Capítulo 34
«¿Cómo no amarte si en tu risa cabe el mundo y en tu abrazo el tiempo se detiene?»
—Mario Benedetti
Doriana
D urante las semanas siguientes, nuestra relación encontró un ritmo tranquilo y natural. Una complicidad que nos hacía profundamente felices.
Cuando salía temprano del hospital, lo acompañaba al bar, aunque rara vez me quedaba hasta el cierre. Por lo general, regresaba a casa antes que Astor. Los días en que terminaba mi turno de noche o de madrugada, lo esperaba despierta.
La mayoría de las noches dormíamos juntos, en su piso o en el mío.
Dormir con él se había convertido en mi refugio.
Su abrazo al acostarnos me transmitía una profunda sensación de cercanía, calidez y seguridad.
Era nuestra forma silenciosa de comunicarnos: no hacían falta palabras.
Bastaban nuestra compañía y la conexión que compartíamos.
Todo mi cuerpo parecía relajarse y reconocer, al fin, que podía descansar.
Dormir con él significaba terminar el día en el lugar al que sentía que pertenecía, dejar atrás las preocupaciones y entregarme al sueño entre los brazos de la persona que amaba.
Sí, lo amaba cada día más, si es que eso era posible.
Sin embargo, aún no se lo había confesado.
Prefería dejar que las cosas siguieran su curso.
No quería convertir aquellas palabras en una exigencia ni precipitar nada.
Anhelaba oírlas de sus labios, pero no a costa de alterar el ritmo natural de lo que estábamos construyendo.
Había aprendido que algunas cosas necesitaban tiempo; que los sentimientos más profundos no siempre llegaban acompañados de confesiones inmediatas.
Así que esperaba, paciente, confiando en que, cuando llegara el momento, las palabras encontrarían su lugar.
Después de todo, lo que sentíamos estaba presente en cada gesto, en cada mirada y en cada vivencia compartida.
Aquella noche había salido del hospital a las nueve.
Mi plan era llegar a casa, darme una ducha y dormir unas horas antes de que Astor regresara.
Tenía que contarle que la semana siguiente debía viajar a Barcelona durante unos días para asistir al Congreso Europeo de Cardiología (ESC).
Aunque iba a echarlo de menos, aquellos congresos seguían entusiasmándome.
Eran físicamente exigentes, pero también me producían una mezcla de orgullo profesional, curiosidad científica y placer personal por el reencuentro con colegas y por la visita a la ciudad.
Ya en mi piso y recién duchada, me preparé una cena ligera y salí a la terraza para disfrutar de la cálida noche.
La luz de las ventanas y los balcones vecinos dibujaba siluetas en la pared.
Me encantaba contemplar la noche desde allí, sobre todo en verano.
Me sentía parte de una ciudad viva y cálida: pequeña bajo el cielo, pero arropada por una constelación de luces, sonidos y aromas que convertían aquella cena en la terraza en un instante inequívocamente madrileño.
Desde una ventana cercana llegaban las notas de Foolish , de Forest Blakk.
Cerré los ojos y me dejé llevar por la música.
Una gran satisfacción me invadió al sentir que estaba viviendo el mejor momento de mi vida. No sabía qué sería de Astor y de mí, pero no quería pensar en ello.
Tomé el vaso de limonada que había dejado sobre la mesa y bebí un sorbo. El frescor se expandió por todo mi cuerpo, reconfortándome.
Durante unos instantes, el mundo pareció encajar a la perfección, como si todas las piezas dispersas de mi vida hubieran encontrado, al fin, la forma de convivir en armonía.
Sabía que nada estaba garantizado. Que el amor, como todo, era vulnerable al tiempo y a los vaivenes de la vida. Pero aquella noche eso no importaba. Por primera vez en mucho tiempo, estaba en paz con lo que tenía.
Cerré los ojos y sonreí.
Era feliz.
Y mi único temor era que el mundo se entrometiera en esa felicidad y en esa calma, y lo echara todo a perder.
El mundo se entrometió segundos después.
O, mejor dicho, mi madre.
La pantalla del teléfono se iluminó con su foto de contacto.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño. ¿Cómo estás? Hace unos días que no sé nada de ti.
—Sí, discúlpame. Mis horarios son complicados y no quiero llamarte muy tarde.
—Me imagino. Siempre fuiste tan trabajadora y responsable —dijo, y me pareció que su voz sonaba apagada, triste.
