Capítulo 2
«Sorprenderse, es comenzar a entender»
—José Ortega y Gasset
Doriana
E l despertador sonó demasiado pronto.
O quizá fui yo quien apenas durmió.
Apagué la alarma a tientas y permanecí unos segundos más con los ojos cerrados, intentando reunir fuerzas.
Amaba mi trabajo. Podía pasar noches enteras en el hospital y seguir funcionando con apenas un par de horas de sueño, pero aquella mañana el cansancio pesaba sobre mi cuerpo como una carga constante.
Y sabía exactamente por qué. La discusión con Elena seguía oprimiéndome el pecho.
Nunca nos habíamos llevado bien. Chocábamos constantemente, pero era mi hermana y la quería de una forma inevitable, incluso cuando conseguía sacar lo peor de mí.
Me senté en la cama y dejé que el aire llenara mis pulmones. Respiré una y otra vez hasta que la angustia empezó a disiparse lentamente.
No tenía margen para permitirme debilidad.
Nunca lo tenía.
Todos los días, había personas cuya vida dependía de mí y el cansancio dejaba de importar en cuanto cruzaba las puertas del hospital.
Me levanté, me duché rápido y me vestí casi en automático.
No desayuné, ya lo haría en el hospital.
Antes de salir, miré hacia el dormitorio en el que dormía Elena. La puerta estaba cerrada.
Suspiré.
Sabía que debíamos hablar, pero esa conversación tendría que esperar hasta mi regreso. Aquella mañana no tenía fuerzas para enfrentar otra discusión.
Tomé las llaves y cerré la puerta del piso con suavidad, procurando no hacer ruido.
El pasillo del edificio estaba en silencio. Caminé hacia el ascensor concentrada únicamente en llegar al hospital cuanto antes.
Presioné el botón.
Esperé.
Las puertas se abrieron con un suave sonido metálico.
Y no alcancé a dar un solo paso porque quedé sorprendida al ver a Astor allí.
Por un segundo, el tiempo pareció desacelerarse.
—Buenos días —saludé al entrar, esforzándome por sonar indiferente.
—Buenos días.
Me coloqué a un lado, dejando espacio entre los dos, y fijé la vista al frente mientras el ascensor comenzaba a descender.
El silencio duró apenas unos segundos.
—Lamento haberte incomodado anoche —dijo.
Su voz era tranquila, cálida, desprovista de juicio; profunda y ligeramente ronca.
Giré la cabeza hacia él.
No debería haberlo hecho.
Había algo en su mirada. No era invasiva. Era… atenta. Como si realmente le importara mi respuesta. Como si lo que yo sintiera le importara.
Su mirada sostuvo la mía.
Estábamos muy cerca. Esa vez, la luz blanca del ascensor caía de lleno sobre él y me permitió verlo mejor que la noche anterior.
Aquel rostro parecía una obra de arte. De cerca era todavía más atractivo.
Mi amiga Carlota habría asegurado, sin ninguna duda, que ese hombre había hecho un pacto con el diablo para verse así.
—No me incomodaste —respondí al fin—. Solo estaba agotada. Y te pido disculpas por mi comportamiento porque creo que ni siquiera te saludé como correspondía.
Una sombra de sonrisa apareció en su boca.
—Eso explica la mirada asesina.
Solté una pequeña risa, más cansada que divertida.
—Discúlpame. Sin dormir me convierto en una bruja bastante peligrosa —bromeé.
—En ningún momento me pareciste una bruja —su tono descendió apenas al decirlo, más bajo, más íntimo—. Al contrario…
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Desvié la mirada hacia las puertas metálicas, demasiado consciente de su cercanía, del espacio reducido, de su perfume suave y amaderado.
Parecía que el ascensor avanzaba con demasiada lentitud. Tenía la extraña sensación de estar suspendida en el tiempo.
—Admiro y valoro el trabajo de los médicos —dijo después—. El nivel de compromiso que requiere esa profesión… no creo que cualquiera pueda sostenerlo.
Volví a girar ligeramente la cabeza, apenas lo suficiente para mirarlo.
En su mirada solo había honestidad.
Estaba por responder cuando las puertas se abrieron.
—Que tengas buen día —dije, dando un paso hacia afuera.
Una mano rozó suavemente mi codo y me detuvo. El contacto fue mínimo. Aun así, sentí un estremecimiento recorrerme entera.
—¿Necesitas que te lleve al hospital, Doriana? —preguntó, y el sonido de mi propio nombre en sus labios me hizo volver a estremecer.
—No, gracias. Tengo coche.
Astor asintió despacio.
—De acuerdo. Por cualquier cosa, vivo en el piso 1502 y estoy a tus órdenes.
Cuando me soltó, avancé hacia la salida del edificio tratando de mantener la compostura. Por alguna razón que no supe explicarme, sentí que me temblaban las piernas.
—Cuéntamelo una vez más —pidió Carlota.
—Ya lo has escuchado dos veces. No podemos perder más tiempo con eso; apenas nos queda tiempo para almorzar —protesté.
Carlota ignoró mi protesta con absoluta tranquilidad.
Ella también trabajaba en el hospital y, en ese momento, estábamos sentadas en la cafetería. Era médica general y, siempre que nuestros horarios coincidían, almorzábamos juntas antes de volver a correr de un lado a otro.
