A un latido de ti Capítulo 26
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Capítulo 26

«Te cruzaste en mi camino y se me olvidó a donde iba»

—Anónimo

Astor

E ran casi las tres de la mañana cuando llegué a mi edificio.

Subí al ascensor, pero marqué el piso anterior al mío: el de Doriana.

Hacía tres días que no nos veíamos porque sus horarios habían sido infernales. No entendía cómo podía permanecer despierta tantas horas desempeñando un trabajo que exigía muchísima concentración.

Sus jornadas eran maratonianas.

Algunos días trabajaba durante veinticuatro horas seguidas.

Seguía sin comprender de dónde sacaba las fuerzas para sostener un ritmo así.

Ella me había contado que, si durante las guardias nocturnas lograba dormir tres horas, ya consideraba que había sido una guardia tranquila.

Tres horas.

Seguía pareciéndome una locura. Cada vez que la veía llegar agotada, me preguntaba cuánto tiempo podría seguir soportando aquel ritmo.

Sabía que aquella noche salía sobre las once o, quizá, cerca de la medianoche. Y tenía muchas ganas de verla, aunque solo fuera un rato.

Me detuve frente a su puerta y agudicé el oído. Si escuchaba algún ruido, llamaría. Si no, subiría a mi piso para no interrumpir su descanso.

No tuve que esforzarme demasiado. Sin duda, había una televisión encendida.

Con eso me bastaba.

Golpeé.

Pero no fue Doriana quien abrió la puerta.

Fue Elena.

—Hola —saludó con voz ronca mientras me hacía señas para que entrara.

—Vine a ver a Doriana —dije, pasando junto a ella.

Elena se interpuso en mi camino, bloqueando el pasillo que conducía al dormitorio de Doriana.

—Doriana no está. Supongo que sigue en el hospital… o quizá salió con alguien.

No pensaba seguirle el juego.

—¿Estás segura de que no está? —pregunté, porque Elena nunca se preocupaba por su hermana.

Elena se lamió el labio inferior y se me acercó.

¿Se me estaba insinuando?

¿En serio?

—No la escuché entrar, así que no debe haber llegado. Y tampoco me importa demasiado.

—Voy a comprobar que no esté en su dormitorio —dije, avanzando por el pasillo.

Volvió a interponerse en mi camino.

Durante un segundo se me pasó por la cabeza apartarla de un empujón, pero jamás lo haría.

—¿Me permites pasar, Elena?

No se apartó.

Al contrario: alzó la mano y deslizó un dedo por mi camisa.

Retrocedí al instante.

—Astor, eres demasiado para la insulsa de mi hermana. No entiendo qué le ves. Doriana me dijo que estaban saliendo y todavía me cuesta creerlo. ¿Es en serio?

—Lo es. ¿Cuál es tu punto?

—Seré directa entonces. Doriana no está en casa y podríamos…

—De nuevo, ¿cuál es tu punto? —la interrumpí.

—Estamos solos, Astor. Créeme, puedo ofrecerte mucho más que la tonta de mi hermana.

Intentó volver a tocarme.

La sujeté de la muñeca y aparté su mano de mí.

—Sal jodidamente de en medio. ¿No tienes escrúpulos? Yo estoy saliendo con tu hermana.

—¿Y? ¿Cuál es el punto? —preguntó, utilizando mis palabras.

—El punto está claro: estoy con Doriana. La única mujer que me interesa.

Finalmente se apartó.

Pero no parecía avergonzada.

Estaba furiosa.

Abrí la puerta del dormitorio de Doriana y comprobé que no estaba. La cerré y me encaminé hacia la salida.

Al pasar por su lado, me sujetó del brazo. Aparté su mano de inmediato.

—No me toques.

—Tú y Doriana… dos imbéciles. De verdad, se merecen el uno al otro.

—No te equivoques. Ella merece a alguien mucho mejor que yo.

Seguí caminando y salí de allí mientras la rabia seguía ardiéndome por dentro.

Después de una ducha, me tranquilicé un poco, aunque no podía dejar de pensar en lo sucedido con Elena.

Esa mujer era despreciable.

La detestaba, y odiaba la forma en que se burlaba y menospreciaba a Doriana.

¿Debería contarle lo sucedido con Elena?

No estaba seguro. Sin embargo, alguien debería hacerle ver quién era realmente su hermana. Aunque también sabía que hacerlo podía romper algo entre ellas para siempre.

Me tumbé en la cama y tomé el teléfono para escribirle un mensaje a Doriana. Quería asegurarme de que estaba bien.

El timbre sonó.

Mi primera reacción fue pensar que era Elena.

Sentí cómo la ira volvía a abrirse paso dentro de mí.

Si había venido con la intención de seguir coqueteándome, no pensaba tener ninguna contemplación al echarla.

Maldiciendo entre dientes, me levanté y fui hacia la puerta con una irritación aún mayor que la de unos minutos antes.

Abrí la puerta con lo que imaginé que no era mi mejor expresión, pero, una vez más, quedé sorprendido.

Porque al otro lado estaba Doriana.

Y mi furia se esfumó en cuanto la vi.

—Hola —saludó tímidamente.

—Doc, ¿estás bien?

—Perdóname que te moleste a esta hora, pero…

No la dejé terminar.

La atraje hacia mí y la abracé.

Ni siquiera me pregunté qué la había llevado hasta mi puerta. Solo me importaba que estuviera allí y pudiera abrazarla.

