Epílogo extra
«Te quiero no por quién eres, sino por quién soy cuando estoy contigo»
—Mario Benedetti
Doriana y familia
Seis años después…
H abían transcurrido cuatro años desde aquel quince de enero en que Astor y yo nos casamos. Y, aunque tenía todo cuanto había deseado, jamás lo había imaginado así.
Era mil veces mejor.
Con Astor habíamos construido exactamente la vida con la que un día solo nos habíamos atrevido a soñar.
Vértigo seguía siendo el bar más popular del momento, y Astor, un empresario exitoso.
Incluso una de las revistas más importantes de España le había hecho una entrevista y le había dedicado una página entera.
Describían a Vértigo 360 como un oasis urbano que combinaba vistas panorámicas, coctelería de autor, música en vivo y una atmósfera vibrante.
El éxito era tal que Astor ya planeaba abrir otro local en Barcelona.
Yo seguía trabajando en el hospital, aunque ahora mi jornada era más reducida, ya que tenía otras responsabilidades: nuestra numerosa familia.
Mientras terminaba mi té, observé a Astor leyéndoles un cuento a los amores de nuestra vida: Xabier, de tres años, y Valencio, de dos.
Jamás me cansaría de contemplar aquella escena.
Era el amor en estado puro. Nunca imaginamos que ser padres pudiera cambiarnos tanto.
El vínculo entre Astor y yo se había reforzado hasta límites insospechados.
Ellos, y ese amor infinito que compartíamos, nos unirían para siempre.
Nuestro amor había dado los mejores frutos.
Los ojos de Astor se iluminaron al mirarme. Le lancé un beso al aire y sonreí.
Todas las noches, antes de irse a Vértigo , les leía un cuento y esperaba a que se durmieran.
Cuando nuestros pequeñines se quedaron dormidos, se puso de pie, les dio un beso y caminó lentamente hacia mí.
—Ya están como dos troncos —susurró—. ¿Y cómo está mi chica? —preguntó, abrazándome por la cintura.
—Feliz.
—Ven conmigo —dijo. Me tomó de la mano y se encaminó hacia nuestra habitación.
Su propuesta me pareció sumamente provocadora, aunque la hubiera dicho con total naturalidad.
Caminamos juntos por el pasillo en penumbras.
Al llegar a nuestra habitación, encendí la luz, pero él la apagó y cerró la puerta.
Luego me dejó de pie en mitad del dormitorio y abrió las cortinas del ventanal para que la luz de la luna bañara toda la habitación.
Todo lo demás quedó envuelto en una penumbra suave que difuminaba los contornos y hacía que el mundo pareciera reducido a ese pequeño espacio compartido.
A continuación, tomó su teléfono y buscó algo. Inmediatamente sonó Te voy a amar, de Axel.
—¿Baila conmigo, señora Sinclair? —preguntó, tendiéndome la mano.
—Siempre.
Se acercó despacio, apoyó una mano en mi cintura y entrelazó la otra con la mía. Me acerqué hasta que nuestras frentes casi se rozaron. Bastó un leve balanceo para que el silencio adquiriera ritmo. Nos movíamos en un vaivén lento y sensual.
Astor me miraba con una ternura infinita, como si quisiera memorizar cada expresión de mi rostro.
Ninguno de los dos tenía prisa por decir nada; disfrutábamos de ese momento.
El roce de la ropa, el calor de las manos entrelazadas y el sonido tenue de nuestras respiraciones llenaban la habitación mejor que cualquier melodía.
La penumbra nos envolvía como un refugio. Solo existíamos nosotros dos, moviéndonos lentamente, con la serenidad de quienes habían encontrado un lugar seguro en los brazos del otro.
—Te amo, doc. Amo a nuestra familia. Soy inmensamente feliz —susurró, apoyando su frente en la mía.
—Yo también, cariño. Gracias por ser un compañero maravilloso.
Éramos felices.
Y estaba bien que nos lo dijéramos. A veces uno era feliz y tardaba demasiado en darse cuenta. La vida pasaba demasiado rápido. Y, en toda su magnanimidad, nos regalaba buenos y malos momentos. Solo quedaba disfrutarlos y seguir escribiendo nuestra historia, atesorando los más maravillosos.
Astor sonrió y me hizo retroceder hasta que ambos caímos en la cama.
Entre risas, nos besamos apasionadamente. Me devoraba con sus manos y su boca.
—¿Cerraste bien la puerta?
—Por supuesto —dijo, acomodándose entre mis piernas y arrancándome un gemido.
El camisón me duró puesto apenas un par de minutos. Antes de darme cuenta, solo llevaba las braguitas y Astor estaba buscando mis pechos con la boca, jugueteando con ellos, tironeando suavemente, mordiendo, lamiendo y besando.
Me arqueé y ambos gemimos.
