A un latido de ti Capítulo 40
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Capítulo 40

«¿Sabe lo mejor de los corazones rotos? Que solo pueden romperse de verdad una vez. Lo demás son rasguños»

—Carlos Ruiz Zafón

Doriana

— E sta noche iremos a Vértigo —afirmó Carlota.

Le había contado con lujo de detalles todo lo sucedido con Astor. Ella estaba convencida de que el distanciamiento de él no se debía a mi confesión, sino a otra cosa. Se apoyaba en que, después de confesárselo, habíamos hablado por teléfono e incluso había bromeado conmigo sobre el libro erótico.

Yo no estaba de acuerdo.

Si bien era cierto que habíamos hablado con naturalidad, entre nosotros no había sucedido nada que pudiera haberlo alejado de mí.

A diferencia de Carlota, yo pensaba que había bromeado por teléfono porque estaba esperando a que nos viéramos para hablar del tema.

También tenía claro que Astor no estaba enamorado de mí; de estarlo, no habría actuado así.

—No, Carlota. Si no quiere verme, no voy a imponerle mi presencia.

—Eres la novia. Como mínimo, te debe una explicación. ¿Piensas que, si no le atendieras las llamadas ni contestaras los mensajes, él se quedaría de brazos cruzados? ¡Ni hablar! Lo tendrías aquí o en el hospital exigiéndote una explicación. Así que hoy iremos a Vértigo y se la pedirás.

Había tanta convicción en su voz que, por un momento, me hizo dudar.

Pero negué con la cabeza.

—No voy a hacerlo. —Fruncí el ceño al mirarla—. ¿Por qué tengo la sensación de que buscas pelea?

—No la busco. Al contrario. No quiero que se separen porque Astor te hace bien, te hace feliz.

Estoy segura de que debe de haber un motivo para su comportamiento.

¿Y si tuvo algún problema? Capaz fue al hospital decidido a contártelo, pero te vio tan angustiada que se echó atrás.

—Los ojos se le abrieron de golpe—. ¡Es eso! Estoy segura.

—Deja de divagar. Si fuera eso, ¿por qué no atiende mis llamadas? —repliqué.

—Porque… porque… debe de estar complicado.

Solté un suspiro y puse los ojos en blanco.

—Sabes muy bien que tengo razón. Nadie desea más que yo estar equivocada, pero no encuentro otra explicación.

—Pero tiene que haberla, ¿verdad?

—No lo sé.

—Sí, lo sabes. Y si quieres saber si tienes razón, deben hablar cuánto antes.

Bajé la vista.

—No quiero obligarlo a hablar conmigo.

—No vas a obligarlo. Vas a darle la oportunidad de hacerlo.

—Es lo mismo.

—No. Obligarlo sería perseguirlo hasta que te escuchara. Ir a verlo una vez no es obligarlo. —Tomó mi mano—. Habla con él esta noche. Si no lo resuelven, mañana mismo nos vamos a Alicante como habíamos planeado. Al menos, sabrás que hiciste todo lo que estaba en tus manos.

No respondí.

Sus palabras seguían dando vueltas en mi cabeza.

—Deja de castigarte porque no hiciste nada malo. ¿Desde cuándo decirle a tu novio que lo amas es un error? Siempre fuiste una mujer valiente. Enfréntalo, Dori —dijo, apretándome aún más la mano.

Muy a mi pesar, empezaba a pensar que tenía razón.

—Vayamos. Si es lo que dices y Astor es un gilipollas inmaduro, por lo menos podrás cerrar esta historia.

Solté el aire despacio.

—De acuerdo. ¿Vendrás conmigo?

Carlota sonrió.

—¿En serio crees que iba a dejarte ir sola?

Llegamos a Vértigo a la medianoche.

Entré al local hecha un manojo de nervios. Si bien sabía que Carlota tenía razón y debía enfrentar a Astor, no me gustaba presentarme allí sin haberle avisado. No sabía lo que me deparaba la conversación y me inquietaba demasiado.

Mientras subíamos en el ascensor, Carlota no dejaba de observarme.

—No olvides lo que hablamos —susurró.

—Sí.

—Repítemelo —dijo.

No pude evitar sonreír.

—Ir directo a saludarlo. Mantener la calma. Escuchar lo que tenga que decirme con la mente abierta.

