Capítulo 24
«No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas
imponer a la libertad de mi mente»
—Virginia Woolf
Doriana
P ara variar, estaba agotada.
Pero aquella vez no era solo cansancio físico.
También estaba cansada de darle vueltas a mi relación con Astor.
Y no porque creyera que debíamos convertir aquello en algo serio.
Ni mucho menos. Ni siquiera podía decirse que nos conociéramos lo suficiente.
Lo que necesitaba era entender qué significaba para él.
Porque cuanto más me importaba Astor, más miedo me daba descubrir que estaba esperando algo que él nunca había tenido intención de ofrecerme.
Además, seguía sintiendo que había algo en él que no terminaba de encajar. Probablemente solo fueran imaginaciones mías, pero no podía evitar tener esa sensación.
Eran las dos de la tarde y estaba en la cafetería del hospital esperando a Carlota.
Me había enviado un mensaje amenazando con atentar contra mi vida si no la esperaba para comer.
Obviamente, no era porque tuviera ganas de verme —aunque probablemente también un poco—, sino porque estaba ávida de noticias.
Más concretamente, de todo lo relacionado con el viaje a Valencia.
Carlota apareció en la cafetería unos minutos después, con el pelo recogido de cualquier manera y la bata abierta sobre la ropa de calle. Llevaba una bandeja en una mano y una expresión tan expectante que casi me hizo reír.
Se dejó caer en la silla frente a mí.
—Bien. Habla.
—Hola, Carlota. Qué gusto verte.
—Hola, Doriana. Qué gusto verte. Ahora habla.
Solté una risa por lo bajo.
—¿Ni siquiera vas a fingir interés por cómo estoy?
—Estoy muy interesada en cómo estás. De hecho, por eso estoy aquí. Y porque necesito saber qué pasó en Valencia.
—Eres imposible.
—Y tú llevas… —Miró su reloj— exactamente treinta segundos intentando ganar tiempo.
Dio un mordisco a su sándwich sin apartar la mirada de mí.
—Empieza —dijo, con la boca llena.
Suspiré.
—Lo pasamos bien.
—Eso no es empezar. Eso es solo un titular.
Me mordí el labio para no reír.
—¿Qué quieres que te diga?
—Todo.
Puse los ojos en blanco.
—Hay ciertos detalles que no voy a contarte.
—Perfecto. Entonces, ahora empieza por las partes que pueden contarse en horario infantil y, cuando estemos en tu piso —o mejor, en el mío, porque en el tuyo está la odiosa de tu hermana—, me cuentas la parte sórdida.
No pude evitar reír.
—Sabía que no debería haberte esperado.
—Sabes que no podrías vivir sin mí. Así que no perdamos nuestro valioso tiempo.
—Te voy a contar la historia de este finde en Valencia.
—Por favor y gracias.
Le conté lo de la boda, la familia de Astor y todos los paseos que hicimos.
Le hablé un poco de él y también del viaje de regreso en el que me había sentido un tanto incómoda.
No por él, sino por esos silencios que, más que pausas, parecían secretos.
Silencios elegidos porque ninguno de los dos sabía cómo, cuándo ni qué hacer con eso que se nos atascaba en la garganta.
Cuando terminé, la que se quedó muda fue Carlota.
Fruncí el ceño.
—Ahora te quedas callada.
—Estoy pensando…
—¿En qué?
—En todo, pero, más que nada, en cómo decirle a Astor que realmente estás involucrada en esa relación.
—Yo no dije eso. Yo te planteé que me gustaría saber si… tenemos futuro.
—Es lo mismo, porque si te lo planteas es porque quieres ese futuro con él.
—Tampoco dije eso. —Bajé la mirada hacia el plato durante unos segundos.
—Doriana, estás hablando conmigo. No tienes que esconderme nada. Además, nadie vuelve confundida después de un fin de semana horrible. Se vuelve confundida después de uno perfecto.
Exhalé despacio.
—Definitivamente, el fin de semana fue perfecto.
