A un latido de ti Capítulo 33
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Capítulo 33

«Cuando te vi me enamoré y tú sonreíste porque lo sabías»

—William Shakespeare

Doriana

— S on novios… —repitió Carlota.

Como siempre que podíamos, habíamos quedado para comer juntas en la cantina del hospital.

—Es solo una etiqueta. Lo importante es lo bien que estamos juntos y el vínculo que compartimos.

—Vaya, vaya…

Carlota me lanzó una mirada punzante.

—¿Qué?

Contrario a lo que esperaba, la burla desapareció de su rostro.

—¿Qué va a pasar contigo si esta relación tampoco funciona? Lo de Amadeo te hizo pasar muy mal.

Aquel día, por alguna razón, los papeles parecían invertidos.

—Primero, fuiste una de las personas que me aconsejó acostarme con Astor y divertirme, así que no vengas ahora con ese pesimismo.

Segundo, si las cosas no funcionan, nos diremos adiós como personas civilizadas.

Pero creo que no puedes predecir lo que ocurrirá ni dejar de vivir por miedo a que las cosas no salgan como esperas.

Carlota siguió mirándome en silencio.

Yo también guardé silencio unos segundos antes de exhalar lentamente.

—Estaré triste durante un tiempo, supongo. Luego seguiré con mi vida.

—Te quiero mucho y no quiero verte cargar con otro desengaño porque, como ya te dije, tengo la sensación de que lo de Astor va a ser intenso. —Suspiró—. Pero tienes razón. Quizá incluso sea el hombre de tu vida. No me hagas caso. Hoy estoy un poco desanimada.

Enseguida le tomé las manos por encima de la mesa.

—¿Qué pasó?

—Bobadas mías. —Me apretó las manos—. Es que hablé con mi madre y, como siempre, solo me dio malas noticias.

Negué con la cabeza.

—¿Qué te dijo esta vez?

—Que volvió a quedarse sin trabajo y necesita pagar todas sus cuentas. Lo mismo de siempre. Ya no sé qué hacer —respondió, bajando la mirada.

—Carlota, mírame —le pedí, y ella obedeció—. Si necesitas dinero, puedo ayudarte.

—Gracias, Dori, pero más allá del dinero, es la situación lo que me supera.

—Te entiendo. Cuentas conmigo para todo lo que necesites.

—Lo sé. No sé qué haría sin ti. Eres mi hermana del alma.

—Y tú la mía.

—Si quieres, hoy puedo ir a tu casa o tú venir a la mía. Me quedaré contigo hasta que estés bien.

—¿Para siempre? —preguntó con una sonrisa triste.

—Claro que sí.

Carlota suspiró.

—¿Algún día se acabarán las tormentas, Dori?

—No lo creo. Son parte de la vida. Pero siempre termina saliendo el arcoíris.

—Y siempre podemos comer chocolate.

Ambas sonreímos.

—No hay nada mejor para aliviar el alma que el chocolate.

Durante el resto del día traté de estar pendiente de Carlota. Sabía que la situación con su madre la angustiaba mucho. A mí también me preocupaba profundamente.

Su madre era muy irresponsable con el dinero.

Acumulaba deudas y no parecía comprender la gravedad de la situación.

Carlota sentía que estaba constantemente caminando sobre una cuerda floja, temiendo que un día su madre lo perdiera todo por su falta de previsión.

Era doloroso ver cómo una persona que debería haber sido un pilar en su vida se había convertido en una fuente de preocupación.

Me habría gustado poder hacer algo más por ella. Pero, por el momento, todo lo que podía ofrecerle era mi apoyo: escucharla cuando necesitaba desahogarse y recordarle que no estaba sola.

Había decidido que, sin importar la hora ni lo cansada que estuviera, al salir del hospital iría directamente a su casa.

A las diez de la noche terminé mi guardia, saqué el teléfono del bolsillo de la bata y vi que tenía una llamada perdida de Astor. Justo debajo había un mensaje suyo preguntándome a qué hora terminaba y si todo había ido bien durante el día.

Una sonrisa espontánea iluminó mi rostro.

No era solo el mensaje, sino lo que había detrás de él: la preocupación sincera, el interés por saber cómo estaba, la certeza de que había pensado en mí mientras yo seguía atrapada entre consultas, pacientes y pasillos de hospital.

Sentí cómo parte del cansancio acumulado durante el día se desvanecía.

A veces bastaba un solo gesto para recordarte que le importabas a alguien.

Aunque sabía que a esa hora debía de estar en el bar y quizá no escuchara el teléfono, decidí llamarlo.

— Hola, doc . —Percibí en su voz que se alegraba de oírme.

Al otro lado se oían el murmullo de las conversaciones y la música de fondo del bar.

—Hola. ¿Puedes hablar?

— Por supuesto. ¿Sigues en el hospital?

—Estoy saliendo, pero no voy a volver a mi piso. Me voy a la casa de Carlota porque no está bien anímicamente y no quiero dejarla sola.

— ¿Tu amiga?

—Carlota es más que eso, es como mi hermana.

— Me imagino que debes de estar agotada y, aun así, sigues anteponiendo a los demás.

—Siempre estamos la una para la otra, y quiero asegurarme de que esté bien.

— Me alegra saber que cuentas con una amiga así. ¿Comiste algo?

—Aún no. Pensaba pedir algo cuando llegue a su casa. A estas horas no nos vamos a poner a cocinar y dudo que Carlota lo haya hecho.

— No pidas nada. Pásame la dirección de tu amiga y les mando algo del bar. El chef es muy bueno y sé que a ti te encantan sus platos.

Guardé silencio unos segundos, sorprendida por el gesto tan considerado.

Pude oír el sonido que hacía el hielo al caer en un vaso.

