Capítulo 35
«Ese momento en el que te das cuenta de que si no hablas con esa persona tu día no es el mismo»
—Anónimo
Doriana
P or una vez, había dejado el coche y optado por viajar a Barcelona en avión.
Cuando el taxi se detuvo frente al hotel, alcé la vista hacia la fachada de cristal que reflejaba el sol de la mañana y sonreí.
Me alojaría en el mismo hotel que acogía el congreso: un edificio elegante, inspirado en las formas y colores de Gaudí.
El vestíbulo bullía de actividad. Hombres y mujeres de distintas nacionalidades cruzaban el amplio espacio arrastrando maletas, consultando programas o conversando en diferentes idiomas.
Grandes paneles con el logotipo de la Sociedad Europea de Cardiología decoraban la entrada principal, junto a pantallas que daban la bienvenida a miles de especialistas llegados de todo el mundo.
Hacía años que asistía a congresos, pero aquella mezcla de ilusión y nervios seguía acompañándome cada vez que participaba en uno.
Allí se reunían algunos de los cardiólogos más prestigiosos del mundo.
Muchos de ellos llevaban años acompañándome sin saberlo, a través de artículos subrayados, estudios consultados de madrugada y referencias bibliográficas que casi conocía de memoria.
Inspiré profundamente y continué caminando.
Tras registrarme en la recepción y recoger una carpeta con documentación y la acreditación, me dirigí a mi habitación. Como el congreso no comenzaría hasta la tarde, tenía unas horas para descansar o pasear por la ciudad.
La puerta se abrió con un suave pitido electrónico y entré.
Lo primero que percibí fue el silencio.
Después de varias horas rodeada del bullicio del aeropuerto, el tráfico de la ciudad y las conversaciones en el hotel, aquella calma resultaba casi extraña, pero bienvenida.
Cerré la puerta tras de mí y me permití observar el lugar que sería mi hogar durante los próximos días.
La habitación era amplia y luminosa. La luz de la mañana se filtraba a través de los ventanales y dibujaba reflejos dorados sobre los muebles de líneas modernas.
Una cama de matrimonio ocupaba el centro de la estancia, cubierta por sábanas blancas impecables.
Dejé la maleta junto al armario y me dirigí hacia el ventanal para abrir las cortinas.
Barcelona se extendía ante mí, bañada por una luz dorada que parecía suavizar las fachadas modernistas. Desde allí distinguía algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad, entre ellos la Casa Batlló y La Pedrera. Las fachadas parecían resplandecer bajo la luz de la mañana.
Aquel viaje solo duraría unos días, pero suponía mucho más que asistir a un congreso: era una oportunidad para recordar por qué había elegido la cardiología.
Sin embargo, al pensarlo, mi mente no se detuvo en las ponencias ni en todo lo que me aguardaba durante aquellos días.
Se detuvo en Astor.
Saqué el teléfono del bolso y observé durante unos segundos la pantalla. Habían pasado apenas unas horas desde nuestra despedida y ya lo echaba de menos.
Tal como le había prometido, le envié un mensaje para decirle que había llegado bien. Dejé el teléfono sobre la mesilla y me dejé caer sobre la cama.
El teléfono vibró.
Era un mensaje suyo.
Astor:
«Me alegra saber que llegaste
bien. Aunque conozcas Barcelona,
sal a perderte un rato por sus calles.
Y no trabajes demasiado.
Cuídate, doc.
Nos hablamos.
Besos»
Decidí seguir su consejo y salir a caminar sin rumbo durante un rato antes de almorzar.
Me puse ropa cómoda y abandoné el hotel.
La ciudad ya estaba despierta. El aroma a café escapaba de las cafeterías, las terrazas comenzaban a llenarse y el murmullo constante de conversaciones se mezclaba con el ruido del tráfico.
Respiré hondo y eché a andar sin prisa. En unas horas volvería a ser la cardióloga pendiente de horarios, ponencias y debates.
De momento, solo quería disfrutar de la ciudad.
Barcelona se desplegaba ante mí como una postal viva.