—Y ahí está el quid de la cuestión.
Levanté la mirada.
—No me estás ayudando mucho. Dime qué hago.
—Lo primero y más importante es: ¿quieres, realmente, aclarar las cosas con él? ¿O quieres seguir disfrutando de esa relación sin etiquetas, pero… placentera?
—Pues claro que quiero seguir disfrutando de esto, sea lo que sea. Además, supongo que ya llegará el momento oportuno.
—Gilipolleces. El momento oportuno no existe.
—Entonces, dame el maldito consejo.
—Tienes que pillarlo con la guardia baja. Hasta ahora ha sido él quien te ha tomado desprevenida con sus actitudes e invitaciones… bueno, es hora de que tú seas la que le dé una buena sorpresa que lo haga reaccionar.
—¿Sorpresa? ¿Qué tienes en mente?
—¿A qué hora sales hoy?
—Con suerte, a las siete de la tarde.
—¿Y él esta noche va a Vértigo ?
—No lo sé con certeza, pero imagino que sí.
—Entonces, vas a tener que hacer un esfuerzo…
Mientras me duchaba, las palabras de Carlota seguían resonando en mi cabeza: «Si quieres saber qué siente, empieza por mostrarle tú lo que sientes».
Ni siquiera yo tenía claro qué sentía, pero ya no quería seguir evitándolo.
Como también había dicho mi amiga, había llegado el momento de que yo lo intentara.
Salí del baño, me envolví en una toalla y me senté en la cama con el teléfono en la mano.
Abrí el chat.
El cursor parpadeó frente a mí durante varios segundos.
Escribí una frase. La borré.
Escribí otra. También la borré.
Al final, respiré hondo y tecleé:
Yo:
«Avísame cuando vuelvas
de Vértigo. No importa la
hora»
El doble check tardó apenas un segundo en aparecer.
Yo tardé menos en arrepentirme.
¿Qué demonios acababa de hacer?
Estuve tentada de borrarlo.
Entonces la voz de Carlota —que ya era prácticamente mi conciencia— volvió a mi mente: «Es hora de que seas valiente».
Y no lo borré.
Me limité a dejar el teléfono sobre la cama sin apartar la vista de la pantalla.
Supuse que, al estar trabajando, su contestación iba a demorar en llegar. Sin embargo, me sorprendió su rapidez:
Astor:
«Todo bien?»
Ahí estaba.
Cerré los ojos y suspiré.
Esa respuesta no me sorprendió en absoluto. Como si la única razón por la que yo podía querer verlo fuera que algo iba mal.
Yo:
«Sí. Solo avísame»
Tenía que insuflarme valor y optimismo.
Tomé el teléfono, abrí mi playlist y dejé que la música llenara mi dormitorio.
Sonaba Dance The Night , de Dua Lipa. Con la toalla envuelta alrededor del cuerpo y el cabello aún húmedo, empecé a moverme sin pensar, girando, dando pequeños saltos y siguiendo el compás con una energía despreocupada.
Dejé que el ritmo guiara cada uno de mis movimientos y me abandoné por completo a la música.
Tomé el cepillo y lo convertí en un micrófono improvisado, acercándolo a mis labios mientras cantaba cada palabra con absoluta convicción.
Frente al espejo, el dormitorio se transformó en mi pista de baile privada, donde podía expresarme libremente y olvidarme, aunque fuera por unos minutos, de todo lo demás.
—¿Enloqueciste?
La voz de mi hermana me arrancó de golpe de mi pequeña burbuja de felicidad.
Me quedé inmóvil. Tomé el teléfono y detuve la música.
—¿Desde cuándo escuchas música tan alta y… bailas así? —preguntó, arrugando la nariz.
—Solo… me dieron ganas de hacerlo. Tú la escuchas mucho más fuerte y hasta cuando estoy intentando descansar.
Entró en la habitación y se dejó caer sobre la cama.
—Pero yo soy yo —dijo, señalándose—. En cambio, tú…
—¿Yo qué?
