Capítulo 20 #2
Giré el rostro y lo miré.
—¿Te la sabes?
—No olvides que mis noches las paso escuchando música en el bar.
Se inclinó hacia mí y me guiñó un ojo antes de volver a cantar.
—No cantas nada mal —dije, tratando de ignorar la letra y frenando el impulso de robarle un beso rápido, algo que habría estado completamente fuera de lugar.
Para distraerme, me puse a tararearla por lo bajo.
Tenía que dejar la mente en blanco. O, al menos, intentarlo.
Pero Astor estaba decidido a no permitírmelo.
Lo demostró inclinándose sobre mí con la excusa de abrir la guantera junto a mis rodillas.
Sacó unas gafas de sol y, antes de apartarse, sus dedos rozaron mis piernas con una lentitud difícil de ignorar.
Un roce que envió una descarga directa al centro de mi cuerpo.
—Como copiloto no eres muy buena. Creo que te vestiste para desconcentrarme —dijo, desviando la mirada hacia mis piernas.
Llevaba un vestido que, al sentarme, se había subido por encima de los muslos.
—Pues no sabes cuánto lo lamento —ironicé—. No era mi intención desconcentrarte ni corromper tus pensamientos.
—Tarde.
Y el viaje no había hecho más que empezar.
Entendí por qué Astor no quiso quedarse en casa de su madre en cuanto aparcamos frente a la puerta. Como pude observar tras mis gafas de sol, la familia nos estaba esperando allí.
Y eran muchos.
Demasiados como para no ponerme nerviosa.
Me tomé mi tiempo para bajar del coche porque, aunque fuera absurdo, sentía que iba a presentarme como su novia oficial.
Agradecí haber seguido los consejos de Carlota porque, como ella bien dijo, todas las miradas estaban puestas en mí.
Vi a Astor abrazar a la mujer que supuse que era su madre y estrechar la mano al hombre que estaba a su lado.
Salí del coche despacio, intentando aparentar una calma que no sentía y esperando que hubiera dejado claro quién era yo: una amiga.
Pero cuando Aitana —su madre— me miró con aquella sonrisa traviesa, tuve mis dudas.
Ella vino enseguida a saludarme.
Era guapísima, igual que su hijo. Compartían los mismos ojos claros y esa sonrisa fácil capaz de desarmar a cualquiera.
—¡Qué alegría conocerte, Doriana! —soltó, reforzando mis dudas—. ¡Al fin ha traído a una chica a casa!
Aitana me abrazó, pero vi cómo Astor —que se encontraba saludando al resto de la familia— se giraba para mirarnos con expresión resignada.
—Qué guapura de niña y qué elegante. Y rubita como mi Astor. Hacen una pareja preciosa —me alabó.
Confirmado.
Astor no les había aclarado absolutamente nada y, como toda madre, Aitana había sacado sus propias conclusiones y, al parecer, yo ya era prácticamente su futura esposa.
—Encantada de conocerla y felicitaciones por la boda.
—Muchas gracias, querida. Vamos, que te voy a presentar a Iñigo, mi futuro esposo.
Me tomó del brazo y tiró suavemente de mí para empezar a caminar hacia la casa.
Primera presentación superada, pensé aliviada. Solo faltaba el resto de la familia, aunque no estaba segura de que fuese igual de sencillo.
Tomé aire profundamente y seguí caminando.
De repente, se detuvo y me miró.
—¿Nosotras ya nos conocíamos? Porque tengo la sensación de haberte visto antes.
—No lo creo. Aunque quizá me hayas visto en Madrid. Trabajo desde hace años en…
—No, no, no —me interrumpió—. Yo siempre viví en Valencia. Solo fui a Madrid cuando… —bajó la cabeza y vi cómo el dolor le ensombrecía la mirada—. Solo fui cuando mi padre falleció. Él había ido a pasar unas semanas con Astor y… su corazón simplemente no resistió.
—Lo siento mucho.
—No te preocupes —dijo con una sonrisa cálida—. Es un dolor que nunca desaparece, pero esté donde esté, seguro que está brindando por mi felicidad. Era un hombre increíble.
—Seguro que sí.
Me apretó el brazo y seguimos caminando.
Volví a mirar a Astor, pero él ya había quedado atrapado entre abrazos, palmadas en la espalda y voces familiares.
En cuanto llegamos al grupo, se me vino encima una oleada de «Encantados de conocerte», «Siéntete como si estuvieras en tu casa» y «Qué mujer más guapa».
No había contado con la cantidad de gente que nos recibió entre amigos, tías, tíos, primos, primas e incluso vecinos, ni con aquel recibimiento tan cálido y acogedor.
Astor me presentó a todos ellos, uno por uno.
Algunos me estrecharon la mano y otros, directamente, me dieron un abrazo.
Solo esperaba que no se me notara lo abrumada que me sentía.
Si bien era una persona bastante tímida e introvertida, allí me quedé sin palabras.
