiencia en la limpieza de oficinas del sur parecían poca cosa comparadas con la pulcritud de la funda transparente de mi vecina.

Manoseé el pico del papel por encima de la tela vaquera, intentando estirarlo con los dedos sin que se notara el gesto.

Daba igual. En esta liga, el papel satinado no te salvaba de acabar con las rodillas molidas a las cuatro de la tarde, pero ver la seguridad de la otra tía hacía que mis catorce euros en la cartera pesaran el doble.

Miré mis zapatillas. Negras, reglamentarias, con la suela desgastada de correr de la caja a las patatas.

Treinta años. Mi gran logro del mes había sido no quemarme con el aceite hirviendo.

El mes que viene, si no conseguía este maldito puesto, mi gran logro sería aprender a dormir en un banco del Retiro.

Mi contrato de alquiler temporal terminaba el treinta y uno de agosto.

Mis compañeras de piso ya habían buscado otro sitio.

Ellas tenían carreras, tenían padres que respondían al teléfono cuando hacía falta dinero, tenían un futuro que no dependía de limpiar el polvo de los chalets de los ricos.

Yo solo tenía setenta euros en la cuenta, un acento de Cádiz que intentaba recortar cuando me ponía nerviosa y una servilleta arrugada con la lista de la compra que no podía pagar.

La puerta del despacho del fondo se abrió. Un hombre asomó la cabeza.

No era el viejo que me habían descrito. No era Antonio Vidal.

—¿Elena Castro? —preguntó.

Su voz era baja. No gritó, pero en el pasillo estrecho resonó como si estuviéramos en una iglesia.

Las otras cuatro mujeres me miraron. Sentí el impulso de mirar hacia atrás, por si había otra Elena con mejor aspecto detrás de mí. No la había. Me levanté, intentando que mis rodillas no crujieran después de ocho horas de turno de noche.

—Sí, soy yo —dije, y el "yo" me salió un poco más cantado de la cuenta. Mal asunto.

—Pasa, por favor.

El despacho olía a papel viejo, a café frío y a algo más. Algo limpio, como madera recién cortada.

El hombre no volvió a sentarse de inmediato.

Esperó a que yo cerrara la puerta. Era alto.

No el tipo de alto que intimida, sino el tipo de alto que te obliga a levantar la barbilla para mantenerle la mirada.

Llevaba una camisa azul claro con las mangas remangadas hasta los antebrazos.

Tenía las manos grandes, limpias, con las uñas cortas.

No llevaba anillo. Mentira, sí lo llevaba.

Un aro de oro liso en la mano derecha. Casado.

—Siéntate —dijo, señalando la silla frente a su mesa.

Me senté. Apoyé el bolso sobre las rodillas para tapar los restos de kétchup que sospechaba que tenía en el pantalón.

Él rodeó la mesa y se sentó enfrente. No cogió mi currículum de inmediato. Me miró a los ojos. Tenía los ojos oscuros, fijos, de esos que no parpadean cada dos segundos para buscar una vía de escape.

—Soy Daniel Vidal —se presentó—. Mi padre no ha podido venir hoy.

—Hola —dije. Mi voz sonó más seca de lo que pretendía. El cansancio me vuelve borde, es un mecanismo de defensa automático.

Daniel asintió despacio. Cogió el folio arrugado que yo le había tendido casi sin darme cuenta.

Lo desdobló con un cuidado que me pareció casi un insulto.

Lo alisó con la palma de la mano sobre la mesa de madera.

Sus dedos rozaron el papel donde ponía: Camarera, dependienta, moza de almacén y, lo último de todo, anotado casi a bolígrafo: McDonald's.

—Veo que has tocado un poco de todo —comentó, sin dejar de mirar el papel—. Y que estás ahora mismo en comida rápida.

—Compaginando —aclaré, porque negar lo evidente es de tontos si huelo a fritura a tres kilómetros—. Es una forma elegante de decir que no duro nada en ningún sitio estable, pero que no se me caen los anillos por echar horas donde sea.

Daniel levantó la vista. Su mirada bajó por mi cuello, deteniéndose justo donde el polo gris asomaba por debajo de la cremallera de la cazadora. Tuvo que notar el contraste de mi piel pálida por el turno de noche y el gris de la cadena.

—A veces los sitios no merecen que te quedes en ellos —dijo.

Vale. Eso no entraba en el guion de una entrevista para limpiar portales y oficinas.

—Necesito el trabajo —fui directa. Si me iba a echar, mejor que fuera rápido.

Tenía que dormir tres horas antes de que el McDonald's volviera a abrir para el turno de tarde—.

El dinero, quiero decir. Lo necesito ya.

Si tengo que volverme a mi tierra con una mano delante y otra detrás, mi madre me mata. Y allí abajo la cosa está aún peor.

—El horario es de siete de la mañana a tres de la tarde. De lunes a sábado. El sueldo es el convenio, más un plus por desplazamiento si el chalet está fuera de la M-30.

—Me viene bien.

—¿No te importa madrugar?

—Vengo de empalmar el turno de noche —dije, señalando con la barbilla mi propia cazadora abrochada hasta las orejas—. El madrugón ya lo llevo puesto.