—Eres una amargada.
Sentí cómo aquellas palabras me atravesaban.
—A veces pienso que de verdad me odias, Elena. Si tanto te molesta mi presencia, ¿por qué no te has mudado? No pareces muy ansiosa por hacerlo.
—Primero, no te odio. Simplemente somos distintas y… no logro conectar contigo. Ya sabes…
—No, no lo sé. Explícamelo.
Se puso de pie.
—Siempre pareces tan… perfectita —dijo, recorriéndome con la mirada y haciendo una mueca de desagrado—. No me llevo bien con la gente así.
—Elena, soy tu hermana —respondí, y mi voz sonó más débil de lo que pretendía.
Di un paso hacia ella.
Elena retrocedió de inmediato.
—Y, volviendo a lo de mi mudanza, estoy trabajando en ello. No te preocupes, no tardaré mucho en irme.
Giró y caminó hacia la puerta.
—Puedes seguir con tu ridículo baile.
El clic del picaporte resonó en el silencio.
Me dejé caer sobre la cama.
La habitación seguía siendo la misma. La música ya no sonaba. Pero la chica que había estado bailando unos minutos antes parecía haber desaparecido junto con ella.
A las dos de la mañana, la pantalla de mi teléfono se encendió con el mensaje que estaba esperando.
Astor:
«Llego en 10 min.
Voy x tu piso?»
Yo:
«Yo voy al tuyo»
Solo llevaba ropa interior y la camiseta de Astor, olvidada en la maleta desde nuestro viaje a Valencia.
Respiré hondo.
Dudé un instante. Luego me puse en pie.
Tomé el bolso con el cepillo de dientes y algunas cosas de aseo, me calcé las pantuflas y salí de mi piso.
No esperé el ascensor.
Solo era un piso.
Doce escalones.
Pero, con cada uno, el pulso se me aceleraba un poco más.
Astor no sabía lo que iba a proponerle aquella noche, y yo no sabía qué respuesta podía esperar.
Cuando llegué frente a su puerta, respiré hondo.
Levanté la mano.
Entonces la puerta se abrió antes de que pudiera llamar.
Astor me miró en silencio. Sus ojos bajaron, recorriéndome, y se detuvieron en la camiseta. Una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
—Hola —saludé.
Sin decir nada, me tomó de la mano y me atrajo hacia él. Sus labios encontraron los míos. Y me dejé llevar, sintiendo cómo los nervios se deshacían lentamente entre sus besos.
Unos minutos después, terminé apartándome lo justo para poder mirarlo.
—Hola, doc.
—Gracias por esta bienvenida —susurré.
Sonrió.
—Gracias por esta visita, aunque confieso que tus mensajes me tenían preocupado.
—No era mi intención. Discúlpame.
Entré en su piso. La puerta se cerró a mi espalda.
Me giré hacia él.
—Quería… proponerte algo. Pero necesito que seas sincero conmigo. Si no te sientes cómodo, dímelo. Te aseguro que…
No terminé la frase. Me rodeó la cintura y me acercó a él.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que estaba convencida de que él podía sentirlo.
—¿Qué tienes en mente, doc?
—¿Puedo…? ¿Puedo quedarme a dormir contigo?
Silencio.
Durante un segundo pensé que había cometido un error.
Luego, su respuesta fue otro beso.
—¿Eso es un sí? —susurré.
—¿Tú qué crees? —murmuró contra mi boca—. No pienso dejarte ir esta noche.
Sonreí contra sus labios.
—¿Estabas tan nerviosa solo por preguntarme eso? —preguntó, rozando mi mejilla con los labios.
—Sí. Es que no sabía si te gustaba la idea.
—Me encanta dormir contigo, doc.
—Es que… mi propuesta es solo dormir. Ha sido un día largo y ambos estamos muy cansados.
Astor arqueó una ceja. No consiguió ocultar del todo su decepción, aunque sonrió.
—¿Ya estás jugando esa carta? ¿Luego me dirás que te duele la cabeza?
