Capítulo 10
«No eran amantes, no eran novios y tal vez no eran amigos. Pero siempre fueron el uno para el otro»
—Mario Benedetti
Doriana
E l agotamiento y la fiebre debieron de haberme sumido en un sueño profundo porque, cuando volví a abrir los ojos, la luz de la habitación había cambiado. Ya era de día.
Estaba claro que ese día no podría trabajar. Me tocaba la guardia de la noche, pero tendría que avisar cuanto antes al hospital para que pudieran cubrir mi turno.
Miré el reloj.
Apenas pasaban de las ocho de la mañana.
Entonces vi una nota sobre la mesita de noche: « Llámame cuando despiertes». Y, debajo, estaba su número.
La observé unos segundos. Seguramente, Astor estaría trabajando o habría vuelto a su piso a descansar. Después de todo lo que había hecho por mí, no quería seguir molestándolo, así que decidí ignorar la nota.
Saqué las piernas por el borde de la cama y, cuando comprobé que no estaba mareada, me puse de pie y me encaminé hacia el baño.
Después de ocuparme de lo urgente, me di una ducha rápida y me lavé los dientes. Seguía sintiéndome fatal y el cuerpo todavía me pesaba, pero lo peor parecía haber pasado. Necesitaba desayunar, tomar la medicina y llamar al hospital.
Me puse una bata sobre la ropa interior y salí hacia la cocina.
Y me quedé paralizada.
Solo pude observar —con una mezcla de curiosidad y desconcierto— al hombre que estaba allí, cocinando algo que olía a huevos revueltos. La escena, doméstica y silenciosa, parecía que no pertenecía a mi piso… ni a mi vida.
Intenté ocultar mi sorpresa, aunque no creo haberlo conseguido.
Debió sentir mis pasos porque giró hacia mí con una espátula en la mano y una calma absoluta en el rostro.
Todo lo contrario a mí.
No entendía por qué, pero me invadió la timidez y una torpeza repentina que me cerró la garganta. Como si de pronto, no supiera qué hacer con el cuerpo ni con la voz.
—Vuelve a la cama, Doriana. Te voy a llevar el desayuno allí —ordenó.
—Buenos días para ti también —saludé con sarcasmo mientras me acercaba a la barra de la cocina, fingiendo una naturalidad que no sentía—. Y estoy bien. No me gusta estar acostada mucho tiempo.
—Te dejé una nota para que me avisaras cuando despertaras. La idea era que yo fuera con tu desayuno, no que vinieras tú.
El espacio entre nosotros parecía más reducido de lo que realmente era.
—¿No tienes que trabajar? No tengo idea de a qué te dedicas, pero supongo que sí trabajas. No quiero ocasionarte problemas ni seguir molestándote. Ya has hecho demasiado por mí y te lo agradezco, pero me siento mejor y puedo arreglármelas sola.
—Trabajo en la noche y no es ninguna molestia. Además, sigues teniendo mala cara. —Su mirada se detuvo en mí un instante más de lo necesario—. Todavía estás muy pálida y demasiado débil para poder ocuparte de ti misma.
—Es por la fiebre, pero me siento mejor —respondí, y le sostuve la mirada apenas un segundo antes de apartarla—.
Voy a comer algo para volver a tomar la medicina porque, si no, mi estómago no va a soportarla.
—Hice una pausa antes de volver a mirarlo—.
¿Dijiste que trabajas en la noche? ¿También trabajas en el área de la salud?
—No, trabajo en un bar-discoteca.
—Ah… entiendo. ¿Y tienes algún día libre?
—Hoy —respondió enseguida, sin levantar la vista, concentrado en la sartén.
—¿Hoy? ¿En serio?
Para mi sorpresa, se encogió de hombros sin mirarme. No pareció un gesto casual. Evitó mis ojos con una precisión demasiado consciente como para ser accidental.
—O tal vez me estoy rebelando y falté al trabajo para estar con una hermosa chica.
—Pues no deberías hacerlo. No sé de qué chica hermosa hablas, pero esa chica no debería permitir que tengas problemas en tu trabajo.
