Capítulo 37
«El arte es largo, la vida es breve, la oportunidad fugaz, la experiencia engañosa, el juicio difícil»
—Hipócrates
Doriana
— ¿ L e confesaste tus sentimientos y no te dijo nada? —preguntó Carlota.
Mi amiga no disimulaba su sorpresa. Pero no porque yo estuviera enamorada de Astor —se había dado cuenta mucho antes que yo—, sino por el silencio con el que Astor respondió a mi declaración.
—No con palabras. Solo me… besó —respondí, tendiéndole una copa de Aperol Spritz, un cóctel que nos encantaba y que yo preparaba de maravilla.
—¿Esa fue su única reacción? —preguntó mientras se sentaba en el taburete de la cocina.
—Es que se lo solté nada más vernos en el aeropuerto.
Me observó durante un instante y, antes de responder, dio un trago.
—No sé cómo haces para que te quede tan delicioso.
—No cambies de tema. ¿Qué piensas de la reacción de Astor?
—Que seguramente no dijo nada por eso mismo.
—¿Por qué? No te entiendo.
—Acababan de reencontrarse después de varios días y la emoción debió de dejarlo vulnerable.
—¿Vulnerable? Ni tú misma te crees eso. —Dejé la copa sobre la barra—. Quizá lo asusté y piensa que es una locura porque todavía no nos conocemos lo suficiente.
—¿Tú piensas eso?
Negué con la cabeza y le sostuve la mirada.
—No sé cómo sucedió en tan poco tiempo, pero estoy segura de que lo amo. Este sentimiento, tan abrumador, no se parece a nada que haya sentido antes. Es reconfortante, pero también aterrador.
—Entonces no veo por qué habría de parecerle una locura. Creo que hiciste bien en confesárselo.
—¿De verdad crees que hice bien? ¿No piensas que debí guardármelo un tiempo más?
—No. Además, no habrías aguantado mucho más. El corazón siempre toma la decisión antes que la cabeza.
—Una respuesta muy contundente —dije.
—¿Qué habría cambiado si hubieras esperado? El amor tiene muchos defectos, pero sentirlo no es uno de ellos. Además, Astor te besó, no salió corriendo.
—Eso es cierto.
—Si no se lo decías, seguirías sintiendo lo mismo, solo que en silencio.
—La realidad es que ya había tardado demasiado en confesárselo. Pero estando en Barcelona, sentí que debía hacerlo. Me sentía una traidora por seguir ocultándoselo. Era como si me estuviera defraudando a mí misma.
Suspiré y giré la copa entre las manos.
—Odio esta sensación de no saber qué está pensando —dije.
—Bienvenida al club. Los hombres llevan siglos provocándola. —Dejó la copa y me miró a los ojos—. Si quieres otro consejo, deja que las cosas sigan su curso y no estés pendiente de su respuesta.
—Lo intentaré.
—Ahora le toca a él decidir qué hacer con esa información. Y, Dori... intenta no imaginar respuestas antes de escucharlas. La cabeza siempre inventa las peores.
—Gracias por ser mi equipo anticrisis —dije, tomándole la mano.
—Tú eres el mío. —Me apretó la mano—. Si empezara a agradecerte todo lo que haces por mí, no terminaría ni mañana.
—No tienes nada que agradecer.
—Tú tampoco. Pero gracias por compartir tus dolores, sueños y miedos conmigo, y por darme la mano cuando toca exigir, marcharse o gritar. Gracias porque, en este mundo cada vez más incierto, siempre me haces sentir segura y querida.
Sus palabras me emocionaron.
Seguramente podríamos llenar páginas enteras de agradecimientos mutuos: por corregirme el delineador corrido, por esconder la etiqueta de la ropa que estrenaba, por quitarme el chupito de tequila de la mano cuando ya había tenido suficiente.
También por ser mi fan número uno. Por confiar en mí incluso cuando yo dudaba de mí misma.
