Capítulo 26 – Madeleine
La mañana ha amanecido con un frío tremendo que parece colarse por todas las rendijas.
Me abrigo con mi bata de estar por casa y bajo a la cocina.
Esperaba encontrarme a Adrien allí tomando un café ya que había visto la puerta de su habitación abierta, pero solo encontré una nota encima de la encimera.
Estaba escrita por él: « Lo siento, Mad.
He tenido que volver a París por un asunto urgente.
No me busques, por favor. Es lo mejor para todos» .
No hubo más explicaciones. Mis padres intentaron consolarme, inventando excusas sobre imprevistos o problemas familiares, pero yo sabía que pasaba algo más por cómo se había comportado Adrien.
Pasé el resto de las vacaciones de Navidad flotando en un limbo de rabia y decepción.
¿Cómo había sido capaz de esto? Justo cuando creía que por fin no había secretos entre nosotros, Adrien había vuelto a huir.
Por suerte estaba en mi hogar, donde mis padres fueron mi gran apoyo y pude sentirme en mi lugar seguro.
Nada más volver a París empezaron los ensayos generales para el estreno de Cenicienta .
La primera vez que vuelvo a ver a Adrien es en la gran sala de ensayo.
El ambiente está cargado de murmullos de los bailarines estirando y el piano afinándose de fondo.
Veo a Adrien cuando cruza la puerta. Mi corazón da un vuelco doloroso.
Tiene unas ojeras marcadas, la mandíbula rígida y un aspecto tan cansado que parece que no haya dormido durante semanas.
Durante el ensayo actuamos como dos perfectos extraños. Cumplimos con la coreografía, nos tocamos cuando el pas de deux lo exige, pero sus manos están heladas y su mirada evita la mía casi de manera enfermiza.
En cuanto el coreógrafo da el ensayo por terminado y los demás bailarines empiezan a desalojar la sala entre risas y quejas debidas al cansancio, hago lo posible para que esto no siga así. No voy a dejar que nada arruine nuestro ballet, no lo que sentíamos.
Observo a Adrien coger su mochila y dirigirse hacia la salida con prisa, pero me adelanto. Cierro la puerta de madera de la sala de ensayos de un golpe y me apoyo contra ella cruzándome de brazos.
—De aquí no te mueves —sentencio con una firmeza que ni yo sé de dónde la he sacado.
Él se detiene en seco con su mirada clavada en el suelo y da un paso atrás, como si mi cercanía quemase.
—Por favor, necesito irme.
—No, no me voy a quitar. Te fuiste de mi casa sin decir nada y hoy hemos bailado como si fuésemos robots. Si vas a mandarlo todo a la mierda, al menos ten la decencia de mirarme a los ojos y decirme el porqué.
Noto como Adrien aprieta los puños con fuerza hasta que sus nudillos se vuelven blancos. Su fachada de frialdad empieza a agrietarse dejando ver el pánico que se esconde bajo esta.
—¡Porque intento protegerte, Madeleine! —explota de golpe y su voz retumba por las paredes de la sala—. ¿No lo entiendes? El pasado ha vuelto. Hay alguien que sabe lo del incendio del internado y que nos está vigilando.
Yo me quedo paralizada sin saber qué decirle.
No me esperaba que fuese algo relacionado con eso.
Viendo que me he quedado de piedra, se quita la mochila que lleva colgada solo de un hombro y me saca un papel arrugado.
Me la tiende con su mano temblorosa. Es la carta que había estado escondiendo a su espalda en mi casa.
Mi respiración se corta al leerla y sigo sin articular ni una sola palabra.
—Con las prisas de no perder el tren, guardé la carta en la mochila y no la leí hasta aquella noche en la que me volví a acordar de su existencia —comienza confesando con la voz rota—.
Sentía que era una maldita bomba y que, si me quedaba cerca de ti, terminaría explotando.
Por eso me fui. Volví aquí para averiguar quién estaba detrás de esto.
