Capítulo 6
«Dentro de un abrazo puedes hacer de todo: sonreír y llorar, renacer y morir. O quedarte quieto y temblar adentro, como si fuera el último»
—Charles Bukowski
Doriana
—¿ H ola? —la voz de Carlota llegó como desde lejos, acompañada del leve vaivén de su mano frente a mi rostro—. ¿Hay alguien ahí?
Parpadeé y volví a enfocarme en ella.
—Perdón —murmuré—. Estaba pensando en…
—En el rubito de tu vecino —completó ella, inclinándose apenas hacia adelante, como si así pudiera arrancarme la confesión—. ¿No?
Suspiré, dejando escapar el aire con resignación.
—Es que me lo encuentro en todas partes y… no sé… me desestabiliza. Me descoloca.
Carlota entrecerró los ojos. Ese gesto suyo, a medio camino entre la burla y la perspicacia, que siempre anunciaba un veredicto.
—Ajá.
—¿Qué significa ese «ajá»?
Se recostó en la silla, cruzándose de brazos.
—Es que no recuerdo haberte oído decir algo así de ningún hombre. Ni siquiera de Amadeo… y eso que fue tu relación más larga.
—Es que Amadeo era tranquilo —respondí, encogiéndome de hombros—. Previsible. Este hombre es… avasallante. .
La mirada irónica de Carlota se acentuó.
—Ajá.
—Deja de decir eso.
—El tranquilo de Amadeo era un infiel —replicó sin rodeos—. Así que no me vengas con esas. Está claro que el rubito buenorro sabe lo que quiere y no se anda con vueltas. ¿Qué hay de malo en eso? Yo creo que… le está dando resultado.
Negué con la cabeza, aunque no estaba del todo segura de mi propia respuesta.
—Te equivocas. Su actitud está logrando lo contrario: no quiero volver a cruzarme con él.
—¿Te asusta su forma de ir de frente? Solo es directo.
—No es eso. —Hice una pausa, buscando las palabras adecuadas porque sabía que mi respuesta no le iba a gustar—. Ya te dije que entre nosotros no puede pasar absolutamente nada porque…
Carlota soltó una carcajada breve, cargada de incredulidad.
—¿Por Elena? —bufó—. ¿De verdad? A tu hermana primero deberías sacarla de tu casa lo antes posible, y luego de tu conciencia. Si le dieras una oportunidad a… ¿cómo se llama?
—Astor.
—A Astor, a Elena lo único que le romperías sería su orgullo. Perdóname, pero la presuntuosa de tu hermana te tiene una envidia atroz. Esa mujer es una arpía y, por más que sea tu hermana, deberías mantenerla lejos.
Fruncí el ceño, aunque su dureza no me sorprendía.
—No es mala —dije, más por lealtad que por convicción—. Solo tiene un carácter difícil.
—¿Que no es mala? ¡Es una víbora! Una completa perra. Yo me andaría con cuidado.
Le dirigí una mirada amonestadora, pero, en el fondo, no podía culparla por pensar así. Elena siempre había sido antipática y grosera con ella por ser mi amiga. Y nunca había hecho el menor esfuerzo por ocultar su desdén hacia Carlota.
—No me mires así —insistió—. Tengo razón. Y también la tengo cuando digo que deberías salir con Astor… y echar a tu hermana de una vez.
—En lo segundo, no te discuto.
Eso pareció arrancarle una mínima victoria. Se levantó de la mesa con un suspiro, como si ya hubiera agotado su cuota de paciencia.
El murmullo de la cafetería del hospital nos envolvía: el tintinear de los cubiertos, las conversaciones a media voz, el ir y venir constante del personal.
—Si no quieres salir con Astor —añadió, mirándome con seriedad—, entonces dale una oportunidad al doctor Noah Pointer. Es guapísimo, encantador y siempre me pregunta por ti.
La miré y me coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Es que estoy cansada. Necesito parar y descansar.
—Podríamos tomarnos un día para ir al spa —me propuso—. Tengo un vale que me regalaron en mi cumpleaños y se debe estar por vencer.
—Eso es mentira. Lo dices para que convencerme —afirmé con total seguridad.
Se mordió el labio para no sonreír. La conocía mejor de lo que ella pensaba.
—Entonces, acepta salir con Noah y pásalo bien. Déjate llevar y no pienses tanto.
—Sí, creo que es el momento de que salga y me distraiga porque…
—No dejas de pensar en Astor.
—Deja de interrumpirme.
—Solo digo lo que tú no quieres admitir. —Se inclinó para despedirse, aún sonriendo—. Nos vemos luego. Avísame si sales con Noah porque quiero todos los detalles. Tu vida se ha puesto interesante.
La vi alejarse entre las mesas, ligera, casi satisfecha.
Me quedé un momento en silencio, observando su silla vacía.
Tal vez Carlota tenía razón.
Tal vez lo más sensato era aceptar la invitación de Noah Pointer, salir, distraerme… y dejar de pensar en Astor.
Astor…
Me levanté finalmente y abandoné la cafetería, arrastrando conmigo esa inquietud persistente, mientras retomaba el ritmo de la jornada, decidida a sacármelo de la cabeza.
Esa noche tenía una cita con el doctor Pointer.
Había insistido en invitarme a cenar y, después de mi conversación con Carlota y del torbellino de emociones que Astor había dejado en mí durante los últimos días, acepté sin detenerme a pensar demasiado, como si decir que sí fuera más fácil que enfrentarme a lo que realmente sentía.
Al regresar del hospital, me crucé con Elena, pero apenas intercambiamos un par de palabras. La vi arreglarse y asumí que también tenía planes. Pero no pregunté.
