Capítulo 39
«Herir a alguien que amas es la forma más rápida de destruirte a ti mismo»
— Paulo Coelho
Astor
N o había podido pegar ojo.
Me pasé la noche paseando de un lado a otro de mi piso. A las siete decidí descargar de algún modo toda la frustración que sentía.
Salí a correr por el Parque del Retiro. Ya llevaba diez kilómetros. Los pulmones me ardían y las piernas empezaban a protestar, pero seguía sin sentir el alivio que había salido a buscar.
Normalmente, conseguía calmarme. Los pensamientos solían desaparecer, sustituidos por el dolor de las articulaciones, el cansancio, el ardor de los músculos y el hambre atroz que siempre aparecía al terminar.
Pero esa mañana, nada servía. Mis pensamientos eran un caos y nada lograba reemplazarlos ni aquietarlos. Podía obligar a mi cuerpo a seguir avanzando, pero mi cabeza seguía atrapada en el mismo sitio. Sentía una enorme rabia conmigo mismo y una profunda desilusión.
Siguiendo el consejo de Octavio, la noche anterior había ido a esperarla al hospital para confesarle mi verdad y mis sentimientos por ella. Nuestra relación era especial… Ella lo era.
Mi intención era sorprenderla esperándola a la salida.
Pero, al presenciar aquella escena en la sala de espera del hospital, reviví el instante en que nos comunicó la muerte de mi abuelo.
Volví a sentir todo el dolor, la impotencia y la rabia de aquella vez.
Volví a perder a mi abuelo.
Y no pude con eso.
Tampoco pude enfrentarme a Doriana. Salí huyendo como un cobarde y sin darle ninguna explicación.
Correr ya no me estaba proporcionando ninguna calma.
Detuve mi marcha. Apoyé las manos en las rodillas y permanecí así un buen rato.
Cuando la respiración se normalizó un poco, me senté en un banco y me puse a mirar el estanque.
Mi teléfono vibró en el brazalete deportivo.
Miré la pantalla. La foto de contacto de Doriana apareció en ella.
Me sonreía con esa expresión luminosa que siempre conseguía hacerme olvidar el resto del mundo.
Quería tenerla a mi lado. Quería abrazarla. Y, al mismo tiempo, era incapaz de soportar mirarla.
Le iba a confesar todo lo que tenía atascado en la garganta, sobre todo mis sentimientos. Pero en ese momento no podía. Lo de esa noche me había dejado con el corazón hecho trizas.
Rechacé la llamada.
Y me odié por hacerlo.
Pero me sentía incapaz de hablar con ella.
No tenía ni idea de qué estaría pensando, pero sabía con certeza que debía de estar sorprendida y preocupada por mi actitud en el hospital y por no responder su llamada.
Me llegó un mensaje suyo.
Doriana:
«Me gustaría que habláramos.
Carlota viene a visitarme en un
rato. Si te parece bien, te aviso
cuando se haya ido. Besos»
Aunque el cielo estaba completamente despejado, sentí que todo a mi alrededor se oscurecía.
El mensaje seguía iluminando la pantalla.
Yo era incapaz de responderle.
Y nunca me había sentido tan miserable.