Capítulo 17
«Más que sus ojos, su mirada. Miraba como queriendo decir algo y no diciéndolo»
—Mario Benedetti
Doriana
S i hubiera sabido que Astor podía seducirme de aquella manera, habría huido en la dirección contraria nada más verlo.
Pero… ya era demasiado tarde.
Apenas cruzamos la puerta de su piso, se inclinó sobre mí para besarme de esa manera que me hacía temblar de pies a cabeza. Y yo acepté su beso con los ojos cerrados, a merced de lo que quisiera hacer conmigo.
Porque sus besos tenían algo peligroso. Eran de los que elevaban la temperatura lenta pero inexorablemente, hasta que el calor se volvía tan insoportable que incluso respirar resultaba difícil.
De pronto, se apartó lo justo para tomarme de la barbilla y mirarme directamente a los ojos.
Sentí un vuelco cálido en el estómago al descubrir la leve curva de su sonrisa.
Y, por la forma en que me observaba, tuve la absurda impresión de que yo también era capaz de dejarlo sin aliento. Nadie me había mirado así jamás.
Cerré los ojos otra vez.
Porque aquello no debería estar pasando.
Ese no era el plan.
Todo con él se había vuelto demasiado intenso, demasiado personal. Demasiado… íntimo.
Pero Astor no me dio espacio para pensar ni para recuperar el aire.
Me rodeó de nuevo con los brazos y volvió a besarme: la boca, la mandíbula, el cuello, el escote… como si quisiera memorizar cada centímetro de mi piel con los labios.
El corazón me latía desbocado, tanto que estaba convencida de que él podía escucharlo.
Mis manos se enredaron en su pelo y lo atrajeron aún más hacia mí para profundizar el beso, aferrándome a él como si ya no existiera nada más.
Él lo había empezado, pero yo decidí tomar el relevo.
Lo hice girar y lo empujé a través del corredor, haciéndolo retroceder. Astor parecía tan desesperado como yo, y no me detuve hasta llevarlo a su dormitorio y hacerlo caer sobre la cama.
Lo tendí sobre la espalda y me coloqué encima, pero él rodó hasta ponerme debajo para prolongar el beso hasta que no pude respirar.
Cuando se apartó, me miró de arriba abajo, como si fuera un festín que estaba a punto de devorar. Sus ojos estaban febriles y entornados.
—Joder —gruñó, cerrando los ojos con fuerza.
Saltó de la cama y, sin perder tiempo, se desabotonó la camisa y se bajó la cremallera de los jeans. Los pantalones cayeron y lo pude observar sin nada más que el bóxer, con la excitación a la vista. Una oleada de ardor me recorrió el cuerpo. Creo que no había esperado nada con tantas ganas jamás.
Trepó encima de mí y fue delineando un rastro por mi clavícula, el esternón, hasta llegar al ruedo del vestido y comenzar a subirlo.
Me incorporé para ayudarlo y a los segundos estaba solo en ropa interior.
Entonces, sus labios volvieron a encontrarse con los míos.
Le envolví la cintura con mis piernas y enredé mis dedos en su pelo.
Sus manos ansiosas estaban en todas partes y el deseo le endurecía los rasgos.
—Estás temblando de placer —susurró contra mi boca mientras sus dedos encontraban el lugar exacto para hacerme perder el control.
Arqueé la espalda cuando comenzó a moverlos. Al principio despacio, pero de pronto, aceleró el ritmo.
El placer me atravesó de golpe y gemí contra su boca, perdiéndome por completo en él.
Mientras aún sentía los últimos vestigios de mi orgasmo, Astor se colocó encima de mí a toda prisa.
—Condón —murmuré pese a estar cegada por el éxtasis.
—Joder… ¿cómo pude olvidarlo? Me descontrolas, Doriana.
—Date prisa.
Abrió el cajón de la mesita de noche, lo sacó y rasgó el envoltorio con los dientes. Cuando estuvo en su lugar, volvió a colocarse sobre mí.
—No voy a durar mucho.
—Haz que dure la segunda…
Me arqueé hacia él, inhaló con fuerza y me penetró. Me aferré a su cuerpo y comenzamos a movernos al ritmo de nuestro propio placer.
—Contigo necesito más de dos veces —murmuró con voz ronca.
—Las que quieras…
Salió despacio y volvió a entrar.
Los dos jadeábamos sin control.
—Bésame —musitó—. Necesito que me beses…
Lo hice.
Y aún en el estado de aturdimiento que me provocaba el placer inigualable que sentía, estaba esa parte dentro de mí que se preguntaba qué significaba todo eso o cómo terminaría.
Pero cuando sus caderas empujaron más fuerte, me olvidé de todo.
Ya no quería preocuparme. No quería pensar en nada. Solo disfrutar.
Volvió a salir una y otra vez para embestirme con fuerza.
Podía sentir el cosquilleo del orgasmo acercarse a una velocidad vertiginosa.
—Astor… —dije con un hilo de voz y al borde de la locura.
—Tranquila. —Me apartó el pelo de la frente—. Yo me encargo.
Me besó.
Su lengua buscó la mía con el mismo frenesí con el que me embestía con las caderas.
Ambos gemíamos desesperados.
Y mi orgasmo llegó arrasando con todo mientras convulsionaba bajo su cuerpo.
—Joder —siseó.
Inspiró con fuerza y se dejó ir. Se quedó quieto sobre mí unos segundos. Luego se dejó caer sobre el colchón y me estrechó contra su cuerpo. Apoyé la cabeza en su pecho.
—Joder, Doriana…
El pecho le subía y le bajaba rápidamente porque respiraba con dificultad. Su boca me rozó el cuello y depositó un suave beso en él.
—¿A qué hora tienes que ir al hospital?
—Tengo que estar a la siete.
—Yo te llevo.
—No es necesario, gracias. Tengo coche.
—Pero vas a estar cansada y me gustaría llevarte —insistió.
Levanté la cabeza y lo miré. No apartó la mirada y su expresión irradiaba sinceridad. Estaba segura de que en ese instante, nada en el mundo hubiera conseguido que apartásemos nuestras miradas.
—Tú también vas a estarlo.
—Pero yo puedo descansar un poco más porque trabajo en la noche. Tú en cambio vas a tener que aguantar una larga jornada con pocas horas de sueño.
—Estoy acostumbrada a dormir poco. Además, aún quedan algunas horas para dormir.
Sonrió.
—No tantas, doctora… —sonrió despacio—. Todavía no he terminado contigo.
Y volvió a cernirse sobre mí, buscando mi boca para besarme apasionadamente.