A un latido de ti Capítulo 25
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Capítulo 25

«Si te vieras con mis ojos… entenderías»

—Frida Kahlo

Doriana

A las ocho me despertó el sonido de la alarma.

Estaba tan calentita y cómoda que no quería salir de aquel estado de bienestar.

Sin abrir los ojos, estiré el brazo y tomé el teléfono para apagarla.

Resignada, abrí los ojos. Y descubrí que seguía atrapada entre los brazos de Astor.

Dormía profundamente, con la cabeza apoyada sobre mi pecho, como si no existiera un lugar mejor para él.

Me tomé un momento para asimilar que estaba en su cama. Que había pasado toda la noche con él. Que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna prisa por irme, y mucho menos, por abandonar la cama.

Levanté la mano y acaricié su mejilla. Sus párpados se estremecieron, pero siguió dormido.

Sonreí y me dispuse a salir de la cama sin despertarlo. Apenas me incorporé, sus dedos se cerraron alrededor de mi cintura.

—Buenos días, doc —masculló.

Giré la cabeza para mirarlo y me encontré con sus ojos celestes, soñolientos. Un bostezo deformó brevemente su rostro mientras se sentaba para apoyarse en el cabecero. El cobertor cayó hasta su cintura y dejó al descubierto un torso amplio y perfectamente definido.

—Buenos días. No te levantes. Yo ya me voy.

—¿Adónde?

—A mi piso. Tengo que cambiarme y desayunar antes de irme al hospital.

Se puso de pie de un salto, cubierto únicamente con el bóxer que hacía muy poco por ocultar ciertos atributos.

Mi capacidad de concentración sufrió un serio revés.

—Yo te preparo el desayuno.

¿Me iba a preparar el desayuno?

Mi corazón decidió entusiasmarse mucho más de lo aconsejable.

Siempre había oído que el camino al corazón de un hombre pasaba por el estómago.

Empezaba a sospechar que aquella teoría también funcionaba a la inversa.

—No es necesario que hagas eso. Tú puedes seguir durmiendo —sugerí.

—No. Voy a desayunar contigo, doc.

Y, de forma completamente ridícula, aquello me gustó incluso más que la oferta de prepararme el desayuno.

Se acercó y me dio un delicado beso en los labios.

—Te espero en la cocina. Usa este baño —dijo, señalando el baño en suite—. Yo usaré el otro, así ganamos tiempo.

Mientras lo observaba caminar hacia la puerta, recordé la conversación de la noche anterior.

Seguía sin saber qué éramos.

Pero aquella mañana me resultaba difícil preocuparme por eso.

—¿Te preparó el desayuno? —preguntó Carlota, sorprendida.

—No solo lo preparó; también desayunó conmigo e insistió en traerme al hospital para que no condujera cansada.

Los ojos de Carlota se agrandaron de golpe.

—¿Te trajo él?

—No, vine en mi coche. En eso sí lo pude convencer.

—¡Madre mía! A ese hombre ya le diste jaque mate. Tu jugada de anoche fue magistral. Sin duda, ganaste.

Removí el café despacio.

—Espero no estar precipitándome. No quiero cometer locuras ni salir lastimada otra vez.

—Dori…, ninguna historia de amor empieza siendo racional.

Negué con la cabeza, divertida.

Carlota siempre encontraba una respuesta para todo.

—Parece el hombre perfecto —añadió, tras dar un sorbo a su café—. Me encantaría saber cómo se ve desnudo.

—Carlota…

—Es que ya me hago una idea. —Se abanicó el rostro con las manos.

No pude evitar reír.

—Es… sencillamente espectacular. Pero…

—¿Pero?

Hubo un breve silencio.

—¿Se está poniendo muy serio? —preguntó.

—Sí, algo así… No lo sé. Y no quiero que me parta el corazón.

—Te quiero mucho —dijo ella, más suave—, y no quiero verte con otro desengaño encima. Porque no tengo dudas de que este sí sería el desengaño . Así que, disfruta y ve con cuidado.

—Con él todo se siente maravilloso. Como nunca me había sucedido.

—Lo sé. Lo he notado en ti. —Me revolvió el pelo con cariño—. No te preocupes tanto. Te gusta estar con él, punto. Es el principio de algo. Y lo que venga después… ya llegará.

A las cinco de la tarde salí del hospital con Carlota. Aunque lo único que me apetecía era dormir, terminé siguiendo el plan de mi amiga: una tarde de chicas.

Ella había reservado una sesión de spa para las dos y no quería defraudarla.

Ya lo habíamos hecho otras veces, pero hacía demasiado tiempo que no nos regalábamos una tarde así.

No se trataba solo de recibir tratamientos; era regalarse unas horas en las que el tiempo parecía aflojar el paso y podíamos quitarnos las prisas de encima.

