A un latido de ti Capítulo 14
31%

Capítulo 14

«Somos una casualidad llena de intención»

—Mario Benedetti

Doriana

A stor abrió la puerta de su piso y esperó a que entrara antes de cerrarla detrás de mí.

Apenas escuché el clic al cerrarse, sentí su aliento rozándome la nuca.

Un estremecimiento me recorrió entera. Mi cuerpo parecía envuelto en llamas y mis manos seguían temblando, aunque ya no de nervios, sino de pura anticipación.

Cada vez que pensaba en lo que estaba a punto de ocurrir, el corazón se me aceleraba y sentía que las piernas no iban a sostenerme.

No solo me fallaban las rodillas. Todo en mí cedía.

Ya no podía resistirme más, Astor había hecho añicos mi fuerza de voluntad.

Sin decir una palabra, me hizo girar y me sostuvo el rostro entre las manos.

—Eres tan malditamente hermosa que no pude apartar mis ojos de ti en toda la noche.

Me besó.

Y fue letal al primer contacto.

Un beso intenso, profundo, cargado de todo lo que llevábamos conteniendo. El reconocimiento de dos bocas ansiosas. Un beso torpe de puro deseo, como si ninguno de los dos supiera por dónde empezar.

Pero él lo supo.

Y, sin apartar la boca de la mía, me hizo retroceder lentamente hacia su dormitorio. Enredó su lengua con la mía con tanta pasión que no pude evitar gemir. Astor se estremeció.

Ya no me importaba lo que ocurriera después de aquella noche. Solo pensaba disfrutar de él y de cada minuto juntos.

—Joder, Doriana… me vuelves loco.

Sin dejar de mirarme, se quitó la camisa. Me quedé sin oxígeno. Su pecho ancho y musculoso estaba cubierto por una fina capa de vello rubio. Los músculos de su abdomen se marcaban hasta desaparecer bajo la cintura de sus pantalones.

Santo cielo .

Respirar se volvió complicado.

Astor sonrió al notar cómo lo miraba.

Me tomó una mano y la llevó a la bragueta.

—Quiero que me lo quites tú.

El corazón me dio un vuelco, pero comencé a bajarle la cremallera con lentitud.

Lo escuché jadear y le terminé de bajar los pantalones y el bóxer con rapidez.

Se me contrajo el estómago al verlo totalmente desnudo.

Era obscenamente atractivo. Fornido y abrumadoramente masculino.

El tipo de hombre capaz de hacerte olvidar cualquier pensamiento coherente.

Sin dejar de mirarme, volvió a besarme. Esta vez con una suavidad que me desarmó.

—Es mi turno —dijo, y deslizó lentamente las manos bajo el borde de mi vestido.

Tomé una gran bocanada de aire.

Hacía mucho tiempo que no estaba con nadie. Y, comparada con él, me sentía terriblemente inexperta.

—¿Estás bien? —preguntó, después de dejarme solo con la braguita de encaje.

Pero bastó mirarlo a los ojos para que la inquietud desapareciera. Todo aquello resultaba nuevo para mí, pero dejé las inseguridades a un lado.

Como respuesta, lo besé despacio.

—Besas como un ángel y un demonio, doctora —susurró, pegando los labios a mi oreja e inhalando profundamente.

—Tendrás que comprobar si en la cama soy igual —respondí.

Sonrió.

—Me gustan los retos.

Me sujetó de las caderas y me hizo caer sobre la cama. Se tumbó encima de mí con una seguridad devastadora. Sentir su piel contra la mía hizo que una electricidad me recorriera de arriba abajo. Sensaciones que no podía dominar.

Astor soltó el aire por la nariz y empezó a bajarme la braguita por los muslos.

—Eres la hostia de preciosa.

Sin dejar de mirarme, deslizó los dedos entre mis piernas. Su mirada reflejaba con claridad su excitación. Era paciente, aunque estaba ansioso.

—Estás muy mojada. —Me besó al mismo tiempo que sus dedos empezaban a moverse dentro de mí.

—Astor… —Arqueé la espalda. Al principio, se movía despacio para que me acostumbrara, pero, de pronto, aceleró el ritmo.

Maldito infierno…

Aparté los labios de los de él y le besé el cuello. Astor se estremeció de placer y un sonido gutural vibró en su garganta.

Sus movimientos se volvieron más frenéticos.

Su otra mano se movió hasta mis pechos, acariciándolos indistintamente. Luego comenzó a jugar con mi pezón. Dejé escapar un gemido contra su boca y sentí sus caderas presionar con fuerza contra mí.

