Capítulo 32
«El amor es una bellísima flor, pero hay que tener el valor de ir a buscarla al borde de un precipicio»
— Stendhal
Astor
H acía ya un rato que Doriana se había marchado de Vértigo .
Al verla tan cansada, insistí en pedirle un taxi para que pudiera irse a descansar.
A mí todavía me quedaban varias horas por delante. Había que dejar todo limpio y encargarse del cierre del bar.
Tenerla allí, compartiendo mi mundo y mi rutina, había sido una experiencia difícil de explicar. Tan difícil como admitir que había sentido unos celos irracionales, patéticos y absurdos cada vez que alguien la miraba.
Aunque la noche había sido especialmente intensa, me resultó imposible concentrarme en el trabajo.
Por más que lo intentaba, era incapaz de disfrutar de la música o del ambiente vibrante que siempre llenaba el bar.
Nada de lo que ocurría a mi alrededor lograba competir con lo que ella me hacía sentir.
Porque, entre las luces, las conversaciones y el bullicio de la noche, seguía pareciéndome un privilegio contemplarla y saber que, de algún modo, estaba conmigo.
Seguía sin entender en qué momento había sucedido.
¿Cuándo aquella doctora ligada al recuerdo más doloroso de mi vida había dejado de ser un fantasma del pasado para convertirse en alguien tan importante?
Conocerla me había hecho comprender que, aunque formaba parte de aquel recuerdo doloroso, también era la única persona capaz de ayudarme a entenderlo de verdad. Porque, paradójicamente, gracias a ella, por primera vez en años podía recordar a mi abuelo sin que el dolor lo devorara todo.
Doriana poseía una extraña capacidad para hacer que todo pareciera más sencillo de lo que realmente era. Esa noche, al verla atender a Ámbar con tanta seguridad y delicadeza, pude reconocer una vez más la esencia de su carácter generoso, compasivo y profundamente humano.
Como si hubiera adivinado el rumbo de mis pensamientos y estuviera dispuesto a convertirlos en una de sus interminables sesiones de terapia, Octavio apareció sin que nadie lo llamara.
—Después de esta noche, entiendo que has dejado de lado tus perversos objetivos con Doriana —dijo, sentándose frente a mí en una de las mesas del bar.
Lo primero que me llamó la atención fue que ya no la llamaba «la doctora», sino simplemente Doriana.
Lo segundo fue que lo dijo con un tono de advertencia.
Me recosté en la silla y lo miré.
—Somos novios.
—Eso no responde a mi pregunta.
Exhalé.
—Escúchame —prosiguió—, basta pasar un rato con ella para comprender que Doriana es una buena mujer. Eligió una profesión que la hace vivir con una mochila cargada de responsabilidades. No se merece que le compliques la vida
—No quiero complicarle la vida. Al contrario, quiero hacerle la vida más… alegre —confesé.
Octavio me miró, se cruzó de brazos y sonrió.
—Eso es una muy buena noticia, y no solo para ella. Te atrae en serio —afirmó.
—Me atrae y punto. Lo de «en serio» corre por tu cuenta. Aunque sí tenías razón en una cosa: mis planes con Doriana eran una verdadera mierda.
—Me alegra saber que no eres tan cabrón y gilipollas, y que te diste cuenta a tiempo del gran error que ibas a cometer. —Se acercó a la mesa y apoyó los codos—. Ella te enseñó el lado luminoso de la vida.
No pude evitar reír.
—Tampoco es que antes viviera en el infierno. Puedo ser un donjuán, pero no soy un hijo de perra sin escrúpulos.
—Por supuesto que no. Precisamente por eso me preocupaste cuando planeaste algo tan… desalmado. Pensé que debía dedicarte más tiempo para aleccionarte a ser un buen hombre. —Volvió a sonreír—. Entonces, ¿la amas?
La pregunta me pilló desprevenido.
No, ¿verdad?
¿O sí?
¿Era posible…?
No.
—Doriana es una mujer muy guapa e increíble. Pero ¿enamorado de ella? No, no lo creo. Cuando estamos juntos estamos bien. Nos entendemos. Hay mucha química. Pero de ahí a estar enamorado... no.
—¿Estás seguro? Porque lo que vi esta noche eran gestos más propios de dos enamorados que de dos amigos.
Nunca me había enamorado.
Y si bien era verdad que con Doriana experimentaba cosas nuevas y que ella me importaba, no podía haberme enamorado. Era mucho más fácil restarle importancia a lo que sentía que intentar entenderlo.
Y no era conveniente que Octavio ni nadie lo supieran.
—Como te dije, lo nuestro es pura pasión. Pero ninguno de nosotros está enamorado del otro.
—¿Tienes miedo a amarla?
Durante un instante, la imagen de Doriana sonriendo sobre la moto cruzó por mi cabeza. La aparté de inmediato.
—Deja de decir gilipolleces y terminemos con esto así podremos irnos a dormir.
—Qué forma tan sutil de evitar admitir que, como siempre, tengo razón.
Fruncí el ceño y negué con la cabeza, como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo, pero el corazón se me aceleró por la seguridad con la que lo dijo.
—Deja de decir barbaridades.
Octavio me dedicó una mirada recelosa.
Habría jurado que estaba a punto de llamarme «gilipollas» o algo peor, pero me quedé con la duda de qué fue exactamente lo que pensó en aquel momento.