Pegué los labios a su cuello e inhalé profundamente. Su perfume. Ese que siempre conseguía desarmarme.

Intenté contener aquella fuerza cada vez más implacable que despertaba en mí.

Pero fracasé.

Hacía tiempo que había perdido esa batalla.

Escuché su leve risa y me aparté apenas para mirarla.

—Gracias por este recibimiento. Y yo que pensaba que, siendo de madrugada, me ibas a dejar dormir afuera.

Tardé un instante en comprender lo que acababa de decir.

—¿Dormir afuera? ¿Qué ocurrió?

Doriana bajó la mirada.

—Supongo que Elena no se dio cuenta y echó el pasador. —Se encogió de hombros—. Intenté abrir la puerta, pero no pude.

¿Qué no se había dado cuenta?

Y una mierda. Elena sabía perfectamente lo que hacía.

—No quiero abusar de tu amabilidad, pero ¿te molestaría que volviera a dormir aquí?

—Me molestaría que hubieras ido a otro lado.

La tomé de la mano y tironeé suavemente de ella para que entrara. Cerré la puerta y caminamos hacia el dormitorio. Pero enseguida me detuve.

—Saliste más tarde. ¿Comiste algo?

—Tuve que atender una emergencia. Por eso mismo comí en la cafetería del hospital. También me duché allá.

—¿Y estás muy cansada? —pregunté, y le dediqué una sonrisa que pretendía ser otra pregunta silenciosa.

—Depende —respondió, también sonriendo.

Sin soltar su mano seguí caminando.

—No sé qué tienes en mente —susurró en mi oreja—, pero trabajé mucho y necesito distraerme.

Me detuve y la miré.

—¿No estás agotada?

Negó con la cabeza.

—Estoy deseosa de ir a la cama contigo… pero no para dormir.

Su sonrisa fue toda la respuesta que necesité.

—Y yo te quiero en mi cama otra vez.

Me incliné ligeramente hacia ella y, sin apartar la mirada de sus ojos, deslicé un brazo detrás de su espalda y el otro bajo sus piernas. Y la alcé con facilidad.

Ella soltó una risa suave, sorprendida por el movimiento, y me rodeó el cuello con los brazos. La cercanía hizo que nuestros rostros quedaran a poca distancia. Mientras caminaba, podía sentir el calor de su pecho a través de la ropa y el ritmo tranquilo de su respiración.

Sus dedos se aferraron con suavidad a mis hombros mientras avanzábamos. Me miró un momento antes de ladear la cabeza y besarme en el cuello, en el mentón, en la sien y en la comisura del labio.

Disfruté de sus besos y luego la deposité con delicadeza en la cama.

La besé despacio mientras mis manos iban despojándola de la ropa con una mezcla de paciencia y urgencia.

Cada centímetro de piel que descubría hacía más difícil mantener el control.

Doriana temblaba bajo mis caricias y pronunciaba mi nombre con esa mezcla de deseo y ternura que siempre conseguía desarmarme.

Preciosa. Sensual. Exquisita .

La deseaba con desesperación.

Seguía cada uno de mis movimientos mientras su respiración se volvía cada vez más agitada.

Yo trataba de hacer todo con especial cuidado, los besos, la lucha con su ropa y las caricias por su cuerpo. Pero entonces Doriana suspiraba o jadeaba y toda mesura se iba al diablo y acababa peleándome con mis propias manos.

Cuando ambos estuvimos completamente desnudos, me abrí paso entre sus piernas, hundiendo mi cabeza en su sexo.

Doriana dejó escapar un gemido.

Se retorcía de placer y hundía sus dedos en mi pelo, tironeándolo sin poder dominarse.

Mi boca la recorría sin concederle tregua.

—Astor…

Y liberó su orgasmo en mi boca.

No me detuve hasta que sus temblores fueron menguando.

Me incorporé y la miré.

—Me encantas.

Doriana cerró los ojos y sonrió.

De pronto los abrió, se incorporó y me empujó hacia ella para que cubriera su cuerpo con el mío. El deseo más primitivo se abrió paso entre nosotros. Sin esperar un segundo más, me coloqué un preservativo y busqué refugio dentro de su cuerpo.

Doriana se arqueó, recibiéndome, entregándose a mí por completo.

Comencé a empujar a un ritmo vertiginoso. Una y otra vez.

Las sensaciones eran enloquecedoras.

Ambos estábamos al límite.

—Córrete para mí, doc.

La besé.

Y no hizo falta más.

Ambos llegamos al orgasmo gritando el nombre del otro.

Lo siguiente fue el sonido de nuestras respiraciones agitadas y nuestros cuerpos sudorosos y temblando.

Mi cuerpo permaneció laxo sobre el suyo, envuelto en el calor de su piel y en la cadencia de su respiración.

Pero yo era demasiado grande para permanecer mucho tiempo sobre ella, así que la sorprendí al girarme de repente con ella entre mis brazos, hasta quedar boca arriba, deliciosamente aplastado bajo su cuerpo.

Le di un delicado beso en los labios y ella apoyó su cabeza en mi pecho, cubriéndome con su larga melena rubia.

—Ahora puedo dormirme placenteramente —susurró, y me dio un beso en el pecho.

Mi corazón seguía latiendo con fuerza, pero ya no era por lo que había ocurrido unos minutos antes.

—Yo también —murmuré, pero Doriana no lo escuchó porque acababa de dormirse.

Permanecí unos segundos observándola antes de cerrar los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio se parecía más a la paz que a la soledad.