Sin embargo, aquel paseo no lo hice sola.
Con Astor hicimos una videollamada y le fui mostrando los distintos lugares que visitaba. Había algo profundamente íntimo en aquella manera de viajar juntos: Astor acompañándome desde cientos de kilómetros de distancia mientras yo recorría la ciudad.
Caminaba despacio, sosteniendo el teléfono frente a mí. Al otro lado de la pantalla, él observaba cada rincón que le enseñaba. Su rostro aparecía en una pequeña esquina de la pantalla, atento a cada detalle. Compartíamos aquel paseo como si camináramos uno al lado del otro.
Al doblar una esquina, la silueta de la basílica apareció de repente entre los edificios, elevándose sobre la ciudad.
Sonreí de inmediato.
—Espera, espera... tienes que ver esto.
La fachada de la Sagrada Familia llenó la pantalla.
A aquella hora de la mañana, la luz del sol resaltaba cada relieve, cada figura esculpida y cada detalle que parecía desafiar la imaginación humana.
Las torres se alzaban hacia el cielo azul, afiladas y majestuosas, como si quisieran atravesar las nubes.
Me quedé unos segundos contemplándola en silencio, dejando que la imagen hablara por sí sola.
—Cada vez que la veo me parece más bonita —susurré.
—Es impresionante —dijo Astor—. Algunas cosas conservan intacta la capacidad de asombrarnos, por muchas veces que las contemplemos.
—Sí, siempre me asombra.
—Yo me refería a ti —respondió—. Me gusta mucho más observar tu cara de fascinación que la basílica.
Una risa suave escapó de mis labios.
—Hablo en serio. Me encanta verte así de feliz, doc.
Dejé de observar la basílica y lo miré a él a través de la pantalla.
—Algún día vendremos juntos —afirmé.
—Sin duda.
Y aunque la distancia seguía existiendo, durante aquellos segundos compartimos la misma vista, el mismo asombro y la misma certeza de estar viviendo algo extraordinario.
Sentada en el Aeropuerto de El Prat con una taza de café en mano, sentí que el cansancio acumulado de los últimos cinco días comenzaba a asentarse por fin sobre mis hombros.
Había llegado a Barcelona llena de expectativas, nervios y una agenda imposible de cumplir, y en ese momento, con el congreso finalizado, tenía la sensación de haber vivido varias semanas dentro de una sola.
Apenas habían sido cinco días.
Cinco días que, sobre el papel, parecían insignificantes. En la práctica, se habían sentido muchísimo más largos.
Barcelona había sido extraordinaria. El congreso había superado todas mis expectativas. Me llevaba conocimientos, contactos y recuerdos que conservaría durante años.
Las jornadas habían sido intensas. Conferencias interminables, conversaciones improvisadas en los pasillos y encuentros con profesionales a los que durante años solo había conocido a través de artículos y videollamadas.
Aprendí más de lo que imaginaba, tomé notas apresuradas y descubrí nuevas ideas que ya empezaban a transformarse en proyectos futuros.
Era una satisfacción profunda, de esas que no nacen de los aplausos ni de los reconocimientos, sino de la certeza íntima de haber crecido.
Algunas ponencias me obligaron a replantearme conceptos que llevaba años dando por sentados.
Otras me recordaron por qué había elegido la cardiología cuando apenas era una estudiante.
Escuchar a especialistas que admiraba desde hacía tanto tiempo no solo había ampliado mis conocimientos; también había renovado mi entusiasmo por una profesión que seguía desafiándome cada día.
Y, sin embargo, comprendí que había algo que ninguna ponencia ni ninguna experiencia profesional podía sustituir.
Astor.
Lo había echado de menos más de lo que había imaginado.
Especialmente durante las noches silenciosas del hotel, cuando la emoción del día se apagaba y ya no quedaban distracciones. También durante los desayunos apresurados antes de salir hacia el recinto del congreso. Su ausencia había tenido un peso inesperado.
Había compartido con él fotografías, mensajes y videollamadas siempre que encontraba un momento libre. Sin embargo, ninguna pantalla conseguía reproducir la alegría que sentía cuando estaba a su lado.