Por recordarme que podía aspirar a más y que merecía cosas mejores.
También valoraba que me dijera la verdad, incluso cuando no quería escucharla.
Por señalar mis errores y por celebrar mis aciertos como si fueran suyos.
Por hacerme reír. Porque siempre encontraba la manera de colar un poco de luz en los días más grises y de convertir cualquier desastre en una anécdota.
Le daba las gracias por no escatimar nunca en abrazos ni en consejos. Sin importar cuántas veces tropezara con la misma piedra, siempre estaba dispuesta a ofrecerme cariño, consuelo y una nueva oportunidad para intentarlo.
Y, sobre todo, le daba las gracias por estar. Porque, al final, eso era lo único que realmente importaba.
Carlota se marchó cuando el reloj marcaba las dos de la mañana.
Habíamos charlado durante horas, no solo de Astor, sino también del congreso en Barcelona y de un posible viaje juntas a Alicante para disfrutar de unos días de playa y descanso.
Cuando me fui a la cama, eran cerca de las dos y media. Aunque estaba cansada, quería esperar despierta a Astor, así que me senté en la cama y me puse a leer, iluminada únicamente por la lámpara de la mesita de noche.
Desde que se había ido a Vértigo, no sabía nada de él. Como casi siempre me llamaba o me escribía, una parte de mí no podía evitar pensar que aquel silencio se debía a mi declaración.
Exhalé hondo y me removí entre las sábanas, molesta conmigo misma. Pasé la página con más fuerza de la necesaria y seguí leyendo.
El teléfono vibró sobre la mesita de noche. La foto de contacto de Astor, en la que me hacía un guiño, iluminó la pantalla. Una sonrisa apareció antes de que pudiera evitarlo.
Actúa con naturalidad , me recordé.
—¿Hola?
— Hola, doc —saludó. Su voz alegre me tranquilizó.
—Suena como si estuvieras en un bar. ¿Ha salido de fiesta, señor Sinclair? —bromeé, y lo oí reír.
— Yo solo salgo de fiesta contigo, doc.
—Entonces… ¿cómo va la noche en Vértigo ? ¿Cierran mucho más tarde?
— Supongo que dentro de un rato. Hoy está muy concurrido. ¿Carlota sigue allí?
—No. Se fue hace un rato.
— No te llamé antes porque no quería molestarlas. ¿Qué tal lo pasaron?
—Muy bien. Después de tantos días sin vernos, teníamos muchas cosas de las que hablar —dije, y volvió a reír.
— No lo dudo. ¿Qué estabas haciendo? ¿Ya estás en la cama?
—Sí, pero leyendo.
— Mmm… ¿Un libro erótico? —preguntó en voz baja, con un tono sensual.
Estaba juguetón. Pensaba seguirle el juego.
—Quizá. Si quieres, puedo esperarte y leerlo contigo.
— No me gusta leer esas cosas sin hacerlas realidad.
Me estaba provocando.
—Podríamos hacerlas realidad.
Al otro lado de la línea solo hubo silencio.
Por segunda vez aquel día, lo había dejado sin palabras.
— Vas a conseguir que saque a toda la gente de aquí para cerrar el bar y salir corriendo hacia allí.
—¿Y qué tan rápido podrías hacerlo?
— Soy capaz de pulsar ahora mismo el botón de la alarma de incendios.
Me eché a reír.
—¿Lo dices porque estás ardiendo?
— Y te vas a quemar conmigo, doc.
Solté una carcajada.
—No lo hagas, por favor. El sistema de riego va a estropear todo el bar. Además, nos queda todo el resto de la noche para nosotros.
— Espérame despierta.
—Te lo prometo.
Dejé el libro a un lado. Sabía que no leería una sola página más hasta que él llegara.
No pude cumplir mi promesa.
Apenas unos minutos después de cortar la llamada con Astor, el teléfono volvió a sonar. Mi sonrisa desapareció en cuanto vi que llamaban del hospital.
