Capítulo 44
«En asuntos de amor, los locos son los que tienen más experiencia. De amor no preguntes nunca a los cuerdos; los cuerdos aman cuerdamente, que es como no haber amado nunca»
—Jacinto Benavente
Doriana
C omo todas las noches, había salido a caminar por la playa.
En ese momento estaba sentada en la arena, rodeándome las rodillas con los brazos.
Miraba el mar, que ya no era mar, sino una extensión oscura y sin límites.
No había espuma visible ni un horizonte claro, solo una línea difusa donde el agua y el cielo se confundían.
El sonido del mar era lo único constante: un ir y venir lento que nunca se detenía.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Podían haber sido minutos, una hora… o más.
A lo lejos sonaba Dear Love , de Forest Blakk.
Sonreí ante la ironía.
Sin duda era una hermosa balada, pero sobre la desilusión, el dolor y la traición dentro de una relación.
Cerré los ojos y me limité a disfrutar del momento.
Estaba tan concentrada en los sonidos que percibí unas pisadas acercándose. Pasos que dejaban un susurro seco y breve, casi imperceptible entre el rumor constante de las olas. Pero aquellos pasos eran distintos. Más firmes. Más cercanos.
No podría decir por qué, pero el corazón empezó a latirme con fuerza. Tuve un presentimiento. Antes incluso de abrir los ojos, supe que aquellos pasos eran de él.
Los pasos se detuvieron a mi lado.
Aun así, no giré para mirar. No lo necesité. Porque hay presencias que el cuerpo reconoce antes que la mente.
—Doriana…
Pronunció mi nombre con el mismo tono de siempre, ese que me ataba a él más de lo que jamás admitiría. Un tono que me atravesó el pecho con una precisión devastadora.
Astor estaba allí.
No lo miré ni dije una sola palabra.
Él se sentó a mi lado. Observé cómo dejaba a un lado los zapatos y volvía la vista al mar.
—¿Qué haces aquí, Astor?
No respondió de inmediato.
Primero volvió el rostro hacia mí y me observó largo rato, como si necesitara asegurarse de que era yo. Después alargó el brazo y me rozó la mejilla con las yemas de los dedos. Sus dedos se deslizaron lentamente hasta mi barbilla, un gesto que me hizo estremecer.
—Hola —susurró con voz temblorosa.
—Te hice una pregunta.
Asintió, apartó la mano de mi rostro y adoptó mi postura, abrazándose las rodillas.
—Necesitaba verte, Doriana. Nos debemos una conversación —respondió mientras recorría mi rostro con la mirada. Sus ojos rezumaban dolor y tenía el rostro demacrado.
—Y yo necesitaba alejarme, Astor. Lo necesitaba porque me heriste tanto que ya no sé cómo seguir.
—Lo siento tanto, cariño. —Exhaló—. Aunque no me creas, te aseguro que, por primera vez, hice todo cuanto estuvo en mi mano para hacerte feliz.
—Querrás decir que hiciste todo lo posible por enamorarme. Porque ese era tu objetivo. Nada más. Querías que me enamorara para después hacerme sufrir. Una auténtica aberración.
—No niego que eso fuera lo que pensaba… al principio, pero se trataba de ti, Doriana. Nunca habría sido capaz de llegar tan lejos. Pero tienes todo el derecho a decirme esto y a desconfiar de mí. Por eso estoy aquí. Quiero que me digas todo lo que necesites decir y que luego me permitas defenderme.
Se me humedecieron los ojos. Parpadeé para que no me viera llorar.
—Quiero la verdad.
Astor asintió lentamente.
—Puede que al principio pensara en hacerte daño, pero nunca lo puse en práctica.
—Suspiró con cansancio—. Cuando murió mi abuelo, durante mucho tiempo creí que había habido una negligencia médica.
No voy a negarte que, al verte tan joven, mis dudas crecieron.
Empecé a preguntarme si tendrías la experiencia suficiente, si habrías visto casos como el suyo y, sobre todo, si podrías haber pasado por alto algo importante.
No era una cuestión personal. Simplemente, durante toda mi vida había asociado la experiencia con la edad.
Necesitaba culpar a alguien, porque era más fácil que aceptar que, sencillamente, lo había perdido.
—¿Y ahora? ¿Sigues culpándome?
Negó con la cabeza.
—No —respondió con firmeza—. Te admiro. Nunca has medido tu compromiso en horas ni en sacrificios. Cuando alguien necesita tu ayuda, ahí estás, entregándolo todo, como si cada vida que pasara por tus manos mereciera hasta la última parte de ti.
—La merece.
—Ahora lo entiendo. Hay mucha gente que hace las cosas por interés, pero tú no. Tú ejerces la medicina porque de verdad crees en ella. Lo haces con humanidad. Nunca he visto a nadie entregarse como tú.
—¿Alguna vez me manipulaste? ¿Algo de lo que dijiste...? ¿Algo de lo que hiciste?
—No. Jamás. Nunca fingí nada. Ni te mentí para gustarte más. Cuando estaba contigo, solo existías tú. No pensaba en nada más que en ti. Era totalmente genuino. No desconfíes de lo que vivimos. Porque, si hubo una verdad en todo esto, fue precisamente lo que sentí contigo… lo que compartimos.
—No me hables de verdad cuando todo empezó con una mentira.
—No. Me sentí atraído por ti desde el primer instante. Tú también tuviste que sentirlo, Doriana. Tuviste que darte cuenta de cómo me atrapaste. No podía dejar de mirarte.
