A un latido de ti Capítulo 11
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Capítulo 11

«Hay miradas que empiezan donde terminan las palabras»

—Anónimo

Astor

E sa noche decidí no quedarme con Doriana e irme a Vértigo , pero me aseguré de dejarle comida preparada antes de marcharme. No podía permanecer un minuto más a su lado. Y no porque no me gustara. Era justamente lo contrario. Ese era precisamente el problema.

—Estás pensando en la doctora, ¿no? —inquirió Octavio—. Desde que la conoces, tienes cara de gilipollas. ¿Tan terrible fue estar con ella?

¿Terrible?

No.

Hacía muchísimo tiempo que no me sentía tan bien con alguien. Tan jodidamente cómodo. Pero, en el momento en que comenzó a hablar de su profesión, de salvar vidas… todo cambió. Como si la realidad, cruel y puntual, me obligara a recordar quién era ella: la mujer ligada al peor recuerdo de mi vida.

—No estuve con ella.

—No hablo de sexo; tengo claro que estaba enferma. Me refiero a estar en su casa, compartir tiempo con ella. No sé… nunca habías dejado de venir al local por una mujer, y mucho menos para cuidarla .

—Creo haberte dicho que mi plan es seducirla para que…—inspiré profundamente, porque hasta a mí me costaba decirlo—…no quiera volver a verme y se largue del edificio.

—¡No me jodas! ¿Sigues con esa idiotez? Esa mujer te importa más de lo que quieres admitir, y no me creo que tu plan sea que te odie. —Me miró fijamente, con seriedad—. Tampoco me trago que te hayas acercado a ella y la hayas cuidado para luego hacerle daño.

—Te equivocas.

Mi amigo bufó.

—Mira… yo creo que deberías contarle la verdad. Decirle que ya la conocías, que atendió a tu abuelo. Quizá puedan hablar tranquilos de lo sucedido y olvidarte de toda esa mierda que se te ha metido en la cabeza.

Solté una risa amarga.

—¿Mierda? Yo lo único que quiero es dejar de verla. Tengo que cruzarme cada día con la persona que, no solo no lo salvó, sino que además fue quien nos dio la maldita noticia. Cada vez que la veo, vuelvo a ese instante. El peor de mi vida.

Octavio me sostuvo la mirada.

—Los médicos no son dioses, Astor. Si fuera así, los seres humanos seríamos eternos. Además, si ella les dio la noticia, fue porque tuvo la valentía de enfrentarlos. Eso habla mejor de ella de lo que supones. No todos los médicos lo hacen.

—No lo entiendes…

O quizá sí. Y eso era lo que más me molestaba.

—¿Te enamoraste de ella? —preguntó, sin rastro de burla ni ironía en su voz.

Solté una risa seca.

—¿Qué gilipollez dices? —exclamé, más irritado de lo que me habría gustado—. Ni siquiera me la follé. —Le dediqué una mirada irónica—. Nadie se enamora de una mujer antes de habérsela follado.

La mentira quedó flotando entre nosotros.

Octavio me golpeó el hombro con suavidad.

—Qué romántico te has puesto, amigo.

—Sabes perfectamente que nunca fui romántico.

—Lo único que sé es que, si haces lo que estás pensando, serás un hijo de perra sin escrúpulos.

Apreté la mandíbula porque, en el fondo, sabía que tenía razón.

Después de conocerla, de verla sonreír sin defensas, mi plan ya no encajaba igual.

Doriana no era lo que yo necesitaba que fuera.

No era fría. No era superficial. No era fácil de odiar.

Era una mujer dulce, natural y… condenadamente sexy .

Tenía esa forma tranquila de mirar que desarmaba más que cualquier sonrisa.

Necesitaba encontrar algo en ella que me permitiera seguir adelante con mi plan.

—No voy a enamorarla, solo voy a seducirla para acostarme con ella.

—¿Cómo piensas hacerlo? —preguntó, con desaprobación.

Aparté la vista unos segundos antes de responder.

—Acercándome. Ganándome su confianza. Voy a seguir actuando como el tío perfecto hasta que confíe completamente en mí. Luego me encargaré de que sepa por qué lo hice. ¿Quedó claro?

—¿Claro para quién? — replicó con dureza.

—¿Qué?

La desaprobación le endureció el gesto.

—Deberías poner el freno aquí —respondió, poniéndose de pie mientras el bar empezaba a cobrar vida—. Vas a romperle el corazón a una persona que no tiene culpa de nada.

—No le voy a romper el corazón.

—Ah… es verdad… solo le vas a romper la ropa.

