Capítulo 31
«El amor … El amor no tiene lógica ni razón: es un acto de fe en lo desconocido, Un salto al vacío con los ojos cerrados»
—Isabel Allende
Doriana
A stor insistió en que lo acompañara a Vértigo y me pareció el broche perfecto para aquel día maravilloso.
Eran poco más de las ocho cuando llegamos al local. Nos dirigimos directamente a la barra, donde Octavio trabajaba esa noche. Al vernos llegar de la mano, sonrió. Ya nos habían presentado, así que lo saludé con un beso en cada mejilla.
—Qué bueno verte por aquí, Doriana.
—Gracias, Octavio.
—Ponte cómoda. ¿Qué te traigo para tomar? —preguntó.
—Una cerveza está bien.
—Yo voy hasta la oficina a dejar mis cosas y ya vuelvo —dijo Astor antes de encaminarse hacia una puerta al costado de la barra que decía: «Solo acceso a personal autorizado».
Octavio regresó con mi cerveza y me dedicó una mirada afectuosa.
—Me dijo Astor que eres cardióloga.
—Sí. Trabajo en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, aunque casi todo el mundo lo llama «La Fundación».
—Te felicito. Admiro el trabajo de quienes se dedican a la salud. Es admirable que hayas elegido una especialidad tan compleja y determinante en la vida de las personas.
—Gracias. Es una responsabilidad enorme. —Bajé la mirada hacia mi cerveza—. Cuando decidí estudiar Medicina, lo hice para salvar vidas, pero pronto comprendí que, en este camino, la esperanza y el dolor avanzan siempre de la mano.
—Debe de ser duro no poder salvar a todos tus pacientes.
—Siempre lucho con todas mis fuerzas por mis pacientes, pero no siempre lo consigo. Cada pérdida deja un vacío en mí, un recordatorio de lo frágil que es nuestra existencia.
Octavio me observó con atención. Había algo en su mirada que no conseguía descifrar. No sabía si era emoción, admiración o compasión.
Bebí un trago de cerveza.
—Pero también existe la inmensa alegría de lograrlo. Son esos momentos los que me impulsan a seguir, a enfrentar cada día este camino lleno de altibajos.
—Brindo por ti. Por tu valentía y dedicación —dijo, levantando su botellín de cerveza.
Hicimos tintinear nuestras botellas antes de beber.
En ese momento llegó Astor. Noté que Octavio lo observaba con una seriedad repentina. No entendí por qué, pero algo cambió en su expresión. Había algo en aquella mirada que se asemejaba a una silenciosa reprimenda.
—¿Por qué brindan? —preguntó Astor.
—Por la valentía y la calidad humana de esta mujer. Doriana demuestra que la medicina no es solo una profesión, sino una vocación capaz de transformar vidas.
—Gracias por esas palabras —dije con timidez.
Astor lo miró y frunció el ceño.
Parecía que entre ellos existía un lenguaje propio, un código indescifrable del que yo quedaba completamente al margen.
—¿Quieres pasar para este lado de la barra? —preguntó Astor, señalándome el lado en el que estaban los bármanes.
—Prefiero quedarme aquí. No quiero estorbar.
—Nunca estorbarías —dijeron Astor y Octavio a la vez.
Los tres nos miramos y acabamos sonriendo.
Poco a poco, Vértigo comenzó a llenarse.
Las conversaciones se multiplicaron hasta convertirse en un murmullo constante que se mezclaba con la música y el tintinear de las copas.
El aire estaba impregnado de perfume, cerveza, cítricos y alcohol.
Algunos grupos de amigos ocupaban las mesas; otros se adueñaban de la pista de baile, y la barra seguía llenándose.
Astor y Octavio no tardaron en sumergirse en el ritmo frenético de la noche.
Se movían con una coordinación impecable detrás de la barra, preparando bebidas, atendiendo pedidos y respondiendo a los clientes sin perder la sonrisa.
A simple vista parecía que apenas intercambiaban unas pocas palabras, pero bastaba observarlos unos segundos para comprender que se entendían a la perfección.
Yo los observaba desde mi taburete, entretenida con aquella dinámica, cuando algo empezó a incomodarme.
Ámbar, una de las camareras, no dejaba de mirarme.
Al principio pensé que era una coincidencia. Sin embargo, cada vez que levantaba la vista, me encontraba con sus ojos clavados en mí. Entonces desviaba la mirada y continuaba trabajando como si nada hubiera pasado.
Era una mujer joven y atractiva, pero había algo en su actitud que me mantenía alerta. No era exactamente hostilidad. Tampoco curiosidad. Era algo distinto, algo que no lograba identificar y que me acompañó durante toda la noche.
Apenas podía hablar con Astor; el bar estaba más concurrido de lo habitual. De vez en cuando se acercaba, me robaba un beso fugaz y se disculpaba por no poder dedicarme más tiempo.
La barra no daba tregua. Astor y Octavio se movían de un lado a otro atendiendo pedidos, sirviendo bebidas y recogiendo vasos vacíos entre el murmullo de las conversaciones y la música.
De pronto, un estruendo seco llamó mi atención.
Una copa se hizo añicos contra el suelo.
Varias personas se volvieron hacia el ruido.
—¡Mierda! —exclamó Ámbar.
Ámbar permanecía junto a la barra, sujetándose la mano izquierda. Entre sus dedos comenzó a filtrarse un hilo de sangre.
Antes de que nadie reaccionara, ya me había puesto de pie. Cuando llegué hasta ella, Astor y Octavio intentaban ayudarla.