No sabía qué responder a todas las muestras de cariño que me dedicaban y me sentí completamente superada.
Pero también sentí un calor tibio expandirse por mi pecho al descubrir que les había caído simpática.
Al fin entramos a la casa, donde todo estaba listo para el almuerzo.
—Bienvenida, Doriana. Espero que disfrutes del tiempo que pases en Valencia, de nuestra familia y de la boda.
—Muchas gracias.
Astor se acercó y me sonrió.
—Parece que, si te animas a tener algo conmigo, mi familia te aprueba.
Se me secó la boca al verlo bromear con algo con lo que a mí ni siquiera se me ocurriría burlarme.
—¿Qué les dijiste sobre nosotros?
—Solo les dije que vendría con una amiga. Lo que supongan corre por su cuenta. Sin duda, a mi madre le juegan en contra las ganas de verme saliendo con alguien —dijo, encogiéndose de hombros y sin dejar de sonreír.
—¿Y qué decimos?
—Sígueles la corriente. —Volvió a encogerse de hombros.
Seguirles la corriente…
¿Y eso qué significaba?
Después de almorzar con su familia, nos marchamos al hotel. Astor había reservado uno ubicado en pleno centro de la ciudad, cerca de la Plaza del Ayuntamiento y al salón en el que se celebraría la boda esa misma noche.
Unas horas después de registrarnos, me miré en el espejo de la habitación y apenas me reconocí.
Me había hecho unas ondas y llevaba un maquillaje impecable en tonos dorados, con los labios rojos y carnosos.
También había cuidado cada detalle de mi ropa. Y no solo de la que quedaba a la vista. Aconsejada por Carlota, había comprado lencería seductora. Llevaba un sujetador palabra de honor de encaje negro, unas bragas a juego y un liguero.
Estaba a punto de ponerme el vestido cuando la puerta se abrió y Astor entró en la habitación. Me recorrió de arriba abajo con la mirada e inhaló lentamente, como si acabara de quedarse sin aire.
—Doriana… —murmuró casi para sí mismo.
Llevaba un elegante traje azul oscuro perfectamente entallado, una camisa blanca y corbata en tonos azules y grises.
Al verlo, todos los músculos de mi cuerpo se tensaron y se me cortó la respiración.
Nunca lo había visto vestido con tanta elegancia y no pude evitar devorarlo con la mirada.
Era un hombre impresionante. Sin duda merecía que le dedicaran más de un silbido de admiración.
Y lo hice.
Astor sonrió al oír mi silbido, pero solo unos segundos. Enseguida clavó sus ojos celestes en mí mientras se quitaba la chaqueta y la lanzaba sobre la cama.
Comenzó a acercarse lentamente y me estrechó entre sus brazos. Tomó mi rostro entre sus manos y me besó larga y profundamente. Cuando se apartó, apenas retrocedió unos centímetros para observar mi conjunto de lencería. Sus ojos se oscurecieron de inmediato.
—Jo-der —murmuró.
Sin decir nada más, volvió a besarme y comenzó a empujarme suavemente hacia la cama.
Esa vez fui yo quien se apartó.
—No puedo, Astor… Ya estoy peinada y maquillada para la boda.
—Joder —repitió—. Es que estás para comerte, doc.
—Si quieres que llegue a la boda presentable, tendrás que detenerte.
—Imposible… Hay otra forma de que no te despeines ni un pelo —susurró contra mis labios.
—Astor… no llegaremos a tiempo… —protesté sin demasiada convicción.
—Tendremos que darnos prisa.
Esa vez me empujó suavemente contra el tocador y me sentó encima.
Me levantó una pierna y se colocó entre ellas mientras volvía a besarme.
Me acarició los pechos, el vientre, el liguero hasta detenerse en mis bragas, en el punto exacto donde mis piernas se unían.
Me miró antes de introducir un dedo en mi interior.
Arqueé la espalda y él me sostuvo con fuerza mientras sus dedos me llevaban lentamente al límite.
No apartó las manos de mí, recorriéndome con una lentitud que volvía cada segundo más insoportable.
El placer hizo que quisiera echar la cabeza hacia atrás, sin embargo, me quedé atrapada en sus ojos; clavados en los míos e irradiando ternura.
Su mano subió a mi rostro y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos, como si necesitara comprobar que realmente estaba allí.
—¿Qué me estás haciendo, doc? —susurró.
Había algo distinto en su expresión. Nunca me había mirado de aquella manera.
Y sus palabras terminaron de desarmarme. De pronto, lo que sentía dejó de ser únicamente físico y la vulnerabilidad me golpeó con una fuerza inesperada. Necesité decir algo antes de ahogarme en ello, algo más ligero que rompiera aquella intimidad abrumadora.
—Eres tú el que me lo está haciendo…
Sonrió sin separarse de mis labios.
Y me besó.
Me besó con dulzura mientras el placer terminaba de consumirnos.