Capítulo 22
«Tal vez la felicidad sea esto: no sentir que debes estar en otro lado, haciendo otra cosa, siendo alguien más»
—Eric Weiner
Doriana
A stor pidió el desayuno a la habitación y estábamos sentados sobre la cama, improvisando una especie de picnic.
El ambiente era cálido e íntimo.
Sorprendentemente natural.
La noche anterior había sido mágica. No solo durante la boda, sino también cuando volvimos al hotel. Y aquella mañana habíamos disfrutado de un baño lento y apasionado.
El sexo con Astor era increíble. Imposible explicar con palabras lo que sentía al alcanzar el orgasmo con él. La conexión entre nosotros era demasiado intensa. Tanto que llegaba a desconcertarme.
Estábamos cómodos, recién duchados. Incluso seguíamos con el cabello mojado. Él llevaba un pantalón de chándal y el torso desnudo; yo, un pijama corto de dos piezas y finos tirantes que había comprado especialmente para la ocasión.
Y a Astor también le había encantado aquella prenda.
—Hacía mucho que no venía a la casa de mi madre —dijo, devolviéndome a la realidad.
—Pero no te queda tan lejos —comenté, intentando que siguiera abriéndose y compartiendo más sobre su vida.
—No es por la distancia. Tampoco por el bar, porque sé que Octavio puede hacerse cargo sin mí.
—Hizo una pausa, pensativo—. Nací en Valencia y viví allí hasta que decidí mudarme a Madrid.
Pero, cuando falleció mi abuelo… —La tristeza o quizá melancolía, cruzó fugazmente por su rostro—.
Ya no pude volver a esa casa. Vine varias veces a Valencia para ver a mi madre, pero siempre me quedaba en la casa de alguno de mis primos.
—No volver allí debe de haber sido muy duro para ti —murmuré.
—Sí, pero más duro habría sido entrar en la casa, recordar todo lo vivido y no verlo.
—¿Y cómo te sentiste ayer?
—Fue… mejor de lo que esperaba —respondió, mirándome con intensidad.
Todo lo que estábamos viviendo era increíble y yo me sentía demasiado bien con él, pero había un tema que ambos sabíamos que tarde o temprano tendríamos que hablar. Al menos yo necesitaba resolver aquel conflicto que no dejaba de darme vueltas en la cabeza.
Y ya no pude seguir ignorándolo.
—¿Por qué me trajiste, Astor?
Miró hacia la ventana, pensativo.
—Necesitaba estar acompañado.
—Lo entiendo. Pero… ¿por qué yo?
—¿Por qué no? —Se encogió de hombros.
—No sé… nosotros no nos conocemos tanto y supongo que debes de tener amigas más cercanas.
—Quería venir contigo —respondió sin dudar—. E hice bien, porque comprendí que volver a la casa en la que crecí no era tan malo. Solo es… distinto.
Permaneció callado unos segundos, reflexivo.
—¿Sabes? Creo que logré cicatrizar algunas heridas. Pude ver las cosas de otra manera.
—La compañía habrá tenido algo que ver… —bromeé.
—Todo.
Por el momento, eso me bastaba.
Sonreí.
—Gracias por elegirme.
No apartábamos la mirada el uno del otro. Se había creado una especie de burbuja en la que no existía nada más que nosotros. Miradas silenciosas con las que parecíamos decirnos mucho más de lo que queríamos.
Fue él quien rompió el momento al desviar la vista.
—¿Vamos a pasear por Valencia, doc?
—Por supuesto —respondí sonriente.
—Prometo ser un buen guía —agregó.
Irónico.
Porque, por él, me sentía más perdida que nunca.
Fue un día increíble.
Recorrimos el centro histórico; después fuimos a la Ciudad de las Artes y las Ciencias y las últimas horas de la tarde las dedicamos a la Playa de la Malvarrosa.
Durante la puesta del sol caminamos descalzos por la orilla del mar, hundiendo nuestros pies en la arena húmeda.
