Capítulo 29
«El amor es un secreto que los ojos no saben guardar»
—Anónimo
Doriana
L a noche en la casa de Carlota fue de lo más divertida.
Mi amiga se aseguró de que no viéramos nada dramático y eligió dos comedias desternillantes con las que no paramos de reír.
Además, habíamos decidido saltarnos la dieta, así que nos dimos el gusto de disfrutar de unas hamburguesas tan deliciosas como calóricas y, para coronar la velada, el clásico helado de chocolate.
Aunque al día siguiente las dos teníamos libre y habíamos planeado disfrutar del día juntas, a Carlota la llamaron del hospital para cubrir una guardia de última hora. Así que regresé a mi piso con la intención de aprovechar la jornada para hacer una limpieza a fondo y poner algo de orden.
Estaba aparcando cuando recibí una llamada de Astor. Habíamos intercambiado varios mensajes y él sabía que estaba en lo de Carlota, aunque aún no le había contado que Elena se había mudado ni las razones.
— ¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—Estoy llegando a casa. ¿Tú qué haces?
— Voy camino de una reunión con un proveedor. Quiero negociar la incorporación de una nueva cerveza para el bar.
—Suerte con eso.
— Gracias. ¿Vas a aprovechar para descansar?
—No, para nada. Cuando llegue a casa pondré música y me dedicaré a limpiar el piso de arriba abajo.
— Deberías aprovechar tu día libre para descansar o hacer algo que disfrutes. Trabajas demasiadas horas a la semana.
—Siempre reservo alguno de mis días libres para hacer una limpieza general.
— ¿Y Elena? ¿Por qué no le dices a ella que lo haga?
En ese momento salí del ascensor y me dirigí hacia mi piso.
—Elena se mudó ayer. Discutimos y…
Me detuve en seco.
Frente a mi puerta estaba Amadeo.
—Maldición. ¿Qué hace aquí? —murmuré, sin poder disimular la sorpresa.
— ¿Qué? —preguntó Astor al instante—. ¿Qué pasa?
—Amadeo está en mi puerta —respondí.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.
— ¿Tu ex? —Su tono cambió de inmediato—. Quédate donde estás, Doriana. No entres al piso con él. No tiene derecho a presentarse así y no sabemos lo que busca.
—Tranquilo —dije, más firme de lo que me sentía—. Ya me encargo yo de él.
Corté la llamada y seguí caminando, más furiosa que nerviosa. Después de enterarme de lo suyo con Elena, encontrarlo allí me resultaba profundamente desagradable.
Cuando vio que me acercaba, sonrió, como si nada hubiera pasado.
Yo no le devolví el gesto.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté. Mi voz sonó tan afilada como pretendía—. Imagino que Elena ya te habrá dicho que se mudó. Y si no lo hizo, sería un descaro de tu parte presentarte aquí por ella.
—No estoy aquí por Elena. Necesito hablar contigo y me has bloqueado en todas partes —respondió, sin el menor rastro de vergüenza.
—No tengo nada que hablar contigo, Amadeo. Estoy ocupada, así que te pido que te vayas.
—No he venido a discutir —dijo en voz baja—. Te echo de menos.
El aire cambió de inmediato.
El pasillo pareció encogerse.
—¿Qué? —se me escapó, incrédula.
Ese hombre había perdido el juicio.
No solo me había puesto los cuernos; ahora, además, salía con mi hermana.
La indignación me golpeó de lleno.
—No tienes vergüenza —dije, contenida—. Ni siquiera voy a darte el gusto de contestarte. Me das asco. Lárgate de una maldita vez.
No se movió.
Solo agachó la cabeza como si estuviera avergonzado. Pero yo sabía que no era más que una actuación.
Me resultaba tan patético que no podía ni mirarlo.
Y no era odio, era puro rechazo. Solo quería que desapareciera.
—No tengo nada serio con Elena. Fue ella quien me buscó. Yo…
—¡Lárgate, Amadeo!
—No puedo creer que estés con un tío que vive de un bar y se pasa las noches rodeado de mujeres. ¿Qué tiene él que yo no tenga?
El golpe fue inmediato.
—¡Moral! —solté—. Ahora sal de mi vista.
Las puertas del ascensor se abrieron como si hubieran esperado ese instante.
Astor apareció en el pasillo y cruzó la distancia que nos separaba en apenas unos segundos.
Al verlo, sentí un alivio inmediato.
—¿Qué hace aquí? —escupió Amadeo—. Esto no es asunto suyo.
—Esto se terminó —gruñó Astor—. Si alguna vez me entero de que vuelves a acercarte a Doriana, voy a encargarme de que lo lamentes. Y no te conviene averiguar hasta dónde soy capaz de llegar.
Tenía las fosas nasales dilatadas y la mirada tan oscura que apenas parecía quedar rastro del celeste de sus ojos. Jamás lo había visto así.
—Qué se puede esperar de un… barman —soltó Amadeo con desprecio—. Dori, controla a tu gorila.
—A mi novio querrás decir —corregí.
Lo dije sin pensar.
Astor no pareció sorprendido por mi afirmación. Bajó la vista hacia mí durante un instante y entrelazó sus dedos con los míos.
Amadeo sí se sorprendió.
