A un latido de ti Capítulo 20
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Capítulo 20

«Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos»

—Pablo Neruda

Doriana

C erré la puerta del consultorio y caminé de un lado a otro durante varios minutos, pensando en todo y, a la vez, con la mente en blanco.

La puerta se abrió de golpe y Carlota entró deprisa, cerrándola con el pie. Traía un café en cada mano. Le había pedido que pasara en cuanto tuviera un rato libre.

—¿Qué sucede? ¿Es por el rubito de tu vecino? —preguntó, dejando los cafés sobre mi escritorio y sentándose en una de las sillas.

—Gracias por el café. —Exhalé—. Necesito contarte algunas cosas que pasaron con él y también pedirte consejo.

—Aquí me tienes. Soy experta en relaciones románticas y toda oídos —respondió, tendiéndome el vaso de café.

Por supuesto, no era ninguna experta en relaciones románticas, solo era una romántica empedernida. Pero era mi mejor amiga y con eso me bastaba. Carlota no me decía únicamente lo que quería escuchar, sino aquello que creía que podía ayudarme… incluso cuando dolía o resultaba incómodo.

Me senté en mi silla y suspiré.

—Anoche fui un rato a Vértigo porque Astor me invitó. No quise rechazar la invitación porque él había venido aquí a traerme el almuerzo y…

—Espera, espera, espera —pidió, levantando la mano para detenerme—. ¿Estuvo aquí con tu almuerzo? —preguntó, sin ocultar su sorpresa.

—Sí, ayer. En este mismo consultorio.

—¡¿Por qué no me lo contaste antes?! Eso son palabras mayores. Ese hombre está pilladísimo por ti.

—Carlota, no es eso. Yo significo para él lo mismo que él para mí: una aventura pasajera con la que conectas. La pasamos bien juntos. Nada más.

—Venga, por favor. —Negó con la cabeza—. ¿Cuántas veces vino tu ex a traerte el almuerzo al hospital?

Touché.

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra —respondí—. Lo que iniciamos como… un juego, o como quieras llamarlo, terminará cuando Astor deje de conformarse solo conmigo. Basta con verlo una noche en Vértigo para entender que nunca le faltarán opciones. Fui testigo de cómo lo miran con deseo.

»Además, él mismo me dijo que se siente cómodo siendo soltero, o sea, sus relaciones no trascienden las sábanas. Las relaciones estables no son lo suyo y yo tampoco estoy preparada para tener algo que no sea eso.

»Los dos llevamos ritmos de vida muy distintos. Es encantador y guapísimo, pero sé que no va a durar mucho.

—Y, si lo tienes tan claro, ¿qué te pasa entonces? ¿Por qué estás tan, tan… ansiosa?

—Antes tengo que contarte lo que sucedió anoche. Algo que nunca había hecho.

—Empieza de una vez. Quiero que me lo cuentes todo.

Me cubrí el rostro con las manos. El calor me subió a las mejillas apenas recordé lo que había pasado en Vértigo …

—Voy hasta el baño —le dije cuando terminamos de comer.

Astor me miró y asintió con la cabeza.

Me lavé las manos y, cuando me estaba arreglando el cabello, levanté la vista hacia el espejo y me lo encontré detrás de mí.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué haces?

—Tardabas demasiado y vine a buscarte. —Se acercó despacio, sin molestarse en ocultar sus intenciones.

—Astor, podría entrar alguien.

—Soy el dueño del lugar, así que he puesto un aviso de fuera de servicio —respondió con voz ronca—. Pero tienes la opción de salir o… decirme que eche el cerrojo.

Tiempo atrás habría salido de aquel baño sin mirar atrás . Pero con Astor todo era distinto. Mi cuerpo ya había tomado la decisión por mí.

Tomé aire y lo miré con decisión.

—Echa el cerrojo.

Sin apartar los ojos de los míos, lo hizo.

Con un tirón rápido, me acorraló contra la pared y me hizo sentir cuánto me deseaba.

Me besó con una intensidad que me dejó sin aire. Astor gimió contra mi boca y se apartó apenas un segundo mientras sacaba un preservativo del bolsillo.

Desabroché sus pantalones y tiré de ellos hasta debajo de sus nalgas.

Volvió a abrazarme y me aferré a su camisa, pero él se apartó unos centímetros y buscó mis ojos.

Los cerré.

—Mírame, Doriana —me pidió.

Lo hice.

Y todo desapareció.

Solo estaba él.

Solo estábamos nosotros.

Astor volvió a besarme. Un beso intenso, sin pausa.

A los minutos, se apartó ligeramente para abrir el preservativo con los dientes y ponérselo.

—Justo hoy tenías que usar pantalones —susurró.

No pude evitar sonreír.

Me sacó los pantalones y la ropa interior con una facilidad que no me sorprendió. Me levantó y le rodeé la cintura con mis piernas. Sin dilación, me penetró de un solo movimiento.

Una oleada de placer recorrió todo mi cuerpo.

Astor retrocedió apenas y volvió a moverse con acometidas lentas y precisas, como si supiera exactamente lo que yo necesitaba.

Ambos jadeábamos.

Eché la cabeza hacia atrás, temblando de placer. Cada roce me hacía estremecer y, poco a poco, las fuerzas empezaron a abandonarme. En ese momento era Astor quien dominaba los movimientos.

—Astor —mi voz se quebró contra su boca—. No puedo más.

—Déjate llevar —susurró—. Yo te sostengo.

El orgasmo me atravesó de golpe y tuve que aferrarme a él para no derrumbarme. Me sostuvo con firmeza mientras el mundo parecía desvanecerse a nuestro alrededor.

