A un latido de ti Capítulo 1
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A un latido de ti

A un latido de ti

Por D.D. Gianni

© inepub.com

Capítulo 1

«Lo que no está destinado a suceder no sucederá por más que lo intentes.

Lo que está destinado a suceder, sucederá aunque trates de evitarlo»

—Ramana Maharshi

Doriana

C uando llegué a la puerta de mi piso, ya había pasado la medianoche de un viernes de primavera, fresco y lluvioso.

Antes de entrar, cerré los ojos un instante.

Llevaba más de veinte horas en el hospital.

Tenía hambre, sueño y un dolor punzante detrás de las sienes que anunciaba una migraña inminente.

Aun así, bastó con escuchar la voz de mi hermana al otro lado de la puerta para que se me cruzara por la cabeza la idea de dar media vuelta y regresar al trabajo.

No estaba acostumbrada a compartir mi espacio con Elena. Me gustaba vivir sola. Pero había sacrificado mis momentos de tranquilidad y de silencio para alojarla durante un corto tiempo porque no tenía dónde vivir.

Escuché su carcajada y solté el aire lentamente.

Un mes y medio atrás había aparecido en mi puerta con varias maletas y el anuncio de que necesitaba quedarse «solo una semana» mientras encontraba otro lugar donde vivir.

Su novio la había echado del piso que compartían —y que él pagaba— después de descubrir que le había sido infiel.

Desde entonces, aquel «corto tiempo» se había convertido en seis eternas y agotadoras semanas.

Elena trabajaba medio horario en una tienda de lencería. Nunca había querido estudiar ni construir nada demasiado estable. Vivía como si el futuro fuera problema de otra persona.

Era mi hermana y la quería, pero a veces querer a alguien no alcanzaba para convivir. Veíamos la vida de forma muy distinta, y eso hacía que nunca termináramos de entendernos del todo.

Nuestro padre nos había dejado un fideicomiso. Yo había invertido el mío en la universidad; Elena, en cambio, lo había gastado en viajes, ropa y joyas. Cuando terminé la residencia en cardiología, ella ya había dilapidado todo su dinero.

Del otro lado de la puerta volvió a sonar su risa.

Me masajeé la sien.

Por las voces, parecía estar acompañada.

No quería ver a nadie. Cuando estaba cansada me volvía insoportable; cuando estaba cansada y con hambre, directamente infernal.

Respiré hondo y abrí la puerta.

Tal como imaginaba, Elena estaba en la terraza con alguien. Había varias cervezas abiertas y sonaba música de fondo mientras conversaban y se reían como si fueran las tres de la tarde y no más de medianoche.

Sentí crecer la indignación dentro de mí.

Ni siquiera había tenido la consideración de pensar que yo llegaría agotada o que al día siguiente debía volver a levantarme temprano.

Por un segundo pensé en encerrarme directamente en mi habitación.

Pero no lo hice.

Era mi piso.

Así que caminé hacia la terraza con decisión.

—Elena —llamé.

Nada.

—Elena.

Esa vez ambos giraron hacia mí.

A su amigo —o lo que fuera— ni lo miré.

—Hola, hermanita —canturreó Elena, con una sonrisa amplia—. ¡Pero qué cara tienes! Menos mal que eres doctora, porque si no te mandaría urgente al hospital. Estás pálida como una muerta —dijo, riendo.

—¿Puedo hablar contigo?

—¿Tiene que ser ahora? —Señaló a su acompañante con gesto teatral—. Como verás, estoy ocupada.

Seguí ignorándolo deliberadamente.

—Sí, tiene que ser ahora.

Elena dejó escapar un bufido.

—Qué borde eres —murmuró, sin molestarse en bajar demasiado la voz. Después miró a su amigo y añadió—: Astor, esta es mi hermana. ¿Puedes creer que somos mellizas? No nos parecemos en nada, ¿verdad?

Y en eso, era de las pocas cosas en las que estábamos de acuerdo.

No solo éramos completamente distintas en personalidad, también físicamente.

Elena tenía el cabello castaño, ojos color miel y una presencia extrovertida e imposible de ignorar.

Yo, en cambio, era rubia, de ojos celestes, demasiado pálida y bastante más seria de lo que la mayoría consideraba sociable.

No me consideraba antipática, solo introvertida.

Así que, al final, lo único que mi hermana y yo compartíamos era la altura.

Vi al desconocido ponerse de pie y, por primera vez, me obligué a mirarlo de verdad.

Entonces entendí por qué Elena parecía tan animada.

Era ridículamente atractivo.

Cabello rubio, mandíbula marcada, hombros anchos y unos ojos celestes tan intensos que resultaban casi intimidantes. Vestía unos jeans gastados y una sencilla camiseta blanca que, de alguna manera, conseguían que pareciera salido de una campaña de ropa masculina.

Y me estaba mirando.

Su mirada tenía tanta fuerza que podía sentirla sobre la piel.