—Tú eres la hermosa chica. Y no voy a tener problema porque… —Alzó la mirada hacia mí, como si quisiera medir el efecto de sus palabras—. Yo soy el propietario.
—¿El propietario? ¿Cómo se llama el lugar? Tal vez he ido alguna vez.
—Sí, has ido. Es Vértigo 360 .
El recuerdo me alcanzó antes de que pudiera evitarlo. Allí me había besado.
—Así que aquella noche estabas allí por eso —dije, y supe demasiado tarde que no debí hacerlo.
—¿A qué noche te refieres exactamente?
—A la noche que… que…
—¿Te besé? —preguntó. No apartó la mirada, y eso fue lo más difícil de sostener.
—Sí… ese «favor» innecesario.
—¿Favor? —esbozó una sonrisa breve—. Eso no fue un favor, Doriana. Eso fue un impulso irrefrenable de besarte.
Dejó el plato con el desayuno frente a mí, sobre la barra de la cocina. Sus dedos se tensaron un segundo alrededor del borde antes de soltarlo.
Su respuesta me impactó y sentí cómo algo en mí se descolocaba. Desvié la mirada hacia el desayuno porque fui incapaz de sostenérsela.
De repente estaba famélica, aunque no sabía si era hambre real o una forma de escapar de lo que acababa de decirme.
—Gracias.
—¿Por qué? ¿Por besarte? —preguntó, con una sonrisa apenas ladeada.
¡Madre mía!
—No —negué rápidamente—. Por el desayuno.
—Ya te dije que no me agradezcas. Aunque, ahora que lo pienso… tal vez puedas encontrar otra forma de hacerlo cuando te recuperes.
Aparté el tenedor de los labios y lo miré fijamente.
—¿Perdona?
—Favor con favor se paga —respondió, ocultando una sonrisa.
—Favores en cara echados ya están pagados.
Eso consiguió que Astor finalmente se riera.
Y al verlo reír entendí algo: todo en él parecía medido —los gestos, la voz, incluso el silencio—, salvo esos instantes breves en los que algo se desordenaba y desaparecía antes de que pudiera descifrarlo.
Había algo en él que me empujaba a mantener distancia, y algo —más silencioso— que hacía exactamente lo contrario.
Se sentó frente a mí, arrastrando apenas la silla, y comenzó a desayunar con una calma que contrastaba con el caos que yo sentía por dentro.
—¿Cómo te fue en tu cita de anoche? —preguntó de repente.
Levanté la vista.
—¿Por qué quieres saberlo?
—¿Es un delito querer saber algo de ti?
—Depende de lo que quieras saber —repliqué.
—Vamos, relájate —insistió—. Nada saldrá de aquí. Conmigo… estás a salvo de todo lo malo.
—¿Porque tú eres todo lo malo? —pregunté, arqueando una ceja.
Sonrió, pero con una especie de sonrisa amarga y apartó la mirada.
—Quizá lo sea.
Hubo un matiz en su voz —breve, casi imperceptible— que no supe cómo interpretar. Tampoco se me ocurrió qué responder. Me dejó extrañamente desorientada aquel cambio repentino de humor.
Después de eso, seguimos desayunando en silencio. No era incómodo, pero tampoco tranquilo. Era como si hubiera algo suspendido entre nosotros, algo que ninguno de los dos parecía dispuesto a hablar.
Me sentía ansiosa. Extraña.
Aunque seguramente todo era culpa de la influenza… ¿verdad?
Después del desayuno regresé a la cama porque me seguía doliendo todo el cuerpo.
Astor volvió a su piso para ducharse y cambiarse, pero antes me pidió un juego de llaves para poder entrar sin que yo tuviera que levantarme cada vez que regresara. Intenté convencerlo de que no hacía falta que volviera, aunque supe —casi con certeza— que, de no dárselas, no se habría marchado.
Y aun así, aquello no tenía sentido.
Yo jamás le habría dado mis llaves a alguien que acababa de conocer.
Salvo a él.
Astor me inspiraba confianza. Estaba convencida de que era una buena persona, alguien honesto, pese a todas las sombras que parecían rodearlo. Y, cuando me cuidaba o notaba su preocupación por mí, una sensación cálida se extendía por todo mi cuerpo.