—No puedes hablar en serio… este tío…
Astor dio un paso hacia él.
—Termina la frase —dijo.
—Aparta de una vez. Ve a servir tragos y habla solo cuando se te pida. No eres más que un...
El puño de Astor se estrelló en su rostro.
Amadeo se tambaleó hacia atrás, llevándose la mano a la nariz. Yo estaba tan sorprendida como él.
—No puedo creer que estés saliendo con este matón…
—Lárgate de una vez, Amadeo —repetí.
—Cariño, mira lo que me hizo. Tienes que curarme y…
Levanté la mano, cortándolo en seco.
—Será mejor que te vayas antes de que sea yo la que te pegue esta vez.
Me miró incrédulo.
Retrocedió.
Y, sin dejar de sujetarse la nariz, comenzó a caminar hacia los ascensores sin decir nada más.
Apenas desapareció de nuestra vista, Astor se volvió hacia mí de inmediato.
—¿Estás bien?
—Sí, gracias.
—Discúlpame por lo ocurrido.
—No te atrevas a pedirme disculpas por poner a Amadeo en su lugar. No estoy a favor de la violencia, pero se lo buscó.
—Tampoco estoy a favor de la violencia, pero no podía dejar que siguiera diciendo esas barbaridades.
Suspiré.
—No te lo dije, pero Amadeo y Elena están saliendo. La discusión con ella fue, en parte, por eso.
—¿Tu hermana sale con él?
—Sí, aunque, si bien me dolió su decisión por todo lo que implica, no fue por eso que le dije que se fuera. Con Elena no nos llevamos bien y ya no era sano seguir viviendo juntas.
—Creo que fue una muy buena decisión.
—Supongo... —Suspiré—. ¿Cómo llegaste tan rápido?
—Digamos que me salté unas cuantas normas de tráfico.
—¿Hiciste eso por mí?
—Estaba preocupado —respondió sin dudar.
Sonreí y giré para abrir la puerta.
—Gracias, pero no debiste. ¿No tenías una reunión?
Astor sonrió apenas.
—Sí, pero tú eres más importante.
Me quedé paralizada, con la llave en el aire.
Por un instante solo se escucharon nuestras respiraciones.
Hasta que reaccioné y abrí la puerta.
Cuando entramos, dejé el bolso en el sillón y lo miré.
—¿Quieres tomar algo? —pregunté.
—En realidad… me gustaría que hablemos —respondió, acercándose a mí, pero pude notar que estaba tenso.
El corazón comenzó a martillearme dentro del pecho.
«Me gustaría que hablemos» era como «Tenemos que hablar», y rara vez significaba algo bueno. Era como decir «Sin ánimo de ofender, pero…» o «Espero que no me malinterpretes, pero…»: una advertencia de que no te iba a gustar lo que venía después.
Y estaba segura de que tenía que ver con mi mención a nuestro noviazgo. Seguramente Astor quería aclararlo. Lo había llamado «novio» y él nunca había hablado de que tuviéramos ese tipo de relación.
Suspiré.
—Si es por lo que dije… solo lo hice por la situación. No pienso que seamos novios…
Me puso un dedo en los labios para detenerme.
—¿Para ti tendría algo de malo? —preguntó mientras retiraba el dedo lentamente en una suave caricia.
—¿Te refieres a ser novios?
Asintió con la cabeza.
—¿Quieres… ser mi novio?
Nos quedamos callados, mirándonos a los ojos durante un buen rato.
—Si estás de acuerdo, yo quiero intentarlo —dijo al fin—. Quiero descubrir cómo es tener una relación estable, una novia con horarios de infierno, dormir abrazados, compartir desayunos.
Sentí cómo toda la ansiedad se evaporaba de golpe, dejando paso a una calidez inesperada.
—¿Estás seguro, Astor? —insistí, porque eso implicaba que los juegos se habían terminado. Lo nuestro iría en serio.
—Sé lo que quiero, doc. Y te quiero a ti.
He estado con muchas mujeres, pero jamás me había sentido así.
Y estoy seguro de que esto no va a desaparecer; al contrario, cada día se hace más fuerte.
—Hizo una pausa—. Y sí, lo reconozco, al principio pensar en una relación seria me acojonaba porque nunca estuve en una, pero luego me di cuenta de que solo quiero estar contigo.
Doc, cuando estamos juntos no quiero estar en ningún otro lugar.
—Exhaló, nervioso—. Quiero ser tu novio, Doriana Delacroix. ¿Qué dices?
Le pasé los brazos por el cuello y lo miré. Luego hice una pausa con aire reflexivo como para darle dramatismo al asunto.
Astor rodeó mi cintura, aunque aún aguardaba mi respuesta con evidente nerviosismo.
—Sí, quiero ser tu novia, Astor Sinclair.
Me tomó el rostro entre las manos y me miró a los ojos. Había algo distinto en aquella mirada. Algo cálido, profundo y sereno, que disipó de inmediato el último resto de ansiedad.
Sin decir nada más, se inclinó hacia mí y sus labios encontraron los míos. Fue un beso lento, profundo, cargado de emociones. Un beso que decía más que mil palabras, un suspiro compartido acompañado de la sensación de que, por aquel instante, nada más importaba.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba exactamente donde quería estar.