Eso me desconcertó más de lo que debería.

—Encantado de conocerte —saludó, tendiéndome la mano.

Su voz era grave. Tranquila.

—Doriana Delacroix. Como te dijo Elena, su hermana. —Estreché su mano.

—Astor Sinclair. Como no te dijo Elena, tu vecino.

Y eso me sorprendió.

—¿Vives en este edificio? No te había visto antes.

—¡¿Y cómo lo vas a ver si no sales ni a la esquina?! Tu vida se resume a ir de aquí al hospital y volver —dijo Elena, mirando a su invitado con una gran sonrisa como si lo que hubiera dicho fuera gracioso.

Astor no sonrió. Siguió observándome con una atención incómodamente intensa.

—Yo sí te he visto antes —dijo al fin.

Sentí algo extraño en el pecho. No le presté atención porque asumí que era por el cansancio.

—Por suerte para ti, hoy conociste a la melliza simpática —intervino Elena, señalándose.

La miré, ya sin paciencia.

—¿Podemos hablar?

—¿Ahora?

—Creo que debería irme —intervino Astor, y me volvió a mirar—. Fue un gusto conocerte, Doriana.

—Gracias, igualmente. Y no tienes que irte. Discúlpame por esto, es que trabajé más de veinte horas y estoy destruida —aclaré.

—No tienes que disculparte, te entiendo.

Elena hizo una mueca.

—No te vayas. Doriana se encierra en su habitación y se olvida del mundo. Podemos seguir conversando —le propuso.

—Te agradezco, Elena. Pero yo también estoy cansado. Otro día, quizá.

Después volvió a sostenerme la mirada durante un segundo más. Un segundo innecesariamente largo.

Mi hermana, en cambio, me fulminó con la mirada.

—Buenas noches —murmuré.

Me di media vuelta y caminé hacia mi habitación, pero pude sentir su mirada siguiéndome hasta que desaparecí de su campo de visión.

La puerta de mi habitación apenas terminó a cerrarse cuando Elena irrumpió hecha una furia. Entró sin llamar, como un huracán dispuesto a arrasar con todo.

—¡No puedo creer que seas tan insoportable! —estalló—. ¡Nunca te pones en mi lugar! Eres tan jodidamente egocéntrica. Quería pasar un rato con él y, por supuesto, lo arruinaste siendo como siempre eres… ¡una maldita antisocial! —gritó.

¿En serio?

—Elena, estoy demasiado cansada y no tengo ganas de discutir —dije, mientras me quitaba los zapatos y caminaba hacia el baño.

—¡Pues yo sí quiero discutir, egocéntrica!

Cerré los ojos por un instante.

No es buen momento , me dije para mis adentros.

—¡¿Me estás escuchando?! —gritó otra vez.

Me detuve en seco y giré para mirarla.

—¿Yo soy la egocéntrica? Tú eres el epítome del egoísmo.

Eres incapaz de pensar en alguien que no seas tú misma.

Trabajo casi todo el día, llego agotada a mi casa y lo único que pido es un poco de silencio para descansar.

Pero ni siquiera eso eres capaz de respetar.

Y si vivir conmigo te resulta tan terrible, eres libre de irte cuando quieras —increpé.

Elena soltó una risa incrédula.

Sus ojos parecían dagas listas para atravesarme.

—Ay, por favor. No puedo creerlo. ¿Hiciste todo esto solo para tener una excusa y echarme?

Le sostuve la mirada.

Y quizá por el cansancio, quizá por semanas enteras aguantándome sus desconsideraciones, esa vez no retrocedí.

—No necesito excusas para hacerlo.

El golpe fue inmediato. Lo vi en su expresión.

—Eres increíble. Pues, lamento decirte que no tengo a dónde ir, así que vas a tener que soportarme aquí, te guste o no.

—Entonces vas a tener que empezar a respetar lo que te pido. Necesito dormir y me gusta tener la casa en orden.

El orden era otro campo de batalla. Dejaba cosas tiradas en cada habitación, como si el caos la siguiera a todas partes.

Elena respiró hondo una sola vez.

Después sonrió.

Y esa sonrisa fue peor que cualquier grito.

—Ahora entiendo por qué tu novio te dejó por otra —dijo con una suavidad venenosa—. ¿Quién querría estar contigo? Eres insoportable.

Se dio la vuelta y salió de mi habitación dando un portazo.

Sentí el impacto como una bofetada.

Eso sí había dolido.

Amadeo me había engañado después de casi un año de relación. Y aunque no estaba enamorada de él, pensaba que funcionábamos. Creía que, con el tiempo, podríamos construir algo sólido.

Pero lo había superado y aquello ya no dolía.

Tampoco dolió recordarlo.

Lo que realmente dolió aquella noche no fue recordar a Amadeo. Fue escuchar, en la voz de mi propia hermana, que parecía creer que yo había merecido aquella traición.