—Déjame ver —dije, indicándoles con una mirada que me dieran espacio.
Ámbar levantó la vista y clavó en mí sus grandes ojos marrones.
—Se me resbaló la copa y… no creo que sea nada.
—Enséñame la mano, por favor. Soy médica —expliqué. Mi tono salió firme, el mismo que utilizaba con mis pacientes cuando intentaban restarle importancia a una lesión.
Ámbar miró a Astor y él asintió en silencio.
Con cierta reticencia separó los dedos. La sangre brotaba de un corte en la palma.
—Necesito un botiquín —dije, mirando a Octavio.
—Ahora mismo.
Mientras él desaparecía detrás de una puerta, tomé a Ámbar suavemente del brazo.
—Ven conmigo.
La conduje hasta el baño del personal, lejos de las miradas curiosas de los clientes. Una vez allí, abrí el grifo y coloqué su mano bajo el agua.
—Va a escocer un poco.
Ámbar soltó una mueca.
—«Un poco», dices. Arde como el infierno.
No pude evitar sonreír.
—Prometo que solo será unos segundos.
Momentos después apareció Octavio con el botiquín.
—Gracias.
Esperé a que nos dejara a solas y examiné la herida con atención. El corte era limpio, aunque algo profundo.
—Por suerte no parece haber afectado ningún tendón —murmuré.
Limpié cuidadosamente la zona y retiré los pequeños restos de cristal que habían quedado incrustados. Luego apliqué presión para detener el sangrado y terminé vendando la palma.
Durante todo el proceso, Ámbar permaneció inusualmente callada y apenas apartó la vista de mí.
—Listo —dije al terminar—. No necesitas puntos, pero vigila la herida para asegurarte de que no se infecte. Si notas cualquier cambio o tienes alguna duda, acércate a un centro médico para que la evalúen.
Ámbar bajó la vista hacia el vendaje.
—Se nota que eres muy buena.
Solté una pequeña risa.
—Eso espero. De lo contrario, mis pacientes estarían arriesgando sus vidas.
Ella frunció el ceño.
—No me refería solo a eso. Eres buena persona. No mereces que te hagan daño.
Su comentario me sorprendió tanto que levanté la vista de inmediato. Ella sostuvo mi mirada unos segundos. Por primera vez desde que había llegado a Vértigo , sus ojos no parecían escrutarme ni juzgarme. Solo había sinceridad en ellos.
—¿Por qué lo dices?
—Por nada en concreto —dijo, moviendo la mano sana en un gesto que pretendía restar importancia a su comentario—. Es que, al final, a las mujeres casi siempre nos engañan.
No sé por qué, pero no terminé de creerle del todo.
—No siempre. Hay personas honestas, leales e íntegras.
—Puede ser. Pero si vieras y escucharas todo lo que yo veo y oigo en este bar, quizá no pensarías lo mismo. —Hizo una pausa—. Igualmente, todo acaba saliendo a la luz, ¿no?
Los golpes en la puerta terminaron con nuestra conversación.
Astor se asomó y ella enseguida se puso de pie.
—¿Cómo estás, Ámbar?
—No fue nada. Ya me voy —dijo, un tanto nerviosa o incómoda.
—Vete a tu casa. No te preocupes, podemos arreglárnoslas sin ti —dijo Astor.
—Por supuesto que no. Estoy bien. Además, la doctora ya me curó —respondió sin mirarme.
—Cuídate esa mano y ten en cuenta lo que te dije sobre la infección.
Asintió y se dirigió hacia la puerta. Antes de marcharse, volvió la cabeza un instante, como si quisiera decirme algo. Al final bajó la mirada y salió sin pronunciar una sola palabra.
Astor se me acercó y me abrazó por la cintura, estrechándome fuerte contra él.
—Muchas gracias, doc. Eres increíble.
—No tienes que agradecerme.
Se apartó lo necesario para mirarme a los ojos. Me miraba con aquellos vibrantes ojos celestes, cargados de intenciones que nunca se esforzaba por disimular.
—Claro que sí. Te invité para que te divirtieras y terminaste trabajando.
—Gajes del oficio. Además, puedes estar tranquilo porque me estoy divirtiendo.
—Estoy orgulloso de ti.
Esas palabras hicieron que mi corazón se acelerara.
—Gracias.
Solo oírlo suspirar fue suficiente para desarmarme.
—¿Podrías curarme a mí, doc? —preguntó, mientras acariciaba mi mejilla con la yema del índice.
—¿Cuál es tu enfermedad?
Se inclinó sobre mi cuello y lo rozó con la punta de la nariz.
—Tú —respondió sin apartar los ojos de los míos.
—Aunque pudiera hacerlo… jamás te curaría de eso.
—¿Y si muero por ti?
—Soy cardióloga. Estás en buenas manos.
Su sonrisa se ensanchó y acercó la boca a la mía, pero apoyé un dedo sobre sus labios y sostuve su mirada.
—¿Y yo? ¿Estoy en buenas manos?
La sonrisa se desvaneció poco a poco. Durante un instante, algo cruzó por sus ojos. Algo fugaz. Indescifrable.
Me observó unos segundos antes de responder.
—Soy barman. Puedo prepararte un buen trago para aliviar tus penas.
Y antes de que pudiera preguntarle nada más, sus labios encontraron los míos.
Nos besamos.
Cada caricia de sus dedos sobre mi espalda, mi cabello y mi cuello parecía grabarse en mi alma. La intensidad fue creciendo hasta convertirse en un torbellino de respiraciones entrecortadas, brazos aferrados y labios que se buscaban una y otra vez, incapaces de separarse.