A un latido de ti Epílogo
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Epílogo

«Cuando te enamoras no vuelves a ser la misma persona que eras antes, porque es en ese momento donde empiezas a vivir la vida de verdad»

—Miguel Alvarado

Doriana y Astor

Unos meses después…

— S e acabó —dije, deteniéndome en mitad de la calle Serrano.

—Deja de quejarte, Astor. Una más y luego decidimos —respondió Carlota.

Llevábamos horas entrando y saliendo de distintas joyerías. Carlota me había acompañado para elegir el anillo de compromiso de Doriana.

—Es que nada te convence —protestó.

—A ti tampoco. Cada vez que elijo uno, encuentras alguna objeción.

—Deberías haberlo encargado antes. Casi no tenemos tiempo. Así que anda, muévete —ordenó y siguió caminando.

Carlota tenía la costumbre de decirle a todo el mundo lo que debía hacer. Llevarle la contraria era una batalla perdida. Sin embargo, tenía un corazón enorme. Doriana la adoraba, y el cariño era completamente mutuo. Yo era testigo de ese cariño cada día y, por eso, la respetaba profundamente.

Aunque empezaba a pensar que pedirle consejo para elegir el anillo había sido una mala idea.

—Bueno, aquí está la que te decía —dijo, señalando el letrero de una de las joyerías más exclusivas de Madrid—. Entremos. Tengo el presentimiento de que será aquí.

—Después de ti

Le sostuve la puerta.

Estábamos a una semana de Navidad y mi intención era pedírselo en Nochebuena. Todo estaba preparado; solo faltaba el anillo.

Los nervios empezaban a hacerse notar. Después de tantos meses imaginando aquel momento, por fin había llegado.

Si todo salía bien, Doriana sería mi mujer.

Nunca había deseado nada con tanta intensidad.

—¿En qué puedo ayudarlos? —nos saludó el dependiente.

—Verá —se adelantó Carlota antes de que pudiera responder—, estamos buscando un anillo de compromiso especial.

Él —añadió, señalándome— va a comprometerse con mi mejor amiga.

En realidad, es como mi hermana. Una mujer increíble, de esas que siempre ponen a los demás por delante y merece algo tan especial como ella.

No pude evitar sonreír.

Estaba tan emocionada como yo, y me alegró invitarla a acompañarme; después de todo, nadie más que ella merecía compartir un momento tan importante.

—Qué maravilla. Felicidades. ¿Tenían alguna idea en mente?

—Gracias. Debe ser de oro de dieciocho quilates, con uno o dos diamantes. No busco algo ostentoso, pero sí perfecto.

—Y que él no tarde tres horas en decidirse —añadió Carlota.

El dependiente sonrió.

—De acuerdo. Acompáñenme, por favor.

Nos enseñó una vitrina repleta de anillos de diamantes alineados con precisión.

—Gracias. Me temo que vamos a tardar un rato —comenté, mirando a Carlota, que ya estaba analizando los anillos con tal concentración que solo le faltaba sacar una lupa del bolso.

—No hay problema. Tómense el tiempo que necesiten. Estaré por aquí si me necesitan.

Me acerqué a ella y susurré:

—Confiamos en que dirá que sí, ¿no?

Carlota soltó una risa.

—Más le vale. ¿Sabes lo difícil que fue conseguir que ustedes dos dejaran de complicarse la vida? Además, no pienso aceptar que todo ese tour de joyerías haya sido por nada. Mis pies me lo van a recordar toda la vida.

Sonreí mientras recorría la vitrina con la vista hasta que uno de los diamantes captó mi atención.

—¿Ves alguno que te guste? —susurró.

—Ese de ahí. —Lo señalé.

Carlota miró hacia donde señalaba.

—Creo que lo encontramos, socio. Me gusta mucho.

—Disculpe —llamé al dependiente.

El dependiente se acercó.

—Dígame.

—¿Podría enseñarnos este? —Volví a señalar el anillo.

—Por supuesto.

Lo sacó de la vitrina y me lo tendió.

Con Carlota lo contemplamos en silencio.

Mientras lo sostenía entre los dedos, no pude evitar imaginarlo en la mano de Doriana. Supe al instante que era ese.

El dependiente nos explicó sus características, pero apenas lo escuché. Ya había tomado la decisión.

—A mí me encanta —dijo Carlota.

Asentí sin apartar la vista del anillo.

—Es este. Es perfecto. Me lo llevo.

Astor contemplaba las luces de la ciudad desde el ventanal de nuestro piso.

Hacía unos meses que, por fin, nos habíamos mudado juntos.

Era Nochebuena y pensábamos pasarla con su mamá e Iñigo, pero a última hora, él había contraído influenza y no habían podido viajar.

Así que pasaríamos la noche solos. Aun así, aquella Navidad era especial…

Era la primera que pasábamos juntos en nuestro hogar.

Yo terminaba de colocar los adornos en el árbol de Navidad. Sabía que Astor estaba un poco desanimado porque había planeado pasar la Navidad con su madre, pero también lo notaba inquieto, nervioso, y no sabía a qué se debía.