Nunca antes había sentido tantas ganas de regresar.
Siempre me había gustado volver a casa, pero aquello era diferente. No era por la ciudad ni por el hospital al que tanto cariño le tenía. Lo que me llamaba de regreso era él.
Imaginé el instante en que la distancia de aquellos días desaparecería por completo. Ninguna videollamada. Ninguna conexión inestable ni despedidas apresuradas porque alguno de los dos tenía que seguir con sus obligaciones.
Solo él.
Solo nosotros.
Mientras avanzaba por los pasillos del aeropuerto de Madrid arrastrando la maleta, el corazón me latía desbocado. Al llegar a la zona de recogida de equipajes, revisé el teléfono. Había un mensaje de Astor:
Astor:
«Ya estoy aquí»
Sonreí.
La espera junto a la cinta transportadora se me hizo interminable.
Cuando por fin recuperé el equipaje, aceleré el paso.
El aeropuerto bullía de movimiento. Seres queridos que se reencontraban, viajeros apresurados, voces que se mezclaban con los anuncios por megafonía.
Sin embargo, yo apenas percibía nada de aquello.
Solo buscaba su rostro.
Atravesé las puertas automáticas de llegadas y mi mirada recorrió la multitud.
Y entonces lo vi.
Astor estaba unos metros más allá, entre la gente que aguardaba tras la barrera de acceso.
Al verlo tuve la certeza de que ninguna de las experiencias vividas durante aquellos cinco días, por extraordinarias que hubieran sido, podía compararse con aquella felicidad sencilla y absoluta. La de regresar y encontrarlo allí, esperándome.
Todo el ruido del aeropuerto pareció desdibujarse a mi alrededor.
Durante una fracción de segundo permanecimos inmóviles, observándonos. Sentí una oleada de alivio tan profunda que casi me dolió.
Sin pensarlo, aceleré el paso.
Astor sonrió.
Y me rendí a la emoción que llevaba días conteniendo.
Salí corriendo hacia él y me lancé a sus brazos, que me recibieron con el mismo anhelo que yo sentía.
Era allí donde quería estar; no solo en aquel momento, sino siempre.
Entre sus brazos, donde me sentía segura y en casa.
Sí, él se había convertido en mi refugio.
Era mi paz. Mi hogar. Y no me importaba quién estuviera presenciando aquella escena. Ya no podía seguir conteniéndome.
Cerré los ojos.
Durante unos segundos no quise pensar en nada más.
Sentí el calor de su abrazo, el latido firme de su corazón y la sensación reconfortante de estar exactamente donde quería estar.
Comprendí que Madrid ya no era solo mi ciudad.
Madrid era la vida que estaba construyendo junto a él.
Lo que sentía por Astor latía con una fuerza imposible de ignorar. Era un amor sano y generoso; intenso, apasionado y profundamente transformador. Jamás hubiera imaginado que podía llegar a enamorarme de esa forma.
Cuando nos separamos ligeramente, Astor me apartó con suavidad un mechón de cabello que había caído sobre mi rostro.
—Qué bueno que ya estés aquí, doc.
Lo miré y mis labios buscaron los suyos. Nos fundimos con el beso más emotivo que jamás nos hubiéramos dado.
Un beso en el que no hacían falta palabras.
Pero aquel día necesitaba pronunciarlas.
Me separé apenas lo necesario. Hundí los dedos en su cabello y descansé mi frente contra la suya.
Permanecimos así unos segundos, compartiendo la misma respiración.
El nudo que tenía en la garganta me impidió hablar de inmediato.
Pero las palabras estaban allí, esperando desde hacía días, acumulándose en cada mensaje, en cada videollamada y en cada momento en que había echado de menos su presencia.
—Te amo, Astor —confesé, sonriéndole entre lágrimas—. Te amo.
Levantó ligeramente la cabeza para mirarme.
Sus ojos celestes brillaban más que nunca.
—Doriana… —murmuró.
La emoción le atravesó la mirada por un instante.
Pero no dijo nada.
Solo volvió a besarme.