Mientras recuperaba el aliento, él no dejaba de observarme. Después hundió el rostro en mi cuello y se quedó ahí, respirando contra mi piel. Sentí cómo su cuerpo se tensaba antes de enterrarse por completo en mí con un gruñido ronco, diciendo mi nombre en un hilo de voz que apenas reconocí.

Carlota me contemplaba con los ojos abiertos como platos, incapaz de reaccionar durante unos segundos.

—¡Por Dios! Abre la ventana porque me voy a incendiar —exclamó, haciéndose aire con las manos.

Eché la cabeza hacia atrás y reí.

—Nunca había hecho algo así. Y…

—Te gustó.

—Me encantó.

—Es que ese hombre está como un queso. Como lo dejes escapar, te dejo de hablar. Desde que estás con él tienes algo distinto… un brillo que… madre mía. Ahora entiendo de dónde viene —dijo, riendo.

—Ya hablamos de eso y sabes cómo pienso. Pero hay otra cosa…

—¿Más? Menos mal que eres cardióloga porque me está por dar un infarto.

Volví a reír.

—Quiere que este fin de semana lo acompañe a Valencia a la boda de su madre.

—¿Cómo que… qué? ¿A la boda de su madre?

El viernes llegó más rápido de lo que esperaba.

Astor me avisó el jueves de que viajaríamos en su coche, lo que significaba casi cuatro horas de trayecto hasta Valencia. Cuatro horas a solas con él. La carretera, la música y el paisaje serían nuestra única compañía.

Le avisé a Elena de que me iría todo el fin de semana y pareció tan emocionada ante la idea de quedarse sola que ni siquiera me preguntó dónde iba ni con quién.

El día anterior, Carlota me había obligado a acompañarla de compras para encontrar un vestido deslumbrante y pasar por el estilista. Según ella, al acompañar a Astor a un evento familiar, todas las miradas terminarían inevitablemente puestas en mí.

Eso solo consiguió ponerme todavía más nerviosa.

Aun así, seguí su consejo.

El viernes por la mañana, Astor llamó a mi puerta a la hora acordada. Llevaba un bolso de viaje y un portatrajes. Estaba guapísimo, con el pelo todavía húmedo y esa sonrisa ladeada que parecía iluminarle el rostro.

—¿Lista? —preguntó, recorriéndome con la mirada.

—Sí, solo voy a buscar mis cosas y podemos irnos —respondí, dirigiéndome al sillón donde había dejado mi bolso—. ¿Desayunaste? Hay café recién hecho y puedo prepararte unas tostadas.

—Un café me vendría genial, gracias. Pero no te preocupes, me lo sirvo yo.

Dejó sus cosas sobre una silla y se dirigió a la cocina.

—¿Empacaste ropa cómoda? Me gustaría aprovechar el domingo para recorrer la ciudad. Quiero enseñarte algunos de mis lugares favoritos.

—Me gusta la idea. —Miré mi bolso—. Y sí, creo que llevo todo lo necesario.

—¿Cuándo tienes que volver al hospital?

—El lunes por la tarde.

Me había pedido esos días libres y, como tenía mucha licencia acumulada, me los dieron sin problema.

—Perfecto. Entonces podemos volver el mismo lunes por la mañana. ¿Te parece bien?

—Sí, claro. ¿Nos quedaremos con tu familia?

—No. Reservé una habitación en un hotel porque en casa de mi madre se está quedando mucha gente y prefiero que estemos más cómodos.

Íbamos a pasar todo un fin de semana juntos y, por lo visto, a solas.

Nosotros no teníamos ese tipo de relación. O eso intentaba repetirme.

Sonreí pese a aquella pequeña esperanza empeñada en abrirse paso dentro de mí.

Me sentía demasiado bien con él. Y, aunque intentara restarle importancia, tenía claro lo que significaba aquel viaje: un fin de semana lejos de la rutina y otra excusa para volver a acostarme con Astor —como si necesitáramos alguna—.

Y, de algún modo, eso me bastaba.

No había futuro posible entre nosotros. Lo sabía. Incluso así, no quería pensar en ello.

En realidad, lo que estaba haciendo no era propio de mí. Era la mayor locura que había cometido jamás. Aun así, me gustaba estar pensando, por una vez, un poco más en mí que en los demás.

Iba a disfrutar de ese fin de semana sin culpas ni remordimientos.

Cuando llegamos al estacionamiento del edificio, dejamos los bolsos en el maletero y subí al coche. El trayecto comenzó entre conversaciones sueltas y largos silencios cómodos.

—Estás muy pensativa —comentó Astor.

Fue entonces cuando me di cuenta de lo absorta que había estado pensando en el fin de semana con él. Enfoqué la vista y descubrí que ya habíamos dejado Madrid atrás.

—Quizá esté un poco cansada… y el silencio del coche empieza a pesarme. ¿Puedo poner algo de música?

—No tienes que pedir permiso.

—¿Qué te apetece escuchar?

—Lo que tú quieras. Escucho de todo. Tengo gustos bastante eclécticos.

Alargué la mano hacia el equipo de música y lo encendí.

Sonaba Edge of the Earth , de The Beaches, y decidí dejarla. Tenía una melodía dulce, aunque su letra hablaba, irónicamente, de una relación entre dos personas opuestas.

Sonreí, bajé un poco la ventanilla y me permití disfrutar de la canción, de su compañía y del paisaje deslizándose tras el cristal.

Lo único que consiguió distraerme fue su voz cuando empezó a cantar una parte concreta de la canción. Una que hablaba de deseo, de adicción a ella y de dos personas incapaces de mantenerse lejos.