A un latido de ti Capítulo 27
60%

Capítulo 27

«Que me perdone el tiempo

Por querer detenerlo cuando te miro»

—Te Miro, Tiempo - Sergio Umbria

Doriana

A brí los ojos.

La habitación estaba en penumbra y, por un instante, olvidé dónde me encontraba, hasta que los recuerdos de la noche anterior acudieron a mí.

Había sido increíble, pero no solo por el sexo.

Con Astor compartía algo mucho más profundo: una intimidad que trascendía el deseo, aunque la intensidad de nuestra conexión física seguía asombrándome.

Era esa necesidad constante de buscarnos, de compartir los pequeños momentos, de volver siempre el uno al otro.

Yo lo sentía. Y cada gesto suyo, cada mirada, me hacía creer que él también.

Nunca me había sentido tan plena. Astor dormía sobre mí, rodeándome con los brazos firmemente, la nariz hundida en mi pecho y el aliento cálido acariciándome la piel.

Giré la cabeza hacia la mesita de noche y miré el reloj: las ocho y media de la mañana.

Ese día entraba al hospital por la tarde, así que no tenía prisa por levantarme.

Le acaricié el cabello y él se agitó apenas.

Despertó con un leve gemido y, enseguida, cambió de posición para acomodarme sobre su pecho. Me acurruqué y lo abracé, mientras me acariciaba lentamente la espalda.

—Doriana… —murmuró.

Una sola palabra, pronunciada aún con la voz arrastrada por el sueño, tan baja e íntima que sonó a promesa.

Y yo ya sabía cuál sería mi respuesta.

—Sí, Astor —susurré, con una voz tan adormilada como la suya.

Su respiración cálida quedó suspendida sobre mi piel durante unos segundos.

—¿A qué hora tienes que levantarte? —preguntó.

—Hoy tengo que estar en el hospital por la tarde, así que no tengo demasiada prisa. Aunque debería pasar por mi piso para comprobar si lo de la puerta se debió a que Elena echó el pasador o si se rompió la cerradura.

Durante unos segundos guardó silencio. Lo único que hizo fue abrazarme un poco más fuerte.

—¿Nos duchamos juntos?

—No tengo ropa limpia.

Astor sonrió.

—Ponte un bóxer mío.

Me tomó suavemente de la barbilla para obligarme a mirarlo y me besó.

Se adueñó de mi boca, y yo le respondí con la misma urgencia.

Enredé los dedos en su cabello mientras él me rodeaba la cintura y me acariciaba la espalda.

Un gruñido bajo vibró en su garganta mientras la tensión entre nosotros crecía.

Era imposible seguir conteniéndonos.

—Vayamos a la ducha o no saldremos de la cama.

La idea no era mala en absoluto, pero antes de que pudiera responder, ya me había levantado en brazos y me llevaba directo al baño.

Cuando llegamos, sin soltarme, encendió la ducha.

Me sostuvo entre sus brazos mientras el agua caliente resbalaba sobre los dos. Sus manos recorrieron mi espalda con una lentitud que consiguió borrar cualquier resto de sueño. Había algo extraordinariamente íntimo en la forma en que me miraba.

De pronto me sujetó el rostro con una mano y no apartó los ojos de los míos. Su respiración era irregular. Ese instante fue profundamente íntimo, lleno de cosas que no decíamos. Lleno de algo que aún no tenía nombre, pero que crecía entre nosotros.

Su mirada descendió por mi rostro hasta detenerse en mi boca. Acarició mis labios con un dedo y luego apoyó su frente en la mía.

Respiró hondo, despacio, como si quisiera absorber mi aroma.

Rozó mi nariz con la suya y, sin más, me besó.

Ambos gemimos.

Me aferré a sus hombros, atrayéndolo más hacia mí.

—¿Tomas la píldora? —murmuró en mi oreja.

—Sí.

—Bien. Me hice análisis hace poco y estoy bien. Siempre usé preservativo… pero contigo quiero hacerlo sin nada.

—Yo también.

Me sujetó suavemente por la cintura y comenzó a bajarme hacia su erección.

La sensación me recorrió como una descarga abrasadora, dejándome sin aliento.

Los gemidos escapaban de mis labios sin que pudiera evitarlos, mientras un estremecimiento tras otro me sacudía, arrastrada por una ola de placer imposible de resistir.

Su pecho se expandía contra el mío con cada respiración profunda. Me hablaba al oído mientras continuaba embistiéndome.

Hasta que estallé en sus brazos y mis espasmos desencadenaron su orgasmo. Nuestros gemidos se mezclaron mientras el placer terminaba de arrastrarnos.

Cuando me relajé sobre él, sujetó mi cabeza y me mantuvo pegada a su cuello.

Ni siquiera intenté apoyar los pies en el suelo.

Astor cerró el grifo y nos sacó fuera, pasando una toalla por mi cuerpo antes de pasarla por el suyo.

Sin soltarme, se dirigió a la habitación y me dejó sobre la cama.

—Mientras preparo el desayuno, puedes dormir un poco más —dijo, tapándome con el cobertor.

—¿Y si mejor te acuestas un rato más conmigo y luego lo preparamos juntos?

Me miró y, sin decir nada, se metió en la cama y me abrazó por la espalda, pegándome a su cuerpo.

Se inclinó para besarme, susurrando:

—¿Así estás bien?

—Mmm… eso es justo lo que quería.

Sonrió contra mi cabello y me estrechó un poco más entre sus brazos. Con el sonido tranquilo de su respiración junto a mi oído, cerré los ojos otra vez.

Y me volví a dormir.