No podía dejar que te pasara algo por mi culpa.
El enfado y la decepción que había reinado dentro de mí durante semanas comenzó a evaporarse y sustituirse por una oleada de comprensión. Sin darme cuenta, doy un paso hacia él, como si mi cuerpo necesitase tenerlo cerca.
—¿Y qué has descubierto? —pregunto con suavidad—. ¿Quién la escribió?
—Es Fabien —suelta.
Me quedo helada de nuevo. ¿Fabien? ¿El mismo que no me había respetado en aquella fiesta y al que Adrien había echado a golpes de ego?
—Pero… ¿qué tiene que ver él con el incendio? —pregunto completamente desconcertada.
—Su hermano mayor también estudiaba allí —explica con una tristeza en su voz que me resulta abrumadora—. Aquella noche él no tuvo tanta suerte, Mad. Sufrió quemaduras graves, sus pulmones quedaron destrozados y jamás pudo volver a bailar. Su vida se arruinó por completo.
—Pero tú no tienes culpa de nada, fue un accidente… —susurro.
—No lo fue del todo —me interrumpe Adrien y en sus ojos veo un desprecio profundo—.
El incendio se originó por una grave negligencia en las cocinas, unas instalaciones que pertenecían a una de las empresas de mi padre.
No cumplían con las normativas de seguridad.
¿Y sabes lo que hizo mi padre? Utilizó todo su dinero, su influencia y sus contactos para encubrir todo y tapar sus asuntos financieros.
Se aseguró de que nadie investigase nada a fondo para salvar su imperio.
El silencio se instaló en la sala de manera sepulcral. Todo encajaba de una forma terrorífica.
—Fabien descubrió la verdad hace unos meses —continúa Adrien, con lágrimas rodando por sus mejillas—.
Me odia por ser el hijo del hombre que arruinó a su familia, y le carcome ver que yo lo tengo todo: el puesto de premier danseur , la fama…
y a ti. Por eso empezó con los mensajes anónimos, se acercó a ti para fastidiarme y escribió esa carta.
Quería hacerme vivir con el mismo terror que ellos han pasado.
Ver a Adrien así, desarmado, llorando y cargando con una culpa que no le pertenece hace que algo se rompa dentro de mí.
También pienso en lo que ha dicho de que Fabien se acercase a mí por fastidiarle a él.
¿Qué quiere decir eso? ¿Fabien sabía algo?
¿Adrien ya sentía cosas por mí? Olvido eso por un momento para poder rodear a Adrien con mis brazos.
Se tensa durante unos segundos, quizás sorprendido, pero enseguida se termina de derrumbar por completo. Me rodea la cintura con una urgencia desesperada, escondiendo el rostro en mi cuello mientras sus hombros se sacuden por los sollozos.
—Eres un idiota, Adrien —le susurro al oído mientras acaricio su pelo con cariño—. Un idiota por pensar que tenías que resolver esto tú solo. Además, no eres tu padre ni tienes la culpa de lo que pasó.
—Tenía miedo de que te hiciera algo, Mad —se sincera con la voz ahogada.
—Creo que lo mejor será que hablemos con la dirección de la escuela y con la policía.
Tenemos todos esos mensajes y la carta como prueba.
Así podremos ponerle fin a todo esto —le obligo a separarse un poco de mí y le sujeto la cara con las dos manos haciendo que me mire—.
Pero no vas a volver a huir de mí. Deja de levantar muros porque los voy a tirar abajo todas las veces que haga falta.
Adrien se queda mirándome y, por primera vez en semanas, el brillo regresa a su mirada. La tensión de su mandíbula se relaja y una sonrisa asoma en sus labios.
—Te quiero, Mad.
Acto seguido, sin dejar que responda que yo también le quiero, se inclina y me besa. Un beso que sella una tregua definitiva. Ahora que los fantasmas del pasado habían salido todos a la luz, ya no tenían ningún poder para quemarnos.