—¿Pasa algo, mamá? ¿Estás bien?
—Hace unos días, Elena vino a vivir conmigo.
Negué con la cabeza. La noticia no me sorprendía, pero sí la lamentaba por mi madre. Convivir con Elena no era sencillo.
—¿Y su trabajo en Madrid?
—La despidieron. Ella me dijo que fue por reducción de personal. —Suspiró—. Yo me enteré de que no fue por eso. La despidieron por irresponsable. Faltaba sin avisar y nunca llegaba a tiempo. Lo sé con certeza porque una de sus compañeras es hija de una amiga mía.
Tampoco me sorprendió.
—No sé qué decirte, mamá.
— Sé que para ti tampoco fue fácil convivir con ella. No te culpo por haberla echado de tu casa, sé que Elena no es una persona fácil de llevar.
—No quería llegar a eso, pero ya no podíamos seguir en las condiciones que estábamos.
— Lo tengo claro, cariño. También me enteré de que Elena estuvo en pareja con Amadeo .
Eso sí me sorprendió, porque no esperaba que mi hermana se lo contara.
—¿Te lo dijo ella?
— No. Sabes que Elena no me lo contaría porque tiene claro que no estaría de acuerdo con sus acciones, pero tuvo la poca discreción de contar en su trabajo que estaba saliendo con el ex de su hermana. La misma persona que me habló de su despido también me lo contó.
—No te preocupes, mamá. Estoy bien. No te voy a decir que no me afectó, pero no por Amadeo, sino por la actitud de Elena. Ya lo superé, no te preocupes. Además, estoy saliendo con una persona y me siento muy bien.
— Me alegra saberlo, cariño. Te mereces ser muy feliz.
—Gracias, mamá. Y lamento mucho que estés pasando por toda esa situación con Elena.
— Solo me preocupa ella. Yo sé llevarla, pero me angustia que tu hermana no encuentre rumbo en la vida.
Es como si siempre caminara sin saber a dónde va.
Voy a preguntar a mis conocidos si saben de algún trabajo para que empiece cuanto antes .
—Suspiró—. Bueno, solo quería saber de ti y contarte que Elena está aquí y, por lo que sé, ya no se ve con Amadeo.
—De todo eso, solo me importa que tú estés bien. Avísame si necesitas algo.
— Gracias, hija.
—Te quiero, mamá.
— Y yo a ti.
La tranquilidad que había sentido unos minutos antes se desvaneció. Con Elena, mi madre nunca lo tendría fácil.
Los suaves besos de Astor me despertaron.
Estaba convencida de que era de madrugada, aunque había perdido la noción del tiempo.
Abrí los ojos, pero la luz del televisor me obligó a cerrarlos de nuevo.
Cuando volví a abrirlos, comprendí que Astor no me estaba besando ni estaba a mi lado. Había sido un sueño.
Recordé que, al entrar de la terraza, me había acostado en el sofá y había encendido la televisión para distraerme mientras lo esperaba. Debí de haberme quedado profundamente dormida.
Consulté la hora: eran las tres de la mañana.
Estaba tan cansada que apagué el televisor, cerré los ojos y me permití volver a dormir.
Sentí primero el calor: un soplo breve en la mejilla, como una brisa cálida. Luego, el contacto. Besos delicados, tantas veces imaginados y, aun así, más dulces que en mis sueños. Sus labios, tibios y seguros, me fueron devolviendo a la realidad beso a beso.
Abrí los ojos.
La sala estaba bañada de ese azul pálido de la madrugada.
Astor estaba sentado a mi lado y me miraba con una sonrisa. Me pregunté si volvería a estar soñando.
—Hola —susurré.
—Odio despertarte porque sé que necesitas descansar, pero no puedo evitar observarte, tocarte, besarte.
—A mí, en cambio, me gusta que me despiertes así.
En realidad, quería que esa fuera siempre mi primera imagen al despertar. La de Astor observándome con dulzura. Sonriéndome de esa forma.
Retiró el cabello de mi rostro y yo suspiré.
—Vamos a la cama —dijo. Su voz cerca de mi oído provocó miles de cosquillas en mí.
Se puso de pie y me tomó en brazos con facilidad.
Sonreí, feliz.
Necesitaba fundirme en sus brazos.
