A un latido de ti Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Miré a Carlota y a Hugo, quienes bailaban con pasos improvisados y reían a carcajadas. Sonreí. Levanté los brazos y cerré los ojos por un momento, sintiendo la música y olvidándome de todo.

Cuando la canción terminó, me acerqué a mi amiga para avisarle que iba al baño.

Me abrí camino entre el gentío y tuve que hacer una fila de varios minutos para poder entrar.

Al salir del baño, el pasillo estaba todavía más lleno que antes. Avancé como pude entre la gente hasta encontrar un tramo algo más vacío y silencioso. El calor dentro del bar era insoportable, así que me apoyé contra la pared y cerré los ojos apenas un instante, disfrutando del aire fresco.

—¿No te diviertes? —preguntó una voz masculina a mi izquierda. Una voz tan grave y seductora que el estómago se me encogió al instante. Una voz que no tardé en reconocer.

Abrí los ojos de inmediato y me volví despacio, casi con cautela.

Astor estaba a mi lado y me miraba con una sonrisa seductora. No pude evitar volverme a sorprender ante su presencia. Había algo profundamente magnético en su mirada, una combinación de seducción y simpatía. Era como si su presencia alterara algo en el ambiente.

—¿Qué haces aquí? —pregunté antes de pensar.

Su sonrisa se amplió.

—Supongo que lo mismo que tú. Aunque no pareces muy convencida de estar pasándola bien.

—Me estoy divirtiendo. Solo necesitaba aire.

—Hay una gran terraza, ¿sabes?

Lo miré entrecerrando los ojos. ¿Me estaba vacilando?

—Sí, lo tengo claro. Pero vine hasta el baño y aproveché a quedarme unos minutos en un lugar fresco. Pero tengo que volver con mis amigos porque…

Me detuve en seco, con la vista clavada en el hombre que caminaba por el pasillo y se acercaba a nosotros. Mi corazón dio un brinco.

Amadeo, mi ex, estaba allí. Y estaba acompañado. Caminaba con una preciosa chica de la mano. Quizá era la mujer con la que me había engañado. No la recordaba.

Era difícil imaginar una escena peor.

El aire abandonó mis pulmones de golpe.

No quería verlo, pero no tenía escapatoria.

—Mierda —susurré.

—¿Qué pasa? —preguntó Astor, preocupado—. ¿Te sientes mal?

Amadeo seguía acercándose. Todavía no me había visto, pero estaba a segundos de hacerlo.

—¿Doriana?

Volví la vista hacia Astor.

—¿Puedo pedirte…? ¿Puedes hacer algo por mí?

No dudó ni un segundo.

—Lo que sea.

—Te prometo que, si me haces este favor, voy a estar en deuda contigo. Hay una pareja que está viniendo hacia nosotros. No voltees —dije, en cuanto noté su intención—. Cuando lleguen, necesito que digas que eres mi… pareja.

Una sonrisa lenta apareció en su boca. No arrogante. Segura. Como si acabara de recibir exactamente la oportunidad que quería.

—Hecho.

Y entonces tomó mi mano. La calidez de su piel y ese contacto directo fueron como un bálsamo para mi nerviosismo.

En ese momento Amadeo levantó la vista y me vio. Su expresión cambió al instante. Soltó la mano de la mujer que lo acompañaba y caminó directo hacia mí.

—Doriana.

Intentó abrazarme, pero retrocedí automáticamente hacia Astor.

Y Astor reaccionó al instante.

Su brazo rodeó mi cintura con naturalidad absoluta y me acercó contra su cuerpo. El gesto fue firme, natural. Sus labios se posaron sobre mi coronilla como una clara señal de posesión. La sonrisa de Amadeo desapareció de inmediato.

Yo estaba paralizada.

Pero ya no era por mi ex.

Estaba demasiado ocupada pensando en lo bien que se sentía estar así con Astor.

