A un latido de ti Capítulo 16
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Capítulo 16

«Si usted quiere saber dónde está su corazón, mire dónde va su mente cuando pasea»

—Walt Whitman

Doriana

L a cirugía no había sido sencilla, pero sí un éxito. Ahora tocaba informar a la familia del paciente y, después, descansar unas horas.

—En unos minutos estoy contigo —me dijo el doctor García, el cirujano al que había acompañado durante la intervención.

Cuando llegué a la sala de espera, solo estaba el esposo de la paciente: un hombre sentado con la cabeza apoyada en las manos.

—¿Señor Martin?

El hombre levantó la vista, aunque no se puso de pie. Tenía el agotamiento y el miedo marcados en el rostro. Y parecía haber perdido todas las esperanzas.

—¿Cómo está? —preguntó.

Me senté a su lado y le ofrecí una sonrisa serena.

—La cirugía ha salido bien. Su esposa está estable. Las próximas veinticuatro horas serán críticas, pero ahora mismo no hay nada que haga pensar en un mal pronóstico.

—Gracias, doctora… —dijo, tomándome las manos antes de romper a llorar.

Como siempre, traté de explicar el proceso con un lenguaje claro y cercano, sin tecnicismos innecesarios, para reducir la ansiedad del familiar. Le detallé la sustitución de la válvula aórtica y lo que podíamos esperar en las próximas horas.

—¿Hay algo que le preocupe especialmente de lo que le he explicado?

—No, doctora. Estoy seguro de que todo irá bien. Mi esposa es una guerrera.

—No lo dudo.

—Gracias, doctora Delacroix—intervino el doctor García—. Yo puedo quedarme con él y explicarle lo que necesite. Vaya a comer algo y descanse un poco.

Asentí y salí hacia la cafetería.

El café caliente me devolvió algo de energía. Como si, poco a poco, mi cuerpo pudiera volver a sostenerse.

Saqué el teléfono, lo encendí y revisé los mensajes.

Había varios, pero uno destacaba sobre todos los demás: Astor.

Lo leí más de una vez y no pude evitar sonreír. Me invitaba a almorzar o cenar. No me lo esperaba, y precisamente por eso me hizo tanta ilusión.

Yo:

«Hola. Cómo estás?

Recién enciendo el teléfono porque

estuve varias horas en el quirófano.

Gracias por la invitación.

Si no te complica, preferiría cenar

porque al mediodía suelo estar en

el hospital. Aunque el próximo

viernes tengo mi día libre.

Avísame que te viene mejor»

Seguí bebiendo el café, aunque toda mi concentración estaba puesta en la pantalla del teléfono.

A los pocos minutos se iluminó y vibró.

Un mensaje.

Astor Sinclair:

«No puedo esperar al viernes.

A qué hora sales hoy?»

Sonreí como una tonta. Pero, al notar a varios colegas en las mesas cercanas, intenté recomponer la expresión.

Yo:

«Salgo a las siete. Quieres que

cenemos hoy?»

Astor Sinclair:

«Perfecto. Paso a recogerte?»

La sonrisa se me escapó otra vez.

Yo:

«Tengo coche. Además,

vivimos en el mismo edificio»

Astor Sinclair:

«Pero soy un caballero.

Paso por ti»

Yo:

«Jajaja»

Astor Sinclair:

«Te estás riendo de mí»

Yo:

«De tus ocurrencias»

Astor Sinclair:

«Me ofendes. Soy un caballero.

Aunque a veces me quito la

armadura… como anoche.

No se lo digas a nadie porque eso

solo pasa cuando me acuesto con la

princesa»

Y ahí estaba otra vez esa absurda alegría.

Yo:

«Ni eres un caballero ni yo soy

una princesa. Te parece a las nueve

o se te complica por tu trabajo?»

Astor Sinclair:

«Paso por ti a las nueve»

—¿Quién pasa por ti a las nueve?

Di un respingo y solté el teléfono sobre la mesa.

Levanté la cabeza y me encontré con la sonrisa de Carlota.

—Me asustaste. Y es de mala educación leer mensajes privados.

Se sentó frente a mí con una gran sonrisa y tomó mi teléfono antes de que pudiera reaccionar.

—Llevo aquí un rato, pero estabas tan concentrada en la pantalla que no me has visto. Me pudo la curiosidad —reconoció.

Comenzó a leer los mensajes mientras yo intentaba recuperarlo con el mayor disimulo posible.

—Carlota, devuélvemelo.

—Espera… así que se van a volver a ver hoy —dijo, mientras su sonrisa se ensanchaba todavía más.