—Ya no sé qué creer, Astor. —La voz me tembló—. ¿No pensabas decirme todo esto? ¿No ibas a contarme cuáles habían sido tus intenciones?
—No lo sé. Quise contártelo cientos de veces.
Cada día encontraba un motivo para hacerlo...
y otro para callarme. Cuanto más tiempo pasábamos juntos, más cobarde me volvía.
Porque sabía que, cuando lo supieras, iba a perderte.
—Negó con la cabeza—. La verdad... no sé si habría sido capaz de decírtelo.
—¿Por qué?
Me miró a los ojos y me sostuvo el rostro entre las manos.
—¿De verdad aún no lo sabes? ¿No te has dado cuenta?
Durante un instante, ninguno de los dos dijo nada. Sentía que el corazón iba a salírseme del pecho. Lo único que escuchaba era el latido desbocado de mi corazón.
—Temía perderte porque no sabría qué hacer sin ti. Estos días sin ti… han sido un infierno. Si no estás conmigo mi vida es totalmente miserable. —Cerró los ojos. Inspiró—. Te amo, Doriana. Te asustarías si supieras cuánto. Hasta a mí me asusta.
Parpadeé.
¿Era una broma?
Me puse de pie de un salto y me aparté. Sentía que así podría defenderme mejor.
Astor también se levantó. Era evidente que mi reacción lo había sorprendido .
—¿Ese es mi premio de consolación? ¿O es tu último recurso para dejar de sentirte miserable?
—dije, incapaz de ocultar la desilusión—.
No soy tan estúpida para creer en tu «declaración de amor» —afirmé, haciendo el gesto de las comillas con los dedos—.
¿Crees que con esto vas a conseguir que olvide todo lo que hiciste y todo lo que he pasado por tu culpa?
Astor me sostuvo la mirada con tristeza. Había tanto dolor en sus ojos que me costaba mirarlo.
—Yo te confesé lo que sentía... y tú te quedaste callado —le recordé—. Si de verdad me amaras como dices, me lo habrías dicho en ese momento, Astor Sinclair. No. Te. Creo.
—No puedo culparte. Al contrario. Haces bien en dudar de mí.
Es lo que me he ganado —dijo, sin despegar la vista de mí—.
Pero esto... tienes que creerlo. Te amo.
Estás tan dentro de mí que nada ni nadie conseguirán arrancarte.
Te amo como jamás imaginé que podría amar a alguien.
—Exhaló despacio—. Si no te lo dije cuando me confesaste tu amor, fue porque en ese momento me sentí un estafador.
No porque no estuviera locamente enamorado de ti, sino porque saber que me amabas me convertía en alguien especial, alguien que no podía permitirse defraudarte.
»No sé si me entenderás, pero si te decía que te amaba sin haberte contado antes la verdad sobre cómo empezó todo, te estaba engañando a ti... y también a mí. Ser el hombre al que amabas fue el mayor honor de mi vida. Y precisamente por eso sentía que no merecía ese lugar.
Inspiré hondo para serenarme.
Sonaba sincero. Aun así, necesitaba seguir desconfiando de él.
Lo miré a los ojos intentando descubrir si decía la verdad.
Encontré culpa, vergüenza, dolor... pero ni el menor rastro de engaño.
No solo eso. Astor bajó la cabeza muy despacio, intentando ocultar, sin conseguirlo, la emoción que lo desbordaba.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía un hombre completamente desarmado.
—No sé si confío lo suficiente en tus sentimientos como para darte otra oportunidad.
—Haría cualquier cosa por ti, doc. Incluso le estrecharía la mano a la Muerte si eso significara volver contigo.
—No dejaría que hicieras eso —dije. Él me miró con algo muy parecido a la esperanza—. Pero debes saber que, si algún día quieres volver a tener derecho sobre mí, tendrás que ganártelo y merecértelo.
Exhaló como si acabara de recuperar el aire y, entonces, se acercó para acariciarme la barbilla con el pulgar.
—Doc, te amo. Y voy a amarte siempre. Si me lo permites, voy a pasar el resto de mi vida demostrándotelo.
—No va a ser tan sencillo para mí. Pero, después de escucharte... al menos ya no lo veo imposible.
Los ojos de Astor se iluminaron.
Pero no se movió ni dijo nada.
Parecía hasta incapaz de respirar.
Entonces sonreí apenas.
—Astor... por si todavía te queda alguna duda, te estoy dando esa segunda oportunidad.
Y lo dije porque entendí que el hombre que tenía delante ya no era el hombre que tomó aquella decisión.
Él sonrió y me rodeó la cintura con los brazos.
—Doc, por si todavía te queda alguna duda... solo me importas tú. ¿Qué quieres que haga? ¿Dónde quieres que viva? ¿Quieres que me mude a Alicante? Lo haré, me pidas lo que me pidas.
Se inclinó para besarme, pero se detuvo a escasos centímetros de mi boca.
—Solo voy a pedirte una cosa: no vuelvas a marcharte sin dejarme explicarme —suplicó con un hilo de voz—. No podría soportarlo. No sé vivir sin ti, doc. —El pecho le temblaba al hablar—. No vuelvas a dejarme… por favor.
—No vuelvas a mentirme.
—No lo haré. Te lo prometo.
Entonces me besó.
Se aferró a mí como si temiera volver a perderme.
Sabía que tardaría un tiempo en olvidar lo sucedido. Seguramente, a los dos nos costaría.
Pero volvíamos a estar juntos.
Y tenía la esperanza de que lo superaríamos.
Porque, por primera vez desde que todo empezó, entendimos que amar no consistía en no fallar nunca, sino en tener el valor de reparar aquello que habíamos roto.