Capítulo 3
«El secreto no es correr detrás de las mariposas... es cuidar el jardín para que ellas vengan hacia ti»
—Mario Quintana
Doriana
E sa noche, un grave accidente de tráfico en una de las principales avenidas de Madrid convirtió el Servicio de Urgencias en un torbellino.
Salía de un box para entrar directamente en otro.
Llevaba horas resistiendo con apenas el desayuno en el estómago.
Estaba exhausta. Y, sin embargo, cada vez que un paciente requería mi atención, el cansancio se desvanecía.
Permanecía alerta, precisa, completamente concentrada.
Solo cuando todo terminaba, el agotamiento volvía a caer sobre mí con todo su peso.
Había perdido la noción del tiempo; ya no sabía ni en qué día vivía. Era tal mi cansancio que, al salir del hospital, opté por tomar un taxi. No confiaba en ser capaz de mantenerme despierta al volante.
Entré en mi edificio casi por inercia. El portero nocturno debió advertir mi estado, porque se apresuró a llamar al ascensor, un gesto que agradecí en silencio.
Una vez dentro, me dejé caer contra una de las paredes, entregándole todo el peso de mi cuerpo.
El ascensor iba a cerrarse cuando una gran mano se interpuso entre los sensores de la puerta.
Maldije para mis adentros. Solo quería llegar cuanto antes a mi piso y dormir.
El problema fue que la persona que entró me obligó a espabilarme. Él, en cambio, no pareció sorprendido de verme.
—Doriana, ¿cómo estás?
—Buenas noches, Astor —saludé, bajando la mirada. Aún me avergonzaba el recuerdo del beso de la noche anterior.
—¿Siempre sales de trabajar así de cansada?
—No siempre. Hoy fue una jornada especialmente larga por un accidente de tráfico.
—Sí, escuché algo. Espero que no haya sido grave.
—Hay que esperar la evolución de algunos pacientes. Las próximas horas serán decisivas —dije, aferrándome al terreno seguro de lo profesional.
—Para algunas personas… debes ser así como un ángel —añadió.
No supe qué responder. El ascensor llegó al piso catorce —mi piso— y, en cuanto se abrieron las puertas, salí apresurada. Ese hombre me alteraba más de lo que debería.
Me detuve frente a mi puerta y comencé a buscar las llaves en el bolso. Al ser la madrugada del sábado, imaginé que Elena no estaría, lo cual me tranquilizó.
Un ruido a mi espalda me hizo girar.
—Astor, ¿por qué estás aquí? Creí entender que tu piso era el siguiente.
—Porque son las tres de la madrugada y estás a punto de quedarte dormida de pie. Voy a asegurarme de que llegues a la cama… pero también de que antes comas algo. Dijiste que no paraste en todo el día; supongo que tampoco comiste.
—¿Qué?
—Lo que oye, doctora —repitió, sin perder la calma—. Veo que cuidas la vida de los demás, pero descuidas la tuya. Hoy voy a devolverte una mínima parte de lo que haces por otros. Voy a cuidar de ti.
—Soy adulta y no necesito que me cuiden. Adiós, Astor.
Volvió a interponer la mano —esa vez sobre mi puerta—, impidiendo que la cerrara.
—Astor, de verdad estoy cansada. Solo quiero ir a la cama.
—Entonces no perdamos tiempo.
—¿Para qué? —pregunté, desconfiada.
Él sonrió con cierta picardía, y aquello bastó para hacerme sonrojar.
—Eres muy desconfiada. Mis intenciones son honorables. Solo quiero ayudarte.
—Te lo agradezco, pero no lo necesito y…
—De hecho… me debes una —me interrumpió—. Ya sabes, por lo de anoche.
Me volví a ruborizar sin remedio al recordar nuestro beso.
—¿Y piensas cobrártelo cuidándome? ¿Qué eres, un santo? —ironicé.
