A un latido de ti Capítulo 28
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Capítulo 28

«Solo las personas que se preocupan por ti pueden oírte cuando estás callado»

—Anónimo

Doriana

Ll egué a mi piso cerca del mediodía.

Astor no quería que me marchara y me había invitado a almorzar, pero tuve que rechazar la invitación.

No porque no quisiera acompañarlo, sino porque tenía que estudiar el caso de un paciente con una cardiopatía compleja que me había remitido un colega.

La cirugía presentaba desafíos anatómicos poco habituales y quería revisar cada detalle antes de darle mi opinión.

Esa vez, la puerta de mi piso se abrió sin problemas, por lo que comprendí que Elena había echado el pasador la noche anterior. Tendría que hablar con ella para que fuera más cuidadosa, porque yo solía llegar más tarde que ella.

A esa hora, sin embargo, Elena no estaba. Así que, después de cambiarme de ropa, me encerré en mi dormitorio para leer la historia clínica del paciente.

Perdí la noción del tiempo. No sé cuántas horas habían pasado cuando escuché abrirse la puerta principal.

Dejé la historia clínica sobre el tocador y, aún sentada, estiré los brazos por encima de la cabeza para aliviar la tensión acumulada en la espalda y los hombros.

Normalmente estudiaba los casos en mi despacho, donde tenía todas las comodidades, pero desde que Elena lo usaba como dormitorio evitaba entrar sin su permiso.

Cuando llegué a la cocina, mi hermana se servía un vaso de agua.

—Hola —saludé—. ¿Cómo te fue hoy?

Noté su sorpresa al verme.

—Muy bien. ¿A ti? —Dejó el vaso en la encimera y volvió a mirarme—. ¿Hoy no tienes que ir al hospital?

—Entro a las seis.

—¿Y a qué hora te vas?

—Supongo que cinco y media. —Me senté en un taburete de la barra de la cocina—. Elena, anoche, cuando llegué de trabajar, no pude entrar porque estaba puesto el pasador.

Frunció el ceño.

—No me di cuenta. —Hizo un gesto con la mano para restarle importancia—. Además, imagino que, si estás acostándote con Astor, te habrá servido de excusa para meterte en su cama.

No quería discutir. Elena, sin embargo, no me lo ponía fácil.

—Mira, Elena, yo llego del hospital agotada y me gustaría que tuvieras un poco de consideración. Mi cama está aquí, no en casa de Astor. Anoche tuve que molestarlo en plena madrugada y…

Largó una carcajada que me interrumpió.

—¿Molestarlo? ¡Qué cínica! Te hice un favor, querrás decir. Porque imagino que aprovechaste la oportunidad para meterte en su cama. Aunque eres tan insulsa y amargada que seguramente te dormiste en el sillón. —Volvió a reír con sarcasmo.

Sentí cómo se me tensaba la espalda.

—¿Qué demonios te pasa? —grité—. ¿Por qué eres tan cruel conmigo? ¿Qué te he hecho?

Me miró con desprecio.

—No te soporto.

Agradecí estar sentada porque aquellas palabras fueron como una puñalada en el corazón.

—Elena…

—Elena nada. Sabes muy bien que no nos llevamos bien y que prefiero no verte. No te aguanto. Nunca pude.

—Esto no tiene ningún sentido. —Intenté razonar con ella—. Hablemos de lo que te sucede conmigo. Yo nunca te hice nada como para que me odies de esta manera. Estoy segura de que podemos arreglarlo.

—Doriana, es que no lo entiendes. Yo no deseo tener una relación contigo. Así de simple —respondió con tranquilidad.

—¿Simple? —pregunté, cada vez más dolida—. Soy tu hermana.

—Eso no cambia nada.

—Yo…

—Yo, yo, yo… —bufó—. Siempre se trata de ti, ¿verdad? Es obvio que estás celosa de que conmigo sí funcione y de que a ti te haya engañado.

Sus palabras no tenían ningún sentido para mí.

—¿De qué hablas?

—Bueno… ya que estamos diciendo las cosas de frente, te informo que estoy saliendo con… Amadeo.

¿Amadeo?

Sentí como si me arrojaran un balde de agua fría.

—¿Estás saliendo con mi exnovio?

Sonrió.

—Exacto. ¿Cuál es el problema?

¿Cuál era el problema?

¿En serio?

Que ella no lo entendiera dolía muchísimo más.

Porque en ese momento yo sí lo entendí.

Mi verdadero duelo no era haber perdido a Amadeo. En absoluto.

Ni siquiera era perder a Elena.

Mi duelo era perder la esperanza.

La esperanza de tener la hermana que siempre había querido. Porque, hasta ese momento, una parte de mí seguía creyendo que algún día podríamos ser hermanas de verdad.

