A un latido de ti Capítulo 38
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Capítulo 38

«Si usted pudiera ver mis pies cuando no llevo botas, se haría una idea de lo que es el amor no correspondido»

—Charles Dickens

Doriana

A l llegar a mi piso, lo encontré oscuro y silencioso.

Tenía la esperanza de encontrar a Astor esperándome, como tantas otras veces. Había imaginado su presencia como un refugio. Mi refugio. Pero el piso me recibió vacío.

Estuve a punto de ir a su piso y preguntarle qué había sucedido en el hospital, pero no lo hice. No estaba en condiciones de enfrentarme a él. No solo estaba angustiada, también sentía un cansancio tan grande que apenas podía mantenerme en pie.

Por mi cabeza pasaban mil cosas, pero siempre llegaba a la misma conclusión: Astor había ido a esperarme para hablar de lo que le había confesado en el aeropuerto, pero, al encontrarse con aquella situación tan desgarradora, había preferido marcharse.

No le encontraba otra explicación. Y no lo entendía.

Tampoco podía ocultar que me sentía un poco desilusionada.

Podía entender —aunque no estuviera de acuerdo— que el hecho de que me hubiera enamorado de él lo asustara, pero lo ocurrido esa noche en el hospital nada tenía que ver con nuestra relación.

Yo no habría dudado en quedarme a su lado para brindarle apoyo y consuelo, porque él había notado mi profunda angustia y desazón.

Me senté en la cama, apoyé los codos sobre las rodillas y me sostuve la cabeza entre las manos.

Había perdido pacientes antes. Sabía que no todas las enfermedades tenían cura y que la muerte formaba parte de la profesión que había elegido.

Lo sabía. Pero cada paciente llevaba consigo una historia, una familia, una esperanza depositada en nosotros.

Y, cuando no conseguíamos salvarlos, era imposible no preguntarse si había algo más que hubiéramos podido hacer, aunque la razón respondiera que no.

Sin embargo, ese conocimiento no me protegía del dolor.

Pero había que continuar.

El hospital seguía funcionando. Otros pacientes esperaban, otras alarmas sonaban, otras decisiones reclamaban atención.

Había que secarse las lágrimas y seguir adelante.

La profesión rara vez concedía tiempo para elaborar el duelo.

Porque detrás de la bata había una persona que también sentía, que también sufría y que había elegido una profesión en la que, a pesar de entregarlo todo, no siempre era posible vencer a la muerte.

Me dejé caer hacia atrás y cerré los ojos.

Necesitaba unos días de descanso.

Quizá lo mejor sería tomarme unos días y hacer el viaje que tenía planeado con Carlota. Una escapada a Alicante era justo lo que necesitaba. Además, empezaba a pensar que quizá un poco de distancia con Astor nos vendría bien a los dos.

Con esa idea en la cabeza, me hice un ovillo y dejé que el sueño me venciera.

Me desperté sin saber muy bien qué hora era.

Durante unos segundos permanecí inmóvil, con los ojos apenas entreabiertos, aferrada al último resto de un sueño. El silencio que reinaba en la habitación era profundo.

Seguía hecha un ovillo, exactamente igual que cuando el agotamiento había apagado mi conciencia. Ni siquiera las sábanas parecían haberse movido; el otro lado de la cama seguía liso, frío, intacto.

Estaba sola.

Entonces todo lo sucedido el día anterior regresó a mí.

Enseguida me incorporé y tomé el teléfono con esa mezcla de esperanza y anhelo que convierte cada segundo de espera en pura ansiedad.

Pero no había ningún mensaje.

Ninguna llamada perdida.

Ninguna explicación.

Era como si dormir me hubiera servido únicamente para cambiar de día, no de ánimo.

Me disponía a levantarme cuando la pantalla del teléfono se encendió anunciando un mensaje. El corazón me dio un brinco, esperanzado. Pero la ilusión apenas duró un instante: era Carlota.

Carlota:

«Cómo estás? Estás con Astor?

Yo estoy saliendo del hospital.

Voy para tu casa. Me enteré

de lo sucedido anoche con el

paciente. Te conozco y me

imagino cómo debes estar.

Te quiero»

Qué suerte tenía de tenerla en mi vida.

Yo:

«Estoy bien, pero gracias por

preocuparte. Me encanta que

vengas. Tmb te quiero»

Carlota poseía el don de aparecer justo cuando más la necesitaba, incluso antes de que yo fuera capaz de admitir que no estaba bien.

Con un mensaje, una visita inesperada o un abrazo silencioso, conseguía recordarme que no tenía que cargar sola con el peso de los días difíciles.

Saber que en unos minutos estaría llamando a mi puerta fue el primer pensamiento que logró aliviar, aunque solo fuera un poco, la tristeza con la que me había despertado.

Antes de que mi amiga llegara, quería hablar con Astor.

Solía dormir hasta el mediodía porque casi todas las noches se acostaba cerca de las cuatro de la mañana.

De hecho, cuando lo vi en la sala de espera del hospital eran casi las cinco.

Ya eran las once, así que decidí pasar por su piso para hablar con él en persona.

Después de ducharme, desayuné un café y unas tostadas, y subí.

Astor me había dado una copia de la llave, así que abrí la puerta con cuidado.

Todo estaba en silencio. Me dirigí a su dormitorio y me sorprendió comprobar que la cama seguía sin hacer.

Su camiseta seguía tirada sobre una silla, como si hubiera salido con prisas.

Pero él no estaba. Seguramente se había levantado temprano y había salido.

No podía esperarlo porque Carlota estaba al llegar.

Decidí llamarlo.

El corazón me latía desbocado mientras esperaba a que contestara, nerviosa.

Pero la llamada se cortó de repente.

Había rechazado la llamada.

Sentí que el miedo empezaba a convertirse en certeza.

Nunca había rechazado una llamada mía… Jamás.

Pensé un momento y le envié un mensaje.

Yo:

«Me gustaría que habláramos.

Carlota viene a visitarme en un

rato. Si te parece bien, te aviso

cuando se haya ido. Besos»

Guardé el teléfono en el bolsillo trasero de los jeans y salí de su piso sintiendo como si una pesada roca me aplastara el pecho.

Cuando llegué a mi piso volví a mirar el teléfono.

La confirmación de lectura me indicó que lo había visto. Aguardé con el alma en un puño.

—Responde —susurré.

Contuve la respiración mientras esperaba.

Nada.

No apartaba la vista de la pantalla.

Pero no respondió, y algo me decía que no lo haría.

Dejé el teléfono sobre la mesa del living y me senté en el sofá.

No sabía qué estaba pasando. Pero, por primera vez desde que Astor había entrado en mi vida, tuve miedo de que se estuviera alejando de mí.