—No tengo nada de santo, te lo aseguro. Además, puedo cobrarte de la forma que me apetezca.
—Estás bromeando, ¿verdad?
—En absoluto. No perdamos más tiempo, doctora.
Sin esperar respuesta, abrió la puerta con naturalidad y se dirigió hacia la cocina. Decidí que no tenía sentido seguir discutiendo.
—¿Cómo sabes dónde está la cocina? ¿Has venido muchas veces a mi piso? —pregunté, sospechando que había estado allí con Elena.
—No, solo la noche en que te conocí. Conozco tu piso porque es idéntico al mío, Doriana. Aunque el tuyo es bastante más elegante —respondió, mientras seguía caminando.
—No sé si hay algo —dije, al verlo abrir la nevera—. No he tenido tiempo de hacer la compra.
—¿Y tu hermana? ¿No ayuda? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Prefiero no hablar de ella.
—Bien. Entonces pediré algo. Conozco un lugar que pueden traernos comida con bastante rapidez. Además, cocinan de maravilla.
—Haz lo que quieras —cedí—. Voy a cambiarme.
Lo vi sacar su teléfono y supuse que iba a llamar al delivery . Me dirigí al dormitorio porque era evidente que no pensaba irse.
Ya me había duchado en el hospital, así que me puse un camisón, mi bata y unas pantuflas. Salí del dormitorio sin saber con qué iba a encontrarme.
La sorpresa fue inmediata cuando en la barra de la cocina vi un despliegue de platos que parecían deliciosos.
—¡Madre mía! ¿Invitaste a alguien más? —pregunté, sentándome en uno de los taburetes.
—No sabía qué te gustaba, así que pedí un poco de todo.
Me dejó sin palabras.
Era un gesto muy considerado de su parte… y, aunque me resistía a admitirlo, me agradaba que alguien cuidara de mí de ese modo. Pero no quería emocionarme demasiado. No con él.
—¿Comerás conmigo? —pregunté.
—Si no te molesta…
Reí suavemente.
—¿Y ahora te preocupa eso? Siéntate.
Esa vez fue él quien sonrió antes de acomodarse a mi lado.
—Esta comida se parece bastante a la del bar que fui ayer. Recuerdo la carta...
—Es de allí —confirmó, sin mirarme.
—¿Eres amigo del dueño?
—Algo así —respondió.
No insistí. El hambre y el aroma podían más que mi curiosidad.
—Gracias por esto.
—Cuando quieras.
—Esto está muy bueno —dije, sin preocuparme por las formas.
Astor rio.
—Cuéntame algo, así no me duermo.
—¿Y por qué no me lo cuentas tú?
—Porque te aseguro que te aburrirías. Yo misma me aburro de mí —respondí, y él sonrió.
—¿Qué quieres saber?
En realidad, quería saber muchas cosas, pero no se las pensaba preguntar.
—No sé, lo que quieras contarme.
Se quedó pensativo un instante.
—Vivo en este edificio desde hace dos años, pero no me crucé contigo hasta hace poco más de un mes. Podría decirte incluso el día y la hora exactos.
El tenedor que me estaba llevando a la boca quedó suspendido en el aire. Y odié la manera en la que mi corazón se aceleró al escucharlo, y más aún cuando se acercó apenas un poco y retiró con el pulgar algo que había quedado en mi labio.
—Creo que es hora de que vayas a dormir —añadió, poniéndose de pie.
No discutí.
Necesitaba salir de allí.
—Sí… será lo mejor. Gracias por todo. Y deja todo así, ya me encargaré luego de guardar todo.
Asintió, y yo me fui directamente a mi dormitorio. Me dejé caer sobre la cama, atenta al sonido de la puerta al cerrarse… pero el sueño me venció antes de llegar a oírlo.
Dormí profundamente, sin pensar en el extraño comentario de Astor… ni en la inquietante facilidad con la que empezaba a colarse en mi vida.