Capítulo 19
«El verdadero amor no se conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece»
—Jacinto Benavente
Doriana
— D octora Delacroix, solo le queda un paciente más —me informó la enfermera que esa mañana me acompañaba en la consulta.
—Puedes decirle que pase. Gracias, Celia.
La consulta con mi último paciente era de control, así que, veinte minutos después, ya había terminado la jornada de la mañana y tenía poco más de una hora para ir hasta la cafetería y comer algo.
Pero…
—Doctora, hay una persona más que necesita hablar con usted —avisó Celia, asomándose por la puerta de mi consultorio—. ¿Le digo que pase?
Me llamó la atención que sonriera con un aire enigmático.
—¿Es uno de mis pacientes? ¿Cuál es su nombre?
Su sonrisa se amplió.
—Yo creo que… es uno de sus admiradores.
—¿Cómo?
—Un segundito…
La enfermera volvió a cerrar la puerta y me quedé mirando hacia allí, completamente confundida.
Al cabo de unos minutos, la puerta volvió a abrirse, pero no fue ella quien estaba allí.
—¿Astor?
Entró y cerró la puerta tras él.
—Te traje el almuerzo —dijo, dejando unas bolsas de papel sobre mi escritorio.
Me quedé completamente boquiabierta.
No podría haber estado más sorprendida. Él era la última persona que esperaba ver allí.
Y, aun así, verlo frente a mí hizo que el pecho se me llenara de un calor inesperado.
—Gracias. Realmente me sorprendiste.
—Me di cuenta. —Sonrió, aunque no tomó asiento—. La enfermera me dijo que ya habías terminado con la consulta y que tenías un rato para almorzar.
Una idea descabellada cruzó mi mente.
—¿Cuánto tiempo llevas esperando?
Su sonrisa se borró al instante.
—Puede que haya llegado… hace bastante rato. No sabía a qué hora quedabas libre para comer, así que vine con tiempo.
Aquello me desconcertó todavía más.
—Gracias, Astor.
—Te traje una hamburguesa con patatas fritas —dijo, pasándome una bolsa—. El resto es mío.
—Huele delicioso y me encanta. —Lo miré agradecida—. De verdad, muchas gracias.
—En realidad, solo estoy intentando echar a perder tu figura para que nadie más te mire.
No habría sabido distinguir qué me dominaba más: la sorpresa, la felicidad o aquella absurda alegría que me ensanchaba el pecho.
Abrí mucho los ojos.
—Con una hamburguesa con queso solo vas a conseguir hacerme… feliz —sonreí.
—Bueno, eso me alegra mucho. Te dejo para que comas y descanses un poco. —Estiró la mano para tomar su bolsa.
—¿Te vas? —pregunté demasiado rápido, antes de poder disimular la decepción—. Quédate a comer conmigo —dije, indicándole que tomara asiento—. Me queda un rato antes de la próxima consulta.
—¿No te ocasionaré problemas?
Siempre había tenido mucho autocontrol. Pero una mirada suya y su voz grave, parecida a un ronroneo, bastaban para hacerme olvidar cualquier prudencia.
—Ninguno. Además, me gusta tu compañía —respondí.
Astor ni lo dudó y se sentó en la silla que utilizaban mis pacientes. Yo despejé un espacio en el escritorio apartando algunos papeles.
—Cuéntame cosas sobre ti —pedí, sacando las patatas para meterme una en la boca.
—¿Qué quieres saber? —Extendió el envoltorio de papel con cuidado sobre la mesa.
—No sé… Háblame de tu familia.
Me sostuvo la mirada tanto tiempo que creí que no respondería, pero en su lugar se encogió de hombros.
—Solo tengo a mi madre, pero nos vemos poco. Ella… está por casarse.
Por un instante, pareció perderse en sus pensamientos, pero pestañeó y volvió a enfocarse en mí.
—¿Tu papá?
Su rostro se ensombreció y lamenté haber hecho la pregunta.
—Nunca lo conocí. Me criaron mi madre y… mi abuelo —respondió.
Hubo tanta tristeza en sus ojos que me quedé inmóvil. No podría explicar el motivo, pero al nombrar a su abuelo pude sentir su angustia y se me estrujó el corazón. Había una añoranza demasiado profunda detrás de esa palabra.
Algo en el ambiente cambió. El aire entre nosotros pareció cambiar de densidad y se me erizó la piel. Había tocado una herida sin saberlo.
Al fin mordió la hamburguesa, pero yo no pude hacer lo mismo con la mía.
No quise seguir preguntando sobre su familia.
—¿Y tú? —preguntó.
—¿Te refieres a mi familia? —Él asintió—. Mi madre vive en Pontevedra y solo tengo una hermana melliza, Elena.
—¿Y tu ex? ¿Estuvieron mucho tiempo juntos?
—Casi un año —respondí.
—Es el tío que vimos en Vértigo ¿verdad?
—El mismo. Es odontólogo y me fue infiel con una de sus pacientes… o con varias. Nunca lo supe ni quiero saberlo.
