Capítulo 42
«Besos que vienen riendo, luego llorando se van, y en ellos se va la vida, que nunca más volverá»
—Miguel de Unamuno
Doriana
H acía dos días que Carlota y yo estábamos alojadas en un hotel de Alicante, frente a la playa del Postiguet.
Cuando planeamos aquel viaje, lo hicimos con la idea de disfrutar de unos días de descanso y del mar.
Pero los planes se precipitaron y terminé marchándome de Madrid con la esperanza de que la distancia me ayudara a escapar, al menos mentalmente, del dolor.
No había vuelto a ver a Astor desde que salí de su bar. De allí fui directamente a casa de Carlota y, al día siguiente, salimos hacia Alicante. Ella había conseguido diez días de licencia y yo acumulaba tantos días pendientes que me habían concedido quince.
Di un sorbo de agua mientras dejaba vagar la vista por la playa. Una pareja caminaba de la mano; un hombre lanzaba una pelota a su perro; unos niños perseguían las olas entre risas y otros corrían por la arena.
Eran las ocho y media de la mañana y la playa ya estaba llena de gente. Oía sus voces a lo lejos. Sus carcajadas resonaban en el aire, pero yo me sentía como si flotara por encima de todo, como si no estuviera realmente allí, sino en un limbo en el que el dolor lo ocupaba todo.
Sabía que algunas heridas cicatrizaban sin dejar rastro. Otras, en cambio, dejaban secuelas para siempre. Lo que aún no sabía era cuál sería el pronóstico de la herida que Astor me había provocado.
Cada vez que respiraba hondo, sentía que el pecho se me iba a hundir.
El dolor era tan intenso que, si hubiera sido una herida física, habría acabado ingresada en cuidados intensivos.
En aquellos días había empezado a comprender que la medicina y el amor no compartían la misma definición de resistencia.
Me puse de pie y caminé despacio por la orilla, dejando que el agua me cubriera los pies durante unos segundos antes de retirarse. Cada ola borraba las huellas que dejaba sobre la arena, como si nunca hubiera pasado por allí. Me detuve a observarlas desaparecer.
Ojalá olvidar fuera tan sencillo.
Seguí caminando.
El agua estaba fría, pero agradecía esa sensación. Era una de las pocas cosas que todavía lograba hacerme sentir presente. Una parte de mí seguía a cientos de kilómetros de aquella playa, atrapada en un bar de Madrid, en el instante exacto en que todo se había desmoronado.
Desde que habíamos llegado me había obligado una y otra vez a apartarlo de mi cabeza, pero, pese a todo lo ocurrido, me descubría echándolo de menos.
Ya no me preguntaba: « ¿Cómo pudo hacerme esto? ».
Había empezado a preguntarme: « ¿Qué hacía ahora con todo el amor que sentía por él? ».
Lo más duro no era recordar la traición. Era recordar la felicidad.
Sentía que no había vivido ni sufrido nada hasta conocerlo.
El teléfono vibró en el bolsillo.
Tenía decenas de llamadas perdidas de Astor y otros tantos mensajes sin leer, pero aún no sabía si quería darle la oportunidad de explicarse.
Miré la pantalla convencida de que volvería a ser él, pero era Carlota.
—Hola —respondí.
— ¿Dónde estás? Acabo de despertarme. Perdona, no te oí cuando te levantaste.
—No te preocupes. Para eso son los días libres, para descansar y no cumplir horarios. Salí a caminar por la playa antes de que el sol se volviera insoportable.
— ¿Estás bien?
—Perfectamente.
— Espérame delante del hotel, que voy a acompañarte.
—No hace falta, Carlota. Descansa.
— Mmm, pues yo creo que sí.
No respondí.
Había conseguido poner cientos de kilómetros entre Astor y yo. El problema era que todavía no había encontrado la manera de ponerlos entre él y mi corazón.
Aquella tarde, el viento había empezado a levantar pequeñas crestas blancas sobre el mar.
