A un latido de ti Capítulo 15
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Capítulo 15

«¿Es realmente posible decirle a otra persona lo que uno siente?»

— León Tolstói

Astor

A brí los ojos despacio y la ausencia a mi lado me golpeó incluso antes de terminar de despertar.

Estaba solo.

Y la sensación fue extrañamente decepcionante. Bastó no encontrarla allí para sentir una necesidad absurda de volver a tenerla entre mis brazos.

La almohada aún conservaba su perfume: un aroma suave, femenino, peligrosamente adictivo. Y cuanto más lo respiraba, más difícil se volvía convencerme de que lo de la noche anterior jamás debió ocurrir.

Solté el aire lentamente y me pasé una mano por el rostro.

¿En qué demonios estaba pensando?

Todo aquello había sido una pésima idea.

Me había propuesto poner distancia entre nosotros, pero en cuanto la vi en Vértigo —y, encima, bailando con otro— olvidé cada una de mis propias advertencias.

Siempre había sabido dominar mis impulsos.

Tenía un férreo autocontrol. El dolor, la rabia, la frustración, el deseo… nada lograba desbordarme.

Pero, por lo visto, con Doriana se me olvidaban mis propias reglas. O peor aún, dejaban de parecer necesarias.

No importaba cuántas veces hubiera intentado arrancármela de la cabeza desde la última vez que nos vimos; simplemente había sido incapaz.

Durante esos días me convencí de que lo mejor era alejarme de ella. Por eso la había estado evitando.

Pero…

Me froté la cara con ambas manos.

¿Cómo se suponía que iba a olvidarla después de aquella noche?

Todavía podía sentir el calor de su piel aferrado a la mía. Su aspecto. Su perfume. Y esa mirada capaz de volver peligroso cualquier pensamiento.

Me senté en la cama y tomé el teléfono de la mesa de noche. Lo hice girar entre los dedos mientras intentaba decidir qué demonios decirle.

Debía llamarla.

Exhalé con pesadez y presioné su contacto.

El teléfono sonó varias veces hasta que entró el buzón de voz para dejarle un mensaje. Me quedé en blanco y no fui capaz de decir una sola palabra. Corté la llamada.

Seguramente estaba en el hospital y no podía atender. Decidí enviarle un mensaje en lugar de insistir. Me tomó varios minutos decidir qué escribir. Borré las mismas frases una y otra vez.

Yo:

«Hola. Cómo estás?

Lamento no haberme

despertado cuando te fuiste.

Me habría gustado

prepararte el desayuno.

No sé si tendrás un rato libre

estos días. Podríamos almorzar

o cenar. Avísame»

Releí el mensaje tres veces antes de enviarlo.

Yo nunca hacía esas cosas. Y me inquietaba haberme dejado llevar por las ganas de volver a verla.

Yo no era el tipo de hombre que dejaba el trabajo de lado para pasar tiempo con una mujer.

Me había acostado con muchas mujeres, pero sin importar sus cualidades o lo bien que lo hubiera pasado con ellas, jamás conservaba sus números.

Mucho menos les escribía al día siguiente.

Entonces, ¿qué mierda estaba haciendo?

Doriana rompía todos mis esquemas.

Miré la pantalla una vez más.

Ni siquiera había leído mi mensaje.

Dejé el teléfono sobre la cama y fui directo a la ducha.

Necesitaba despejarme, sobre todo la cabeza.

Tenía la incómoda sensación de estar caminando al borde de un precipicio, como si cada paso que daba hacia ella me acercara un poco más a una caída inevitable.

El problema era que, por primera vez, ya no estaba seguro de querer retroceder.