Capítulo 7
«Cuida tus alas. Hay gente que no puede volar y te odiarán por hacerlo»
—Edisson A. Cajilima Márquez
Doriana
E l restaurante era elegante, de luces cálidas y conversaciones contenidas que flotaban en el aire.
Las obras de arte salpicaban los distintos rincones y la decoración estaba cuidadosamente pensada.
Todo estaba en su sitio: la mesa perfectamente dispuesta, las copas brillando bajo la luz tenue, la música suave acompañando sin imponerse.
Noah también.
Era atento y correcto en cada gesto, el tipo de hombre con el que cualquier velada debería, en teoría, resultar perfecta. Sin embargo, yo sentía que había algo ausente, como si la noche estuviera bien, como si todo fuera correcto… pero le faltara alma.
Lo observaba mientras hablaba; asentía en los momentos adecuados e incluso sonreía cuando correspondía. Pero había algo mecánico en cada una de mis reacciones, como si mi cuerpo se limitara a seguir un guion.
Noah no pareció notarlo. O tal vez sí, pero fue lo bastante educado como para no señalarlo.
A medida que la velada avanzaba, mientras él continuaba hablando —del hospital, de un caso reciente—, mi atención comenzó a deshilacharse. Sus palabras se escurrían por mis sentidos, pero ninguna dejaba rastro.
En cambio, otras cosas sí.
Un recuerdo. Una voz. Una mirada celeste demasiado intensa, detenida en el espacio estrecho de un ascensor.
Bajé la vista hacia mi copa de vino, girándola suavemente entre los dedos.
—Estás muy callada —comentó Noah, con una sonrisa amable.
—Lo siento, ha sido un día largo.
Asintió, aunque no supe si terminó de creerme.
—Si estás muy cansada, podemos pedir el postre e irnos.
Era justo lo que quería, pero en lugar de alivio, sentí una punzada de culpa.
Alcé la mirada hacia él. No sentí ese vértigo que nunca pedí… pero que ahora, de forma inexplicable, echaba de menos.
—No —dije finalmente, esbozando una sonrisa suave—. Te lo agradezco, pero ambos sabemos que el cansancio es algo con lo que lidiamos a diario. Forma parte de nosotros.
—Muy cierto. Podemos volver a salir un día que ambos libremos. ¿Estás de acuerdo?
—Me parece una buena idea. Gracias, Noah.
Noah me dejó en la puerta de mi edificio y se fue.
Se despidió con la promesa de volver a vernos, pero no insinuó subir, y yo tampoco lo invité.
Al entrar en casa, me dejé caer en el sofá.
La frustración empezaba a mezclarse con un malestar creciente: me dolía la cabeza, las piernas me pesaban y me sentía completamente destemplada. Tenía la sensación de estar afiebrada.
Fui hasta mi maletín, busqué el termómetro y me lo coloqué bajo el brazo. Como sospechaba, tenía más de 38 °C. No me sorprendió. En las últimas semanas, en el hospital abundaban los casos de influenza.
Me duché, tomé un analgésico y me metí en la cama.
A los pocos minutos, el sueño me arrastró sin ofrecer resistencia.
Un ruido seco me despertó.
El reloj de la mesa de noche marcaba las dos y diez de la madrugada.
Intenté incorporarme, pero todo me dio vueltas. Seguramente la fiebre había subido. Antes de que lograra salir de mi dormitorio, la puerta se abrió.
—Ya estás acá —dijo Elena entre risas—. Veo que tu cita fue un fracaso porque pareces una muerta en vida. Yo, en cambio, la pasé increíble.
—Me alegro por ti, Elena. Estoy afiebrada y no me siento nada bien. Te agradecería que no hagas tanto ruido; necesito descansar.
—¡¿Estás enferma?!
—Es influenza. Y es bastante contagiosa, así que deberías mantener distancia —aconsejé.
Aunque era cierto y buscaba cuidarla, también me ofrecía la excusa perfecta para estar tranquila.
—No, no, no. Si estás enferma, yo no puedo quedarme aquí. Me voy unos días a lo de un amigo. No puedo enfermarme ahora; la estoy pasando demasiado bien.
—¿Un amigo? —pregunté, desconcertada. Tenía entendido que vivía conmigo porque no tenía dónde ir.
—El hombre con el que estoy saliendo. Le voy a pedir que me deje pasar unos días en su casa porque, justo ahora, a mi hermana se le dio por enfermarse.
Negué con la cabeza. Una punzada en la nuca me obligó a cerrar los ojos por un instante.
—No elijo cuando enfermarme, Elena. Pero me parece bien que no te quedes acá. Llámame si tienes síntomas y te digo qué medicina tomar.
—¡No puedo creerlo! Me voy ahora mismo —dijo, y cerró la puerta tras de sí.
Ni siquiera me preguntó si necesitaba algo .
Pero ese pensamiento se disipó casi al instante, arrastrado por el peso del cansancio y la fiebre.
Qué cama más bonita. Ahora mismo eres lo que más quiero en el mundo.
La cama me cobijó como si fuera el único lugar del mundo que aún no exigía nada de mí.