—Exacto —dijo, dándome una palmadita en el hombro—. No lo olvides.

—No lo haré —respondí, dedicándole otra sonrisa a mi maravillosa amiga.

—¿Preparada? —preguntó, en cuanto el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron.

—Sí.

—Deja de responderme con monosílabos. Necesito que me digas: nací preparada.

—Dejemos esto porque me pones más nerviosa, Carlota.

—Ajá… sabía que estabas loca de los nervios.

La miré y negué con la cabeza.

Cuadré los hombros, me armé de valor e ingresé al bar.

El lugar nos recibió con el bullicio de siempre. Grupos de amigos y parejas reían, bailaban con las copas en alto y se dejaban llevar por el ambiente.

Carlota se arregló el cabello y me dio un suave empujón.

Mientras caminábamos recorrí la barra con la mirada buscando un único rostro.

Al primero que vi fue a Octavio. Del otro lado de la barra, bajo una hilera de lámparas de cristal, agitaba una coctelera con precisión, sonreía a unos clientes y, casi al mismo tiempo, servía dos copas con un gesto elegante.

Entonces apareció una cabellera rubia a su lado. Mi corazón dio un brinco en el mismo instante en que mi amiga me daba un codazo. Astor estaba allí. Vestía una camisa negra con las mangas remangadas hasta los antebrazos y, como siempre, resaltaba entre la multitud.

—Está en la barra —me avisó.

—Sí, lo vi.

—Joder, qué bueno está.

—Carlota…

—Ya sé, ya sé. Por ahora es un gilipollas. Veremos cómo se comporta esta noche y qué te dice. Pero, igual, hay que reconocer que está cañón.

—Así no me ayudas.

—Está bien. Me voy. Le voy a pedir algo de beber al otro barman… que tampoco está nada mal. Tú ve a hacer lo tuyo y avísame si me necesitas.

En el momento que Carlota volteó para irse, se dio de bruces con la chica que trabajaba allí y a la que yo le había curado la mano. Si no recordaba mal, se llamaba Ámbar.

—Discúlpame —dijo Carlota.

Ámbar no respondió. Nos miraba con las cejas alzadas, como si se hubiera sorprendido. Llevaba una bandeja en los brazos y casi la dejó caer.

—Hola —saludé—. Ámbar, ¿verdad?

—Sí. Tú me curaste la mano la vez que me hice un corte.

—Así es. ¿Cómo estás?

Carlota observaba la escena en silencio.

—Ella es mi amiga Carlota —se la presenté y luego miré a mi amiga—. Carlota, ella es Ámbar, trabaja aquí.

—Encantada de conocerte. Discúlpame porque casi te hago tirar todo lo de la bandeja.

—No hay problema —respondió, pero me siguió mirando y esa vez solo pude ver reflejado en sus ojos preocupación e inseguridad.

Carlota debe haber notado algo porque no se movió de mi lado.

—Hace bastante que no venías —dijo.

—Estuve varios días en Barcelona —respondí, aunque me sorprendió que lo hubiera notado.

—¿Sigues saliendo con Astor? —me preguntó.

Y esa pregunta me descolocó por completo. ¿Por qué demonios le interesaba?

Carlota nos miraba alternativamente, a una y a otra. Parecía que miraba un partido de tenis.

Yo abrí la boca sin saber qué decir.

¿Debía negarlo?

No tuve que pensar mucho porque fue mi amiga quien respondió por mí.

—Es la novia de Astor. ¿No lo sabías?

Ámbar la miró, pero enseguida volvió el rostro hacia mí. En ese momento algo dentro de mí, como si fuera una sospecha, me obligó a hacerle la siguiente pregunta:

—¿Por qué lo preguntas? ¿Mi relación con Astor te afecta en algo?

Ella cambió el peso de una pierna a la otra, pero no se movió de donde estaba. Solo estiró el brazo y dejó la bandeja sobre la mesa que tenía al lado. Luego volvió a mirarme.

—A mí no me afecta. A ti, sí.

—¿Perdona?

Carlota abrió la boca para decir algo, pero la fulminé con la mirada y alcé la mano para que no interviniera. Se mantuvo en silencio, pero no se movió.

—¿Por qué me debería afectar? ¿Tienes algo qué decirme?