Llevaba más de una hora sentada en la terraza de la habitación del hotel, observando cómo las olas golpeaban la orilla una y otra vez.
Carlota se había quedado dormida mientras miraba una película de acción.
Seguramente se había aburrido porque no era su género preferido, pero yo tenía claro que evitaba deliberadamente las películas románticas. Y lo hacía por mí.
Bajé la vista hacia el teléfono, que descansaba sobre la mesa.
Astor había dejado de llamarme y, en los últimos días, solo me enviaba un mensaje al día, siempre a la misma hora. La hora en la que normalmente llegaba a casa y me daba el beso de buenas noches.
No sabía si aquello debía aliviarme o dolerme todavía más.
No había abierto ninguno de sus mensajes, convencida de que leerlos solo serviría para prolongar la angustia y la desilusión.
Pero ignorarlos tampoco había borrado las preguntas. Al contrario. Con el paso de los días se habían ido multiplicando, porque el silencio también era una forma de conversación; una llena de respuestas que solo existían en mi imaginación.
Cerré los ojos.
También existía otra posibilidad.
Una que llevaba días esforzándome por no contemplar: ¿y si debía escuchar lo que tenía que decirme?
Ya no me quedaban fuerzas para seguir pensando.
Tomé el teléfono. La pantalla se iluminó, mostrándome treinta y ocho mensajes sin leer y más de veinte llamadas perdidas.
Todas de él.
Sentí un nudo en el estómago.
Durante unos segundos mantuve el pulgar suspendido sobre la conversación. Todavía podía seguir fingiendo que aquellas palabras no existían. Pero comprendí que eso no cambiaría los hechos. Solo conseguiría que aquellas preguntas siguieran persiguiéndome.
Inspiré hondo.
Deslicé el dedo y abrí la conversación.
El primer mensaje había llegado apenas media hora después de salir de Vértigo.
Astor:
«¿Me concederás el beneficio
de la duda hasta que podamos
hablar? Estoy yendo hacia tu
piso»
¿Concederle el beneficio de la duda?
Ni siquiera había dicho una sola palabra cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.
En el siguiente mensaje se notaba su desesperación al no encontrarme.
Astor:
«Por favor, cariño. Dónde
estás? Dime dónde estás.
Iría hasta el fin del mundo
por ti.
Necesito que hablemos»
Hablar.
Las mentiras no se hablaban.
Tampoco se negociaban.
O se creían o no se creían.
Y él tenía todas las pruebas en su contra.
Después de enterarme de lo de su abuelo, revisé mentalmente todos los pacientes que había perdido hasta que el nombre terminó emergiendo entre mis recuerdos: Ismael Sinclair.
Sabía su nombre porque Astor lo había mencionado varias veces y deduje que tenía el mismo apellido de él, porque Astor no había sido reconocido por su padre.
El historial confirmaba su fallecimiento por infarto agudo de miocardio provocado por la obstrucción total de una arteria coronaria.
También confirmaba que yo había sido una de las médicas que lo habían atendido y la única cardióloga.
Nunca olvidaba a los pacientes que fallecían durante mis guardias, y enseguida asocié el nombre con el paciente y con el caso.
Recordaba vagamente a la mujer a la que le di la triste noticia, pero, aunque él siempre me dijo que estuvo presente cuando les comunicaron el fallecimiento, yo no conseguía recordarlo.
Seguí leyendo.
Astor:
«Por favor. Necesito que me
escuches. No voy a defender
lo que hice porque es indefendible.
Solo quiero explicarte toda
la verdad. Te debo esa explicación»
Las lágrimas empezaron a empañarme la vista, pero continué leyendo.
Astor:
«Tú sabes lo que hemos vivido juntos.
Y nada de eso podría haber sido
mentira. Si lo fuera, ni me molestaría
en explicártelo»
Tuve que detenerme un instante.
Las palabras empezaban a desdibujarse detrás del agua que me llenaba los ojos.
