A un latido de ti Capítulo 43
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Capítulo 43

«Pero tú te has llevado mi paz en tu maleta,

los hilos del teléfono, la calle en la que vivo»

— Luis Alberto de Cuenca

Astor

D iez días y diez noches… sin ella.

Diez días en los que sobrevivía a café, culpa y apenas unas horas de sueño.

Hacía todo lo posible por encontrarla, pero los días pasaban y seguía sin tener noticias de Doriana.

Todos los días pasaba por su piso y por el hospital, pero parecía que la había tragado la tierra.

En el hospital no me dieron ningún dato sobre ella porque era información confidencial, pero conseguí hablar con la enfermera que siempre estaba en su consulta y que me conocía de verme esperándola. Ella fue la que me dijo que se había tomado una licencia, pero no sabía cuándo volvería.

Se había alejado.

No podía reprochárselo. Yo mismo la había empujado a marcharse. Era la causa de su distancia y de su dolor.

La imagen de Doriana marchándose volvió una vez más: sus lágrimas, su rostro bañado de dolor y confusión.

Ese recuerdo dolía demasiado.

Había sido yo quien le había provocado esa herida. Debí haberle contado todo mucho antes y, sobre todo, debí confesarle mis sentimientos.

Desde que ella se marchó, vivía desesperado.

Miré hacia la puerta del hospital. Aquella mañana llevaba más de dos horas esperando en el coche, frente a la entrada.

Pero nada.

Cerré los ojos para intentar recuperar la calma, pero fue inútil. Siempre acababa regresando al mismo pensamiento: había perdido a Doriana.

Abrí los ojos y miré una vez más la puerta a través del cristal, donde mi reflejo tenía el mismo aspecto derrotado que yo sentía por dentro.

La gente entraba y salía del edificio, pero ella seguía sin aparecer.

¿Dónde estaba?

¿Podría recuperarla?

Había dicho que me amaba…

De repente, vi entrar a Carlota. Sin pensarlo, salí del coche y corrí hacia ella. No pensaba dejar escapar aquella oportunidad. Seguramente me daría una patada en las pelotas —merecidísima, además—, pero me arrastraría ante ella si era necesario.

—Carlota —llamé.

Se detuvo y giró muy despacio hacia mí.

Se quitó lentamente las gafas de sol y me miró con un desprecio tan grande que casi me hizo retroceder.

No lo hice.

—Dame una buena razón para no estrellarte esto en tu cara —dijo, levantando una botella de agua que llevaba en la mano.

—Vengo en son de paz —dije, alzando las manos.

Los ojos de Carlota se estrecharon hasta convertirse en dos finas rendijas marrones que no lograban disimular su rechazo.

—¿Te crees gracioso? ¿No te has divertido lo suficiente todo este tiempo jugando con ella? Eres un maldito psicópata.

Me fulminó con la mirada, incapaz de disimular su enfado.

—Solo quiero…

—Sí, ¿qué mierda quieres? —preguntó, dando un paso hacia mí.

Respiré hondo.

—La amo. Estoy enamorado de ella, Carlota. Necesito verla.

Noté el momento exacto en que procesó mi confesión. Por primera vez vaciló y no pudo disimular la sorpresa. Pero era evidente que no me lo iba a poner fácil.

—Así que necesitas verla… —Sonrió con sarcasmo—. Y yo necesito pasar todo el día en un spa, pero aquí estoy, entrando a trabajar quince horas seguidas.

—Por favor, necesito hablar con Doriana, explicarle todo…

—¿No es un poco tarde para venir a darte cuenta de tus sentimientos?

Exhalé.

—Le fallé. Pero es a ella a quien debo explicaciones, no a ti.

—No te la mereces. Da igual cuánto lo intentes… No te la mereces.

—En eso estamos de acuerdo. Nadie la merece. —Exhalé, cansado—. Mira, Carlota, no vine en busca de problemas, solo quiero verla, hablar con ella. He recorrido todo Madrid, pero no hay rastro de Doriana. Creo que no me equivoco cuando digo que solo tú sabes dónde puedo encontrarla.

—No te equivocas. Pero no voy a decírtelo… porque la cuido. Aunque la hayas acusado de lo contrario, ella cuida de todo el mundo. Es normal que quien la conozca de verdad quiera protegerla.

—Lo sé. Sé que ahora mismo no tienes ningún motivo para creerme, pero yo también quiero cuidarla. Hacerla feliz.

—Entonces la amas —dijo, a medias pregunta, a medias afirmación.

—Más que a mi vida.

Entornó la mirada con cierta satisfacción.

—Ella también te ama, gilipollas. No entiendo qué te ve —dijo, negando con la cabeza.

—Yo tampoco. Pero solo puedo estar agradecido por ello. Te pido que, cuando hables con ella… no le digas nada de esta conversación. Soy yo quien debe decírselo. —Di un paso atrás—. Perdóname por molestarte.

Bajé la cabeza y giré dispuesto a marcharme.

—Aún no te he dicho dónde está.

Me detuve en seco y la miré.

El corazón empezó a latirme desbocado.

Carlota suspiró.

—No lo hago por ti. Lo hago por ella.