A un latido de ti Capítulo 4
10%

Capítulo 4

«Te cruzaste en mi camino y se me olvidó adónde iba»

—Anónimo

Astor

D espués de guardar la comida sobrante y dejar la cocina en perfecto orden, salí del piso de Doriana y me encaminé al mío.

Aunque estaba fundido, ya no era el cansancio lo que me mantenía inquieto.

Aquella noche había tomado la decisión de regresar temprano y no quedarme hasta el cierre de Vértigo 360 , el bar del que era propietario, porque necesitaba dormir.

En las últimas semanas, el local había estado tan concurrido que el agotamiento parecía habérseme instalado en los huesos.

Aun así, no podía evitar sentirme satisfecho.

El negocio prosperaba: se había convertido en uno de los locales más codiciados de Madrid.

Pero el éxito exigía entrega y compromiso.

Las tardes se me iban en la organización; las noches, en la supervisión constante del local.

No me quejaba. Gracias a Vértigo, estaba amasando una fortuna considerable.

Hacía lo que me gustaba y, además, lo hacía bien.

Sin embargo, había algo —alguien— que perturbaba esa reciente tranquilidad: mi vecina, la doctora.

Ella no tenía idea de lo que me ocurría.

Doriana creía que nos habíamos conocido el día en que me encontró en su piso con su hermana.

Pero no.

Yo la había visto mucho antes.

Y nunca la olvidé. Pero pretendía ocultarlo bajo capas de deliberado interés.

¿Por qué?

Porque ella había sido la doctora de guardia cuando ingresaron a mi abuelo con un dolor feroz en el pecho.

Pero… no le salvó la vida.

Recordaba vagamente sus palabras al salir a darnos la noticia, pero no olvidé las lágrimas que corrían por sus mejillas ni cómo no dejaba de pedir perdón.

Lloraba como si la pérdida también le perteneciera.

Pero ella no podía sentir lo que estábamos sintiendo mi madre y yo.

Para ella, quizá solo había sido un paciente más.

Nunca pude perdonarla.

O quizá nunca supe cómo hacerlo.

¿Cómo iba a hacerlo, si por ella había perdido al hombre que ocupó el lugar de mi padre y al que adoraba con todo mi corazón?

También recordaba cómo mi madre se quebró en ese instante, y cómo Doriana no dudó en acercarse para abrazarla. Pero eso no fue suficiente para mí.

Yo solo… me quedé allí, inmóvil, sintiendo cómo el dolor me desgarraba por dentro mientras observaba a la mujer que, en mi mente, había dejado que la vida de mi abuelo se le escapara entre las manos.

Después busqué respuestas.

Todos los médicos coincidían en lo mismo: pese a la rápida intervención de Doriana, no se había podido hacer nada. Mi abuelo había sufrido un infarto agudo de miocardio, un ataque cardíaco repentino y fatal provocado por la obstrucción total de una arteria coronaria.

Palabras vacías. Palabrería de médicos que no significaba nada para mí.

Nada indicaba mala praxis. Es más, todos coincidían en que, pese a su juventud, era una profesional extraordinaria. Una eminencia.

Para mí, sin embargo, solo era la doctora que no había salvado a mi abuelo. Y su juventud no me ayudaba con eso.

Porque necesitaba que alguien tuviera la culpa… aunque supiera que no era justo.

Meses después, mientras buscaba un lugar donde vivir cerca de Vértigo , fui a ver el piso en el que vivo ahora. No sabría decir si fue una broma del destino o los hilos de la casualidad, pero terminé comprando el piso que quedaba justo encima del suyo.

El día que la vi subir al ascensor, me sorprendí con el corazón en un puño.

Más sorprendido aún por mi reacción interna.

No pude decirle nada. Porque, al verla entrar, parecía alguien que no encajaba en absoluto con la imagen que yo había construido de ella.

Parecía demasiado… luminosa. Y me descubrí conteniendo un impulso absurdo de tocarla, solo para comprobar que era real.

No pude dejar de observarla.

Y eso me molestó.

Es que la mujer era… perfecta.

Su melena rubia hacía resaltar unos ojos celestes preciosos, demasiado dulces… demasiado hermosos. Tanto que resultaban intimidantes.

Estaba completamente hipnotizado.

Pero Doriana jamás se fijó en mí.

Siempre la veía llegar cansada, absorta en sus pensamientos, sin prestar atención a lo que la rodeaba. Incluso, una vez la vi llegar de la mano del que entonces era su novio. Y, por alguna razón que no supe explicarme, aquello me molestó mucho más de lo que debería.

Cuando acepté la invitación de su hermana para tomar algo en su piso, lo hice únicamente por la oportunidad de conocer y acercarme a Doriana.