Astor:
«Confieso que, antes de
conocerte, mi intención era tratar de
que te mudaras para no tener que verte.
Me recordabas el peor día de mi vida.
Me acerqué a ti por ese motivo.
No lo niego. Nunca podré borrar eso.
Es la decisión más miserable que
he tomado en mi vida. Pero te
aseguro que nunca sería capaz
de llegar tan lejos.
Por favor. Llámame.
Solo cinco minutos.
No sé cómo decirte todo esto por aquí»
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y seguí. Después venían varios mensajes más.
Y en el último…
Astor:
«Sé que ahora mismo debes odiarme
y tienes motivos para hacerlo.
Solo te pido que me permitas explicarte.
Después, si decides no volver a
verme, respetaré tu decisión.
Buenas noches, cariño.»
Dejé escapar lentamente el aire y apoyé la espalda en el respaldo de la silla.
Sentía el corazón golpeándome con fuerza en el pecho.
Volví a mirar el mar mientras las lágrimas resbalaban por mis mejillas.
Nada de aquello borraba lo que Astor había hecho. Pero, por primera vez desde aquella noche en Vértigo , sentí que, tarde o temprano, tendría que escucharlo. Pero solo cuando me sintiera capaz de enfrentarme a ello.
El aeropuerto de Alicante bullía con esa energía caótica que solo existe en los lugares de paso.
Maletas de todos los colores y tamaños rodaban sobre el suelo pulido con un golpeteo constante, mezclándose con el chirrido de los carros portaequipajes y el murmullo incesante de cientos de conversaciones en distintos idiomas.
Carlota y yo hacíamos la fila para facturar. Aunque solo ella embarcaba, yo iba a quedarme unos días más en Alicante.
—Todavía puedes cambiar de idea y volver en el próximo vuelo a Madrid —dijo, con una sonrisa demasiado pequeña para convencer a nadie.
Negué con la cabeza.
—Necesito quedarme unos días más. Sabes que volver implica cruzarme con él. Vivimos en el mismo edificio. Aún no puedo.
Habíamos pasado ocho días juntas y estaba convencida de que, sin ella, no habría conseguido superarlos. Ya no me quedaban palabras para agradecerle su compañía, todo el cariño que me había brindado y la infinita paciencia que había tenido conmigo.
—Me da mucha rabia tener que irme —dijo Carlota, apretando la correa de la mochila—. No me gusta dejarte sola.
—Voy a estar bien. —La abracé—. No creo que puedas imaginarte lo mucho que significa para mí tu amistad. Gracias. Mil gracias por todo lo que has hecho por mí. No sé qué habría sido de mí estos días si no hubieras estado conmigo.
—No me des las gracias. Eres mi familia, aunque no compartamos la misma sangre. Siempre estaré para ti, incluso cuando no pueda estar a tu lado.
—Lo sé.
Durante unos segundos, ninguna habló.
—Prométeme una cosa —pidió—. Me llamarás cuando necesites hablar. No importa la hora que sea. Además, quiero que te cuides, comas y descanses.
Solté una pequeña risa entre lágrimas.
—Sí, mamá.
Carlota sonrió y volvió a abrazarme con fuerza.
—Supongo que vas a llamarme diez veces al día —bromeé.
—Doce.
—Pesada.
—Lo sé. Soy un pelmazo, pero igual me quieres.
—Te adoro.
—Y yo a ti.
Carlota cruzó el control de seguridad, avanzó unos metros y se volvió. Yo seguía allí, intentando mantener una sonrisa que se deshacía en cuanto ella dejaba de mirarme.
Levanté la mano.
Carlota hizo lo mismo.
Mientras la figura de mi amiga desaparecía entre los pasajeros, comprendí que seguía sosteniéndome incluso cuando tenía que marcharse.
La verdadera amistad no consistía en evitar el dolor, sino en compartir su peso.
Y el cariño de una amiga conseguía que nunca tuvieras que enfrentarte al dolor en soledad.