Capítulo 41
«¿Por cuánto tiempo, solitario, esquivo
he de aguardar con la mirada incierta
a que Dios me devuelva compasivo
a la mujer que huyó por esa puerta?»
— Amado Nervo
Astor
L a música seguía sonando.
Las copas seguían llenándose.
La gente seguía riendo.
Y, sin embargo, Vértigo nunca me había parecido un lugar tan silencioso y vacío.
La posibilidad de ir tras Doriana y explicárselo cruzó por mi mente, pero no lo hice. No me parecía buena idea abordarla en ese estado. Ninguno de los dos estaba en condiciones de hablar con serenidad.
Me sentía furioso conmigo mismo. Sabía que, tarde o temprano, Doriana acabaría enterándose.
Las mentiras tenían las patas cortas y yo había sido demasiado descuidado.
Ni siquiera me había asegurado de que Ámbar no estuviera escuchándonos.
Y, cuando lo hizo, tampoco me molesté en explicarle que ya no pensaba hacerlo.
Tenía claro que dejar pasar demasiado tiempo sería contraproducente, así que, apenas cerrara Vértigo , iría a su piso y se lo explicaría todo. Le debía una gran explicación.
Pero…
¿Podría perdonarme?
Sus palabras se me habían hundido en el pecho como dagas.
« ¿De verdad me crees capaz de eso? »
¿Cómo podía esperar que me perdonara después de haber dudado de su integridad?
Ella dedicaba su vida a salvar la de los demás.
Yo, en cambio, acababa de destruir el amor de la única mujer que había amado para castigar un dolor que nunca fue suyo.
—Astor —llamó Octavio.
Entonces volví a la realidad y me di cuenta de que seguía parado tras la barra, sin prestar atención a lo que me pedían los clientes.
Tuve que apoyar las dos manos sobre la barra porque sentía que las piernas ya no podían sostenerme.
Miré a Octavio, que no disimulaba su preocupación.
—Lo siento, Astor.
—No lo sientas. Todo es culpa mía. Si hubiera sido honesto, nada de esto habría pasado.
—Fue Ámbar —dijo Octavio, como si quisiera quitarme parte de la culpa—. Cuando llegué, Doriana ya lo sabía. Te dije que el comportamiento de Ámbar no me gustaba. Siempre que hablábamos, ella rondaba cerca de nosotros.
—En realidad, yo mismo me jodí.
—Esa chica no solo escuchó conversaciones ajenas, sino que además se inmiscuyó en algo que no le correspondía. ¿La vas a despedir?
Levanté la mirada hacia él.
—No voy a despedirla, pero sí hablaré con ella. No me decepciona que hablara con Doriana. Al contrario. Habla bien de ella.
—¿Me estás hablando en serio? Ámbar no debió escuchar y mucho menos meterse.
—Octavio, no fue Ámbar la que la hizo llorar, sino yo.
Mi amigo se quedó mirándome sin saber qué decir.
—¿Y qué haces aquí? —dijo al fin—. Ve tras ella y explícaselo. ¿No tienes miedo de perderla?
Lo miré, pero apenas pude sostenerle la mirada.
—No es el miedo lo que me paraliza. El miedo todavía deja espacio para la esperanza. Lo que me paraliza es la pérdida. La quiero más que a mi vida, Octavio.
—¿¡Y qué haces aquí?! —insistió—. Ve tras ella, Astor. Haz lo que haría un hombre que quiere recuperar a la mujer que ama, no lo que hace uno que cree haberla perdido.
Sus palabras se quedaron suspendidas entre nosotros.
Nunca había pensado en el dolor de aquella forma. Durante años había creído que el sufrimiento solo servía para castigarte.
Aquella noche comprendí que también podía enseñarte el verdadero alcance del daño que habías provocado.
Y yo acababa de descubrir el mío.
Durante años había culpado a Doriana de la pérdida más dolorosa de mi vida.
Ahora entendía que acababa de convertirme en la pérdida más dolorosa de la suya.