A un latido de ti Capítulo 21
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Capítulo 21

«Cómo no amarte si en tu risa cabe el mundo y en tu abrazo el tiempo se detiene»

—Mario Benedetti

Doriana

A stor detuvo el coche en el acceso circular del salón.

El lugar era precioso, envuelto en una calidez cuidadosamente diseñada para que todo pareciera perfecto: las luces tenues, las flores y la música suave flotando en el aire.

Yo era un manojo de nervios. Pero...

—Estás preciosa, Doriana. Vamos a divertirnos.

Así de simple.

Y, aun así, en cuanto escuché su voz, algo dentro de mí cedió.

Bajó primero y rodeó el coche para abrirme la puerta. Cuando tomé su mano para salir, sus dedos se cerraron alrededor de los míos. El contacto fue firme y se convirtió en el sostén que necesitaba.

Aunque me había dicho que sería una boda íntima, en el camino de entrada había mucha más gente de la que esperaba. La mayoría eran personas que ya conocía, pero otras debían de ser familiares o amigos del novio, porque ni siquiera Astor las reconocía.

El salón estaba repleto de enormes jarrones rebosantes de flores rosas. No había un solo rincón libre de arreglos florales.

Todos los invitados iban vestidos de etiqueta y se movían con esa soltura ensayada, propia de los eventos importantes.

Me alegré de haber seguido el consejo de mi amiga, porque el vestido que llevaba era precioso: una auténtica cascada de brillo dorado.

Se ajustaba a mi cuerpo hasta la cintura y luego caía en ligeras capas de gasa que se mecían con cada paso.

El escote en pico dejaba mis hombros desnudos, sostenido por tirantes finos que apenas se notaban y aportaban delicadeza al conjunto.

Era imposible pasar desapercibida con aquel vestido.

Y lo más importante… a Astor le había encantado.

Me condujo hasta la mesa que nos correspondía. En el camino, nos detuvimos varias veces para saludar.

En nuestra mesa estaba gran parte de la familia. De algún modo, aquello me devolvió cierta calma.

La ceremonia comenzó poco después.

Astor me había contado parte de la historia de su madre. Ella nunca se había casado. Era muy joven cuando lo tuvo y el padre se marchó antes de que él naciera. Después quedaron ella y su abuelo. Solo ellos dos para criarlo. Pero el abuelo ya no estaba con ellos.

Su madre llevaba cinco años junto a Iñigo y apenas unos meses atrás habían decidido casarse.

Ambos eran relativamente jóvenes: ella rondaría los cincuenta y él tendría apenas algunos años más.

Según Astor, aquella relación le había hecho muchísimo bien porque Iñigo la cuidaba y la respetaba de verdad.

La ceremonia civil fue sencilla, pero emotiva. El momento más intenso llegó cuando el juez los declaró marido y mujer y los recién casados se besaron. Un aplauso cálido resonó en todo el salón.

Entonces, reparé en la forma en que Iñigo miraba a Aitana. Y entendí lo que Astor había querido decir cuando habló de cómo Iñigo la cuidaba.

No era algo que se dijera.

Se veía.

Y ellos lo tenían.

Aunque seguía atenta a la ceremonia, también observé a Astor. Después de todo, era su madre quien se estaba casando. Sin embargo, era casi imposible de leer. O, al menos, yo todavía no sabía cómo hacerlo.

Cuando le pregunté si estaba contento, respondió sin apartar la vista de la ceremonia:

—Si ella lo está, yo también.

El único instante en que creí percibir algo distinto en sus ojos fue cuando mencionaron a su abuelo y expresaron el deseo de que hubiera podido estar presente. Algo en él se tensó apenas un segundo. Fue mínimo: la mandíbula, la forma en que dejó de moverse. Pero yo lo noté.

Evidentemente, su abuelo había sido una persona muy importante en su vida y todavía lo echaba muchísimo de menos. Quizá aún cargaba heridas que no mostraba a nadie.

—¿Te apetece ir a tomar algo? —me preguntó Astor.

—Sí. Necesito una copa.

Nos levantamos y nos dirigimos a la barra.

—¿Qué quieres, Doriana?

—Algo con alcohol.

—¿Piensas ponerte como una cuba delante de mi familia? —bromeó, fingiendo horror.

—Pensándolo mejor, solo una copa de champán.

Astor sonrió, me tomó de la mano y me susurró al oído:

—Los tienes a todos fascinados, doc.

—No exageres.

