A un latido de ti Capítulo 13
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Capítulo 13

«Te invito a amanecer a mi lado. Yo pago las consecuencias»

—Anónimo

Doriana

S entía un nerviosismo imposible de controlar, pero también una ilusión tan intensa como insensata. El nudo en el estómago se negaba a desaparecer y las manos me sudaban sin parar.

—No debería haber venido —dije, mirando a Carlota.

—¡Ay, por favor! Estás hecha una diosa. De verdad, Dori, estás escandalosamente sexy .

—Lo dices para levantarme el ánimo —respondí, mientras subíamos en el ascensor a la terraza donde estaba ubicado Vértigo .

—¿Te has visto en el espejo? Viniendo contigo yo pierdo toda posibilidad de ligar, pero ya estoy acostumbrada —dijo, haciendo un gesto con las manos, como si quisiera quitarle importancia—. Tú deslumbras, amiga.

—No digas bobadas —dije, aunque, por primera vez en mucho tiempo, yo también pensaba que me veía realmente bien.

Carlota me había obligado a usar un vestido que dejaba mi espalda completamente al descubierto.

La tela se ajustaba a mi cuerpo, insinuando cada curva con una sensualidad elegante.

También me había hecho unas suaves ondas en el pelo y se había encargado de que el maquillaje resaltara mis rasgos, especialmente mis ojos celestes.

—Bobadas son las que dices tú. Y ahora enderézate y cálmate, que ya llegamos —me advirtió, señalándome el panel del ascensor.

Sonó una campanita y las puertas se abrieron.

Cuando entré en Vértigo 360 , lo primero que sentí fue el golpe de la música vibrándome en el pecho. El corazón me latía tan rápido que, por un instante, pensé que iba a marearme. Las luces recorrían la multitud como destellos líquidos, tiñendo cuerpos, copas y sonrisas.

—Desde que conocí este lugar ya no puedo ir a otro. Me encanta. Nos vamos a divertir mucho —exclamó Carlota, tironeando de mi mano.

Me dejé arrastrar, aunque mis ojos ya lo estaban buscando entre la multitud.

—Tu sexy vecino está detrás de la barra. Es aquél rubio, ¿verdad? —preguntó, levantando la voz por encima de la música.

Entonces lo vi.

Y entendí por qué era imposible no mirarlo.

Sobresalía entre todos como si el lugar entero girara alrededor de él.

Estaba sirviendo bebidas mientras conversaba con varias chicas que le sonreían con descaro.

Llevaba una camisa negra remangada que dejaba al descubierto parte de los tatuajes de sus brazos.

—Sí, es ese —respondí, sin dejar de mirarlo.

—Vamos a saludarlo.

—No. Todavía no. Está rodeado de mujeres y… no quiero interrumpir.

Carlota bufó.

—Solo saludarlo, Dori.

—Dame un ratito, por favor.

—Está bien. Pero esta noche no nos vamos hasta que resuelvas lo tuyo con ese dios. Ahora ven a bailar.

Me arrastró hasta el centro de la pista y comenzó a moverse al ritmo contagioso de Love Tonight de Shouse.

Cerré los ojos e intenté concentrarme en la música para dejar de pensar en él. Estaba demasiado nerviosa. Sabía que no tenía nada que ver con la clase de mujeres a las que Astor debía de estar acostumbrado. Yo… ni siquiera era capaz de acercarme.

—Voy por algo fuerte porque necesitas relajarte. Y no te pregunto si quieres acompañarme porque sé perfectamente que vas a decir que no —dijo Carlota antes de desaparecer entre la gente rumbo a la barra.

Respiré hondo intentando tranquilizarme.

Apenas me quedé sola, un chico se acercó a mí.

—¿Bailamos?

Era alto, moreno y muy guapo.

—Sí, claro.

—Sancho —se presentó.

—Doriana.

—¿Estás sola?

—Vine con una amiga. Fue a buscar algo para tomar —respondí, señalando la barra.

Fue entonces cuando volví a mirar hacia allí.

Astor apoyaba las manos sobre la barra mientras seguía hablando con aquel grupo de chicas. Les dijo algo que las hizo reír y, como si intuyera que estaba siendo observado, levantó la mirada y recorrió la pista.