—Imbécil —afirmó, y de repente su mirada se posó en mis labios—. Tienes… —Estiró la mano y me limpió algo del labio superior con el pulgar y, mientras lo hacía, noté que intentaba no sonreír.
—¿Tuviste novia alguna vez?
—Veo que estar en tu consultorio te vuelve muy cotilla. Lo deberé tener en cuenta —bromeó.
—Si rehúyes el tema es porque tuviste muchas novias.
—Te equivocas. Nunca tuve novia. Salí con muchas chicas, pero nada serio —respondió, y mordió su hamburguesa.
—¿Cuántos años tienes?
—Treinta y dos. ¿Tú?
—Treinta y uno —respondí, mientras retomaba la hamburguesa y él me observaba con una intensidad difícil de ignorar.
—¿Por qué no tuviste novias?
—No sé por qué—. Reflexionó sobre mi pregunta durante un momento—. Supongo que estoy muy cómodo así.
Y esa respuesta, aunque honesta, dejó una inquietud latiéndome en el pecho.
Un rato después de irse del hospital, Astor me envió un mensaje invitándome a ir esa noche a Vértigo .
Estaba agotada y necesitaba dormir, pero pensé que podía pasar un rato por allí para para devolverle el gesto.
Le respondí que iría, aunque no sabía exactamente a qué hora, porque todo dependía de cuándo lograra salir del hospital.
Llegué a mi piso poco antes de las seis de la tarde. Después de una ducha reparadora, cerré las cortinas del dormitorio, me dejé caer sobre la cama y me olvidé del mundo.
La alarma me arrancó de un sueño profundo. La había programado para las ocho. Me tomó unos segundos recordar que no debía prepararme para ir a trabajar, sino para ir a Vértigo .
Para esa noche decidí ponerme un top negro de un solo hombro, que combiné con unos pantalones de talle alto adornados con delicadas tachuelas plateadas y unos tacones negros imposiblemente altos.
Llevé el pelo suelto y opté por un maquillaje natural.
Demasiado natural para la cantidad de tiempo que había pasado frente al espejo.
Antes de salir, me di cuenta de que ese día no me había cruzado con Elena, así que asumí que su relación marchaba viento en popa y que estaba pasando más tiempo con su pareja. En el fondo, esperaba que las cosas siguieran funcionando entre ellos; quizá así terminaríamos viéndonos menos.
Cuando llegué a Vértigo , la noche madrileña ya vibraba con esa energía eléctrica que parecía pertenecer únicamente a la ciudad. Desde la calle podía escucharse el rumor apagado de la música mezclado con risas, conversaciones superpuestas y el murmullo constante del tráfico lejano.
El ascensor me condujo hasta la terraza y apenas se abrieron las puertas, una ráfaga de aire tibio me acarició la piel.
La iluminación tenue teñía el lugar de reflejos ámbar y violáceos que se deslizaban sobre las mesas, las copas y los cuerpos en movimiento.
El ambiente de Vértigo tenía algo peligrosamente adictivo… al igual que el propietario.
Apenas di unos pasos dentro de la terraza, comencé a buscarlo.
Lo encontré detrás de la interminable barra del local.
Las botellas brillaban bajo las luces como piezas de cristal cuidadosamente expuestas, haciendo que el lugar pareciera casi irreal.
Astor estaba apoyado contra la barra, hablando con uno de los camareros, con esa naturalidad tranquila de quien sabe perfectamente que todo lo que ocurre allí le pertenece.
Me acerqué y me senté en un taburete frente a él, aunque Astor estaba de espaldas.
—Sinclair, ¿podrías traerme una cerveza?
Inmediatamente se volvió hacia mí. Su expresión apenas cambió, pero fue suficiente. Había algo peligrosamente satisfactorio en la forma en que me miraba. Como si llevara esperándome toda la noche.
—Viniste.
—Te dije que vendría.
—Tenía mis dudas por tus horarios del hospital.
—Para ser sincera… estuve a punto de no venir.
—No importa, porque, aun así, aquí estás —dijo.
Se inclinó sobre la barra y me dio un delicado beso en los labios. Fue un beso breve. Apenas un roce. Pero suficiente para alterarme más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Él sonrió.
—Voy a por tu cerveza.
En cuanto se fue, noté que cerca de nosotros había una chica atendiendo la barra, pero no dejaba de mirarme. Su mirada era tan intensa que decidí saludarla.
—Hola.
No me respondió. En cambio, giró sobre sí misma y se alejó para seguir atendiendo a los clientes.
Fruncí apenas el ceño. Qué mujer tan rara. Pero no le di importancia.
Volví a recorrer el lugar con la mirada. Realmente era espectacular. Había plantas altas rodeando algunos sectores, sillones de terciopelo oscuro y una música que invitaba a bailar.
Desde allí arriba, Madrid se extendía alrededor como un océano de edificios iluminados. La ciudad parecía más elegante, más distante, casi irreal.
—Aquí tienes —dijo Astor, entregándome una botellita de cerveza.
Levantó la suya hacia mí y las chocamos a modo de brindis.
