A un latido de ti Capítulo 36
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Capítulo 36

«La mayor felicidad de la vida es la convicción de que somos amados; amados por nosotros mismos o, mejor dicho, amados a pesar de nosotros mismos»

— Víctor Hugo

Astor

E staba sentado en un taburete junto a la barra del bar, asimilando las palabras de Doriana.

Me había dicho: «Te amo».

No «te quiero», sino «te amo».

Aquellas dos palabras valían más que cualquier otra cosa del mundo. No dejaban lugar a dudas.

Doriana me amaba.

La intensidad de su mirada y la vulnerabilidad de su declaración me habían dejado sin aliento.

Al recordarlo, una inesperada sensación de hogar se instaló en mi pecho.

Su confesión me había dejado aturdido; las emociones se agolpaban en mi mente sin darme tregua.

La amaba.

Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que seguía respirando. Y, aun así, decir que la amaba no alcanzaba a expresar la magnitud de mis sentimientos. Al contrario. Lo que sentía por Doriana era inmensamente mayor y esas palabras apenas lograban contenerlo.

Doriana me estaba entregando el único amor del que de verdad quería ser digno.

Pero… ¿lo merecía?

Ella ignoraba por completo quién había sido yo cuando decidí entrar en su vida.

Bajé la cabeza. La culpa regresó de golpe y oscureció todo lo demás.

Era esa misma culpa la que me había mantenido en silencio.

Antes de declararme, quería ser completamente sincero con ella.

No me había parecido correcto hacerlo sin explicarle primero las razones por las que, en un principio, me había acercado a ella.

Pero ahora, con el eco de aquella declaración resonando en mi mente, comprendía que había dejado escapar la oportunidad de abrirme por completo.

Debía haberle dicho que nada me importaba más que ella. Que la amaba por encima de todas las cosas.

Debía encontrar la forma de confesárselo.

Había llegado el momento de dejar de esconderme, de ser valiente, de abrir mi corazón y de permitir que mis sentimientos encontraran por fin su voz.

Y, aunque la incertidumbre seguía asustándome, una parte de mí también se sentía expectante ante lo que estaba por venir.

—¿Qué haces tan temprano por aquí? —la voz de Octavio me devolvió a la realidad—. Pensé que hoy llegaba Doriana de Barcelona. Como mínimo esperaba verte aparecer bastante más tarde —añadió, palmeándome el hombro.

—Sí, llegó temprano. Y si te preocupa que no le haya dado la bienvenida como merece, puedes estar tranquilo porque la tuvo —bromeé.

Octavio sonrió, pero cuando me volvió a mirar su sonrisa se borró.

—¿Qué ocurre? ¿Algo va mal?

Me pasé la mano por el pelo con frustración.

—Sí y no.

—¿Puedes ser más claro?

—Doriana me confesó que me ama.

Incluso decirlo en voz alta hizo que se me hinchara el pecho de emoción.

A Octavio le tomó un par de parpadeos asimilar mi respuesta. Al instante recuperó la sonrisa y me dio otra palmada en el hombro.

—Bueno, parece que tu objetivo se cumplió y que la chica cayó rendida ante tus encantos, gilipollas.

Sonreí y negué con la cabeza.

—Y parece que no me tenías mucha fe. No soy tan gilipollas después de todo.

Octavio miró por encima de mi hombro y la sonrisa se le borró.

—¿Necesitas algo, Ámbar? —preguntó mi amigo.

Cuando me giré, la encontré a unos metros de nosotros, y su rostro reflejaba una mezcla de estupor y contrariedad. Muy distinto del embeleso con el que solía observarme.

—No. Venía a por unas copas, pero vuelvo después. No quiero interrumpir vuestra… conversación.

—Tómalas —dije, señalándoselas—. No nos interrumpes. Además, nosotros también debemos ponernos a trabajar.

Me puse de pie y miré a Octavio. Este seguía observando a Ámbar con desconfianza.

La chica tomó un par de copas y se marchó.

—¿Qué fue eso? ¿Por qué la miras así?

—No me gusta que ande fisgoneando. No es la primera vez que hablamos de Doriana y ella aparece para escuchar la conversación.

—Puede escuchar todo lo que quiera. No hemos dicho nada malo.

Octavio me miró y se encogió de hombros.

—Sigue poniéndome al día. Entonces también le confesaste que la amabas.

—No lo hice.

—Pero, la amas —afirmó con total certeza.

—Sí, sin ninguna duda. Pero… no sé… sentí que antes de decírselo debía contarle la verdad sobre nosotros. —Inspiré profunda y lentamente—. Debo contarle lo de mi abuelo y cuáles eran mis intenciones cuando me acerqué a ella.

—Tienes claro que corres el riesgo de que te dé una buena patada en el culo.

—Y merecida —dije. Octavio asintió—. Pero necesito arriesgarme porque no siento que esté siendo leal. Quiero que entre nosotros no haya secretos.

—Y… ¿por qué no aprovechaste el momento y se lo dijiste?

—No supe cómo hacerlo.

—No deberías esperar mucho más.

Me tomé un segundo para asimilar el tono premonitorio de su consejo.

Lo atribuí a mi propia inquietud. Aquella noche me sentía inmensamente feliz y, al mismo tiempo, profundamente incómodo conmigo mismo. Así que no le di más vueltas.