—No le voy a romper el corazón —repetí, aunque esa vez, sonó más como una necesidad que como una certeza.

—En fin… al menos ten la decencia de no decirle que la amas.

Asentí en silencio.

Fue entonces cuando vimos a Ámbar a unos metros, fingiendo limpiar una mesa. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, apartó la vista y se alejó deprisa.

Octavio frunció el ceño.

—¿Habrá escuchado? —preguntó, preocupado.

—¿Qué más da? Es lo que hay —respondí, poniéndome de pie—. Ni siquiera sabe de quién hablábamos.

—No me gusta que haya escuchado esa conversación —murmuró él.

—Si lo dices por lo que piense de mí, me importa un pimiento. Si cree que soy un hijo de puta, mejor. Así dejará de hacerme ojitos.

—No me gusta —repitió Octavio, sin dejar de mirarla.

—Olvídate de ella y volvamos al trabajo. Por lo que vi, vamos a tener una noche movida.

Octavio no respondió.

Solo negó con la cabeza.

Yo me limité a ocupar mi lugar detrás de la barra, aferrándome al trabajo como si pudiera acallar el ruido en mi cabeza.

Pero no sirvió de nada.

Porque, entre el hielo, las botellas y el murmullo creciente del bar, lo único que podía pensar era en ella.

En si habría cenado.

En si estaría descansando.

En… cómo se vería durmiendo en mi cama.

No sé en qué momento empecé a buscar excusas para volver a verla.

Tal vez fue cuando cerré el bar y, en vez de irme a casa, mis pasos tomaron otro rumbo sin pedirme permiso.

O quizás fue antes… cuando, entre cliente y cliente, me descubrí pensando en ella más veces de las que estaba dispuesto a admitir.

El caso fue que, cuando quise darme cuenta, ya estaba frente a su puerta.

Llamé.

Pasaron unos segundos.

Los suficientes para ponerme nervioso.

Hasta que la puerta se abrió.

—Astor…

No llevaba maquillaje. El pelo recogido de cualquier forma. Una camiseta amplia le caía por uno de los hombros y apenas le cubría los muslos.

Se me secó la garganta.

Estaba jodidamente preciosa.

Demasiado para alguien que debía evitar.

—Solo quería saber cómo estabas. ¿Te encuentras mejor?

Ella me observó unos segundos, como si intentara descifrar algo más detrás de mis palabras.

—Mucho mejor —respondió, abriendo un poco más la puerta—. Gracias por todo lo que hiciste por mí.

Ese «gracias» me golpeó en un lugar que prefería mantener intacto.

Y, aun sabiendo que era un error, entré.

—¿Cenaste? Te dejé comida —dije, señalando la cocina, aunque era evidente que ya lo sabía.

—Algo comí. —Sonrió apenas—. No tenías por qué hacerlo. De verdad te lo agradezco. Es algo que… no olvidaré.

La culpa me arañó por dentro. Porque no tenía idea de todo lo que escondía aquel gesto.

—No tienes que sentirte en deuda —murmuré.

Doriana cerró la puerta y se dio la vuelta despacio. Sin decir nada, acortó la distancia entre nosotros.

—No me siento en deuda. Me siento cuidada.

Se quedó ahí, tan cerca que podía percibir el calor de su cuerpo. La suavidad de su respiración. El leve temblor de sus labios.

—No es buena idea que me veas así —murmuré.

—¿Por qué no? Me cuidaste desinteresadamente…

¡Dios, nena! Si supieras.

No sabría decir si Doriana vio algún tipo de arrepentimiento en mis ojos, pero se acercó un poco más, quedando casi pegada a mí.

La distancia entre nosotros desapareció.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Podía notar cómo mis propios instintos empezaban a imponerse sobre cualquier intento de lógica.

—Astor… —susurró, y su aliento me rozó la piel— me pones nerviosa.

—¿Por qué?

—No lo sé… Me late el corazón demasiado rápido. Y créeme… sé reconocer una taquicardia. Soy cardióloga.

Sus palabras me golpearon directo en el estómago. Más abajo, también. Tuve que contenerme cuando sus manos me acariciaron las mejillas con una delicadeza que casi dolía.

Le tomé las manos y las llevé hasta mi pecho.

—Como podrás sentir, a mí también me pasa.

Su mirada cayó un instante sobre mi boca.

—Astor…

Se puso de puntillas y me dio un beso en el cuello.

Dios.

Y el poco autocontrol que me quedaba terminó de romperse.

Ya no quedaba nada.

No había plan.

Solo estaba ella.