—Porque viniste.
—Porque me invitaste.
—¿Quieres bailar o prefieres quedarte aquí?
Aunque una parte de mí quería decirle que sí solo para tenerlo más cerca, estaba trabajando y no quería distraerlo.
—Prefiero quedarme por aquí, gracias. Y puedes seguir con lo tuyo; no quiero molestarte.
Me observó. Su mirada descendió hasta mis labios y después volvió a mis ojos.
—¿Molestarme? Lo que haces es mejorar mi noche, doctora. Y… estás hermosa —dijo, acercándose a mi rostro para colocarme un mechón de cabello detrás de la oreja.
El roce de sus dedos me erizó la piel.
—Gracias. Me esmeré porque el lugar lo amerita —dije, aunque en realidad lo había hecho por él.
—Lleves lo que lleves, siempre consigues que todas las miradas del lugar estén puestas en ti —susurró.
No sabía si era el alcohol, el cansancio o simplemente él, pero cada vez que me hablaba así, el resto del lugar parecía apagarse un poco.
Solo quería que siguiera diciéndome esas cosas y mirándome de la manera en que lo hacía, porque me gustaba demasiado.
Me observaba como si yo fuera lo único que existía en todo el bar, o incluso en toda la ciudad.
Era algo que me maravillaba y, al mismo tiempo, me confundía.
En ese momento se acercó un hombre que tendría un par de años más que Astor y nos miró sonriente. Era guapo, moreno, de ojos claros y sonrisa amigable.
—Hola. Soy Octavio. Amigo de Astor y encargado de Vértigo —me saludó, tendiéndome la mano—. Imagino que debes de ser Doriana.
—Así es. Un gusto, Octavio.
—Lo mismo digo. —Miró a Astor—. Perdón que los interrumpa. Necesito comentarte un temita con unos clientes —dijo, y Astor lo miró con seriedad.
—¿Qué pasa?
—¿Me acompañas? —preguntó Octavio, haciéndole un gesto con la cabeza hacia el otro sector de la barra.
Astor me miró.
—Ve tranquilo. Yo me quedo por aquí.
—No demoro.
—Estoy a las órdenes, Doriana —dijo Octavio.
Ambos se alejaron y yo me quedé observando a la gente bailar.
—¿Te puedo invitar una copa?
Miré por encima del hombro y vi a un chico no mucho mayor que yo. Su sonrisa era confiada.
—¿Me hablas a mí?
—Sí, a la mujer más hermosa de todo el lugar.
Tuve que contener una sonrisa. Astor no era el único exagerado de la noche.
Estaba a punto de responder algo cuando Astor apareció de repente a mi lado, colocó una mano en mi cintura y le dio una excusa lacónica antes de apartarme de él.
—Ya decía yo que todos te iban a mirar… —me dijo.
Su mano seguía en mi cintura. Y no parecía tener ninguna intención de apartarla.
—¿A dónde vamos?
—¿Comiste algo? —preguntó, sin responder a mi pregunta.
—Algo.
—Me imaginé. Vamos a sentarnos en un reservado. Pedí que nos trajeran algo liviano.
—Gracias.
Cuando llegamos, los platos ya estaban sobre la mesa.
Nos sentamos uno frente a otro. Con él me sentía cómoda y realmente disfrutaba de su compañía.
Ya no podía ignorar el desorden emocional que me asolaba desde que lo había conocido.
Y, aunque me inquietaba, tampoco quería detenerlo.
Astor parecía el tipo de hombre por el que merecía la pena volverse un poco loca…
así que pensaba disfrutarlo. Aunque intentaría, por todos los medios, no perder del todo la cabeza por él.
Lo miré.
No dejaba de observar a su alrededor y, aunque era el propietario y entendía que estuviera pendiente de todo, me pareció nervioso. Eso sí llamó mi atención, porque él siempre parecía muy seguro de sí mismo.
—¿Sucede algo?
Me respondió la pausa más larga de la historia.
—¿Todo bien? —insistí.
—Eh, sí, perdona. —Apartó la vista un instante antes de hablar—. ¿Me acompañarías a la boda de mi madre?
Su pregunta me tomó por sorpresa y me dejó congelada.
—¿A la boda de tu madre?
Hubo otra pausa tan larga como la primera. Tanto que llegué a pensar que se echaría atrás con la invitación. Y, si lo hacía, no me molestaría en absoluto porque, ir a una reunión familiar sin saber siquiera qué tipo de relación teníamos me parecía… demasiado.
Se pasó una mano por el pelo y un mechón le cayó hacia delante.
Era ridículo el efecto que tenía en mí aquel pequeño gesto de inseguridad.
—No me gustaría ir solo y… no tengo a quién invitar.
Me costó creerle. Un hombre como Astor probablemente podía invitar a quien quisiera. El problema era que me lo estaba pidiendo a mí.
—¿Cuándo es?
—Este fin de semana. Es en Valencia —respondió, y pude percibir la inquietud, quizá incluso angustia, en su voz.
—Te acompaño —respondí, antes de poder pensarlo demasiado.