Cuando nuestros ojos se encontraron, me quedé sin aire.

Él dejó de hablar.

Parpadeó una sola vez.

No pude moverme, a pesar de que todo el mundo a mí alrededor bailaba. Solo mi corazón retumbaba dentro de mí.

—¿Vienes seguido, Doriana? —preguntó Sancho, obligándome a apartar la mirada de Astor. Y solo entonces recordé cómo respirar.

—Es la segunda vez que vengo.

—El lugar es impresionante, ¿verdad?

—Sí, lo es. Y la música es muy buena —respondí, mientras sonaba I Think I'm Addicted , de Oskar Med K.

Sancho asintió y tomó mi mano para hacerme girar. Cuando volví a quedar de frente, Astor estaba allí. Justo delante de mí, mirándome con una intensidad que me atravesó por completo.

Dios… había algo obscenamente sensual en él.

Tragué saliva, intentando deshacer el nudo que se me había formado en la garganta mientras nos mirábamos fijamente.

—Hola, Doriana. —Su voz grave, sexy y seductora me hizo estremecer.

—Hola, Astor.

—Veo que ya estás recuperada.

Sus ojos recorrieron lentamente mi cuerpo: mis caderas, mis pechos, mi boca… hasta regresar a mis ojos. El pecho le subía y le bajaba con visible intensidad.

—Sí, ya me encuentro bien.

—Doriana, ¿seguimos bailando? —preguntó Sancho.

—Baila conmigo —intervino Carlota de pronto, apareciendo a su lado para llevárselo antes de que pudiera insistir.

La observé tan sorprendida como Sancho, pero ella solo me guiñó un ojo antes de desaparecer entre la multitud.

Astor me tendió la mano.

Y yo la tomé.

Me hizo girar suavemente y luego atrajo mi cuerpo contra el suyo.

—¿Por qué no me dijiste que ibas a venir? —preguntó. Luego apartó mi cabello a un lado y rozó suavemente mi cuello con sus labios. Su perfume me envolvió de inmediato.

—¿Por qué debería decírtelo? —retruqué, con el corazón desbocado.

—No lo sé… Dímelo tú —respondió, y su voz sonó más apagada que antes, más insegura.

Me aparté apenas unos centímetros para poder mirarlo a los ojos, y reconocí el mismo deseo que llevaba días consumiéndome.

—Yo solo les cuento mis decisiones a mis amigos o a mi pareja —respondí, consciente de que estaba jugando con fuego.

—Y no me consideras ninguna de las dos cosas —afirmó, mientras su mano recorría lentamente mi espalda desnuda, dibujando pequeños círculos con el pulgar.

Le sujeté la barbilla y la acaricié con suavidad.

—No lo sé… Dímelo tú —susurré, devolviéndole sus propias palabras.

Astor sonrió de forma sutil, sin dejar de mirarme a los ojos.

Pero no respondió; deslizó las manos delicadamente por mi espalda y las posó en mi trasero para acercarme más a él.

Su boca quedó peligrosamente cerca de la mía.

Sentí una punzada de deseo tan fuerte que casi perdí el equilibrio.

Quería sentirlo más cerca. Mucho más cerca.

Hasta el punto de no poder distinguir dónde empezaba él y acababa yo.

—¿A qué estamos jugando? —me animé a preguntar.

—¿Importa cómo lo llamemos?

—Quizá deberíamos ir a hablar a otro sitio —sugerí, consciente de que éramos los únicos abrazados en mitad de la pista.

—Si vamos a otro sitio, voy a elegir mi dormitorio o el tuyo. Si estás preparada… solo dímelo. —Su mirada reflejaba con claridad su excitación.

Dios mío .

Sentí un vértigo tan intenso que tuve que aferrarme a él.

El corazón me retumbaba en los oídos.

—En tu dormitorio.

Sus ojos se oscurecieron al instante.

Su pulgar recorrió mi mandíbula con una mezcla de ansiedad y delicadeza antes de inclinarme el rostro hacia él para besarme lento, profundo, como si quisiera borrar todo lo demás.

El mundo entero desapareció.

—Eres tan jodidamente hermosa. Vámonos de aquí —murmuró contra mis labios.

—¿Puedes irte? ¿No debes esperar a cerrar?

—No pienso esperar ni un maldito segundo más.