Astor pidió las bebidas sin soltarme la mano.

Cuando las trajeron, acercó su copa a la mía para brindar.

—¿Por qué me miras tanto? —pregunté al notar su intensa mirada por encima de la copa.

Astor apenas sonrió. Sus dedos descendieron despacio por mi espalda desnuda.

—Porque no puedo dejar de hacerlo. Eres hermosa.

El corazón se me aceleró, pero no pude evitar pensar en lo que aquello significaba.

—¿Qué estás pensando? —preguntó.

Lo miré unos segundos antes de responder.

—Que contigo me siento demasiado bien.

Me arrepentí en cuanto lo dije.

Algo cambió en su expresión. Su sonrisa se apagó despacio.

Había dicho demasiado. Y ya era tarde para retractarme.

—Yo… también —admitió después de un largo silencio—. Tanto que hasta olvido las razones por las que debería mantenerme lejos.

Algo dentro de mí se hundió.

—¿Por qué lo dices?

—¿De verdad no te das cuenta?

—No. Ilumíname.

Negó con la cabeza, pero no respondió.

—¿Bailamos? —preguntó.

—No me respondiste.

Exhaló.

—Mereces a alguien mejor que yo, doc.

Lo miré y tomé su mano.

—Entonces bailemos —susurré, tirando suavemente de él antes de que pudiera seguir hablando.

Íbamos caminando hacia la pista cuando uno de sus tíos nos interceptó para pedirle a Astor que bailara una canción con su madre. Querían tomarles una foto juntos.

Astor asintió, pero enseguida me miró. No dudé en alentarlo. Ese baile con su madre era especial.

Apenas se había alejado cuando escuché otra voz.

—¿Te apetece bailar, Doriana?

Giré y me encontré a uno de sus primos. Debía de tener mi edad y ya había hablado con él durante el almuerzo en casa de la madre de Astor. Estaba a punto de negarme porque quería ver bailar a Astor con Aitana, pero tampoco quería parecer antipática.

—Sí, claro.

—Soy Alan, uno de los primos de Astor.

—Sí, te recuerdo —dije, sonriendo.

La música era la favorita de los novios y casi todas las canciones pertenecían a los noventa. En ese momento sonaba Can't Fight This Feeling, de REO Speedwagon.

Miré hacia donde bailaban Astor y su madre. Sonreí al verlos abrazados y felices riendo juntos. Incluso parecían emocionados.

Volví la atención hacia Alan y le di la mano. La canción era preciosa, pero no estaba muy segura de que fuera la más adecuada para compartir con alguien a quien apenas conocía. Cuando sus manos se posaron sobre mi cintura, mi cuerpo se tensó un poco.

No habíamos llegado ni a dar un par de vueltas cuando…

—Perdona, Alan.

Astor le tocó el hombro a su primo y luego me señaló con la mirada.

—Le prometí a Doriana este baile.

Su primo le sonrió, me soltó y le palmeó el hombro. Astor ocupó su lugar de inmediato.

La pista de baile se había ido llenando lentamente de parejas, pero el resto del salón pareció desdibujarse en cuanto comenzaron a sonar los primeros acordes de After All, de Peter Cetera y Cher.

La voz suave y melancólica de la canción flotó entre las luces tenues mientras Astor deslizaba una mano hasta mi cintura y me acercaba despacio hacia él.

Apoyé una mano sobre su hombro y la otra quedó atrapada entre sus dedos.

Al principio nos movíamos con cautela, siguiendo el ritmo lento de la música, pero poco a poco el baile terminó convirtiéndose en algo mucho más íntimo que elegante.

Ya no parecía importarnos el mundo a nuestro alrededor; solo permanecer así.

Sentía el calor de su cuerpo filtrarse a través de la tela del vestido mientras su perfume me envolvía lentamente. Era como si todo desapareciera al compás de la canción.

Girábamos despacio entre las demás parejas.

Las capas doradas de mi vestido se mecían alrededor de nuestras piernas cada vez que él me guiaba en un movimiento suave y seguro.

Astor no dejaba de mirarme, ni siquiera cuando las voces y las risas crecían alrededor.

Nos observábamos como si intentáramos memorizar cada detalle del otro.

Cuando llegó el estribillo, entrelazó aún más sus dedos con los míos y me acercó hasta que apenas quedó espacio entre nosotros.

Y entonces comprendí que no era un baile más.

Bailábamos aferrándonos a aquel instante como si el mundo pudiera arrebatárnoslo en cualquier momento.