Capítulo 5
«Todos merecemos a alguien que nos mire como si fuéramos su deseo cumplido»
—Anónimo
Doriana
—¿ Q uién vino a cenar anoche? —preguntó Elena, al entrar en mi dormitorio sin llamar, fiel a su costumbre.
La escuché.
¿Cómo no hacerlo si entró a los gritos?
Pero no me moví ni abrí los ojos.
—¿Me escuchaste?
—Elena, ¿podrías dejarme descansar? Ayer trabajé todo el día y llegué de madrugada.
—Por toda la comida que hay en la nevera, diría que no cenaste sola —afirmó, sentándose en el borde de mi cama sin mucha delicadeza.
Seguí con los ojos cerrados, pero sabía que, si no respondía, no me dejaría dormir. Además, no tenía intención de ocultárselo.
—Cené con el vecino. Fue él quien pidió comida.
—¿Vecino? ¿Hablas de Astor? ¿Cenaste con él?
Abrí los ojos y la miré. Elena desencajó la mandíbula y me observó estupefacta, como si acabara de escuchar una aberración.
—¡No lo puedo creer! ¿Te estás acostando con él?
Me incorporé con un suspiro. Mi descanso había terminado.
—No me estoy acostando con él. Solo cenamos.
—¿Solo cenaron? Hasta que yo te lo presenté, ni siquiera lo conocías… ¿y ahora resulta que lo invitas a cenar? ¿Pretendes quitármelo, mosquita muerta?
Negué con la cabeza e inspiré hondo, intentando no alterarme, como siempre, a base de pura fuerza de voluntad.
—Yo no lo invité. Nos encontramos por casualidad y… —me interrumpí, clavando en ella una mirada firme—. No tengo por qué darte explicaciones sobre mi vida. Ahora sal de mi dormitorio y déjame dormir.
—¡Ni hablar! Vas a decirme qué demonios está pasando entre Astor y tú. ¿Quieres quitármelo?
—¿Quitártelo? ¿Estás saliendo con él? —pregunté. Aunque entre nosotros no había nada, por alguna razón me incomodó imaginarlo con Elena.
—¿Para qué crees que lo invité la otra noche? ¿Para charlar sobre nuestras vidas? Por supuesto que me lo quiero follar. Así que apártate de mi camino. ¿Entendiste?
—No, no lo entendí. Ahora sal de mi dormitorio y déjame dormir.
—Solo te lo advierto, Doriana… yo siempre consigo lo que quiero.
Volví a recostar la cabeza sobre la almohada.
—Perfecto. Suerte con eso.
Salió dando un portazo.
Cerré los ojos, pero no pude volver a conciliar el sueño.
Era mi día libre, así que pensaba aprovecharlo.
Además, el día estaba soleado y cálido, ideal para perderse sin rumbo.
Me gustaba mucho caminar, así que decidí regalarme el día recorriendo la ciudad, sin prisas ni excusas.
También necesitaba descargar —aunque fuera una parte— la tensión acumulada tras la discusión con mi hermana.
Vivía en el barrio de Salamanca y, desde allí, salí rumbo al Parque del Retiro.
En cuanto puse un pie en la calle, respiré hondo: aspiré el aire que tanto me faltaba en mi piso desde… desde que ya no vivía sola.
Mientras caminaba, escuchando la canción Fall Into Me, de Forest Blakk, en mis AirPods , comencé a darle vueltas a lo que Elena me había dicho sobre Astor.
¿Por qué me molestaba que ella quisiera seducirlo?
Sí, me parecía atractivo. ¿A quién no?
Era demasiado guapo, demasiado atento y peligrosamente sexy para lo que le convenía a mi estabilidad.
Pero bien podía ser el mismísimo Adonis en persona que, por más tentador que fuera, si Elena estaba de por medio, yo no pensaba meterme allí…
aunque el premio valiera la pena. Ya tenía suficientes problemas con ella como para buscarme más.
Cuando llegué al parque, comencé a trotar; me había puesto ropa de deporte con ese propósito. Me gustaba correr porque el movimiento me ayudaba a engañar a la cabeza.
No habían pasado ni diez minutos cuando alguien se colocó a mi lado y se acopló a mi ritmo.
Volteé… y me encontré con un rostro de esos que te invitaban a mirar una segunda vez, y una tercera, solo para confirmar que era real. Un rostro que te hacía contener el aliento.
—¿Qué haces aquí? ¿Me estás siguiendo? —pregunté, deteniéndome de golpe y quitándome los AirPods.
Astor también se detuvo y me miró sonriente. Demasiado cómodo. Demasiado consciente del efecto que causaba. Seguramente, mi desconcierto debió de ser más que evidente.
—Yo podría decir lo mismo, doctora. Siempre que puedo, vengo a correr aquí, pero es la primera vez que te veo.