—Sé que no está bien decirte esto y que, además, estoy traicionando a mi jefe, pero…

—Pero ¿qué? —interrumpió Carlota, yo ni la miré.

Mi atención estaba solo en Ámbar y en lo que tenía para decirme. La chica tampoco la prestó atención a mi amiga.

—Solo quería que supieras que Astor no es lo que parece. Yo… quise contártelo antes, pero no tuve oportunidad. Si te lo cuento ahora es porque lo que te está haciendo no entra dentro de mis códigos. No quiero ser cómplice de algo así, y sé cómo se siente cuando te engañan de esa forma tan rastrera.

Un mal presentimiento se instaló en mi estómago.

—¿De qué estás hablando?

—Astor no sale contigo porque le intereses. —Tragó saliva—. Finge que le importas para que te enamores de él y hacerte sufrir.

Me quedé un momento en silencio, tratando de asimilar lo que me acababa de decir. Por un instante estuve en shock . Por primera vez desde que habíamos llegado, Carlota permanecía en silencio.

De repente miré a Astor —que seguía ajeno a mi presencia—, y sacudí la cabeza. Eso que decía era absurdo. No tenía sentido. ¿Por qué querría hacerme sufrir? Seguramente Ámbar estaba enamorada de él —no la culpaba— y quería separarnos.

—Ámbar, te agradezco que quieras protegerme de Astor. Pero no creo que él quiera hacerme daño. No deberías culparlo de algo tan grave inventando ese disparate.

—¿Crees que lo estoy inventando? Eres más ilusa de lo que creía —dijo, negando con la cabeza—. No estoy inventando nada. Octavio también lo sabe. Pero ese es otro que solo le hace la pelota.

—Astor no… —me callé.

Astor no, ¿qué?

Ni siquiera sabía cómo defenderlo.

Si pensaba en las últimas horas, la acusación de Ámbar tenía sentido.

Logró que le confesara mis sentimientos y me hizo a un lado.

Se alejó sin motivos. Tampoco podía rebatírselo apelando a los sentimientos, porque él no me amaba.

Las pruebas estaban en su contra. Y aun así seguía buscando una sola razón para no creerla.

—Doctora, lo digo en serio. Me pareces una buena mujer y no puedo guardarme lo que sé. Astor no te quiere. Lo que voy a decirte ahora te lo va a confirmar porque está claro que yo no tendría cómo saberlo. Él…

—Dilo de una maldita vez —gritó Carlota.

—Carlota… basta.

Ámbar bajó la mirada un segundo y, cuando volvió a mirarme, solo vi determinación.

—Lo escuché hablando varias veces con Octavio —respiró hondo y bajó la voz— y le decía que te hacía responsable de la muerte de su abuelo. Creo que lo atendiste y no le pudiste salvar la vida. Por eso te enamoró. Como una especie de venganza.

—¡¿Qué?! —exclamó Carlota.

Yo quedé en silencio. Procesando esas horribles palabras.

El mundo se me vino encima.

—Ámbar, ¿qué estás haciendo? —exclamó Octavio, apareciendo a nuestro lado—. Ve a trabajar.

—¿Que qué estoy haciendo? Lo que deberías haber hecho tú, si tuvieras un poco de vergüenza. No sé cómo puedes mirarla a los ojos sabiendo que tu amigo la engañó de esa forma tan cruel.

Miré a Octavio esperando ver algo que me dijera que todo era una gran mentira.

No encontré nada.

Al contrario, se tensó y me miró con vergüenza.

—¿Es verdad, Octavio? ¿Lo que dice Ámbar, es verdad?

—Deberías hablar con Astor, Doriana —respondió, pero sus palabras y su rostro me lo dejaron claro. Esa era la respuesta.

—¿Hablar con ese hijo de puta? Por supuesto que no. No se merece ni un solo minuto más del tiempo de Doriana. Nos vamos —dijo Carlota, tomándome de un brazo y tironeando de mí.

—No, Carlota. Me dijiste que fuera valiente y pidiera explicaciones. Es lo que voy a hacer.

—No de estas, Dori… —dijo, mirándome con tristeza.

—Esta vez estoy convencida de que debo pedirlas.

—Lo siento —dijo Ámbar, y se fue.

—Habla con Astor, Doriana —insistió Octavio, mirándome preocupado.

