A un latido de ti Capítulo 8
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Capítulo 8

«Todos estamos rotos, así es como entra la luz»

— Ernest Hemingway

Astor

A las tres de la madrugada dejé a Octavio a cargo de Vértigo y regresé a mi piso. Aunque, siendo sincero, fue él quien prácticamente me echó porque mi mal humor ya había agotado su paciencia.

Últimamente había descubierto lo que era perder el buen humor y arrastrarme al trabajo con una amargura que no lograba disimular. Y no quería pagar mi frustración con los demás.

Pero esa noche ya no podía estar en el local. Mi cabeza estaba atrapada en un único pensamiento. Saber que Doriana estaba en una cita me estaba matando.

Habían pasado horas desde la última vez que la vi y, aun así, era incapaz de concentrarme en cualquier otra cosa. No había manera —ni física ni mental— de arrancarme de la cabeza la imagen de ella ahí afuera, compartiendo la noche con otro en una maldita cita.

Y si solo hubiera sido furia, quizá habría podido soportarlo.

Pero no.

Se mezclaba con una maraña de emociones contradictorias, entre ellas, una necesidad casi dolorosa de volver a besarla.

Me pasé las manos por el cabello una vez más. A esas alturas debía tener el pelo completamente revuelto.

El ascensor se detuvo en la planta baja de mi edificio y Elena salió de él con un bolso de viaje colgado del hombro.

—Hola, guapo.

—Hola, Elena.

—¡Por Dios! ¿Por qué tienen todos tan mala cara hoy? No me digas que tú también contrajiste influenza.

Aquello captó mi atención de inmediato.

—¿Quién tiene influenza?

—Doriana. Está en cama, hecha un desastre. Te aconsejo que ni te le acerques.

—¿Doriana está enferma? —pregunté, con un hilo de preocupación tensándome la voz.

—Mucho. Parece más muerta que viva. Pero no te acerques; me dijo que es altamente contagiosa. Yo me voy unos días porque no pienso contagiarme.

—¿No deberías quedarte a cuidarla y ayudarla?

Elena soltó una risa incrédula.

—¿Estás loco? Eso sería condenarme a terminar hecha una piltrafa igual que ella. Ni en broma.

Ya había notado que esa chica era egoísta y trataba muy mal a Doriana. Pero eso era simplemente maldad y ausencia total de empatía. Había conocido muchas chicas malas, pero Elena ni siquiera se molestaba en esconderse detrás de un velo de decencia. Era puro descaro, sin filtro ni culpa.

Salió caminando con rapidez, aunque unos pasos después, se detuvo y giró para mirarme por encima del hombro.

—Tú y yo tenemos una cita pendiente, guapo. Cuando vuelva y mi hermana esté metida en el hospital, puedes invitarme a tu dormitorio… o yo al mío. Vemos una película o… hacemos algo más interesante.

Vemos una película o hacemos algo más interesante.

Ni lo sueñes.

No le respondí.

Entré al ascensor con otra idea.

Ya podía repetirme mil veces que aquello no era asunto mío. Mi cuerpo parecía decidido a ignorarme.

Presioné un botón. No el de mi piso. Uno anterior.

No debía estar preocupado por la doctora. Seguro que ella sabía cuidarse sola. Eso era lo que me repetía, como si insistir en ello pudiera poner orden al caos que llevaba dentro.

Pero ni siquiera así conseguí apagar aquella necesidad urgente y obstinada de verla con mis propios ojos y asegurarme de que estaba bien.