—Qué gusto verte —dijo Amadeo, aunque seguía mirando el brazo alrededor de mi cintura—. Te llamé varias veces, pero no me atendiste. ¿Cómo estás?

—Muy bien, gracias —respondí, volviendo a la realidad e intentando recuperar la respiración.

—También te envié varios mensajes, pero…

—Te presento a Astor —lo interrumpí—. Él es…

—Su novio —terminó Astor con total calma, y sus dedos se ajustaron sobre mi cintura.

La chica que lo acompañaba finalmente llegó hasta nosotros, pero Amadeo ni siquiera la miró.

—¿Novio? —repitió.

—Astor, él es Amadeo, un… conocido.

—Encantado.

Astor extendió una sonrisa impecable, pero no la mano. Amadeo tampoco.

La tensión se volvió casi visible.

—Nos disculpan —continuó Astor con absoluta tranquilidad—. Tenemos que volver con nuestros amigos.

Sin apartar el brazo de mi cintura, me llevó hasta la terraza. Yo me movía como en piloto automático. Si bien no volteé a mirar a Amadeo, podía sentir que no apartó los ojos de nosotros mientras nos alejábamos.

Cuando llegamos junto a la barandilla, me apoyó suavemente contra ella y quedó frente a mí.

Muy cerca.

—Gracias —murmuré—. Era… mi ex. Y no me creí capaz de enfrentarlo sola.

—Un idiota.

—Un infiel, mejor dicho.

—Infiel, idiota… e hijo de puta —afirmó.

Eso me hizo sonreír de verdad.

—Así está mejor —dijo.

De repente, de manera completamente inesperada, tomó mi rostro entre sus manos.

Sentí el pulso dispararse. El corazón me bombeaba con fuerza.

—El infiel hijo de puta sigue mirando —susurró junto a mi oído—. Sígueme la corriente.

Y entonces… me besó.

Por unos instantes me quedé inmóvil en sus brazos, demasiado sorprendida para reaccionar. Pero entonces sus labios se movieron sobre los míos y sentí el toque de su lengua. Y todo pensamiento coherente desapareció. No quise ni pude protestar, solo corresponderle.

Me besaba lentamente, pero con una seguridad que me desarmaba. Su boca sabía a cerveza, y me pareció el mejor sabor del mundo. Un sabor adictivo.

Sus manos descendieron hasta mis caderas y me acercaron todavía más contra él, sin brusquedad, pero sin dejarme espacio para dudar.

Sabía que debía detenerlo. Lo sabía. Pero mi cuerpo no estaba de acuerdo.

Mis dedos terminaron enredándose en su cabello casi por instinto.

Nunca había sentido ese cosquilleo en todo mi cuerpo solo con un beso. Ese vértigo, esa necesidad irracional de acercarme más, de seguir, de perder completamente el control.

Astor dejó escapar un jadeo contra mi boca y algo en mi interior se desbordó.

Y, aunque demasiado tarde, reaccioné.

Me separé de golpe, respirando entrecortadamente.

La excitación —o lo que fuera que me recorría— se disipó al instante.

La realidad regresó de golpe.

El bar.

La música.

La gente.

Astor me observó en silencio. Sus ojos celestes parecían mucho más oscuros y tenía los labios ligeramente hinchados. Por un instante solo nos miramos a los ojos.

—El idiota está celoso de muerte —dijo finalmente.

Parpadeé.

Ni siquiera recordaba que Amadeo estaba allí.

Pero no pude responder nada. No encontré mi voz.

—Y no olvides que ahora me debes una, Doriana.

Pero antes de que pudiera responder, retrocedió un paso.

Y sonrió peligrosamente satisfecho.

Después se alejó entre la gente dejándome completamente inmóvil junto a la barandilla.

Y entonces pensé algo que hizo que mi corazón volviera a acelerarse: ¿cómo demonios sabía que Amadeo estaba celoso, si él había estado de espaldas todo el tiempo?