Capítulo 18
«En mis sueños te conviertes en mi vida entera, pero en mi vida, tan solo eres un sueño en el que no puedo dejar de pensar»
— William Shakespeare
Astor
C uando llegué a mi piso después de dejar a Doriana en el hospital, pensé en volver a la cama y dormir un par de horas más.
No pude.
Sentía que mi puta cabeza iba a estallar en cualquier momento.
Mis planes se habían ido a la mierda.
Doriana lo había cambiado todo.
Ella me cegaba. Era como un rayo de luz colándose justo donde no debía, empeñado en romperme todos los esquemas.
La había conocido de verdad… y me gustaba. Me había dedicado a observarla en busca de defectos y, hasta entonces, solo había encontrado virtudes.
El placer de los orgasmos compartidos con ella apenas rozaba la intensidad de lo que venía después.
Cuando la abrazaba, cuando dormía a mi lado, cuando hablábamos de nuestras vidas…
la intimidad nos envolvía como una corriente suave e imparable.
Y, aunque solo fuera por un instante, era mía.
Lo peor era que empezaba a sentir que yo también le pertenecía un poco a ella.
Y temía acostumbrarme a eso.
Quizá tenía razón quien decía que la intimidad y la conexión iban más allá del sexo.
¿Cuándo había empezado todo aquello?
¿En qué momento dejó de ser solo deseo?
No me había dado cuenta de que estaba cruzando los límites hasta que sentí aquella necesidad irracional de volver a verla.
Estaba hecho un lío, pero no tenía la menor intención de aclararme. No quería enfrentarme a lo que todo aquello podía significar. No estaba preparado. Necesitaba pensar en otra cosa.
Tomé el teléfono y llamé a Octavio.
— ¿Te caíste de la cama o directamente no te acostaste? —preguntó, apenas atendió.
—Ninguna de las dos cosas. Quería saber cómo fue todo anoche en el local y… solo madrugué.
— Vaya, vaya, una alteración en tu cuadriculado horario. ¿A qué se debe? ¿Al amor?
—No seas gilipollas. Y respóndeme lo que te pregunté.
Mi amigo soltó una carcajada.
— De maravilla, tío. Ya te dije que puedes tomarte varios días libres. Yo puedo encargarme de todo. Ahora que ya te he dicho lo que tenía que decirte… ¿Por qué no me cuentas por qué me llamas a estas horas?
—Ya te dije que no necesito tomarme días libres. Tampoco tengo nada que contar. Ahora voy a salir a correr y luego iré al local a comer.
— Prefiero no pensar en los motivos por los que andas con esa energía a esta hora de la mañana. ¿Todo bien anoche?
—Perfecto.
— Perfecto —repitió.
—¿Se puede saber por qué estás tan cotilla?
— Porque me despiertas a las… ocho de la mañana y quiero que el madrugón valga la pena. Cuéntame de una maldita vez cómo te fue con la doctora sexy.
Suspiré con dramatismo.
Octavio era el único al que le había contado lo de Doriana y también el único que siempre se atrevía a decirme lo que pensaba, me gustara o no. Y tenía claro que no le agradaban las razones por las que me había acercado a ella.
Le conté por encima cómo había ido todo, pero sin entrar en demasiados detalles. Tampoco mencioné lo confundido que me sentía. No pensaba compartir ese detalle con él, no fuera a sacar su lado bromista.
— Y después de toda esa canalización física del apetito que los consumía, ¿qué pasó exactamente para que estés así?
Tardé un segundo en responder por culpa de la imagen que me cruzó la cabeza.
—Así… ¿cómo?
— Como un idiota preocupado.
—Deja de decir idioteces —respondí, sabiendo que había dado en el clavo. No por nada era mi mejor amigo.
— No me dijiste qué pasó.
—Ella se fue a su piso y yo me quedé en el mío —mentí
Y, aunque no pudiera verlo, supe al instante que había captado al vuelo mi mentira. No me gustaba mentirle. Era la única persona con la que no me reservaba nada. Pero esa vez… no podía.
— En fin… entonces nos vemos en unas horas —afirmó.
—Sí. Gracias por lo de anoche.
— Cuando quieras. Solo… disfruta más, porque…
—Sí, sí. Ya me lo has dicho: solo vivimos una vez.
— No. Solo morimos una vez. Vivimos todos los días. Por eso hay que aprovecharlos.
Exhalé.
—Lo tendré en cuenta.
Después de mis diez kilómetros diarios, detuve el footing y apoyé las manos en las rodillas.
Normalmente, cuando salía a correr, las preocupaciones eran sustituidas por el dolor muscular y el cansancio.
Pero aquella mañana, ni el ejercicio lograba calmar mis caóticos pensamientos.
Nada me distraía del todo. Doriana me había desestabilizado por completo.
Yo estaba, literalmente, huyendo. Pero, en cuanto me detenía, mi mente regresaba al instante exacto en que pasé de tener el control de la situación a perderlo.
Mierda.
Ya estaba otra vez pensando en ella. Necesitaba sacármela de la cabeza de una vez.
Haberla llevado a mi cama se sentía como una victoria agridulce.
Dulce, porque ¿quién en su sano juicio no querría acostarse con alguien como Doriana? El placer había sido indescriptible. Y eso también me jodía.
Agria, porque ella era la cadena que sujetaba ese recuerdo que quería olvidar.
Sacudí la cabeza.
Volví a correr, forzando el paso.
Ya me importaba una mierda el plan de hacerme su amigo para desilusionarla y alejarla de mí. La idea de no volver a cruzármela en el ascensor ya no me daba alivio. Me daba miedo.
Al carajo con todo.