La brisa cálida nos revolvía el cabello y las olas rompían con suavidad, mezclándose con una música lejana.
A medida que avanzábamos, vimos una fiesta a escasos metros y nos dirigimos hacia allí. Aunque estábamos a finales de primavera, parecía una noche de verano.
Yo llevaba un vestido floreado y unas sandalias de esparto que sostenía en la mano. Astor vestía jeans desgastados y una camisa suelta.
—Me gusta mucho tu vestido —susurró junto a mi oído.
Sonreí.
—Aunque, en realidad, no hay nada que te quede mal.
—Supongo que tienes razón —bromeé, y ambos reímos.
Estaba guapísimo. Sus ojos parecían más claros, su pelo más rubio bajo la luz del atardecer. Pero lo que más me impresionaba era la forma en que su risa parecía clavarse en mi alma.
Nos detuvimos en la barra improvisada que habían montado en la playa.
Era una fiesta que promocionaba una nueva cerveza e invitaban a todos los que paseaban a esa hora junto al mar y disfrutaban de aquel precioso atardecer.
El ambiente era increíble. Estaba lleno de risas, botellas alzadas y cuerpos moviéndose sin esfuerzo.
Nos dieron nuestras cervezas y nos sentamos en la arena.
—No te llevas bien con tu hermana, ¿verdad? —preguntó de repente.
Tema delicado.
Antes de responder, miré el mar y le di un sorbo a mi bebida.
—Perdóname, pero es bastante obvio. Parece disfrutar molestándote.
La mirada se me perdió en la inmensidad del mar.
Suspiré.
—No sé qué pasó con nosotras. —Me encogí de hombros—.
Nunca nos llevamos bien. Somos mellizas, pero polos opuestos.
Elena es impulsiva; yo mido cada paso. Ella habla sin filtro; yo, la mayor parte del tiempo, me escondo detrás del silencio.
Nunca logramos entendernos del todo. Cada conversación termina convirtiéndose en una discusión.
—¿Por qué la alojaste en tu piso?
—Se suponía que sería por poco tiempo —dije, hundiendo los dedos en la arena.
—Quizá no debería decir esto, pero no voy a callármelo porque me molesta la forma en que te trata. Parece que compite contigo todo el tiempo.
—Es mi hermana y, por más que no nos entendamos, la quiero.
—Eso no hace la convivencia más fácil.
—No… —exhalé—. Pero no tiene adónde ir.
Astor negó con la cabeza.
—¿Y tu familia?
Parecía que había llegado el momento de hablar de mí.
—Mi madre vive en Pontevedra. Mi padre falleció cuando teníamos quince años. Vivíamos en Madrid, pero cuando empecé la universidad mi madre se mudó. Intento ir a verla dos o tres veces al año y ella también viene alguna que otra vez.
—Siento mucho lo de tu padre —dijo, más bajo.
Asentí.
En ese momento comenzó a sonar Sin miedo a nada , de Alex Ubago, y Astor no dudó en ponerse de pie y tirar suavemente de mi mano para llevarme hacia aquella improvisada pista en la playa.
Me rodeó con los brazos y me atrajo hacia él.
Y me rendí.
Apoyé una mano en su hombro mientras la otra quedaba entrelazada con la suya. Entonces, comenzamos a movernos despacio, solo siguiendo el ritmo lento de la canción.
Era un balanceo íntimo, pausado, torpe a ratos. Pero había algo hermoso en la manera en que parecíamos olvidarnos del mundo. Como si solo existiéramos nosotros, la música y el rumor del mar.
Las palabras de la canción parecían envolvernos. Hablaban de perder el miedo, de abrir el corazón y de encontrar a alguien por quien mereciera la pena hacerlo. Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que quizá yo también estaba empezando a perder ese miedo.
Sin darme cuenta, apoyé la frente en su pecho y él me abrazó un poco más fuerte, guiándome despacio sobre la arena.
Sin prisa.
Sin ruido.
Sin miedo a nada.