A un latido de ti Capítulo 9
21%

Capítulo 9

«Valora a quien te dedica su tiempo, porque te está dando algo que nunca recuperará»

—Mario Benedetti

Doriana

N uevamente, un ruido me arrancó del sueño.

Esa vez era persistente e incómodo, pero estaba demasiado agotada como para preocuparme por identificarlo.

El sonido continuó, insistente, acompañado de golpes secos contra la puerta. Imposible ignorarlo. Fuera quien fuese, no parecía dispuesto a desistir.

Abrí los ojos y me incorporé con esfuerzo. Tardé unos segundos en comprender que era el timbre y que, además, alguien golpeaba la puerta con urgencia.

¿Elena habría vuelto?

Tal vez había olvidado las llaves.

Y, de forma absurda, me invadió la esperanza de que hubiera regresado por mí. Preocupada. Dispuesta a cuidarme.

Saqué las piernas de la cama y noté que seguía mareada e inestable, pero aun así me obligué a ponerme en pie y caminar hasta la entrada.

Ni siquiera pregunté quién era. A esa hora de la madrugada, no podía ser otra persona.

—Voy… un momento —murmuré, pasándome las manos por el rostro para despertarme del todo—. ¿Olvidaste las llaves… ?

Abrí la puerta. Y me quedé sin habla.

—¿Cómo estás? ¿Qué tienes? —balbuceó él, recorriéndome con la mirada.

La sorpresa de encontrar a Astor frente a mí —mirándome con algo que se parecía demasiado a la preocupación— me dejó incapaz de reaccionar. Solo pude parpadear.

—Doriana, ¿cómo estás? —se inclinó hacia mí y apoyó una mano en mi frente—. Maldición… estás ardiendo. ¿Cuánto tiempo llevas así?

—¿Q-qué haces aquí? —logré decir, apartando su mano con debilidad.

Frunció el ceño.

—Necesitas que alguien te cuide.

—Por supuesto que no. Por si no lo recuerdas, soy doctora. Y lo que en verdad necesito es que te vayas para poder volver a la ca…

No llegué a terminar la frase.

De pronto estaba en el aire, sostenida entre sus brazos con una firmeza que no admitía réplica.

Debí haberme resistido, pero ya no tenía fuerzas. Y, para mi desconcierto, allí me sentía mejor.

—Bájame —susurré apenas, aunque fui consciente de que terminé apoyando la cabeza contra su pecho, casi hipnotizada por el latido firme de su corazón.

—Te voy a llevar a la cama. Estás tan enferma que apenas puedes hablar —replicó.

No respondí.

Solo respiré y… su aroma me envolvió.

Olía de maravilla.

Olía limpio, cálido, peligrosamente reconfortante.

—Vamos, Doriana —dijo con suavidad—. Vamos a meterte en la cama.

Negué apenas con la cabeza.

—Vete, por favor. Esto no es… apropiado. No quiero que me veas así.

Me dejó sobre la cama con una delicadeza inesperada. Apartó un mechón de pelo de mi frente y me observó.

—¿Así cómo? ¿Hermosa? ¿Más bella que nunca?

—No te burles de mí.

Sus dedos rozaron mi mejilla con una lentitud que me descolocó. Incluso en mi estado de aturdimiento, fui capaz de apreciar su mirada: intensa y dolorosamente sincera.

—Es la verdad. Eres la mujer más hermosa que he visto… y la más terca también. Déjame ayudarte. Sé que estás sola; me crucé con tu hermana y me dijo que estabas enferma —comentó, y su gesto se endureció—. No debió dejarte sola.

—No tienes que hacerlo. Es influenza y vas a contagiarte.

—No me importa —respondió sin dudar—. Además, tengo un excelente sistema inmunológico. ¿Qué necesitas?

Qué te quedes.

El pensamiento cruzó mi mente antes de que pudiera detenerlo.

—No necesito nada. Soy doctora.

—Y también eres un ser humano que se pone enfermo —afirmó, volviendo a apoyar su mano sobre mi frente—. Tienes fiebre y estás temblando. Cúbrete —ordenó, acomodándome la manta sobre mí con cuidado—. ¿Qué medicinas puedes tomar?

—Ya tomé algo. Puedo volver a hacerlo en… dos horas, más o menos.

—¿Quieres agua?

—Tengo aquí —respondí, señalándole el vaso sobre la mesa de noche.

—Bien. Entonces descansa. Yo me quedo por si necesitas algo.

—¿Qué? No es necesario.

—Sí, lo es. Ahora deja de discutir y duérmete —sentenció, en un tono que no admitía réplica.

—¿Dónde vas a dormir?

Astor miró alrededor antes de señalar el sillón junto a la ventana.

—Ahí.