Daniel se reclinó en la silla. El cuero crujió debajo de él.

Sintió el olor a aceite. Tuvo que sentirlo.

La distancia entre nosotros era la de una mesa de despacho estándar, pero en ese momento el aire parecía espeso, caliente, como si el ventilador del techo estuviera moviendo el vapor de mi propia freidora.

Se hizo un silencio. Uno de esos silencios donde se nota el pulso en la garganta.

Él no apartó los ojos. Yo tampoco. Tenía una pequeña cicatriz en la ceja izquierda, una línea blanca que le partía el pelo en dos.

Me pregunté cómo se la habría hecho. Me pregunté qué hacía un hombre que miraba así metido en una empresa de limpieza de extrarradio, aguantando a candidatas desesperadas con olor a hamburguesa.

—Mi padre es un hombre difícil, Elena —dijo de pronto. Su voz bajó un tono, como si las paredes tuvieran orejas—. Exige mucho. A veces demasiado. Cambia los turnos a última hora. No le gusta que le lleven la contraria.

—He trabajado con encargados de veintiún años en el McFlurry que se creían Dios porque llevaban una chapa dorada en la solapa —respondí, encogiéndome de hombros—. En mi pueblo decimos que para tontos, los del pueblo de al lado. Puedo con tu padre.

Daniel se quedó mirándome un segundo más.

Un segundo largo. Estiró la mano para coger un bolígrafo y el dorso de sus dedos rozó el borde de mi bolso, que seguía sobre mis rodillas.

Fue un contacto de menos de medio segundo, pero sentí una descarga eléctrica que me recorrió la espina dorsal y me espabiló más que los tres cafés que me había tomado en la barra del bar de abajo.

Apreté los dientes. Mala idea. Todo en este despacho gritaba que era una mala idea.

El jefe estaba casado, el dueño era un tirano según los rumores del sector, y yo estaba sintiendo cosas que una mujer con setenta euros en la cuenta no puede permitirse sentir.

Las emociones son caras. Yo solo podía pagar la supervivencia.

—Empiezas mañana —dijo él, apuntando algo en una agenda—. A las seis y media aquí. Te asignaré con Rosa. Ella te enseñará las rutas.

—¿Ya está? ¿No hay más preguntas?

Daniel cerró la agenda con un golpe seco. Se levantó. Yo lo imité, un poco torpe, agarrando el bolso.

—Sé reconocer a alguien que no se va a escaquear cuando las cosas se pongan feas —dijo, rodeando la mesa otra vez.

Se paró demasiado cerca. Si daba un paso atrás, tropezaba con la silla. Pude ver las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos. No eran de reírse. Eran de fruncir el ceño.

—Gracias —alcancé a decir.

—No me des las gracias todavía. Mañana cuando veas a mi padre entenderás por qué te lo digo.

Me giré hacia la puerta, pero antes de que pudiera poner la mano en el pomo, su voz me detuvo.

—Elena.

Me volví.

—Bájate la cremallera cuando salgas a la calle. Te va a dar un golpe de calor. Aquí no hay playa.

Salí del despacho con el corazón desbocado. Las cuatro mujeres de la sala de espera me clavaron los ojos, buscando alguna señal de victoria o fracaso en mi cara. No les di nada. Cero.

Caminé hacia el portal, empujé la puerta de cristal y salí al asfalto ardiente de Madrid.

Los zapatos me pesaban como si tuvieran suelas de plomo contra la acera y el contraste del vestíbulo refrigerado con el exterior fue como pegarse contra un muro de ladrillos.

Me bajé la cremallera de la cazadora vaquera con un tirón brusco, buscando un milímetro de aire limpio en mitad de esa calle sin árboles donde los coches aparcados reflejaban el sol con una reverberación que hacía daño a los ojos.

El aire abrasador de la calle me dio en la cara, espeso, cargado de humo de tubos de escape y de la solana del mediodía, pero no fue eso lo que me hizo ahogarme.

Tenía un nudo apretado justo debajo de las costillas, el mismo que se me ponía en San Fernando cuando subía la marea y no sabía dónde meter los trastos.

Apreté la bolsa contra el costado y me obligué a frenar el paso antes de llegar a la esquina. Era un acto reflejo, una estupidez de las mías.

Miré hacia arriba, hacia las ventanas del primer piso de Limpiezas Vidal. Hacia esa cristalera ahumada que separaba los despachos de la dirección del ruido del polígono.

Daniel estaba allí, de pie tras el cristal, con las mangas todavía remangadas y los brazos cruzados sobre el pecho.

La luz del sol de fuera no llegaba a iluminarle la cara del todo, pero la silueta de sus hombros y la fijeza de su postura eran inconfundibles.

Me estaba mirando fijamente. Desde esa altura, con todo su imperio de contratas y camiones a las espaldas, parecía un vigilante que controlaba que la última de sus empleadas no se llevara nada que no fuera suyo. O que no se fuera del todo.

Y yo, que llevo diez años huyendo de todo lo que se complica, cometí el error de no apartar la vista.