—¿Sí?
— Doctora Delacroix, disculpe la hora y, sobre todo, tener que molestarla cuando está en sus días libres.
Lamentablemente, tenemos un Código Infarto en Urgencias.
El paciente es un varón adulto y presenta una oclusión coronaria aguda.
El doctor Álvarez solicita que venga cuanto antes porque entiende que usted es la indicada para este caso .
Cerré los ojos un instante.
Me apenaba no poder esperar a Astor, como le había prometido, pero no dudaba ni un segundo en acudir al hospital y hacer todo lo que estuviera a mi alcance para salvar una vida.
—Estoy en camino.
La llamada terminó y enseguida comencé a prepararme.
Miré la puerta, imaginando a Astor atravesándola unos minutos después. Había prometido esperarlo despierta. Aquella noche tampoco iba a ser.
—Lo siento... —murmuré.
Tomé el teléfono y le escribí un mensaje antes de salir.
Yo:
«Me ha surgido una urgencia
en el hospital. Lo siento muchísimo.
Te llamo en cuanto pueda»
Me cambié a toda prisa, me recogí el cabello en un moño descuidado y tomé el maletín antes de salir.
Las calles estaban casi vacías a esas horas. Los semáforos cambiaban de color para nadie. La ciudad parecía abrirme el camino para que llegara más rápido. Mientras conducía, recibí un mensaje. Supuse que era de Astor, pero tendría que leerlo después.
Las puertas automáticas de Urgencias se abrieron con un siseo familiar.
El olor típico del hospital sustituyó al perfume de mi piso. Enfermeros, celadores y médicos cruzaban los pasillos con la rapidez de quien ya conoce la coreografía de una noche complicada.
Una residente llegó prácticamente corriendo hasta mí.
—Doctora Delacroix.
—Buenas noches. Infórmame.
—Varón de setenta y nueve años. Dolor torácico de inicio súbito hace cuarenta minutos. Elevación del ST [1] en cara anterior. Lo están preparando para hemodinámica [2] .
Asentí mientras caminábamos.
La decepción de apenas unos minutos antes quedó relegada a un rincón de mi mente. A partir de ese momento, solo existía el paciente.
Al entrar en el box, el monitor mostraba una frecuencia cardíaca demasiado elevada y el doctor Álvarez me miró con preocupación. Álvarez era cirujano cardiovascular y llevaba varios años en el hospital. Conocía esa mirada y no me gustó. Miré al paciente. Respiraba con muchísima dificultad.
—Doctora, lo están preparando para la angioplastia —me informó el doctor—, pero antes necesito hablar con usted. —Señaló la salida.
En cuanto salimos del box, me miró con seriedad.
—Quiero su opinión. El paciente es de alto riesgo por sus comorbilidades [3] , pero entiendo que debe ir directo a cirugía.
—Necesito ver las pruebas.
Se trataba de una disección aórtica tipo A [4] .
Coincidía en que se debía cancelar la angioplastia y llamar a cirugía cardiovascular de inmediato.
El electrocardiograma inicial no mentía: mostraba una elevación del ST en cara anterior.
Era el cuadro típico de un infarto masivo.
Pero, cuando estudié la ecografía, enseguida comprendí que la aorta se estaba desgarrando.
Cancelar hemodinámica y llevarlo a quirófano era prioritario.
—¡Masaje cardíaco interno! —ordenó Álvarez, hundiendo las manos en la cavidad torácica.
Di un paso al frente con los ojos fijos en el rostro del paciente.
El monitor emitió un pitido continuo, plano, ensordecedor.
Pasaron diez, veinte, treinta minutos de maniobras.
—Es suficiente —dijo finalmente Álvarez, dejando caer las manos, exhausto.