Astor volteó, sonrió y se acercó.

—Gracias por dedicarle tanto tiempo a la decoración. Lamento mucho que mamá e Iñigo no hayan podido acompañarnos. Sé que te esmeraste mucho porque ellos venían.

Apoyé la frente contra la suya.

—También me esmeré por nosotros. Y con ellos ya pasaremos en otra oportunidad. Tenemos muchas fiestas para reunirnos. No quiero que estés triste, porque imagino que tenías muchas ganas de ver a tu mamá.

Nos sentamos en el sofá.

—Sí, es verdad. Pero podemos ir a verla después de las fiestas. Si estoy contigo, es la Navidad perfecta.

Lo besé y luego me acomodé sobre su regazo, pasando mis brazos por su cuello. Él me abrazó por la cintura.

—Para mí también lo es. Y no quiero verte así, porque hoy te he visto un poco… inquieto. ¿Qué puedo hacer para animarte? ¿Quieres que me disfrace de Mamá Noel?

Astor se echó a reír y me dio un suave beso en los labios.

—Seguro que serías la Mamá Noel más hermosa y sexy , pero, si tuviera que elegir algo para ti… me gustaría que fueras… Doriana Sinclair.

Me quedé sin aliento durante un instante.

—¿Qué… significa lo que dijiste?

—Significa que te estoy proponiendo matrimonio, doc —respondió, con la voz cargada de emoción.

Se puso de pie y, con sumo cuidado, me dejó sentada en el sofá.

Acto seguido, hincó una rodilla en el suelo y sacó un estuche con un hermoso anillo.

—Doriana Delacroix, ¿quieres casarte conmigo?

El mundo se detuvo de golpe.

Tenía un nudo en la garganta y los ojos anegados de lágrimas. Me arrodillé frente a él, me aferré a su cuello para no derrumbarme y asentí con tanta fuerza que no necesité pronunciar palabra antes de besarlo. Le besé con todo mi corazón y toda mi alma.

—¿Eso fue un sí? —preguntó.

—Eso fue un sí, Astor Sinclair. Quiero ser tu esposa. Quiero pasar el resto de mi vida contigo.

Entonces su cara se iluminó con una amplia sonrisa de alivio, y me estrechó contra su cuerpo.

—Acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo.

Nos volvimos a besar.

Luego sacó el anillo del estuche y lo deslizó lentamente en mi dedo.

—Es hermoso. Te amo, Astor.

—Yo también te amo, doc.

Astor me contempló unos segundos más.

Sonrió.

Respiró hondo.

Y entonces gritó:

—¡Ya pueden entrar! ¡Dijo que sí!

Antes de que pudiera decir nada, la puerta de entrada se abrió de golpe. Carlota entró la primera, agitando una botella de champán como si acabara de ganar un campeonato. Le siguieron Aitana, Iñigo y mi madre.

Los miraba sin poder creerlo.

Todos irrumpieron entre vítores y aplausos.

Enseguida nos rodearon entre felicitaciones, abrazos, sonrisas amplias y lágrimas discretas —o no tan discretas— de emoción.

Unos minutos después, Astor me llevó de la mano hasta el centro de la sala. Levantó una copa de champán y esperó a que el resto hiciera lo mismo. Las conversaciones cesaron y todas las miradas se dirigieron hacia nosotros.

—Brindo por el amor que nos ha traído hasta aquí, por los sueños que compartimos y por esta nueva etapa que hoy comienza. Te amo, Doriana. Y me siento honrado de poder compartir mi vida contigo. Gracias, mi amor, por hacerme el hombre más feliz del mundo.

Sonreí con los ojos brillantes. Apreté suavemente su mano y, tras tomar una pequeña bocanada de aire, respondí:

—Y yo te amo a ti, más de lo que las palabras pueden expresar. Gracias por seguir eligiéndome cada día, por hacerme sentir segura, querida y capaz de soñar contigo. Brindo por nosotros, por todo lo que hemos vivido y por todo lo que aún nos espera.

—¡Salud! —exclamó Aitana.

Las copas se elevaron al unísono y chocaron con un tintineo delicado que resonó por toda la sala. Volvieron los aplausos, las risas y las felicitaciones.

Celebrábamos no solo nuestro compromiso, sino también la promesa de una vida en común, rodeados del cariño de quienes brindaban junto a nosotros por nuestra felicidad.

Busqué la mano de Astor y entrelacé mis dedos con los suyos. Él respondió al instante, como si aquel gesto fuera una promesa silenciosa de que nunca volveríamos a soltarnos.

Mientras las copas seguían chocando a nuestro alrededor, comprendí que el mejor capítulo de nuestras vidas acababa de empezar.

Había dedicado mi vida a escuchar corazones. Durante años aprendí a reconocer sus ritmos, sus silencios y sus latidos. Pero ninguno había sonado nunca tan perfecto como el nuestro en aquel instante.

Porque, a veces, basta un solo latido para cambiar una vida.

Y aquella noche, el mío había encontrado su lugar junto al suyo.