—Si estás muy cansada…
Lo silencié posando el dedo índice sobre su boca. La nuez se le acentuó y la respiración se le aceleró.
—Ya dormí. No tengo nada de sueño —respondí enseguida.
Astor sonrió y caminó rápidamente hacia la habitación.
Cuando llegamos, acercó sus labios a los míos y me besó con esa pasión que se reservaba para cuando estábamos solos.
Me depositó en la cama con delicadeza, pero me incorporé enseguida.
Antes de que nos fundiéramos en uno solo, quería desnudarlo y sentir el calor de su piel entre mis dedos. Le había echado de menos.
El anhelo por tocarnos nos estaba consumiendo.
Me centré en desnudarlo poco a poco. Astor no apartó los ojos de mí mientras cada una de las prendas iba cayendo y yo acariciaba todo su cuerpo con suavidad.
Sentía que estaba rozando el cielo.
—Doriana… me estás matando —murmuró con la voz entrecortada.
Temblaba de deseo al tenerlo completamente desnudo para mí. La visión me dejó sin aliento. Lo más erótico que había visto.
—Astor…
Con rapidez me sacó el camisón y dedicó unos segundos a observarme.
—Eres tan perfecta…
Me dejé caer hacia atrás y me arqueé, sintiendo cómo recorría mi desnuda y erizada piel con su boca. Hizo una pausa y volvió a mirarme. Sin demora me quitó la braguita, el sujetador y hundió la boca entre mis pechos.
Me retorcía bajo sus besos y caricias, bajo esas miradas de adoración que se clavaban en mi alma, bajo la sensualidad que desprendía cada uno de sus movimientos. Porque ya había perdido la cabeza y mi corazón por él… y ni siquiera sabía cómo había sucedido.
—Por favor, Astor…
Tras varias súplicas, me cubrió con su cuerpo.
Gemimos ante el contacto tan anhelado y, reclamándome los labios, se adentró en mi interior.
Y me entregué a él, experimentando un sinfín de sensaciones.
Me hacía perder la razón por completo.
No había un solo espacio entre nuestros cuerpos.
Nos movíamos como si supiéramos lo que necesitaba el otro. Su cadera deslizándose entre mis muslos a un compás agónico, refugiándose muy dentro de mí. Mis pechos rozándose con su torso. Mi vientre con sus abdominales.
Nos hacíamos el amor.
—Astor —gimoteé.
—Lo sé, lo sé… cariño.
Me aferré con brazos y piernas a él, estremeciéndome cada vez más.
Y alcanzamos el orgasmo juntos, entre temblores que nos sorprendieron por su intensidad.
—Te necesito… tanto —me susurró al oído y hundió el rostro en el hueco de mi garganta.
No tenía ni idea de cuánto significaban esas palabras para mí.
No sabía si llorar o reír de la emoción.
No era la primera vez que alguien decía necesitarme.
Mis pacientes lo hacían cada día sin saberlo.
Mis padres también habían depositado en mí grandes expectativas desde niña.
Pero aquello era distinto. Por primera vez, no sentía el peso de una obligación.
Sentía el privilegio de ser importante para la persona que amaba.
Nos quedamos en silencio mientras los espasmos del orgasmo iban menguando, pero no nos apartamos; no podíamos.
El corazón me latía a una velocidad de vértigo.
Los sentimientos pugnaban por salir.
Cada vez me costaba más no confesárselos.
Levantó la cabeza y se apoyó en mi frente.
Abrí la boca para decirle que lo amaba. Sentía las palabras en la punta de la lengua.
Pero no fue eso lo que salió de mis labios.
—Tengo que contarte algo —susurré.
Me miró.
—La próxima semana me voy unos días a Barcelona a un congreso de cardiología.
Noté que se tensó.
Lo abracé con más fuerza, dándole un beso en los labios, consiguiendo que se relajara.
—¿Cuántos días te vas?
—Cinco o seis.
Suspiró y me dio un beso en la punta de la nariz.
—Se me van a hacer eternos.
—A mí también, pero tengo una propuesta para ti: cuando vuelva tengo pensado descansar dos o tres días. Podemos ir a algún lugar a hacer playa o, simplemente, pasar todo el tiempo que queramos juntos.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —respondí sonriente.
Y lo besé.
Como si pudiera guardar en ese beso los días que íbamos a pasar separados.
Como si ya estuviera echándolo de menos.