Los suspiros y jadeos de ambos fueron subiendo de volumen. Las sensaciones crecían con una intensidad imposible de contener. Pensé que iba a deshacerme entre sus manos. Me estremecí tanto que las convulsiones me levantaron de la cama. Él atrapó mis gritos con su boca.

Y dejé que mi cuerpo se hiciera cargo mientras las abrumadoras sensaciones pulsantes se desvanecían.

Astor apartó la mano y se incorporó un poco para sacar del cajón de la mesa de noche varios condones que dejó sobre la cama.

Tomó uno, lo rasgó con los dientes y se lo puso.

En cuanto estuvo en su lugar, agarró mis piernas para que le rodeara las caderas con ellas y comenzó a deslizarse dentro de mí.

Los dos jadeamos al mismo tiempo. Nos acoplábamos a la perfección.

Empezamos a movernos hasta que encontramos el ritmo adecuado para los dos.

Entonces, noté que me estaba mirando con una expresión que no podría definir, pero segura de que nadie me había mirado jamás como me estaba mirando él.

Era una mezcla de veneración y pasión, y ese momento me resultó de lo más sincero y real.

Lo miré un momento más antes de ladear la cabeza y besarlo en los labios, en el mentón, en la sien y volviendo a su boca.

Cerró los ojos.

—Me tienes al límite. No voy a durar mucho más —susurró con voz grave y torció el gesto como si estuviera haciendo un gran esfuerzo. —Joder…

Gimió alto y, con frenesí, me penetró una y otra vez hasta el fondo, hasta dejarse llevar por el orgasmo.

Noté las sacudidas de su cuerpo, el placer robándole el control.

Entonces, todo estalló a mi alrededor. Me dejé arrastrar por el orgasmo más intenso de mi vida.

Uno que disparó una descarga eléctrica por todo mi cuerpo.

Sentí que caía en un abismo sin saber cuando llegaría al fondo.

Nunca había sentido nada que se comparara a esa sensación de plenitud.

Lancé un grito sofocado contra su hombro.

—No te contengas, Doriana. Grita…

Volví a gritar.

Estaba perdida en mi propio placer.

Astor calmó mis últimas sacudidas cubriéndome con su cuerpo. Luego, descansó su cabeza en mi pecho como si estuviera escuchando los latidos desaforados de mi corazón. Yo podía sentir los de él.

Había estado con otros hombres antes, pero nada de lo que había vivido antes se parecía a Astor. Nada tan apasionado. Tan devastador. Había sido una experiencia completamente diferente.

—Debo decir que, después de experimentarlo, confirmo que en la cama también eres un ángel y un maldito demonio —dijo con voz ronca—. Y me gustan tus dos facetas —murmuró.

—Mmm…

—No hagas ese ruidito porque no respondo de mí.

No pude evitar reír.

—¿Este? —murmuré—. Mmm…

Astor soltó una risa breve y negó con la cabeza.

—Eres una provocadora. Mucho más demonio que ángel. Pero puede que me guste demasiado.

Volví a reír.

—Quédate conmigo —pidió, repartiéndome besos por el pecho.

—¿A dormir?

—A dormir… y a hacer todo lo que queramos. Solo quédate, demonio. Tenemos toda la noche por delante.

Sonreí y él me estrechó más contra su cuerpo.

Y, por cómo volvió a besarme apenas unos segundos después, entendí que hablaba muy en serio.

Y no me pareció nada mal porque yo no quería estar en ninguna otra parte.

Me desperté desorientada.

Aún estaba oscuro, aunque el amanecer comenzaba a filtrarse tímidamente detrás de las cortinas.

¿Dónde estaba?

Entonces lo recordé todo. Mi cuerpo también se encargó de recordármelo: tenía cada músculo sensible. Pero no era una queja en absoluto. Todo lo contrario.

Había pasado la noche con Astor.

Lo habíamos hecho varias veces; ni siquiera podía recordarlo con exactitud.

Definitivamente había sido un récord para mí.

Habíamos pasado horas entre besos, caricias, cuerpos enredados y sábanas revueltas. Cuando acabábamos, charlábamos un rato. Entonces me besaba… y todo volvía a empezar. Nada de aquello se parecía a lo vivido antes.

Me froté los ojos despacio y recordé demasiado tarde que seguía maquillada. Entonces miré hacia mi lado y no pude evitar suspirar.

Una cabellera dorada descansaba junto a mí. Su rostro… su rostro era bellísimo. Había algo peligrosamente hermoso en él.

Estaba recostado de lado, frente a mí, con un brazo doblado contra el pecho y el otro descansando sobre mi cintura. Su respiración era lenta y acompasada, tan distinta de la agitación descontrolada de la noche anterior.