¿Yo había atendido a su abuelo?

¿Yo era la que no había podido salvarlo?

No podía creer que Astor fuera tan cruel y me quisiera hacer sufrir culpándome de su muerte.

Pero a la vez… tenía sentido. Su mirada de horror en la sala de espera del hospital. Su gran amor y admiración por su abuelo.

Solo había una forma de saberlo.

Comencé a abrirme paso hacia la barra, con Carlota y Octavio siguiéndome de cerca. Choqué con varias personas, pero ni siquiera levanté la vista para disculparme. Todo era un borrón de sombras y luces de colores.

Al llegar, alcé el rostro y miré al hombre que, en ese instante, me resultaba un completo desconocido.

Él también levantó la vista.

Nuestros ojos se encontraron.

Sonrió de inmediato.

Cruzó la corta distancia que nos separaba hasta quedar frente a mí, al otro lado de la barra.

Pero, al ver mi expresión, la sonrisa se desvaneció.

—¿Todo este tiempo me engañaste para hacerme sufrir por la muerte de tu abuelo?

—Doriana, yo...

—Respóndeme.

Astor cerró los ojos un instante.

Pero no respondió.

No necesité que lo hiciera porque, al mirarlo, lo supe. Lo que me había dicho Ámbar era verdad.

Y no solo lo delató la sombra de arrepentimiento que cruzó su rostro. También lo hizo su silencio.

Los ojos se me llenaron de lágrimas.

—¡Capullo hijo de puta! —gritó Carlota.

De repente, un líquido oscuro corría por el rostro de Astor. Carlota le había arrojado el contenido de una copa.

Lo miré con un gran dolor oprimiéndome el pecho.

—¿De verdad me crees culpable de la muerte de un paciente?

¿De verdad me crees capaz de eso? Siento muchísimo la muerte de tu abuelo.

No sé si fui yo quien lo atendió, pero, si fue así, te aseguro que hice todo lo que estaba en mis manos para salvarlo.

Siempre lo hago. Siempre. Cada paciente que entra en mi consulta o en un quirófano pone su vida en nuestras manos, y no hay un solo día en que olvide el peso de esa responsabilidad.

»Cuando no conseguimos salvar a alguien, esa pérdida no se queda en el hospital. Se viene con nosotros. Nos acompaña durante mucho tiempo. Yo todavía recuerdo a pacientes que no pude salvar y me sigo preguntando si habría podido hacer algo más, aunque sepa que no.

»Eso es lo que significa ser médico. Vivir con esas ausencias y seguir adelante porque otros pacientes te necesitan.

Así que no... nunca podría tomarme una muerte a la ligera.

Y si de verdad atendí a tu abuelo, siento de corazón no haber podido salvarlo.

Pero convertir ese dolor en una venganza... eso habla de ti, no de mí.

Inspiré profundamente para contener el llanto.

—Felicidades, Astor. Lo lograste. No te ha costado demasiado conseguir lo que querías —dije, no solo angustiada, sino también asqueada—.

Espero que, por lo menos, disfrutes del resultado.

Lo hiciste bien porque me enamoré de ti.

No solo me enamoré de ti, también lograste herirme en lo más profundo como era tu objetivo.

Te aseguro que yo no sabía cómo era el infierno. Hasta ahora. Felicidades, campeón.

Me di la vuelta y me dirigí hacia los ascensores, sintiendo que todo el cuerpo me temblaba y que las piernas me iban a flaquear en cualquier momento. Noté que Carlota me daba la mano y me la apretaba. Con ese contacto logré un poco de equilibrio.

—Sácame de aquí, por favor —supliqué.

Quería salir de allí y olvidarme de Astor, de su bar y de todo lo que tuviera algo que ver con él.

Apenas entramos en el ascensor, Carlota me abrazó.

—Te aseguro que ese gilipollas va a sufrir lo indecible y se va a arrepentir hasta el día en que desaparezca de este mundo, porque nada podrá compararse a haberte perdido.

La abracé con más fuerza.

Negué despacio. Ojalá tuviera razón, pero si de verdad le importara, no podía haberme herido de esa forma tan cruel.

Yo no significaba nada para Astor.

Y nadie se arrepentía de conseguir exactamente lo que había ido a buscar.