Al llegar, nos entregaron unas batas suaves y unas zapatillas.

Después de un rato de sauna y de una ducha fría, nos acomodamos en unas tumbonas junto a una piscina climatizada. El murmullo del agua y la música suave creaban una especie de burbuja aislada del mundo, y ambas nos quedamos dormidas durante un rato.

Más tarde fuimos a recibir el masaje. Las luces tenues, la música relajante y unas manos expertas deshicieron poco a poco los nudos acumulados en hombros, espalda y cuello. Y, durante aquellas horas, el resto del mundo dejó de importar.

—Gracias por esto. No me había dado cuenta de cuánto lo necesitaba —dije, abrazando a Carlota.

Mi amiga tenía esa expresión relajada que solo aparecía cuando has dormido bien o te has sentido verdaderamente cuidada.

—Tenemos que hacerlo más a menudo. Parece que hubiéramos descansado durante varios días. Pero lo mejor es poder estar juntas sin interrupciones, sin obligaciones y sin necesidad de hacer otra cosa que disfrutar de nuestra compañía, ¿verdad?

—Totalmente de acuerdo.

— Pero aún no he terminado contigo —dijo, tomándome del brazo.

La miré arqueando una ceja.

—Ahora nos vamos de compras. Necesitas más ropa nueva.

—Pero si salimos de compras antes de mi viaje a Valencia.

—Solo compramos un par de cosas. Aunque te pases la mayor parte del tiempo con la bata del hospital, ahora necesitas tener ropa para cuando sales —o no— con Astor.

No discutí.

Me seguía pareciendo un buen plan.

Cuando llegué a mi piso llevaba tantas bolsas que apenas podía con ellas.

Venía relajada, de buen humor y con la agradable sensación de haber recuperado algo de energía.

La sensación duró exactamente unos segundos.

—¿Qué son todas esas bolsas? —preguntó Elena, en cuanto entré.

—Fui de compras. Necesitaba algunas cosas.

—¿Algunas? Parece que compraste la ciudad entera. —Miró los nombres de las tiendas y sonrió con sarcasmo—. No sé para qué gastas tanto en ropa si no sales a ninguna parte.

—En eso te equivocas —dije, dejando todo sobre el sofá—. Con mi profesión dispongo de poco tiempo, pero intento aprovechar el que tengo libre.

—Para dormir.

—También. Pero ya que estamos hablando de esto, aprovecho a contarte que me estoy viendo con Astor, el vecino.

Elena se estaba llevando un vaso de jugo a la boca y lo dejó suspendido en el aire.

—¿Es broma? —Su expresión se endureció de inmediato.

—No. Nos hemos visto un par de veces y estamos conociéndonos.

—¡Yo tenía razón! Me lo querías quitar —dijo, dejando el vaso sobre la mesa con tanto ímpetu que podría haberse quebrado.

—¿Quitar? Tú no estás saliendo con él, nunca lo hiciste.

—Pero yo fui quien lo invité aquí. Eres… eres… una maldita envidiosa.

—Elena…

—Siempre ha sido igual contigo. No soportas que llame más la atención que tú y haces lo imposible por quedarte con lo que me interesa.

—No es así. Yo salí con él porque sabía que entre ustedes no había nada, de lo contrario, no habría aceptado.

—Eso es mentira. Seguro que, en cuanto notaste que me gustaba, saliste a buscarlo como una arrastrada.

—¡Basta, Elena!

—¡Basta y una mierda! Pero, te digo algo… Astor es un mujeriego. Seguro solo se está sacando las ganas contigo y luego te va a dar una patada en el culo como te mereces. Realmente… no sé qué te vio.

—No sé qué pasa contigo, Elena, pero yo no creo merecer tus desprecios.

—Lo que no mereces es tener a nadie a tu lado. Igual, yo estoy saliendo con otra persona mucho mejor que ese imbécil. Después de todo, hacen buena pareja… dos rubios idiotas.

Se encerró en su dormitorio dando un portazo.

Me dejé caer en el sofá y me cubrí el rostro con las manos.

Durante años había intentado entender a Elena. Había justificado sus desplantes, sus comentarios crueles y aquella necesidad constante de competir conmigo. Me repetía que estaba pasando por una mala época. Que en el fondo no era así. Que algún día las cosas cambiarían.

Pero ya no podía seguir engañándome.

No era una mala racha ni un mal día. Así había sido siempre.

Elena no quería llevarse bien conmigo.

Y yo estaba cansada de fingir que aquello podía cambiar.

Le había abierto las puertas de mi casa para ayudarla. Pero no podía seguir permitiendo que aquella ayuda se convirtiera en una condena.

Elena tenía que irse.