Desvié la vista hacia el reloj luminoso de la mesa de noche. Eran las cinco y diez de la mañana. Tenía que irme: debía estar en el hospital a las siete y no quería que Elena sospechara nada sobre lo ocurrido con Astor. Al menos, no todavía. Antes necesitaba entender qué iba a pasar entre nosotros.

Con cuidado, aparté su brazo y reemplacé mi cuerpo por la almohada. Astor frunció apenas el ceño, aunque siguió dormido. Me deslicé fuera de la cama en silencio y volví a mirarlo una vez más.

No sabía si aquello volvería a repetirse, pero sí tenía algo claro: no me arrepentía en absoluto de haber pasado la noche con él. Ni siquiera me importaban las pocas horas que había dormido.

Miré alrededor y, aprovechando la escasa luz de la habitación, recogí mi ropa con rapidez, decidida a marcharme antes de que despertara.

Salí con cuidado, cerrando la puerta en silencio.

No esperé el ascensor; solo tenía que bajar un piso.

Esperaba no cruzarme con Elena porque, a esa hora, perfectamente podía estar regresando de alguna de sus fiestas.

Para mi suerte, llegué a mi piso sin cruzarme con nadie.

Me di una ducha, desayuné con ganas —estaba famélica— y salí rumbo al hospital.

Elena aún no había vuelto, así que supuse que estaría con la persona con la que estaba saliendo y de la que yo no sabía absolutamente nada. Tampoco me preocupaba demasiado. Las relaciones de Elena solían extinguirse tan rápido como comenzaban.

Estaba funcionando con apenas un par de horas de sueño y la verborragia de Carlota me martilleaba la cabeza.

—Necesito otro café —dije, poniéndome de pie. Estábamos sentadas en la cafetería del hospital.

—¿Otro? Ya es el tercero.

—Hoy lo necesito.

—Porque tu sexy vecino no te dejó pegar ojo —soltó entre risas—. Ve rápido, así seguimos charlando del tema que te mantuvo despierta.

Con un suspiro, me encaminé hacia la barra.

Había sido una muy mala idea contárselo. Aunque, de todos modos, no habría podido evitarlo dado que había sido ella quien propició mi encuentro con Astor.

Cuando regresé, Carlota me observaba con la misma expectación de una niña a punto de escuchar su cuento favorito. Solo le faltaba palmear las manos.

—Cuéntamelo una vez más y, esta vez, no omitas los detalles importantes —me pidió.

Di un sorbo al café antes de responder.

—Ya sabes todo lo que necesitas saber. Los detalles íntimos me los reservo.

—Soy tu mejor amiga —reprochó, frunciendo el ceño.

—Lo eres. Pero eso no significa que tenga que revelarte mis intimidades.

—¿Cómo que no? Si no me las cuentas a mí, ¿a quién se las vas a contar? —protestó.

—A nadie —respondí con una sonrisa.

—¡Qué borde eres! De verdad, eres la peor amiga del mundo. Por lo menos dime que el dios no se levantó de la cama porque lo dejaste fundido.

No pude contener la carcajada.

—Lo dudo. No creo que para él haya sido para tanto.

—¡Qué poca confianza te tienes! Bueno… lo importante es que lo pasaste bien.

—Qué te puedo decir… digamos que sabe perfectamente lo que hace —contesté, dedicándole una sonrisa cargada de suficiencia.

Y esa vez fue Carlota quien rio y celebró mi respuesta.

Sí, había sentido un placer como nunca antes, pero con Astor había sido increíble también por otra razón.

Para mí, el sexo nunca había sido solo una cuestión de orgasmos, sino de la conexión que se creaba entre ambos.

Y la que había sentido con él era imposible de ignorar.

Pero eso no se lo iba a decir a Carlota.

Me guardaría ese pequeño secreto para mí.

—¿Por qué no estás comiéndote las uñas, preguntándote si volverá a pasar? —preguntó, haciendo aspavientos.

—En realidad… sí que me lo estoy preguntando. —Dejé a un lado mi taza y me puse de pie—. Pero me tengo que ir.

—¿A qué hora sales?

—Con suerte… a las siete u ocho de la noche —respondí, ya de espaldas a ella y encaminándome hacia la puerta.

—Dori… —llamó.

Me detuve y giré para mirarla.

—Puede que hayas dormido poco, pero hacía muchísimo tiempo que no te veía así de radiante.

Sonreí sin poder evitarlo.

—Puede que me sienta renovada y llena de energía —respondí, notando cómo unas chicas sentadas en una mesa cercana nos observaban alternativamente.

Salí de la cafetería con una sonrisa difícil de disimular, y preparada para concentrarme y afrontar las próximas horas.