Me tensé, pero Astor soltó una carcajada y me abrazó con fuerza.
—Así que me estás invitando a una fiesta de pijamas.
—Algo así, pero sin la parte de jugar a verdad o reto.
—¿En serio? Que decepción. Sería más divertido si hacemos verdad o reto versión con striptease .
—Eso no existe —dije, empujándolo suavemente en el hombro.
—Yo lo jugué.
—No lo dudo.
Él sonrió. Luego me tomó en brazos con naturalidad y me llevó hacia el dormitorio.
Me dejó sobre la cama con cuidado.
—Te queda mejor a ti que a mí —dijo, señalando su camiseta.
—Me gusta usarla.
—Es tuya… siempre y cuando te la pongas solo cuando duermas conmigo.
Bajé la vista para ocultar la sonrisa.
—Voy a darme una ducha. No tardo.
Entró en el baño y el sonido del agua llenó el silencio del dormitorio.
Me metí en la cama y me acurruqué bajo el cobertor.
Unos minutos después, Astor salió del baño con una toalla alrededor de la cintura. El vapor aún lo acompañaba.
Lo seguí con la mirada.
Sin ninguna ceremonia, abrió el cajón de la ropa interior, dejó caer la toalla y se puso unos bóxer.
Después, la cama cedió a su peso. Me atrajo hacia él y me rodeó con el brazo, pegándome contra su pecho.
—¿A qué hora debes levantarte? —consultó.
—A las ocho. Pero no te preocupes, ya programé mi alarma.
—Vas a dormir pocas horas —dijo, y en su voz percibí una nota de preocupación.
—No pasa nada. Mañana sobreviviré.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Por qué querías dormir conmigo? —preguntó al cabo de un instante.
Suspiré. Esa pregunta ya me la esperaba.
—Quería sorprenderte porque eres tú el que siempre me hace invitaciones.
—Me gustó —respondió enseguida—. Me gusta tenerte así.
—Astor… necesito hacerte una pregunta y que seas sincero.
Astor se giró hacia mí.
—¿Qué quieres saber? —preguntó, mirándome con esos ojos que me deslumbraban.
—¿Qué es esto? Me refiero a nuestra relación.
Astor sostuvo mi mirada sin apartarla. No parecía buscar una respuesta perfecta, sino la más sincera que era capaz de darme.
—No lo sé todavía, doc. Solo sé que quiero seguir aquí —exhaló—. Disfrutemos. Improvisemos. El tiempo dirá.
Quizá improvisar no era tan mala idea después de todo.
—Supongo que tienes razón y al final no importa.
—¿Por qué hablamos del final si recién estamos comenzando?
Comenzando…
No sonaba a despedida y eso, por lo menos, era esperanzador.
Sonreí.
—Tú… ¿estás viendo a otras mujeres?
Los ojos de Astor se estrecharon hasta convertirse en dos ranuras celestes.
—¿Quieres que las vea?
Exhalé con frustración.
—No me respondas con otra pregunta.
Se pasó una mano por el pelo.
—Desde que nos acostamos… solo he estado contigo.
—Yo tampoco estuve con nadie.
Me miró con seriedad.
—¿Y aquella cita que tuviste la noche que llegaste enferma?
—Solo fue una cena.
—¿No volvieron a salir?
—No. Me invitó, pero le dije que no —respondí.
Y era verdad.
El doctor Pointer me había invitado unos días después de nuestra primera cita, pero le había dicho que prefería que solo fuéramos amigos.
Astor se mantuvo en silencio durante unos minutos.
—¿Por qué lo rechazaste?
—Porque… era contigo con quien quería salir —confesé.
—Bien. Prepárate porque vienen curvas, doc.
Levanté la cabeza y lo miré.
—¿Qué quieres decir?
—Que va a ser divertido. Y que quede claro que mereces algo mucho mejor que yo.
—Qué bueno que soy yo la que decido lo que quiero.
Seguía sin saber qué éramos.
Pero sí sabía lo que quería.