—Por supuesto que no te estoy siguiendo. Es mi día libre y decidí salir a… Bueno, no tengo que darte explicaciones. Te agradezco lo de la cena de ayer… pero creo que es mejor que no nos veamos más.
Algo en su expresión cambió, apenas un gesto, una tensión mínima.
—¿Por qué? Somos vecinos. ¿Qué tiene de malo que nos veamos, compartamos actividades y tratemos de conocernos?
—Nada de malo, pero…
Me quedé pensando en cómo rebatirle su argumento sin mencionar a Elena, pero nada vino a mi mente.
—¿Pero…?
—Yo tengo horarios complicados y siempre estoy cansada. —Tomé aire—. Me gusta la soledad y… escuchar música mientras troto o camino.
Astor amplió su sonrisa. Como si acabara de escuchar justo lo contrario.
—Entiendo. Podemos correr juntos, solo haciéndonos compañía. Prometo no hablarte.
—Me gusta hacerlo sola —repetí, cruzándome de brazos.
—Vamos, doctora… —Se acercó despacio. Demasiado—. ¿Qué tiene de malo? —susurró en mi oído. Tenía esa voz que no se escuchaba: se sentía. Baja, cálida… directa al estómago. O quizá más abajo.
Sin apartarse, inspiró hondo y rozó con sus labios el lateral de mi garganta, raspándome levemente con su barba de un par de días. Mi piel reaccionó como si lo hubiera estado esperando.
Cerré los ojos.
Era ridículo. Tenía que demostrarle que no me afectaba, pero fracasaba con cada orden que le daba a mi cerebro.
Como pude, me aparté.
—¿Q-qué haces?
—Te hice una pregunta.
—¿Q-qué pregunta?
Sonrió como si acabara de ganar algo. Me tomó de la mano y tiró suavemente de mí.
—Como sea… ven, caminemos un poco.
Y caminamos juntos, pero solté la mano para ocultar los temblores con una fingida calma que no me creía ni yo. Me inquietaba su sola presencia. La forma en que se sentía su cercanía. La solidez de su mirada, cargada de intenciones ocultas… o no tan ocultas.
—¿Lo haces para hacer más entretenida tu mañana?
Se quedó callado un segundo.
—¿El qué?
—Provocarme.
—No lo hago. Y, respecto a lo de la mañana entretenida, podríamos hacerla aún más interesante. ¿No crees?
—¿Por qué todo lo que dices hoy tiene doble sentido?
—También soy inocente de ese cargo. Creo que es tu mente la que le da otros significados.
Sus ojos, de un intenso celeste, brillaron con una intención que no se molestó en ocultar.
Yo bufé.
—Ves, es como yo digo: solo quieres provocarme.
—Lamento que pienses que ese es mi objetivo, porque lo que realmente quiero es otra cosa.
—¿Qué quieres, entonces?
—Que te rindas. Quiero que la pasemos bien. Juntos.
Me detuve. Él también.
—Espero que estés bromeando.
—No lo hago.
—Astor… no sé realmente qué pretendes, pero de verdad… no va a pasar.
—¿Por qué? ¿Tienes pareja?
—No es eso.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Tenía que ser sincera para cortar esa situación de raíz. Parecía un hombre demasiado seguro de sí mismo.
—Mi hermana.
—¿Tu hermana? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Estabas con ella cuando te conocí. Yo no salgo con… lo que sea que tú seas de ella.
Astor rio. Abiertamente. Sin culpa.
—No soy nada de tu hermana. Solo la vi esa noche y ni siquiera volvimos a hablar.
Y, para ser totalmente sincero, acepté su invitación para tomar algo en tu piso porque te quería ver a ti.
Ya me había cruzado contigo y sabía que vivías allí.
No pasó ni pasará nada con tu hermana. ¿Quedó claro? —La mirada que me dirigió fue decidida.
—Elena no piensa lo mismo.
—No me interesa Elena. —Se acercó un poco más y yo retrocedí, pero, en cuestión de un segundo, me rodeó con los brazos y deslizó las manos por mi trasero, firmes, seguras.
Fue tal la impresión, que mis brazos quedaron inertes a cada lado de mi cuerpo. Pero no me aparté ni un solo milímetro.
Su boca volvió a encontrar mi cuello, esta vez sin dudas, sin pausa, como si ya supiera exactamente dónde.
Y lo peor era que… no estaba segura de querer detenerlo.
Hasta que reaccioné.
Lo alejé de un empujón.
Él pareció momentáneamente confuso.
—Basta. Creo que es mejor que cada uno siga por su lado.
No esperé respuesta y salí corriendo, con el pulso desbocado y el cuello ardiendo donde aún sentía su boca.
Corrí como si me estuviera siguiendo el mismísimo diablo.
Que en realidad no me seguía. Se había quedado de una pieza.
¿Sería que nunca lo habían rechazado?
No me extrañaba. Porque no tenía problema en admitir que él era… devastador.