—¿De verdad?

— Claro que sí. Envíame un mensaje con la dirección y en un rato tienen la comida lista para comer.

—Muchas gracias, Astor. —Sonreí.

— No hay de qué. Tú cuidas de los demás y yo cuido de ti.

No podía borrar la sonrisa de mi rostro.

—Eso es muy bonito. Gracias.

— Deja de darme las gracias por todo. Ya encontrarás una forma mejor de compensarme cuando nos veamos. Ya sabes cómo me gusta que me agradezcas.

—Qué tonto eres.

— Solo un tonto reconoce a otro tonto.

—Buenas noches, Astor.

— Buenas noches. Y no olvides pasarme la dirección de tu amiga.

—Está bien. Yo ya me estoy yendo del hospital.

— Conduce con cuidado.

—Lo haré. Te mando un beso.

— Mejor guárdalos y me los das en persona, doc.

—Eso sin duda.

— Cuídate.

—Tú también.

La llamada se cortó.

Sin poder dejar de sonreír, le envié la dirección y luego guardé el teléfono.

Apenas estábamos empezando a conocernos y sabía que aún no debería sentir aquello —fuera lo que fuera—, pero cuando me decía cosas bonitas y era tan cariñoso, no podía evitar que se me acelerara el corazón.

Estaba terminando de contarle a Carlota del ofrecimiento de Astor cuando sonó el timbre. Las dos nos miramos.

—Debe de ser la comida —dije mientras me levantaba del sofá.

—¡Qué rapidez! —exclamó Carlota—. Espero que tu novio solo sea rápido para los recados —agregó con picardía.

Nos volvimos a mirar y soltamos una carcajada. Me alegraba muchísimo volver a verla de buen humor.

Fui hasta la puerta convencida de que me iba a encontrar a un repartidor cargando bolsas del bar.

Sin embargo, cuando abrí, el corazón se me detuvo al verlo allí.

Tan guapo como siempre… quizá incluso más.

—¿Astor?

Sostenía varias bolsas de comida en una mano y tenía una sonrisa seductora en los labios.

—Buenas noches, doc.

Por un instante fui incapaz de reaccionar.

—¿Qué haces aquí?

—Traer la cena —respondió, subiendo las bolsas.

Parpadeé varias veces. Él se acercó y me dio un beso en los labios.

—No, quiero decir... pensaba que enviarías a alguien. ¿No tendrías que estar en el bar?

La sonrisa de Astor se ensanchó ligeramente.

—Para algo soy el dueño ¿no? Y el local está lleno de gente competente. Sobrevivirán sin mí. Además, quería ver a mi novia.

Se encogió de hombros como si la respuesta fuera la cosa más evidente del mundo.

Sonreí, incapaz de ocultar la alegría.

¿Cómo podía ser tan dulce?

—Esto es lo más bonito que han hecho por mí en mucho tiempo. No puedo creer que hayas dejado el trabajo para venir hasta aquí —dije, y lo abracé.

—Sigues acumulando agradecimientos y… ya te dije que luego tendrás que compensarme.

—Sin duda alguna —respondí, y me acerqué a sus labios para darle un delicado beso.

—Tendrás que esforzarte un poquito más.

Sonreí y me dispuse a darle un beso de verdad, pero la voz de Carlota llegó desde detrás de mí.

—¿Qué está pasando aquí?

Nos apartamos y giré para mirarla.

—Carlota, él es Astor.

Los ojos de mi amiga fueron de Astor a mí y de mí a Astor.

—Ya lo conozco. No sabía que también era repartidor.

—A veces tengo que buscarme un curro temporal —respondió Astor, sonriendo.

—Empezaste con buen pie. Me caes bien —dijo Carlota con una sonrisa divertida y estirando la mano para saludarlo—. Sobre todo, porque nos trajiste comida. ¿Te quedas a cenar?

Astor la saludó y luego le tendió las bolsas.

—No quiero molestarlas. Aproveché para poder ver a Doriana, aunque fuera unos minutos.

Mi corazón estaba por explotar de alegría.

—Ahora me caes mejor —dijo Carlota—. Quédate a cenar con nosotras. No es molestia ninguna, al contrario.

Entramos los tres en la casa.

Mientras Carlota dejaba las bolsas sobre la mesa y Astor la ayudaba a sacar la comida, yo seguía observándolo con una mezcla de incredulidad y una emoción mucho más difícil de definir.

Cuando levantó la vista y nuestros ojos se encontraron, me dedicó una sonrisa cómplice.

Sentí un calor agradable extenderse por mi pecho.

—Les traje postre de chocolate porque Doriana me dijo que era de tus preferidos.

¿Lo recordaba?

El corazón volvió a acelerárseme.

Era una tontería. Un detalle insignificante para cualquiera.

Pero no para mí.

Había recordado algo que le había contado semanas atrás. Había salido del bar para traer la cena. Había recorrido media ciudad solo para verme unos minutos.

Quería acercarme a él, abrazarlo y besarlo.

Cuando sus ojos se volvieron a encontrar con los míos, sentí que algo dentro de mí terminaba de encajar.

Y fue entonces cuando comprendí por qué adoraba dormir entre sus brazos.

Por qué esperaba sus mensajes con tanta ilusión.

Por qué una simple sonrisa suya podía mejorar un mal día.

Por qué sus cuidados significaban tanto para mí.

Ya no podía seguir engañándome ni fingir que aquello era simple atracción o entusiasmo por una relación nueva.

Lo sabía.

Lo sabía con una certeza absoluta.

Me había enamorado de Astor Sinclair.

Y, por primera vez desde que había llegado a mi vida, dejar de negarlo resultaba tan aterrador como maravilloso.