Su boca bajó por mi estómago y me abrió las piernas con decisión. Paseó la nariz sobre mis braguitas, rozando y provocándome.
Cuando noté su lengua sobre la tela y sus dedos sacándome la ropa interior, no pude evitar gemir fuerte y retorcerme de placer.
Su lengua descubría cada rincón de mi piel con una devoción que conseguía desarmarme.
Él jadeó y ese sonido de placer me recorrió entera.
Miré al techo y me dejé hacer mientras metía los dedos entre los mechones rubios de su pelo.
De pronto se incorporó y comenzó a quitarse la ropa hasta quedar totalmente desnudo. Cuando se volvió a tumbar sobre mí, su erección pugnaba por entrar en mi cuerpo.
Y lo dejé.
Y me llenó.
Apreté las sábanas por no gritar de satisfacción.
Los gemidos y jadeos descontrolados llenaban nuestra habitación.
Giramos en la cama y me coloqué sobre él.
Y perdimos el control.
Nuestros cuerpos pedían más y aceleramos los movimientos con acometidas fuertes, haciendo que el placer fuera delirante.
Astor volvió a darnos la vuelta, dejándome atrapada entre él y el colchón.
Lo miré embobada: con su pelo revuelto, estaba espectacular.
Y me deshice entre sus brazos.
Astor me miró fijamente y también se dejó ir, dejándose caer sobre mí con un gran gemido de satisfacción.
Cuando nuestras respiraciones se ralentizaron, subió la cabeza y nos besamos profundamente. Al apartarse, me miró a los ojos con ese brillo que me deslumbraba.
—Te amo, doc.
—Y yo a ti, mi barman sensual.
Astor dejó escapar una risa.
—¿Habremos hecho mucho ruido? —pregunté.
—No se van a despertar. Los dejé como troncos. Es más… creo que podemos repe…
—Mami…, ¿papi ya se fue a trabajar? —preguntó una vocecita infantil.
—Así que como troncos…
Nos miramos y nos echamos a reír.
—Tu papi sigue aquí. Danos un segundo, cielo.
Astor se levantó de la cama desnudo y se metió en el baño. Yo me vestí y me arreglé un poco el pelo.
Cuando salí al pasillo, Xabier me esperaba con cara somnolienta y el pelo rubio todo enmarañado.
—Cariño, no deberías estar despierto a esta hora.
—¿Papi puede seguir leyéndome?
—Ahora está en el baño, pero podemos preguntarle cuando salga.
Astor salió en ese momento del baño con una expresión de absoluta felicidad.
—Por supuesto que puedo leerle a mi campeón. Pero tendremos que leer bajito porque tu hermano está dormido. Vamos a tu cama.
Lo levantó en brazos y se dirigieron al dormitorio.
Yo entré al baño con una sonrisa.
Cuando salí, sentí la voz de Astor y dos risas infantiles. Valencio también se había despertado.
Me asomé al dormitorio y los encontré a los tres en la cama de Xabier. Astor en el centro y sus hijos a cada lado.
Al verme, me guiñó un ojo.
—Estamos leyendo el de los dinosaurios y la granja.
—Ya veo que están casi… dormidos —bromeé.
Astor los observó orgulloso.
—Vamos a hacerle un lugar a mami, así ella también disfruta de la lectura.
Los pequeños se apretujaron con su padre.
—Ven, mami —dijo Xabier, mientras Valencio reía.
—¿No tienes que irte a Vértigo ?
—Llamé a Octavio y le dije que esta noche se hiciera cargo. Hoy me quedo en casa con mi hermosa y numerosa familia.
Al escucharlo, me detuve en seco.
Había llegado el momento de contarle lo que había descubierto esa mañana.
—¿Numerosa?
—Exacto —dijo, mirándonos a todos con una gran sonrisa.
—Vigile lo que desea, señor Sinclair. Ya tiene usted dos hijos… y otro en camino.
Astor dejó de sonreír.
Parpadeó.
Y me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Estás…?
—Vas a ser padre… nuevamente —respondí con lágrimas en los ojos.
Para mi sorpresa, Astor abrazó a sus hijos y se echó a reír.
—Dios… cuánto te amo. Cuánto amo a mi familia.
Abrió los brazos y me refugié en ellos.
Él nos abrazó a los tres.
—Quién me iba a decir que tendría tres hijos —dijo Astor, sin dejar de reír.
—O cuatro, no te olvides de que yo soy melliza.
—Uyuyuy… —dijo entre risas.
Me besó y luego besó a cada uno de sus hijos.
—La felicidad absoluta existe —afirmó con total convicción.
Volvió a besarme mientras nuestros hijos reían ajenos a todo. Apoyé la cabeza sobre su pecho y escuché el latido sereno de su corazón.
Supe que jamás dejaría de buscar ese sonido.
Porque, al final, toda mi vida me había llevado hasta él.
Hasta ese latido.
Mi hogar.
Fin