—Carlota, dame eso y no me hagas pasar vergüenza. Nos están mirando.

—Así que un caballero que se desnuda con la princesa… esto es oro puro.

—Carlota…

—Oh, venga, no me quites la ilusión.

—Si no me lo devuelves, no te cuento nada.

Sacudió la cabeza y me lo devolvió con un suspiro teatral.

—¡Qué ilusión! Quiero la historia del caballero y la princesa con lujo de detalles.

—Eres imposible.

—No, soy una casamentera profesional. Y, como tengo esta pareja en ciernes, voy a necesitar detalles.

Muchísimos detalles. Convengamos que eres brillante tratando otros corazones, pero un completo desastre con el tuyo.

Un desastre con buen gusto, pero un desastre al fin. Así que voy a darte consejos.

—No los necesito, gracias.

—No era una pregunta, Dori.

Las horas restantes en el hospital transcurrieron entre pacientes, informes y llamadas. Cuando por fin salí, el cansancio había desaparecido. La perspectiva de ver a Astor había hecho el trabajo que siempre lograban hacer varios pocillos de café.

El restaurante era un hervidero de ruido y gente, pero nosotros parecíamos ajenos a todo.

Era tarde; ya había pasado la una de la madrugada, pero Astor no miró el reloj ni mencionó siquiera que debiera marcharse a Vértigo .

Estábamos sentados uno junto al otro en la barra. El ambiente era vibrante y la música resonaba por todo el lugar. Sonaba Unconditional, de Picture This.

Ya habíamos cenado y, a medida que avanzaba la noche, me sentía cada vez más relajada. No recordaba la última vez que me había reído tanto.

Lo observé durante un instante. La luz tenue acentuaba el ángulo de su mandíbula y la curva distraída de su sonrisa. Era ridículamente atractivo.

—Gracias por la invitación. Lo estoy pasando muy bien.

Estaba llevando la copa a los labios, pero se detuvo y me sostuvo la mirada más de la cuenta.

—Lo mismo digo. —Alzó su copa—. Brindemos.

Choqué mi copa con la suya y di un largo trago al champán.

—Por una noche inolvidable —dijo—. Las posibilidades que nos quedan son infinitas.

—Ah, ¿sí? ¿No tienes que volver a Vértigo ?

—Hoy no. Tengo un encargado de total confianza. Un amigo, en realidad. Hace mucho tiempo que me aconseja tomármelo con más calma, así que está encantado de que, al menos, me tome una noche.

No sabía por qué, pero me atrapaba por completo. Podía haberme quedado escuchándolo durante horas.

—¿Y cuáles son esas posibilidades de las que hablas?

Sostuvo mi mirada y sonrió.

—En todas ellas estás desnuda en mi cama —respondió.

Entorné los ojos, fingiendo que me lo pensaba.

—Astor. —Me incliné hacia delante.

Él hizo lo mismo.

La tensión entre nosotros parecía crepitar en el aire mientras nos sosteníamos la mirada. Estaba nerviosa, pero no pensaba acobardarme.

—Dime, Doriana.

—Si me invitas, dudo mucho que rechace la propuesta. Ante todo, me considero educada y agradecida —le susurré al oído.

Astor me miró y soltó una carcajada.

De pronto, me puse seria y me quedé contemplándolo mientras reía. Astor Sinclair lograba seducirme incluso con su risa. Cuando descubrió que lo observaba, llevó una mano a mi nuca, me atrajo hacia él y me besó.

Sonreí contra sus labios.

—No tienes que esforzarte más. Ya me convenciste.

Acercó su boca a mi oído para susurrarme:

—Ya estoy excitado. ¿Qué te parece si nos vamos ahora? Estoy deseando mostrarte mis puntos fuertes.

Sonreí.

—Soy muy consciente de cuáles son tus puntos fuertes —respondí.

Ignorando por completo dónde estábamos, colocó las manos en mis mejillas y me besó de verdad. No pude evitar cerrar los ojos ante la oleada de placer que me recorrió.

Cuando los abrí, vi que me sonreía.

—¿Por qué esa sonrisa, Sinclair?

—Aún no conoces todos mis puntos fuertes. ¿Lista para irnos a… mi cama?

—Creo que llevo toda la noche esperando que me lo preguntes.

Sonrió despacio antes de ayudarme a bajar del taburete. Entrelazó sus dedos con los míos y caminamos hacia la salida sin soltarnos.

—Qué coincidencia… —murmuró, llevándose mi mano a los labios para besar mis nudillos—. Yo llevo toda la noche deseando hacerte esa pregunta.