—Tienes razón, Elena. No hay problema. —Me puse de pie—. Pero vamos a terminar con esto de una vez. Quiero que te vayas de mi piso. Ahora. Empaca tus cosas y saca todo antes de que me vaya a trabajar.

La expresión de Elena pasó de la soberbia al desconcierto en un instante.

—No puedes hacer eso.

—Ya lo creo que puedo. Tienes unas horas o las pondré personalmente en la calle.

—¡No tengo adónde ir!

—Vete a vivir con Amadeo. Aunque… ¿puedo darte un consejo de hermana? Nunca le creas porque es un maldito mentiroso e infiel.

—No puedo vivir con Amadeo.

—Yo creo que sí. Se merecen el uno al otro.

Giré y me dirigí hacia mi dormitorio.

—No te creo capaz de sacar mis cosas. Siempre fuiste una cobarde.

Me detuve en seco, giré y la miré con una firmeza que la hizo retroceder un paso; por primera vez pareció dudar.

—No confundas calma y paciencia con cobardía. Está claro que nunca llegaste a conocerme, Elena. Jamás tuviste la intención de hacerlo, pero te puedo asegurar que soy capaz de eso y de mucho más. Conozco muchas personas que necesitan donaciones de ropa, y la tuya les vendría muy bien.

—Eres una maldita desgraciada.

—Eso es lo que siempre dijiste. Así que no me voy a preocupar en hacerte cambiar de opinión. Te aconsejo que empieces ahora, porque el tiempo vuela —dije, señalando mi reloj de pulsera.

—¡Te odio!

—Eso ya lo sé.

Cuando Elena salió de mi piso y la puerta retumbó a su espalda, me derrumbé.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

No era solo la traición. Era que venía de mi propia hermana.

Me invadió una mezcla de tristeza, incredulidad y soledad, como si una parte de mi vida acabara de quebrarse.

Solo podía escuchar una y otra vez aquellas dos palabras: Te odio .

Palabras que seguían clavadas en mí.

No entendía nada.

Éramos mellizas. Con ella compartía recuerdos, historias familiares y una parte de mí misma.

Y, sin embargo, en aquel instante me resultaba imposible reconocer a la mujer que acababa de marcharse.

Las preguntas comenzaron a girar en mi cabeza como un enjambre:

¿Qué había pasado para llegar a esto?

¿De verdad me odiaba?

¿La había conocido alguna vez de verdad?

Busqué respuestas en cada conversación, en cada silencio, en cada recuerdo que compartíamos.

No encontré nada.

Entonces rompí a llorar.

Las lágrimas llegaron de golpe, calientes, incontenibles. Me doblé sobre mí misma mientras los sollozos me sacudían el cuerpo.

Y lloré como no lloraba desde la muerte de mi padre.

Porque comprendí que acababa de perder a mi hermana.

Llegué al hospital con los ojos hinchados y el dolor aún latiendo en el pecho, pero en cuanto las puertas automáticas se abrieron, mis problemas personales tuvieron que quedarse fuera.

Una enfermera me interceptó antes incluso de que llegara al vestuario. Tenía pacientes esperando y una agenda que no podía detenerse por mí.

Me puse la bata, me recogí el pelo y comencé la ronda.

Durante unas horas dejé de ser Doriana para convertirme en la doctora Delacroix, la médica que necesitaban.

El rato de descanso lo pude compartir con Carlota, aunque ni su humor ácido pudo animarme.

Bebí un sorbo de café con la mirada perdida.

—Entiendo que estés angustiada. Pero realmente, sigo pensando que es lo mejor para ti. Perdóname, pero de Elena no podías esperar otra cosa.

—¿Que me odie?

Carlota exhaló.

—Dori, siempre buscó perjudicarte. Ya sabes lo que pensé cuando empezó a vivir contigo. Sé que lo de Amadeo es difícil de digerir, pero no me sorprendió. Ni de ella ni de él.

—No es eso lo que me angustia.

Carlota tomó mi mano por encima de la mesa.

—¿No te molesta que salga con tu ex?

—Me molesta que lo hiciera para hacerme daño. —Suspiré—. En fin… como bien dices, es mejor seguir adelante.

—¿Qué vas a hacer esta noche? —preguntó, sin soltar mi mano.

—Dormir.

—¿Quieres venir a dormir a casa y vemos alguna película? Mañana no trabajamos y podemos levantarnos a la hora que queramos. Vamos —dijo, animada—. Hace mucho que no lo hacemos.

—¿Pasar la noche con mi mejor amiga? —Sonreí—. Me parece un buen plan. Gracias.

Carlota me empujó con el hombro.

—Gracias a ti por aguantarme.

—Me vas a hacer llorar —dije, sonriendo apenas.

—Y prepárate, porque esta noche te pienso abrazar hasta dejarte sin aire.

Sonreí.

Y, por primera vez en el día, la tristeza dejó de pesarme tanto.