Negué con la cabeza.

—Con tu tamaño, mañana te va a doler todo el cuerpo. Puedes dormir en la cama de Elena.

—No pienso dormir allí. Me quedo aquí, contigo.

Suspiré lentamente.

—No sé por qué lo haces… pero gracias.

—Duérmete.

—Pero… ¿por qué? —insistí en voz baja.

—Porque verte así… —se detuvo un segundo— hace que lo único en lo que pueda pensar sea en cuidarte.

El impacto que provocaron en mí aquellas palabras fue devastador. Y, por la expresión en su rostro, juraría que él también se sorprendió al escucharse decirlas.

Sostuvo mi mirada unos segundos más antes de apartarse.

—Voy por más agua.

Yo solo cerré los ojos.

Y mientras el sueño volvía a arrastrarme lentamente, lo único que podía escuchar en mi cabeza era: lo único en lo que puedo pensar es en cuidarte…

Cuando volví a despertar, la habitación estaba sumida en penumbras, apenas iluminada con las luces tenues del espejo del tocador. Astor estaba inclinado sobre mí, comprobando mi temperatura con su mano en mi frente.

—Hola —dijo en voz baja—. ¿Cómo te encuentras?

—Como si una aplanadora me hubiera pasado por encima.

Una leve sonrisa cruzó su rostro.

—Es porque sigues con fiebre —dijo, sentándose en el borde de la cama.

—¿Por qué sigues aquí? Ya te dije que te vas a contagiar.

—Me lo has preguntado toda la noche. No has parado de hablar.

Eso me hizo espabilarme del todo. Abrí mucho los ojos, temerosa ante la posibilidad de haber dicho algo que fuera comprometedor. Me incorporé despacio y apoyé la espalda contra el cabecero.

—¿Qué… qué te dije?

—Me repetiste unas cien veces que me fuera. Eres bastante gruñona cuando estás enferma —dijo, reprimiendo una sonrisa.

Exhalé tanto que sentí que me desinflaba.

—Lo siento.

—No lo hagas, porque también me halagaste bastante. Si mal no recuerdo, dijiste que mis ojos eran los más bonitos que habías visto.

Sentí que mis mejillas ardían, y no por culpa de la fiebre.

—Eso no es verdad.

—Te aseguro que sí. Además… creo recordar que sugeriste que me acostara contigo porque huelo increíble —dijo, riendo entre dientes.

—Mentiroso.

—En eso no —replicó mientras se levantaba—. Ahora basta de tanta cháchara y dime dónde están las medicinas; necesitas tomar algo para bajar la fiebre.

—Creo que aquí la doctora soy yo.

—No esta noche. Ahora, eres la paciente. Dime dónde están.

—En el armario de las medicinas del baño —respondí bufando, aunque admitía que aquella atención se sentía realmente bien.

Su inesperada preocupación me provocó una mezcla extraña de alivio y tristeza. Quizá porque me di cuenta de lo mucho que quería sentir que le importaba a alguien.

Regresó unos segundos después con la medicina y un vaso de agua.

—Aquí tienes.

—Gracias.

Tomé la medicina y volví a apoyar la cabeza en la almohada.

Entonces, sin decir nada, acomodó el acolchado sobre mí con cuidado. Debí mirarlo con demasiado asombro porque, cuando nuestros ojos se encontraron, él se aclaró la garganta antes de hablar.

—¿Mejor?

—Sí, gracias.

—Voy a volver al sillón —avisó, señalándolo con un gesto de cabeza.

Y, en un impulso completamente irracional, me escuché decir:

—Acuéstate en la cama. No puedes dormir ahí.

Se quedó inmóvil.

Y me miró con una sorpresa tan evidente que me apresuré a justificarme.

—No puedo permitir que pases la noche en ese sillón. Solo… te estoy devolviendo el favor por acompañarme esta noche. Aunque no sé si realmente es un favor, porque lo único que lograré será contagiarte.

—¿Segura?

—Por supuesto que te vas a contagiar.

—No hablo de eso —dijo con calma—. Quiero saber si estás segura de que me acueste allí —añadió, señalando la cama.

Asentí.

Tras una leve vacilación, se quitó los zapatos y se sentó a mi lado.

Y el espacio entre nosotros se volvió peligrosamente pequeño.

—Puedes acostarte.

—Tú solo descansa. No te preocupes por mí.

—Gracias.

Astor me sostuvo la mirada unos segundos. Parecía cansado.

—Deja de agradecerme, Doriana —dijo al final—. Te aseguro que cuidar de ti no me convierte en una buena persona. Harías bien en recordarlo.

Sus palabras me desconcertaron.

Pero, por primera vez en toda la noche, no tuve fuerzas para preguntar qué quería decir realmente.