El silencio que siguió fue abrupto, roto solo por el siseo del respirador mecánico que el anestesiólogo procedió a apagar. Cuando un corazón dejaba de latir y ya no quedaba nada más por intentar, se producía un silencio particular y un vacío que ningún protocolo enseñaba a llenar.
No fui a la sala de descanso.
Me encerré en el baño de mujeres del área quirúrgica, echando el pasador antes de dejarme caer sobre el suelo de baldosas frías.
Me quité el gorro y las gafas de protección y los dejé caer a mi lado.
Me temblaban las manos, aunque una cardióloga no podía permitirse ese temblor.
Sin embargo, allí dentro no era la doctora Delacroix.
Solo era Doriana.
El silencio del baño era insoportable comparado con el caos de unos minutos antes, pero en mi cabeza seguía sonando el pitido plano del monitor.
Apoyé la frente contra las rodillas y dejé que el llanto contenido me cerrara la garganta, ahogando los sollozos para que nadie al otro lado de la puerta supiera que la doctora también se estaba rompiendo.
Unos minutos después, la voz de una enfermera me hizo incorporarme.
—Doctora Delacroix, ¿se encuentra aquí?
—Sí, estoy aquí. Ya salgo —dije, enjugándome las lágrimas.
—El doctor Álvarez solicita que usted lo acompañe para informar a los familiares.
Ese era uno de los momentos más temidos por cualquier médico.
La transición del quirófano a la sala de espera rompía la barrera entre el lenguaje técnico y la realidad humana más cruda.
La mirada de los familiares pesaba. Tener que decir «lo siento, hicimos todo lo que pudimos» exigía una fortaleza inmensa.
Y esas palabras nunca serían suficientes para quien acababa de perder a un ser querido.
Compartía, en cierto modo, esa pérdida, aunque desde un lugar distinto.
Respiré hondo, intentando tragar el nudo de piedra que se me había formado en la garganta, y empujé la puerta.
—Doctora, ¿se encuentra bien? —preguntó Mara, la enfermera que había venido a buscarme.
—Todo lo bien que se puede estar.
—Lo siento mucho, doctora.
—Gracias, Mara.
Álvarez y yo nos detuvimos ante la puerta de madera de la sala de informes.
—Era mi paciente. Yo me encargo, Doriana, pero te necesito a mi lado.
—Aquí estoy. Todos necesitamos apoyo en estos casos.
—Gracias.
Respiré hondo y empujé la puerta.
Las miradas que nos recibieron volvieron a destrozarme el corazón.
—¿Familiares del señor Tomasi? —preguntó Álvarez.
Se acercaron tres personas: una mujer y dos hombres.
En ese momento advertí otra figura al fondo de la sala. Permanecía apoyada contra la pared, inmóvil.
Al principio pensé que sería otro familiar.
Pero no.
Era Astor.
Saber que estaba cerca hizo que el peso de aquella noche resultara un poco más llevadero.
La voz del doctor me hizo desviar la mirada.
—Lo lamento muchísimo…
Entonces llegó el grito.
Un sonido agudo, animal, que pareció rebotar en las paredes desnudas de la sala. El llanto y el desconsuelo se adueñaron del lugar.
Extendí la mano y toqué el antebrazo de la mujer. Cada palabra de consuelo que intentaba formular me parecía un cliché vacío, un insulto ante la magnitud de la pérdida.
Levanté la vista hacia Astor. Estaba pálido y parecía tan consternado que me asusté. Me miraba como si no me conociera. El horror estaba dibujado en su rostro. Parecía que la noticia se la hubiéramos dado a él y que yo fuera la causante de ese dolor.
Di un paso hacia él y, para mi sorpresa, retrocedió y levantó la mano para detenerme.
En su mirada solo pude distinguir tristeza y decepción.
Se encaminó hacia la salida.
Vi cómo abría la puerta, salía y la cerraba tras de sí.
Me quedé inmóvil.
No entendía qué acababa de ocurrir, pero algo parecido al miedo empezó a instalarse en mi pecho.