Me puse un vestido negro que se ceñía a mi cuerpo con sensual elegancia. Me maquillé con cuidado y recogí mi cabello en una coleta suelta, dejando que algunas ondas escaparan con deliberada despreocupación.
Íbamos a cenar en un elegante restaurante ubicado en el emblemático Palacio de Saldaña. Quedamos en encontrarnos allí. Él saldría del hospital a las ocho y yo vivía lo bastante cerca como para llegar caminando sin apuro.
Ya lista, salí de mi dormitorio. En ese momento, Elena estaba abriendo la puerta principal para irse.
—¿Vas a salir? —preguntó, y su mirada descendió lentamente por mi cuerpo con cierto desdén.
—Sí. Seguramente llegue tarde.
—Yo también tengo una cita… —dejó la frase suspendida, saboreando el momento—. Y te morirías si supieras con quién.
Esperó unos segundos a que le preguntara, pero no le di el gusto. Abrió la puerta y se marchó con media sonrisa.
Tal vez su actitud era porque su cita era con Astor. Esa idea me incomodó. Él me había dicho que no tenía interés en salir con Elena, pero quizá, después de mi rechazo, lo había reconsiderado.
Tomé el bolso con más fuerza de la necesaria, como si con ese pequeño gesto pudiera contener lo que empezaba a inquietarme.
—Allá ellos. No son asunto mío —murmuré.
Salí y me dirigí al ascensor. Mientras esperaba, el teléfono vibró: Noah me avisaba de que estaba saliendo del hospital. Respondí con rapidez, diciéndole que yo también iba en camino.
El pitido del ascensor me avisó de que había llegado. Estaba guardando el teléfono y…
—Hola, Doriana.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Mi mano se quedó suspendida dentro del bolso, aferrando el teléfono con fuerza. Alcé la cabeza despacio, como si retrasar ese instante pudiera protegerme de lo inevitable. Porque ya sabía lo que me iba a encontrar.
—Buenas noches, Astor.
Allí estaba, ocupando el espacio con una intensidad que parecía reducir el aire disponible.
Sus ojos me recorrieron de arriba abajo sin prisa, como si me acariciara sin tocarme. Sentí cómo la piel me ardía bajo el vestido.
El ascensor emitió un pitido y obligué a mis piernas a moverse. Las puertas se cerraron y comenzó a descender. Me moví hasta el extremo opuesto. Le di la espalda y quedé mirando hacia la puerta.
Podía sentirlo igual.
Detrás de mí.
Presente.
Y me molestaba que me faltara el aire.
Lo extraño era que verlo me provocó un cosquilleo cálido de alegría en el estómago, algo que la cita con Noah no había conseguido despertar. Y eso también me molestaba.
—¿Cómo estás, Doriana? —Su voz sonó más cercana de lo que debía. Como si hubiera dado un paso sin que yo lo notara.
—Bien, gracias.
—Te ves hermosa. ¿Vas a salir?
—Mi vida no es de tu incumbencia, Astor.
Hubo un silencio breve.
—Créeme, eso quisiera —murmuró.
El sonido de sus pasos fue suave y, antes de que pudiera reaccionar, se situó frente a mí. La distancia entre nosotros era mínima. Peligrosa.
—Y este vestido que llevas… —su voz bajó apenas— no me está ayudando para nada.
Levanté la barbilla y me forcé a mirarlo con una seguridad que no sentía.
—No empieces con esos comentarios. Además, tengo una cita.
Algo cambió en su expresión. Me di cuenta de que se le dilataron las fosas nasales antes de pasarse la mano por el pelo.
Llevaba una camisa negra abierta lo justo para dejar ver la piel bajo su clavícula. Y mi mirada, desobediente, cayó ahí sin poder evitarlo.
—Pensé que tenías horarios complicados y siempre estabas cansada —dijo, repitiendo mis palabras.
—Cuando tengo interés, hago excepciones. Hoy, por ejemplo.
El silencio volvió a crecer entre nosotros. De pronto, me sentía nerviosa y fuera de control.
—¿Y por qué no puedes hacer una excepción conmigo? —preguntó.
La pregunta no fue desafiante, fue honesta. Y de repente, me pareció más cansado que yo.
—Ya hablamos de esto, Astor.
El ascensor llegó a la planta baja y abrió sus puertas.
Ninguno de los dos se movió.
Entonces me miró distinto. Me pareció ver inquietud en sus ojos. Como si algo le preocupara.
Quería apartar la mirada, pero no podía.
—¿Van a salir? —preguntó una voz desde afuera.
Parpadeé, como si despertara.
Desvié la mirada y me enfoqué en la mujer que quería entrar en el ascensor.
—Sí, disculpe.
Salí rápidamente y sin mirar atrás. Era como si no sintiera el suelo bajo mis pies.
—Doriana…
Su voz me alcanzó antes de que pudiera huir del todo. Me detuve y giré hacia él.
Se acercó sin prisa.
Cuando estuvo frente a mí, inclinó apenas el rostro. Sentí su respiración rozar mi piel un segundo antes de que sus labios tocaran mi mejilla.
Fue un beso suave, contenido… y, sin embargo, arrollador.
—Espero que lo pases bien —susurró en mi oído, tan cerca que el calor de su voz descendió como una corriente por mi espalda.
Luego me miró como si aquel beso también le hubiera dolido.
Y se fue sin mirar atrás.
Me quedé inmóvil, pero con el pulso desbocado.
Después de unos segundos, solté todo el aire retenido.
Tenía una cita con Noah. Pero, en realidad, lo único que quería era correr detrás de Astor.