Sin embargo, me había dado cuenta de que contarle lo que había sucedido con Astor —tanto la noche anterior como esa mañana— no había sido una buena idea.
Desde que me había sentado frente a ella no había dejado de sonreír, de especular y de sacar conclusiones ridículamente románticas.
Ya estaba soñando con una historia de amor entre nosotros, sobre todo, porque odiaba a mi hermana.
—Descríbemelo bien —insistió, inclinándose hacia adelante como si estuviéramos compartiendo información clasificada.
Solté un suspiro resignado.
—Ya te dije que me pareció atractivo.
Carlota arqueó una ceja.
—Detalles.
Apoyé la espalda contra la silla.
—Rubio, ojos celestes, alto, atlético…
—¿A quién se parece?
—No lo sé. No conozco a nadie como él. Pero podría ser modelo si quisiera.
—Tienes que seguir en contacto con él. No dejes que la bruja de Elena se te adelante.
—Lamento decirte que ya se adelantó, porque ayer estaba con ella. Y, además, yo nunca dije que quisiera salir con él. Solo te lo conté porque…
—Porque…
—Fue… raro. No sé… Vive un piso por encima del mío y jamás lo había visto. Y, desde ayer, ya me lo crucé dos veces.
Además, no entendía por qué ese encuentro en el ascensor seguía dando vueltas en mi cabeza. Pero eso preferí guardármelo.
—Eso significa que el destino está haciendo de las suyas.
Sonreí apenas.
Sí, Carlota era una romántica irremediable. Vivía convencida de que el universo organizaba historias de amor mientras el resto intentábamos simplemente sobrevivir a las guardias médicas.
—Deja de divagar. Tengo que volver —dije, apurando el último sorbo de agua.
—¿Nos vemos esta noche?
—Sí, pero sé puntual. No pienso esperarte cuarenta minutos como la última vez.
Sí, Carlota también era una persona impuntual por naturaleza, aunque hacía una excepción cuando se trataba de su trabajo.
—Invita a tu veci…
Me levanté antes de que terminara la frase y salí de la cafetería con prisa, dejando sus palabras suspendidas en el aire. Aun así, estaba convencida de que aquello no era más que otra de sus teorías sobre el destino.
Esa noche íbamos con un grupo de amigos a un bar elegido por Carlota: Vértigo 360 . Según ella, era el lugar «más imposible de conseguir reserva» de todo Madrid, lo que explicaba el tono triunfal con el que nos había anunciado que había logrado conseguir una mesa en la terraza.
Yo ya sabía lo que esperar.
Viernes por la noche. Bar de moda. Gente hasta en el techo.
Nuestro grupo estaba formado por completo por compañeros del hospital: dos enfermeras, un administrativo, otro médico, Carlota y yo. Después de semanas agotadoras, aquellas salidas eran una manera de recordarnos que todavía existía vida fuera de las guardias, los pacientes y el café recalentado.
—¿Te estás preparando para una cita? —preguntó Elena, entrando en mi dormitorio sin llamar a la puerta, como era su costumbre.
Aún no habíamos hablado sobre lo sucedido la noche anterior, así que aproveché que parecía estar de mejor humor.
—Elena, sobre lo de anoche…
Ella me interrumpió con un gesto despreocupado.
—No tienes de qué disculparte. Sé que lo dijiste porque estabas cansada y, probablemente, celosa por verme con alguien tan guapo. No soy rencorosa. Ya lo olvidé.
Porque a ti te conviene , pensé, pero me guardé el comentario.
—¿Has seguido buscando piso?
—Sí, pero todavía no encuentro nada que me guste —respondió, encogiéndose de hombros—. No me respondiste. ¿Tienes una cita?
—No. Voy a salir con amigos.
—Era de esperarse.
Y salió de la habitación antes de que pudiera decidir si aquello había sido sarcasmo o simple desprecio.
Preferí no seguir pensando en eso. Aquella noche no quería discutir. Quería olvidarme de todo por unas horas y divertirme.
La noche había caído cálida sobre Madrid cuando llegué a Vértigo 360 .
La terraza estaba llena de ese murmullo inconfundible de la gente pasándola bien. Las luces tenues colgaban como pequeñas estrellas sobre las mesas y una brisa ligera las mecía suavemente.
Nos acomodamos en una mesa cerca de la barandilla, desde donde se veía la ciudad iluminada.
Había botellas abiertas, vasos que chocaban con brindis improvisados y la música nos envolvía con un ritmo contagioso.
Cuando nos reuníamos, nadie estaba pendiente del teléfono ni del reloj.
No había preocupaciones, solo música, amistad y esa sensación simple y poderosa de estar exactamente donde queríamos estar.
A medida que avanzaba la noche, la música fue apoderándose del ambiente. Carlota fue la primera en levantarse para bailar, moviéndose sin vergüenza, marcando el inicio de nuestro momento en la pista de baile. El resto no tardamos en seguirla.
La canción Hush Baby, Hurry Slowly , de Sigrid, envolvía el ambiente con ese ritmo vibrante, y nosotros simplemente nos dejábamos llevar.
Girábamos, nos acercábamos, nos separábamos y volvíamos a encontrarnos entre risas.
La iluminación cambiaba de tonos y pintaba las caras de los presentes con destellos de color, como si cada movimiento fuera parte de un pequeño espectáculo.