Capítulo 23
« … siempre llega un momento en que no hay más remedio que arriesgarse»
— José Saramago
Astor
E staba tumbado en el sofá. Por más que había intentado dormir un poco, desde que había llegado a mi piso no había conseguido apartar a Doriana de mis pensamientos. Mi mente regresaba una y otra vez a cada instante compartido durante el fin de semana, sin concederme un solo momento de tregua.
Cerré los ojos con frustración.
Un poco antes de las cinco de la tarde decidí que era mejor irme a Vértigo y ponerme a trabajar. Quizá así le daría un respiro a mi cabeza, obligándome a centrarme en algo que no fuera ella.
Entré en el bar y Octavio ya estaba en la barra acomodando unas botellas. En cuanto me vio, frunció el ceño.
—Pensé que hoy no venías —comentó.
—Tenía pensado descansar porque conduje muchas horas, pero no tengo sueño.
—Y yo que pensaba que la doctora sexy te iba a dejar agotado —dijo, soltando una carcajada.
—No sé por qué te burlas. Te aseguro que, en ese aspecto, no tengo ninguna queja.
—¿En algún otro la tienes? —preguntó, pasándome una cerveza.
Me senté en un taburete frente a él y, casi por inercia, miré el teléfono.
—Ya veo…
—¿Qué es lo que ves? —inquirí.
—Estás mirando el teléfono con cara de perro abandonado.
Esbocé una sonrisa y dejé el móvil sobre la barra.
—No es lo que piensas. —Exhalé lentamente—.
En realidad, fue un fin de semana tan malditamente bueno que estoy…
confundido. Aunque el viaje de regreso fue un poco extraño.
Hablamos poco. Fue como si hubiéramos agotado los temas fáciles.
No sé… había un silencio extraño entre nosotros, uno de esos que pesan más por todo lo que contienen que por lo que callan.
Cada vez que quería decir algo sobre nosotros, me bloqueaba.
El recuerdo regresó de inmediato.
Doriana observando el paisaje tras la ventanilla. La luz de la tarde derramándose sobre su cabello y arrancándole reflejos dorados. Las piernas recogidas ligeramente sobre el asiento. La expresión tranquila, como si fingiera interés por cualquier cosa que no fuera mirarme.
Yo, frustrado, tamborileando los dedos sobre el volante.
Fingiendo prestar atención a la carretera cuando, en realidad, era dolorosamente consciente de ella.
De su perfume. De sus silencios. De la forma en que sonreía cuando algo le hacía gracia de verdad.
De cómo se mordía el labio cuando estaba pensando demasiado.
Cuando uno de los dos abría la boca para decir algo, terminábamos hablando de la música, del camino o de alguno de los lugares que habíamos visitado en Valencia. Lo importante seguía atrapado entre nosotros, creciendo con cada kilómetro.
La música sonaba baja, apenas un murmullo.
Entre canción y canción aparecían aquellos silencios en los que podía haber iniciado esa conversación. Esa que podía cambiarlo todo. Perdí la cuenta de las veces que estuve a punto de hablar.
Pero no lo hice.
Y aquellos momentos pasaban de largo igual que los carteles de la carretera.
Así que continuamos avanzando, compartiendo el mismo coche y el mismo silencio, ambos conscientes de que, bajo aquella aparente tranquilidad, algo latía con fuerza.
Exhalé y me pasé una mano por el pelo.
—Y desde que nos despedimos me he pasado pensando si sería tan malo…
Me detuve. Incluso decirlo en voz alta me resultaba difícil.
—¿Qué puñetera cosa?
—Olvidarme de mi maldito plan e intentar algo con ella. Algo de verdad.
Mi amigo negó despacio con la cabeza, como si hubiera estado esperando escuchar exactamente aquello desde hacía días.
—Dios santo, esto es peor de lo que imaginaba.
—¿Por qué dices «peor»?
—Porque parece que tu plan te salió por la culata. En vez de desgraciarla a ella, te desgraciaste tú solo. Estás colado por la doctora. Está clarísimo.
—No ando colado por… ¿Por qué estamos hablando de esto? Ponte a trabajar.
Mi amigo soltó otra carcajada y acabó sentándose a mi lado con una cerveza en la mano.
—Si quieres desahogarte con alguien, soy la persona indicada. Te conozco como si fuera tu conciencia.
—Lo dudo. Y no necesito que juegues a hacer de psicólogo. Necesito que nos pongamos a trabajar —afirmé mientras me ponía de pie.
—No huyas, cobarde. Confiesa tus sentimientos antes de que se conviertan en una carga demasiado pesada.
Me giré hacia él.
—¿Quién ha hablado de sentimientos? Estás hablando sin tener ni idea de lo que ha pasado ni de cómo me siento.
—Precisamente por eso. Porque no has hablado de ellos… pero ahí están. Consumiéndote por dentro.
—No digas gilipolleces —espeté, enfadado… pero conmigo mismo.
—Sabes muy bien que no son gilipolleces.
¿Sabes cuál es tu problema? Que es la primera vez que alguien te importa de verdad.
Por eso tienes miedo de arriesgarte. Sería muy triste que, después de que esa chica confiara plenamente en ti, la decepcionaras de una forma tan cruel.
Pero sería todavía más triste que terminaras decepcionándote a ti mismo.
Inspiré hondo.
—Octavio, quiero que nos pongamos a trabajar.
Octavio no se movió. Se limitó a dejar la botella vacía sobre la barra.
—Tienes suerte de que no sea demasiado tarde para recapacitar sobre tu estúpido plan. Dile la verdad y deja que ella decida si se va o se queda. No tiene más ciencia.
No respondí.
Me di la vuelta y fui hacia el otro extremo de la barra para ocuparme de cualquier tarea pendiente.
Porque si había algo que tenía claro en aquel momento, era que resultaba mucho más sencillo ordenar un bar entero que poner orden dentro de mi propia cabeza.