Y, al menos desde aquel día, conseguí que supiera que yo existía.

Pero también tenerla cerca y verla simplemente como una persona hizo que empezara a sentir que algo no encajaba con el rechazo que creía sentir hacia ella.

Aquella noche se la veía vulnerable, fuera de eje, y tenía que admitir que yo tampoco sentía que lo tuviese todo bajo control.

No sabía muy bien por qué quería acercarme a ella.

Si era necesidad de respuestas… o la necesidad de hacerle sentir el dolor que yo había sufrido.

Pero… algo no terminaba de encajar.

Nada de lo que despertaba en mí su cercanía se correspondía con el rencor que creía guardar.

¿Por qué, cuando la veía sonreír, sentía que todo se desarmaba dentro de mí?

Aún no sabía cuáles eran mis propósitos con la doctora Doriana Delacroix.

Pero sí sabía que alejarme ya no era una opción.

—¿Cenaste con ella? —aulló Octavio, mi mejor amigo y, además, uno de mis empleados en Vértigo .

Era el único al que le había hablado de Doriana y de todo lo relacionado con mi abuelo.

—No pongas esa cara. No fue nada romántico. Sabes perfectamente que con ella jamás podría tener algo así.

—¿Por qué no? Tú mismo confirmaste que ella no tuvo nada que ver. Que no había nada que ella pudiera hacer.

—Quizá no sea justo… pero, para mí, ella sigue representando ese momento de mi vida. El peor.

Octavio entornó los ojos, como si quisiera escarbar más allá de mis palabras.

—No lo entiendo. Entonces, ¿qué demonios buscas acercándote a ella y haciendo de príncipe encantador?

Silencio.

—¡Jodida mierda! —exclamó de pronto, abriendo los ojos de par en par—. ¡Te la quieres follar como una especie de castigo!

Solté una risa seca, sin humor.

—¿No puedo?

—Claro que no puedes. Tú no eres esa clase de hombre, Astor.

¿Qué te pasa? —exhaló, pasándose una mano por el rostro con frustración—.

Puedo entender que ella represente algo doloroso para ti, pero si te atrae, no te acuestes con ella solo porque crees que eso va a hacerte sentir mejor. Será todo lo contrario, te lo aseguro.

—No lo creo…

—¿La vas a seducir para… vengarte?

—No es una venganza —afirmé—. Solo quiero dejar de verla. Y no voy a ser yo quien se marche del edificio. Si ella llega a despreciarme lo suficiente como para no querer verme… entonces será ella quien se vaya.

—¿Tu plan es buscar que te odie?

—Exacto.

—¿Y estás seguro de que es solo eso?

Aparté la mirada de mi amigo y la dejé perderse en la terraza vacía del local. Eran las seis de la tarde y todavía estaba cerrado. Solo estábamos los empleados y yo.

Menos mal que Octavio no sabía leer mentes. De lo contrario, habría descubierto lo que de verdad me provocaba la doctora: pensamientos que no tenían nada que ver con alejarla. Más bien todo lo contrario.

Tamborileé los dedos sobre la mesa.

—Muy seguro.

—¿Y a ella le gustas?

—No tengo ni idea.

—Bueno… no sé qué demonios te ven, pero las mujeres caen rendidas a tus pies —dijo, arrancándome una risa breve.

Sabía que era un tío que causaba impresión. No tenía problemas con las mujeres. Pero siempre eran encuentros fugaces, historias de una o dos noches y nada más. A mis treinta y dos años, eso era exactamente lo que buscaba, y no sentía la menor necesidad de cambiarlo.

—Astor, aquí tienes el café que pediste —dijo Ámbar, una de mis empleadas.

—Gracias, Ámbar.

Cuando se alejó, Octavio me lanzó una mirada significativa.

—Otra de tus enamoradas. Lo sabes, ¿verdad?

Me había dado cuenta de que Ámbar tenía una especie de enamoramiento conmigo. Pero, aunque era una mujer bonita, también era mi empleada, y yo siempre había trazado una línea clara entre el trabajo y mi vida personal.

—Ya se le pasará —respondí, dándole un sorbo al café.

—En fin… con respecto a la doctora, espero que recuperes la cordura.

—Pensaré en ello.

—No sé por qué, pero me da que vas a tener que hacer un gran esfuerzo.

—¿Qué quieres decir?

—Nada en particular —respondió con una sonrisa extraña—. Quizá seas tú quien debería andarse con cuidado.

Octavio me sostuvo la mirada unos segundos antes de levantarse y volver al trabajo.

Yo me quedé sentado, incapaz de quitarme de encima aquella extraña sensación de premonición que habían dejado sus palabras.