Solo pensar que lo tendría conmigo todo el día me provocaba unas cosquillas en el estómago que nada tenían que ver con el malestar o la incomodidad.
Cuando volví a acostarme tenía muchas cosas dándome vueltas en la cabeza; por eso decidí encender el televisor para distraerme. Un documental de National Geographic terminó acompañándome durante los pocos minutos que conseguí mantenerme despierta antes de volver a conciliar el sueño.
Cuando desperté otra vez, me giré en la cama y respiré hondo.
Por fin me sentía mejor.
Al menos, no me dolía la cabeza y la fiebre parecía haberse disipado. Dormir era maravilloso. Calculé que, al menos, había dormido un par de horas.
Volví a acurrucarme. Pero al mover las piernas, noté algo contra ellas.
Sin alzar la cabeza, todavía sumida en esa bruma espesa del despertar, abrí un ojo… y luego el otro.
Y entonces lo vi.
Astor.
¡Madre del amor hermoso!
Estaba acostado a mi lado.
Bueno… no exactamente. Se había quedado en el extremo opuesto de la cama, pegado al borde, como si hubiera intentado ocupar el menor espacio posible.
Y dormía profundamente.
Completamente despierta, me permití observarlo.
Llevaba una camiseta blanca y un pantalón gris de chándal. Solo se había quitado los zapatos. El cabello, ligeramente revuelto, suavizaba aún más su expresión. Sus pestañas temblaban apenas, señal de un sueño profundo.
Observé su perfecto perfil.
Era, sencillamente, extraordinario.
Nunca había conocido a un hombre tan atractivo como él.
De pronto, como si hubiera sentido mi mirada, abrió los ojos.
Sonreí.
Él me devolvió una sonrisa adormilada, cálida.
—Eh —susurró—. ¿Cómo te sientes?
Asentí.
—Mucho mejor. Gracias.
—Discúlpame. Me quedé dormido —explicó—. Me senté aquí para vigilar que no volviera a subirte la fiebre mientras veía televisión y… debí cerrar los ojos en algún momento.
—No tienes que disculparte. En todo caso, soy yo quien debería hacerlo por todas las molestias que te estás tomando.
—¿Te parece que holgazanear es una molestia? —dijo, sonriente—. Hace mucho tiempo que no pasaba un día sin prisas, sin horarios y sin tener que correr de un lado a otro.
—Yo tampoco.
Me miró con lo que a mí me pareció dulzura.
—Siempre pareces cansada.
Solté una pequeña sonrisa.
—Puede ser. Pero, aunque la medicina implica una responsabilidad enorme, me gusta lo que hago.
Todos los días me enfrento a situaciones en las que mis decisiones y acciones pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte de un paciente.
Esa responsabilidad es abrumadora. El estrés es parte de la medicina.
Algo en él cambió. Fue sutil, pero inconfundible. Mi comentario pareció tensarlo de inmediato. Apartó la mirada y se puso de pie.
—Voy a traerte agua.
Me senté y lo miré con el ceño fruncido.
—Tengo aquí, Astor —dije, señalándole el vaso sobre la mesa de noche.
—Entonces voy a prepararte un té.
Su voz había cambiado. Sonaba más firme. Más distante.
Se dirigió hacia la puerta con rapidez, como si necesitara salir de la habitación.
Lo observé, confundida.
¿Qué acababa de pasar?
—Astor —llamé. Se detuvo y me miró—. ¿Sucede algo?
Pasaron unos segundos en los que esperé con el alma en vilo a que me respondiera.
—No —respondió al fin—. Voy a traerte algo de comida.
Sabía que no me había dicho la verdad.
—No tengo hambre. ¿Puedes quedarte y… no sé… vemos una película?
Se pasó las manos por el pelo y soltó el aire lentamente.
—Yo sí necesito agua. Ya vuelvo…
Y salió de la habitación.
Todo quedó en silencio, pero no era el mismo de antes: ahora tenía peso, como si algo invisible hubiera quedado suspendido en el aire.